Lo más inquietante es que el enfermo está fatal pero ni siquiera el diagnóstico está claro. Ancelotti dijo después del fracaso ante el Lille que tenía claro lo que había que hacer para retomar el rumbo. No ha vuelto a repetir que lo tenga claro. Más bien lo contrario. En la rueda de prensa tras el nuevo (y grave) tropiezo ante el Milan, más bien se alegró de que “de que la noche vaya a ser larga. Así podemos pensar”.
Que el entrenador confiese que tiene mucho que reflexionar “para recuperar la solidez” no suena precisamente esperanzador, pero desde fuera se entiende, porque el equipo ahora mismo es un arcano depresivo y denso. ¿Cómo es posible que una escuadra dotada de tantísimos grandes jugadores (y grandes personas según nos han demostrado en muchas ocasiones) estén derrumbándose de este modo en lo colectivo? ¿Cómo pueden estar jugando tan exasperadamente mal?
Las señales que da el equipo solo armonizan en que son todas negativas. Por lo demás, son casi contradictorias entre sí, como un paciente que sufriera a la vez de diarrea y estreñimiento mientras el médico se rasca la cabeza mirando la analítica.
Las señales que da el equipo solo armonizan en que son todas negativas. Por lo demás, son casi contradictorias entre sí, como un paciente que sufriera a la vez de diarrea y estreñimiento mientras el médico se rasca la cabeza mirando la analítica
Los pases se fallan por falta de tensión competitiva y a la vez por exceso de tensión competitiva (nervios). Algunos dan la sensación de fallarse por lo primero, otros por lo segundo y algunos por las dos cosas a la vez, si fuera posible.
Tchouaméni está horrible, pero, cuando Carletto hace exactamente lo que todos habríamos hecho, y lo sienta en beneficio de Camavinga, el equipo se viene abajo, pues para mí no hay duda de que el segundo tiempo ante el Milan es mucho peor que el primero. Las presuntas soluciones se convierten en problemas. Todo el mundo, también el analista, queda con el pie cambiado.
Parecía que teníamos un problema con Mbappé y su pólvora mojada, pero lo cierto es que ayer fue de los mejores (inquieto y siempre amenazante), y aun así hemos sido vapuleados de manera estrepitosa. Sin que deba entenderse que este es necesariamente un problema sin solución, se está cumpliendo la profecía de los agoreros haters: Mbappé ha alterado el ecosistema, no por ser ninguna prima donna como predecían (todo indica que en lo humano ha encajado muy bien), sino por razones puramente tácticas. Lo humano habría sido más preocupante, pero lo táctico no es baladí y el Madrid arrastra esta perturbación de manera inquietante.
Más señales contradictorias. Parecía de cajón que sacrificar el 433 no tendría más que ventajas, y a ratos nos daba la sensación de que acertábamos, pero ya hasta esa pequeña certidumbre se tambalea, y no se sabe si es porque Bellingham no se encuentra o porque nosotros mismos (siendo “nosotros” eufemismo de Ancelotti) le hemos extraviado por el camino.
Son señales contrapuestas, facetas casi incompatibles de la zozobra, que desesperan porque dan la sensación de que cualquier cosa que intentes va a salir mal. Y esas enfermedades sin diagnóstico claro, con manifestaciones insidiosas, históricamente acaban mal en el Real Madrid. Esta oscura premonición inquieta aún más que la marcha de los blancos, porque conviene recordar que aún no hay nada perdido en la temporada.
Yo tengo una sensación de encrucijada. Hay que hacer algo ahora mismo. Florentino Pérez y José Ángel Sánchez deben reunirse con Carletto y decidir entre todos, amistosamente, si está para seguir o no. Deben mirarse a los ojos y desnudar sus mentes y sus corazones, como hombres de estatura profesional y moral que son. Entre todos deben evaluar si el italiano ha perdido la capacidad de hacerse con el vestuario o no.
Tengo una sensación de encrucijada. Hay que hacer algo ahora mismo. Florentino Pérez y José Ángel Sánchez deben reunirse con Carletto y decidir entre todos, amistosamente, si está para seguir o no
Se le ve tan contrariado que hace pensar que la respuesta será negativa. Su lenguaje corporal es todavía más devastador que los resultados y el juego del equipo. Incluso la rueda de prensa de anteayer me preocupó. Y me escamó. “No queremos jugar”. Oiga, todos estamos jodidos con lo de Valencia, pero usted es el entrenador del Madrid. Es un oficio único en el mundo, y usted ha demostrado ser el mejor para el puesto. ¿Reúne ahora las fuerzas y la claridad para seguir demostrando que lo es? ¿O no las reúne, y por lo tanto ha dejado de serlo?
La evidente contrariedad es más que obvia desde la pretemporada. Algo le turba y no sabemos qué es. No es el mismo desde que comenzó la temporada. Hablen ustedes. Hablen e intenten resolverlo. Si no lo logran, vuelvan a mirarse a los ojos y comprendan que, cuando Carletto afirmó ayer que no le parecería injusto que se considerara su relevo, seguramente estaba diciendo la verdad.
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Arbitró el esloveno Slavko Vinčić. En el VAR estuvo Pol van Boekel.
No gustó tanto como en otras ocasiones por un listón bastante bajo en las faltas y varias amarillas evitables.
Acertó en el penalti a Vini de Emerson en el 21'. Luego hubo otras caídas de Pulisic y Bellingham que fueron poca cosa.
En el 83', el VAR anuló un tanto a Rüdiger que se encontraba en fuera de juego en el centro de Ceballos y se aprovechó de dicha posición para marcar tras rechace de Maignan.
Amonestó en los locales a Militao y Vinícius por protesta, a Lucas de forma inmerecida por derribo a Leao y a Camavinga por una entrada fuerte a Morata. En los visitantes solo se fue con tarjeta Fofana por una acción a Ceballos en los últimos minutos de juego.
Vinčić, DISCRETO.
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Lunin (8)
Sin él bajo los palos la goleada del Milan habría entrado en los anales de la historia.
Mendy (3)
Sin su afamada solidez defensiva y sin nada que aportar en ataque se queda en muy poquito.
Rüdiger (5)
Pundonor al menos.
Militao (5)
Ídem.
Lucas Vázquez (3)
Parece un infante entre adultos.
Tchouameni (0)
Sin actitud, traiciona la confianza de Carlo. Retratado en ambos goles.
Modric (2)
Duele hasta escribirlo… pero ya no parece para estos trotes titulares.
Valverde (5)
Sorprendente cambio al descanso.
Bellingham (3)
Torpón, fallón, cansado, fuera de forma.
Mbappé (2)
No le sale nada. Desaparece de los partidos.
Vinícius (6)
El único motivo para la esperanza. De más a menos.
Camavinga (5)
No cambió la dirección del partido.
Brahim (5)
Recién salido de una lesión.
Ceballos (5)
Por lo menos lo intentó.
Rodrygo (5)
Se notó su presencia.
Fran García (-)
No sé ya ni qué poner.
Ancelotti (2)
Si la respuesta a la falta de fútbol del Madrid es un Modric titularísimo, apaga y vámonos. Lo mismo de siempre. Sin noticias de Güler, y no es una novela de Eduardo Mendoza.
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Todos somos Valencia. Siamo tutti Valencia. Sobrecogidos por el estruendoso minuto de silencio del Bernabéu por las víctimas de la DANA mortal, presidido por una enorme bandera de la Comunidad Valenciana, ni 22 copas de Europa pudieron eclipsar el inmenso dolor de Valencia y España entera que aún llora por el lodazal de muerte y destrucción que las riadas e inundaciones han dejado a su paso por la piel de toro. Ya sabemos que para los gerifaltes de Liga y UEFA lo del temporal ibérico son cuatro gotas, el chou debe continuar a cualquier precio, que los bolsillos de los popes del balompié no se llenan solos. De hecho, lo primero que sonó esta noche, bajo una atronadora pitada de la parroquia merengue, fue el himno de la Champions. Así que, dadas las circunstancias, nobleza obliga.
Y como rezaba Fantantonio en las paginas de La Galerna, esta noche el Madrid debe jugar como en los momentos más altos de su historia: por todos los españoles. No estaría el Real tristemente a la altura.
En frente nada menos que el Milan Associazione Calcio, un gigante futbolístico del Viejo Continente, un rival del que siquiera evocar su nombre generaba pesadillas en el merengue ochentoide. Lejos quedan sus días de gloria o los disparos desde Reggiolo con los que Ancelotti descerrajaba el arco de Paco Bayo en la manita de San Siro. Hoy camina flácido por los campos de Europa cual ciruelo, otrora vigoroso, de Silvio Berlusconi. No hay más que recordar a Schevchenko o fijarse en Morata para cerciorarse que si Madrid no se despeñó por este mismo desfiladero de Il Cavaliere fue gracias a su Florentinezza. Aun así, Milano e Milano, nadie —salvo el de siempre— pude presumir de detentar siete Orejonas en sus vitrinas.
El Madrid trató de sacudirse la melancolía con un arranque enérgico protagonizado por Mbappé, tan voluntarioso como atropellado. Morata, plañidero, gemía por un plantillazo de Tchou del que pronto se cobraría colchonera venganza, Rüdiger mostraba su hilera de dientes sonriente a sus marcadores en cada jugada a balón parado y todo parecía para una bonita noche de otoño en el Bernabéu. No sería así.
A los doce minutos, el rossonero Thiaw despachó con un empujoncito al fornido Tchouaméni tras saque de esquina para, testarazo mediante, fusilar a Lunin bajo los palos. De nuevo, río arriba. Y otra vez Aurélien, bajo los focos de la sospecha, pusilánime aún con la inyección de confianza de Ancelotti. Para ahondar en su miseria, Morata le devolvería la tarascada con una patada alevosa. Lo debió de aprender en el Atleti.
El Madrid se tomó mal el gol y trató de enmendarlo con inmediatez. De nuevo Mbappé se topó con el estrambótico y provocador Maignan, el meta milanista con ínfulas de René Higuita, presto siempre para un roto o un descosío, pero triunfal casi siempre. A pesar de sus aspavientos no pudo evitar el empate de Vini, panenkoparadinha incluida, desde los once metros a los 19 minutos. El penalti, cometido sobre el propio Vini, fue claro tras atropello de Emerson y un fantástico uno-due madridista dentro del área.
Con menos tensión en el marcador, airadas protestas de Morata sobre el penalti, y una zaga milanista en permanente zozobra ante las acometidas de Vinícius, parecía cambiar la dirección del viento. Y como sucedió al principio, tampoco fue así. Al contrario, fue Lunin quien tuvo que dar cumplida respuesta a latigazos lejanos de los italianos, abajo, en estirada felina; arriba, en valerosa salida. El Madrid, por el contrario, con Modric incapaz de hacerse con la batuta, Tchouaméni opacado y Mbappé cual Guadiana, se sumergió en su tristemente habitual atonía de esta temporada.
Tanto lo hizo que a los 39 minutos una pérdida de Tchouaméni ante la que reaccionó con el mismo ímpetu que una octogenaria perdiendo el autobús, permitió recibir a Leao dentro del área. Gambeteó, confundió de nuevo a Aurélien, y disparó seco. Lunin pudo sacarla, no así el posterior remache de un rencoroso Morata que hizo ademán de cerrarse los labios para celebrar el segundo tanto del Milán, ahora por delante en el marcador y ante un rival que se marchaba entre pitos al túnel de vestuarios.
Allí se quedaban Tchouaméni y, sorprendentemente, Valverde. Entraban en su lugar Brahim y Camavinga. Tocaba a rebato Carletto y el Madrid, tan acostumbrado a caminar sobre el filo de la navaja, abrazó el frenesí con todo un segundo tiempo por delante. Un ardor del que pudo salir malparado en el intercambio de acometidas con los milanistas. Primero fue Lunin, con una mano paranormal para detener un violento testarazo de Rafael Leao, después, Militao, aguantando, sólido, un mano a mano contra el mismo adversario. Por el lado blanco, Bellingham y Mbappé, fallones, malograban cada ocasión de la que disponían. Modric, exhausto, dejaba su lugar a Ceballos en busca de algo más de brío en la presión. Lo primero que hizo el bueno de Dani fue darle una pequeña coz a Morata que rodó y lloró por el suelo durante unos cuantos minutos. El Madrid, en cualquier caso y cual pollo sin cabeza, seguía sin robar un balón. A cambio coleccionaba amarillas a pares a cargo de Lucas Vázquez y Militao.
Esta no era la noche. Al filo de los 75 minutos el Milán supo avanzar entre las torpes y desordenados intentos del Madrid por recuperar la pelota, el balón llegó a la banda a Leao que, una vez más, desarboló cual adulto a infante a un superado Lucas Vázquez. Reijners recibió en el área chica y fusilo a un metro de Lunin. 1-3 y muy mala pinta. Rodrygo y Fran García entraban por Bellingham y Mendy. Sin noticias de Güler, por cierto, y no es una novela de Eduardo Mendoza.
Lo que verdaderamente extraterrestre hubiera sido empatar o ganar este partido. En el 80´, frontera de la zona Cesarini que tan bien conocen los italianos, parecimos estar cerca. Un balón colgado por Ceballos provocó la aventura del estrafalario Maignan que despejó el balón a los pies de Rüdiger que, en pintoresca volea, ponía el momentáneo 2-3 en el marcador. Y decimos momentáneo, amigos galernautas, porque mientras servidor escribía este párrafo el VAR anulaba el tanto de Antonio por fuera de juego.
Sea como fuere parecemos encaminados a jugar un extraño playoff entre el noveno y el vigesimocuarto de esta competición incomprensible contra el Ludogorets de turno.
A ver si el camino a la decimosexta va a ser así, aunque no lo parece.
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El fútbol y la vida siguen. Esa es la grandeza y la miseria de la vida humana en este mundo: todo pasa, incluso lo peor. Aunque mañana regresa la Copa de Europa y nada menos que un Real Madrid-Milan, o sea, veintidós orejonas puestas en fila una al lado de la otra encima de la mesa, se hace difícil pensar, hablar o escribir de fútbol en estos días. El área metropolitana de la tercera ciudad de España ha quedado arrasada por las riadas y una semana después hay cientos de valencianos que yacen muertos todavía dentro de garajes subterráneos, en sus coches, y otros miles que carece de lo más elemental para vivir, aislados en pueblos destruidos. En realidad no se sabe ni cuántos desaparecidos hay ni cuál es la cifra real de muertos a día de hoy. La situación es de colapso administrativo a todos los niveles y la sospecha de que el poder ha dejado morir a cientos de compatriotas por cálculo político, resulta aterradora y es cada día que pasa más complicado no creerlo, a la vista de lo que claman al cielo desde el terreno los propios afectados.
Así las cosas, el fútbol, parece claro, habría tenido que parar por completo al menos este fin de semana. No tiene ningún sentido que se juegue un campeonato nacional de liga cuando una zona tan importante de la nación está sumida en la desesperación y en el caos, con tantísimos compatriotas sufriendo. Pero algo así, ¡que se lo vayan a explicar a Tebas! El fútbol, que es tan del pueblo, aunque ahora al pueblo lo echen de los estadios con esos precios desorbitados y se esté convirtiendo en un artículo de lujo, debía mostrar un poco de sensibilidad con estas cosas. Aunque esto no es nuevo ni se lo inventó Tebas. En España, al Madrid le tocó jugar un par de días después de los atentados de Atocha, el 11 de marzo de 2004, encima en Madrid. Por no hablar del partido que disputó en Roma, para abrir la edición 2001-2002 de la Champions League, la tarde del 11S.
El fútbol y la vida siguen. Esa es la grandeza y la miseria de la vida humana en este mundo: todo pasa, incluso lo peor
Show must go on. Después de esta tragedia, provocada por una catástrofe natural de magnitud bíblica y multiplicada por la negligencia, incompetencia y omisión de las autoridades locales, autonómicas y nacionales, es decir de todo el Estado en su conjunto, que ha desamparado por completo al contribuyente que lo sufraga (a precio de oro, si se consideran las cifras récords de recaudación de Hacienda: como leí en Twitter el otro día, el español paga impuestos para tener unos servicios públicos de Suecia y recibe los de Somalia), hay incluso futbolistas que se pronuncian. Esto es nuevo y de agradecer. La verdad es que ser español y no sentir dolor, frustración y cólera ante lo que lleva pasando una semana es no tener sangre en las venas. Marcos Llorente o Carvajal, por ejemplo, se han hecho en público muchas de las preguntas que a todo el mundo le ronda por la cabeza. Esto es importante porque así llega a mucha más gente, sobre todo a la adormecida por la narrativa corrupta de los medios convencionales, casi todos esclavos de la publicidad institucional.
El propio Ancelotti, en la rueda de prensa del lunes al mediodía previa al partido de Champions, ha dejado claro que hay que jugar porque hay que jugar. Nobleza, UEFA y don Dinero, obligan. Pero ganas hay pocas, naturalmente, pues es imposible sustraerse a un paisaje apocalíptico que ha arrebatado tantas vidas y ha causado tanto destrozo.
He recordado, en estos días, algo que leí en el maravilloso libro, manual de cabecera de Historia del Madrid y de España, El Real Madrid en la historia de España, del profesor Ángel Bahamonde. En los durísimos días de la postguerra, con Madrid y España hecha unos zorros, la asistencia a los partidos de fútbol se multiplicó exponencialmente. Al contrario de lo que se podría intuir, en los momentos críticos, de dolor social insoportable y de duelo colectivo, el fútbol puede ser una buena válvula de escape para mucha gente. Igual que fue, en su origen, un modo de canalizar la violencia tribal, y en gran medida sigue siéndolo, en las crisis puede ser también una vía para diluir esa sensación de desamparo y de soledad terribles que por momentos apabulla al ciudadano consciente. Y ya que no hay más remedio que jugar, el Madrid, creo, debe jugar como en los momentos más altos de su historia: por todos los españoles.
Ya que no hay más remedio que jugar, el Madrid, creo, debe jugar como en los momentos más altos de su historia: por todos los españoles
El Madrid, que no lo olvidemos ha estado desde el primer día aportando y ayudando a recolectar dinero para los valencianos, tiene una misión histórica, que es proyectar lo mejor de España hacia el universo. Cuando las primeras Copas de Europa, jugaba en Alemania, Francia, Bélgica y Suiza y era la verdadera representación de la nación, pues a sus partidos acudían exiliados políticos y emigrantes a encontrarse con un trozo de la patria y celebrar juntos, como hermanos, las únicas victorias a las que podía aspirar un compatriota entonces. El Madrid juega por todos y gana “por nosotros, que tanto perdimos”. Es “la única victoria posible del proletariado”, tal y como sentencia el verso del hermosísimo poema de Manuel Vilas. Ya que no hay más cojones que jugar, incluso con la provincia de Valencia a oscuras, sumergida en fango y materia en descomposición, objeto del escarnio criminal de políticos abyectos, juéguese y gánese. Hágase algo bonito por todas aquellas criaturas, por los niños que hoy peloteaban con una alegría e inocencia santa en calles llenas de barro. Gánese también por los que no son del Madrid. Gánese por todos los que puedan olvidar por un rato la broma infinita de la vida y tengan una tele donde ponerse a mirar o una radio en la que ponerse a escuchar.
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El Real Madrid quedó fatal con el mundo del fútbol. Así nos lo han hecho saber el As, el Marca, la prensa catalana, Javier Tebas, los Manolos, Castaño, Alfredo Relaño y un largo etcétera de tipos de indudable imparcialidad cuando de hablar del Madrid se trata. Y cualquier madridista como el que esto escribe sabe que conviene hacer caso a los mencionados en lugar de seguir lo que la junta directiva considere más adecuado para el Club.
El Real Madrid perdió una gran oportunidad el pasado lunes. Tenía a millones de aficionados al fútbol pendientes de una gala que siempre fue hortera, tenía ante sí un auditorio expectante ante lo que ya todo el mundo sabía que era una encerrona para el club madridista a mayor satisfacción de Ceferin y Al Khelaifi y, por supuesto, teníamos enfrente a toda la prensa especializada que había afilado sus plumas y cargado las cámaras para transmitir en directo y en prime time lo que creían que sería una humillación para el club blanco. Aun en esas circunstancias, yo habría ido a la gala. Y con un grupo de gente numeroso, que se hiciera notar.
Empezaría en el photocall con todos los jugadores invitados y Florentino en el centro, pero, ojo, irían todos ataviados con una chaqueta negra bajo la cual lucirían una camiseta blanca con la imagen de El show de Truman. Cualquier observador apreciaría el detalle: en lugar de la cara de Jim Carrey aparecería la de nuestro presidente con el mismo gesto de saludo ante las cámaras. “Nuestro” Truman sabe que todo esto es una farsa organizada por Christof Ceferin, televisada a todo el planeta y se prestará aparentemente a ser parte del show.
Una vez en sus asientos, los jugadores no perderían su sonrisa ni dejarían de aplaudir de manera estruendosa: el Dibu Martínez, mejor portero del año. Más risas, descojone general. Se anuncia a Toni Kroos como noveno clasificado: despolle total, todos los jugadores en pie e imitando a José Luis Moreno y su “wow, wow, wooow!”.
En esta gala fallida, los mejores momentos llegarían con los premios al club y los discursos, convenientemente preparados para esta ocasión. Y qué ocasión perdida, amigos, qué discursos podríamos haber presenciado. Ancelotti recibe el premio de mejor entrenador del año de las manos de Hristo Stoichkov. Se acerca al micrófono, levanta la ceja y comienza a hablar:
“Es un gran honor para mí recibir este premio a entrenador del año, y más aún recibirlo de manos de un “caballero” del deporte, un adalid del fairplay como Stoichkov (mientras pronuncia “caballero”, la ceja casi le alcanza la coronilla). Llevo años escuchando que yo no ejerzo de entrenador, que apenas trabajo la táctica y que soy poco menos que un alineador. Por eso agradezco que esté aquí presente alguien como este búlgaro, un tipo que, como entrenador, cogió a un Celta en octavos de final de la Champions y lo descendió a Segunda División. ¡Y con varias jornadas de antelación! Él es uno de los mejores ejemplos de que un entrenador sí influye mucho en un equipo, aunque sea de manera negativa, por eso agradezco a la UEFA y a France Football que lo hayan designado precisamente a él para entregarme este galardón. Me han dicho que este año los premios tienen en consideración el fairplay, por eso me hace mayor ilusión que me lo entregue él, un “caballero” que lo mismo agredía a rivales que a árbitros, a los que protestaba todo. Lo cual es normal, cuando has pagado a alguien y consideras que no te está dando un buen servicio. Quiero aprovechar para agradecer a mis jugadores por su trabajo, gracias al presidente Florentino Pérez por confiar en mí, y gracias a ustedes, señores periodistas, por este año que he pasado entrenando en Brasil, como ustedes predijeron con su acierto habitual”.
Carletto bajaría del escenario y algún miembro de la organización se acercaría para decirle:
—Don Carlo, se olvida usted el premio.
—No, no —respondería el italiano—, no me lo he olvidado.
Se daría media vuelta y volvería inmediatamente a su asiento junto al presidente y los futbolistas, no sin antes dejarse fotografiar el desplante.
Unos minutos después, tras presenciar un discurso de Laporta por el premio al mejor club de fútbol femenino del año, le tocaría subir al escenario a Florentino Pérez para recoger el premio a mejor club del mundo. Tomaría el micrófono y comenzaría su speech:
—Qué gran honor, señores. Qué suerte recibir un premio de tanto prestigio y suceder en el palmarés a un club que llegó a lo más alto con apenas 130 irregularidades financieras. Es un honor, además, como podrán imaginar todos ustedes, compartir escenario con un club como el Barcelona. Hemos llegado a lo más alto, además, sin necesidad de pagar durante dos décadas a un alto cargo de los árbitros o de inventarnos ingresos contables que luego la UEFA no acepta y echa para atrás. Porque el fairplay es importante este año para estos premios, como nos han dicho ustedes varias veces. Nos premian por haber ganado la Liga española y la Champions, algo que la historia nos ha demostrado que no basta para obtener este galardón. Recuerden en 2022, cuando el premio fue para los de las 130 irregularidades, aunque en aquella ocasión nos dijeran que se debió a su equipo femenino. Un gran equipo que cayó eliminado ante el nuestro, por cierto, pero aquella norma absurda ya fue derogada, por eso hoy estamos aquí para recoger este premio y devolver al fútbol su esencia. Sabemos, además, que este año la UEFA participa en la organización de los premios y por eso estamos seguros de que en nuestra elección no ha habido alteraciones, presiones ni manipulaciones en los resultados. Eso sería tan extraño como si un día te toca el Benfica en un sorteo y de repente te dicen que es el PSG, por ejemplo, cosas impensables hoy en día. ¿Verdad, Nasser, que te veo por ahí, por algún sitio? ¿Dónde estás? Ah, sí, ahí, junto al amigo Ceferin, gran abogado ¡Abogado, a-bo-ga-dooo! Ja, ja, ja, perdónenme ustedes, soy incapaz de pronunciar esa palabra y no acordarme de aquello de… déjenlo. ¿Que qué vamos a hacer con este premio? La idea de la directiva es subastarlo y donar el dinero obtenido a Reporteros Sin Fronteras, una organización no gubernamental que vela por la libertad de prensa y por el derecho a estar bien informados. Consideramos que se trata de una buena causa para un mundo como este, el del fútbol, totalmente sometido a los dictados de quienes dirigen el cotarro y patrocinan los medios. Señores, muchas gracias de nuevo por contar con el Real Madrid para esta gala, hemos sido los mejores embajadores de la Champions en los últimos años y esperamos seguir haciéndolo en el futuro en otras competiciones.
¡BOOOOOOM! A Ceferin se le relajarían los esfínteres en su asiento, y más cuando advierte la mirada de Florentino sobre él, acompaña de una media sonrisa. “Hay gente que da más miedo cuando sonríe que cuando te amenaza”, pensaría Ceferin en esos instantes.
Para cuando llegara el premio gordo de la noche, la expectación habría aumentado varios enteros. Algunos que no hemos visto jamás un minuto de esta gala nos conectaríamos para seguirlo en directo. El share de cuota de pantalla se dispararía. Cuando se anunciara el nombre de Rodri, la bancada madridista se levantaría en pleno para aplaudirlo. No íbamos a darles la foto de Vini hundido, esa instantánea que deseaban llevar a las portadas y que, con la ausencia, se les ha negado. Vini y Jude subirían al escenario tras Rodri, recogerían sus premios y lo felicitarían públicamente. Para cuando les dejaran hablar, el mensaje sería muy simple:
—Enhorabuena, Rodri, eres un gran jugador y te mereces un premio así. Tiene mucho más mérito lograrlo sin haber estado en el once ideal de la UEFA, ni entre los ocho mejores de la Premier. Este año, además, lo has ganado todo con tu club y has marcado el único gol en la final de la Champions, el decisivo, por todo ello...
En ese momento, George Weah lo interrumpiría para corregirle:
—No, Vini, eso no sucedió este año, fue el pasado.
—Gracias, George, sé bien lo que digo. A Rodri se le premia por eso, que lo ha pedido toda la prensa española y son los mejores periodistas del mundo, los que nunca opinan con bufanda.
—Y por el rendimiento con la selección —añadiría Jude.
—Claro, por eso Dani Carvajal no está aquí arriba, entre los tres mejores, por su rendimiento insuficiente en Champions y más flojo aún durante la Eurocopa. Porque no tuvo la importancia de Rodri durante la segunda parte de la final contra vosotros, Jude.
—Pero si no jugó, Vini.
George Weah, visiblemente confundido, se sentiría forzado a intervenir y diría algo así:
—Este año había tres factores a considerar en el premio, señores: el rendimiento individual, los títulos colectivos y el fairplay.
¡El fairplay según los criterios de la UEFA! ¡¡¡¡Ja, ja, ja, , ja, ja, ja!!!!, en esos momentos, sería inevitable que el auditorio entero estallara en carcajadas. “¡El fairplay by UEFA!”, ¡jojojojo!!!!! Ceferin se sumergiría aún más en su asiento. Al Khelaifi pondría una cara de cabreo igual que la que se le vio en el vestuario del árbitro en su partido en el Bernabéu de hace un par de años. El intento de ridiculización quedaría ridiculizado. Las fotos de los madridistas tras la gala serían tan míticas como las de Carletto fumándose un puro con la negritud más joven de la plantilla. Ante los micros, Butragueño remataría la faena emulando nuevamente a Truman:
—¡Recórcholis! Y por si no nos vemos luego, buenos días, señor Tebas, buenas tardes, Al Khelaifi, y buenas noches, Ceferin.
Se perdió una gran oportunidad, sin duda. Se podía haber metido incluso varias cuñas sobre A22, la Superliga y Unify, que vienen a cambiar toda esta estructura controlada por gente de la peor especie. Si en un lado de la historia están Ceferin, Al Khelaifi, Gil Marín, Javier Tebas, Joan Laporta y la prensa española, yo siempre aplaudiré que el club se posicione en el bando contrario. Y digo “bando”, porque estas son las primeras escaramuzas de una guerra.
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Es una hipótesis difícilmente controvertible que el Balón de Oro de 2024 se recordará, si es que ha de recordarse, como el que no le dieron a Vinícius. Quizá no sea necesario recordarlo en la medida en que parece muy probable que a Vinícius se lo acaben dando cualquier año de estos. Incluso que le den más de uno, aunque hasta los tiempos de Cristiano y Messi el premio tendía a no repetir destino, y las excepciones a esa norma no escrita no son muy objetables (Di Stéfano, Beckenbauer, Cruyff, Keegan, Rummenige, Platini, Van Basten). También es cierto que jamás lo obtuvieron Puskás, Kocsis, Kubala, Schuster, Laudrup, Raúl, Baresi, Maldini o Pirlo. En fin, que no hay ninguna necesidad de tomarse el veredicto demasiado en serio en la medida en que tampoco parecen haberlo hecho siempre los responsables de otorgarlo.
Los medios habían creado una expectativa extrañamente unánime respecto a Vinícius en las últimas semanas. Todos hablaban con la seguridad propia de quien tiene datos, aunque es evidente que no los tenían. A tenor de esas expectativas, el Real Madrid había preparado un desembarco con todo en París que abortó cuando se malició que nones.
Es una hipótesis difícilmente controvertible que el Balón de Oro de 2024 se recordará, si es que ha de recordarse, como el que no le dieron a Vinícius
Esta parte de los hechos, por cierto, es la más confusa de todas. Ni los medios han aclarado nada —porque evidentemente no salían bien parados con su unanimidad previa— ni la organización —France Football + UEFA— ni el club han explicado qué pasó en esas horas de la mañana del lunes. ¿Otros años se comunicaba discretamente al ganador que lo era para asegurar su asistencia a la ceremonia y esta vez no se hizo? ¿Por qué? Sabemos que hubo filtraciones debidamente manipuladas porque en las redes circularon listas que clavaban el ranking pero bailaban los dos primeros en un sentido u otro. En realidad, la ausencia de uno de los favoritos cuando sabía que no iba a ser premiado no es una novedad, ya se había dado otros años. Si este año ha llamado tanto la atención es porque no había favoritos, nadie había barajado otra posibilidad que Vinícius. Y además el Madrid cargó la suerte con un plantón en pleno, que no se limitó solo al jugador. Se pudo haber mandado a Butragueño en plan mínimos protocolarios, pero es evidente que se quiso escenificar una declaración de guerra sin paliativos.
Tanta confusión en medio de un clima de indignación generalizada en el madridismo por el caso Negreira y la actitud escandalosamente consentidora de la Federación y la Liga con los enjuagues palanqueros y de fair play financiero del Barça, más el enfrentamiento de la UEFA y el Madrid a cuenta de la Superliga, es terreno abonado para la conspiranoia. Buena parte del madridismo no alberga una sola duda: la UEFA nos ha tangado el Balón de Oro en flagrante venganza, y los premios al club y a Ancelotti no son sino torpes cortinas de humo.
Tanta confusión en medio de un clima de indignación generalizada es terreno abonado para la conspiranoia. Buena parte del madridismo no alberga una sola duda: la UEFA nos ha tangado el Balón de Oro en flagrante venganza, y los premios al club y a Ancelotti no son sino torpes cortinas de humo
Por supuesto, todo esto es perfectamente posible. La primera regla de la conspiranoia es la coherencia férrea, como en un buen guion de cine. Los psiquiatras saben que los paranoicos suelen ser gente inteligente, capaz de urdir tramas consistentes que encajan con los hechos conocidos. Los acontecimientos se relacionan entre sí por una densa red de vínculos; por así decir, la realidad obedece a patrones de lógica difusa y es posible imaginar miles de secuencias que podrían conducir al mismo desenlace, más cuantos menos hechos ciertos acreditados haya al respecto. Por eso, tanto las ciencias empíricas como las ciencias sociales utilizan procedimientos que, por un lado, buscan acreditar el mayor número posible de hechos y, por otro, intentan reducir el número de conexiones entre ellos distinguiendo las más probables de las más inciertas. Sin esos principios de economía sería imposible obtener ni un solo avance de conocimiento.
El más célebre de esos procedimientos es la lex parsimoniae, generalmente conocida como “navaja de Ockham”, cuya formulación elemental (Entia non sunt multiplicanda praeter necessitatem) viene a expresarse en román paladino como que, en igualdad de condiciones, la explicación más simple suele ser la más probable. Por supuesto, Guillermo de Ockham, fraile franciscano y gran filósofo nominalista bajomedieval a quien se atribuye este principio, era un hombre sabio y como tal sabía que la más probable no significa necesariamente la verdadera, aunque sí la que más probabilidades tiene de serlo. Más de cinco siglos más tarde, otro paisano suyo, esta vez de ficción, vino a enunciar su envés. Así, Arthur Conan Doyle le hacía decir lo siguiente a Sherlock Holmes, Watson mediante, en La aventura de la diadema de berilos: “Es un viejo proverbio mío el de que, una vez que se ha conseguido hacer a un lado lo que no ha podido ser, todo aquello que sigue en pie tiene que ser la verdad, por muy improbable que resulte”. No en vano Umberto Eco fundió a ambos, a Ockham y a Holmes, en el Guillermo de Baskerville de El nombre de la rosa, a quien nunca podremos dejar de imaginar sino en la voz y la presencia mesmerizantes del mejor Sean Connery.
Pues bien, en La aventura del Balón de Oro que le tangaron a Vini, si un atribulado Florentino se hubiera llegado hasta el 221b de Baker Street implorando la ayuda de Holmes, este habría arqueado perezosamente una ceja al ancelottiano modo y habría rechazado el caso por poco estimulante (que, por otro lado, es lo que nuestro detective consultor hace casi siempre en primera instancia). Por deferencia a las simpatías madridistas que, sin duda, habría de albergar dada su claridad de criterio, quizá accediera a hacer algunas consideraciones básicas por no desairar del todo a tan ilustre visita.
Anotaría Holmes con precisión que son muchos los hechos que quedan por acreditar en este asunto. Algunos ya se han detallado más arriba y quizá Florentino le aclarara confidencialmente los que le atañen, cosa que podría tener a bien hacer extensiva al común de los aficionados, por cierto. Sabemos con certidumbre —diría el detective y registraría Watson— cuál es la mecánica del premio: France Football proporciona a cien periodistas de los cien primeros países del ranking UEFA una lista de treinta jugadores, a los que estos otorgan una puntuación decreciente. Luego se suma y el resultado se precipita solo. No hay reuniones del jurado, no hay deliberaciones, no hay secretarios con voz pero sin voto ni jurados elocuentes y metiches que puedan orientar de manera más o menos sutil o torticera el marco de discusión y la voluntad de los demás.
Si un atribulado Florentino se hubiera llegado hasta el 221b de Baker Street implorando la ayuda de Holmes, este habría anotado on precisión que son muchos los hechos que quedan por acreditar en este asunto. Quizá Florentino le aclarara confidencialmente los que le atañen, cosa que podría tener a bien hacer extensiva al común de los aficionados, por cierto
En los días que han transcurrido desde el fallo, los medios han hablado con algunos de los electores. Aunque la organización les ha pedido que no hagan todavía públicas sus listas, algunos han desvelado al menos quién fue su favorito. Relaño, jurado español, dice que votó por Vinícius; un colombiano, un salvadoreño y algún otro que ahora no recuerdo votaron a Rodri y han defendido su opción —o más bien, su desconsideración a Vinícius— con argumentos extraordinariamente peregrinos.
¿Pudieron recibir consignas, presiones y aún cohechos explícitos los jurados? Pudieron, claro, cómo negar la posibilidad. Sin embargo, el censo es lo suficientemente amplio y variado como para pensar que malo sería que entre cien no haya unos cuantos honrados, de modo que el complot sería muy vulnerable y la posibilidad de que alguien cantara la gallina muy alta. En tal caso, no tardaremos mucho en tener noticias.
En realidad, terciaría ahora fray Guillermo, la mecánica del premio es lo suficientemente difusa y aleatoria para explicar por sí misma los fallos extravagantes que la propia trayectoria del premio avala. ¿Alguien puede explicar qué mano negra prefirió en 1962 a un Josef Masopust, a quien solo Alberto Cosín y Google son capaces de identificar, antes que al gran Eusébio, la Pantera Negra de Benfica? ¿Qué Protocolos de los Sabios de Sión antepusieron a Flórian Albert al superviviente y senatorial Bobby Charlton en 1967? ¿Qué mente calenturienta coronó en 1975 a Oleg Blojin antes que al Kaiser Beckenbauer? ¿O a un apenas incipiente —y luego estrepitosamente fallido— Michael Owen frente a un Raúl que pulverizaba récords europeos en 2001? ¿Acaso no es este año aún más escandaloso que preterir a Vini relegar a Kroos en su última y más brillante temporada al noveno puesto cuando le dan el premio a un medio centro? Tampoco cabe dudar del madridismo de tan preclaro hijo del Assisiate, pero a buen seguro le aconsejaría a Florentino no multiplicar las sospechas praeter necessitate para beneficio mismo, en primer lugar, de la credibilidad cierta de tantas otras ante tanto desmán antimadridista como se ve por ahí.
¿Pudieron recibir consignas, presiones y aún cohechos explícitos los jurados? Pudieron, claro, cómo negar la posibilidad. En realidad, terciaría ahora fray Guillermo, la mecánica del premio es lo suficientemente difusa y aleatoria para explicar por sí misma los fallos extravagantes que la propia trayectoria del premio avala
Tal vez Florentino porfiara tímidamente ante Holmes, mientras mordisqueaba uno de los sándwiches de pepino amablemente ofrecidos por Mrs. Hudson con el té, recordándole que él mismo, en la ocasión antes citada, había afirmado que la verdad a veces puede parecer inverosímil. Sherlock le miraría entonces con esa leve irritación condescendiente que tan a menudo reservaba a su fiel Watson y le respondería que así es, pero solo cuando “se ha dejado a un lado todo lo que no pudo ser”. Y quizá, algo más ecuménico, le aconsejara advertir a la grey madridista de aquello que famosamente dejó dicho en La aventura del Pabellón Wisteria: “Es un error adelantarse en los juicios a los hechos porque uno se deja llevar insensiblemente a torcerlos para acomodarlos a las teorías que se ha forjado”. Ya en la puerta, Watson, siempre menos sutil y más a ras de tierra, aunque no por ello menos madridista, le habría despedido con algo así: “Créame, amigo mío, yo estoy más hecho que usted al trato con maleantes. Si Ceferin nos hubiera querido jeringar a modo, ya nos habría puesto a un Ovrebo de la vida en el camino de la decimocuarta y la decimoquinta en lugar de arriesgarse tanto con esta sinsorgada”.
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Buenos días. En principio, un Real Madrid-AC Milan de Champions se antoja como uno de los encuentros que más ilusión despierta en el aficionado blanco. Se trata de los dos clubes más laureados de la competición, y su historial de enfrentamientos está jalonado con partidos memorables para una y otra escuadra. Desde la tercera Copa de Europa del Madrid hasta alguna eliminatoria de infausto recuerdo blanco en la que participó Ancelotti, leyenda de ambas entidades.
Sin embargo, nunca un Madrid-Milan nos importó menos. Y no lo decimos nosotros, el propio Ancelotti afirma que «no pintamos nada». Es el titular de Sport.
En entrenador italiano lamentó en rueda de prensa que no se suspendieran los partidos tras la tragedia monstruosa provocada por la DANA en España, principalmente en Valencia, porque, según sus palabras, «hay cosas más importantes que el fútbol». Estamos completamente de acuerdo con Carlo.
El de Reggiolo volvió a dejar patente el abismo existente entre quienes dirigen el fútbol y los verdaderos protagonistas de este: futbolistas, técnicos y clubes, al reconocer que «nadie quiere ni quería jugar. No somos los que mandamos. Aceptamos las decisiones de los que están en lo más alto». Ante la catástrofe que estamos viviendo, han quedado claras las prioridades de los que están en la cúspide.
Lucas Vázquez ahondó en esta realidad: «entre futbolistas y la organización hay mucha distancia. El fútbol es una industria donde los futbolistas no tenemos poder de decisión. Tenemos que hacer cosas que no nos apetece hacer». El gallego se pronunció en la línea de su técnico: «el míster tiene razón. Nuestra opinión es cero, la fuerza es cero. Nos toca ser profesionales y hacer lo que nos mandan. No se debería haber jugado. Era el momento de estar con los afectados y pensar solo en eso».
La portada de Marca se centra en la misma cuestión que la de Sport. Titula «No tengo ganas de hablar de fútbol, es terrible». Son más declaraciones de Ancelotti en la rueda de prensa de ayer. En la misma, alguien se encargó de preguntarle por el asunto de Vini y el galardón de France Footbal, a lo que Carlo respondió que «Vinícius está triste, como nosotros, pero no porque no haya ganado el Balón de Oro, sino porque está viendo lo que está pasando el Valencia».
Se le pueden discutir muchas cuestiones técnicas a Ancelotti, pero no que siempre represente al Real Madrid a la perfección. Y no es fácil, no todo el mundo está a la altura de sus responsabilidades.
Para As y Mundo Deportivo sí es más importante el fútbol en estas circunstancias.
El diario de PRISA titula «Fuego amigo» sobre una imagen de Morata, un futbolista a quien pocos seguidores blancos consideran amigo.
Mundo Deportivo muestra un entusiasmo que chirría en la grave coyuntura actual. En estos momentos no parece lo más oportuno. Cada cual actúa como considera que debe hacerlo.
El diario de Godó, sin embargo, sí aplaza su gala del fútbol femenino, decisión opuesta a la tomada por el FC Barcelona, que decidió que no había motivos para no festejar el Balón de Oro ganado por Aitana Bonmatí.
A pesar de todo, hay que afrontar el partido de esta noche con toda profesionalidad y sin guardarse nada. Por respeto. El Milan de Fonseca es un equipo poco sólido en ciertos aspectos pero muy peligroso en otros. Alberto Cosín se ha encargado de analizar su juego para que sepamos a qué escuadra se enfrentará el Madrid esta noche a las 21 horas en el Santiago Bernabéu.
Volvemos a la citada rueda de prensa de Ancelotti y Lucas Vázquez previa al partido de Champions. Carlo: «hay una frase, “el espectáculo debe continuar”, pero no es así». Cierto, no siempre the show must go on.
Pasad un buen día.
Cuarta jornada de la Champions League y un partido con aroma a la vieja Copa de Europa. Visita el coliseo blanco el AC Milan, el segundo club más laureado del continente con siete trofeos. Los rossoneri no se encuentran en su mejor momento, son un equipo con muchas dudas, irregular en su juego y con discretos resultados. Llega con una pírrica victoria ante el Monza en la Liga italiana después de varios encuentros en los que están siendo duramente criticados. Por tanto, una escuadra muy herida y más peligrosa. En cuanto a las bajas, el técnico Fonseca no puede contar con Jovic, que no está inscrito, Bennacer, Gabbia y Florenzi, lesionado de larga duración. Así pues, un once probable para el Bernabéu en su habitual idea de 1-4-2-3-1 sería el formado por Maignan en portería; Emerson, Pavlovic, Tomori, Theo en la línea defensiva; Loftus-Cheek, Fofana como doble pivote; Reijnders, Pulisic, Leao en la línea de tres; Morata como referencia ofensiva.
No está funcionando la presión en el equipo de Fonseca, por lo que no se espera que la ejerzan alta ni asfixiante en el Santiago Bernabéu. En otros equipos alternó presiones importantes con otras más leves que hacían aguas por muchos lados. Se espera a un cuadro rossoneri con un planteamiento más prudente, cauteloso y defensivo en buenos tramos del encuentro. Un equipo bien colocado, en bloque medio, fuerte en lo físico, rocoso atrás, con ayudas, coberturas, eficaz y expeditivo en sus líneas. Hay jugadores que son algo vagos en este apartado y si el AC Milan no está bien coordinado sufrirá en varias de sus líneas. Sí se espera presión de Morata, que es un jugador trabajador.
Fonseca aboga en sus equipos por una salida pulcra y limpia del balón, pero en el AC Milan le falta algún jugador de calidad top en ese aspecto. Por eso, muchas de sus salidas se producen por la banda izquierda con Theo, que avanza en conducción y potencia. La primera conexión es buscar a Reijnders, que es el jugador de más calidad en el mediocampo y el enlace con la zona ofensiva. Como alternativa, la opción de enviar balones directos a Morata para que pelee con los centrales o envíos largos buscando la velocidad de Leao.
Un equipo irregular, frágil y con grietas. No está siendo el AC Milan un conjunto fiable y lo está pagando con pérdida de puntos en la Serie A y la Champions League. Le crean multitud de ocasiones con enorme facilidad y mucha frecuencia. La pareja de centrales no está consolidad, pese a que Pavlovic individualmente ha tenido actuaciones interesantes. Otro agujero son los laterales, porque ambos son de carácter ofensivo. Tanto Emerson como Theo no son jugadores defensivos y les cuesta ser contundentes y fuertes. Una vía a explotar por el Real Madrid. Lo mejor del AC Milan es la zona central con los dos centrales y la ayuda poderosa de sus dos medios que son físicamente unos portentos y trabajan en el quite. Además, los dos centrales sí son valladares en el juego aéreo y el Real Madrid por ahí con Mbappé apenas crea peligro.
No es un ataque organizado ni fluido y se basa más en individualidades, que el AC Milan, por jugadores, tiene de sobra. Disponen de futbolistas muy rápidos, verticales, hábiles, con regate, imaginación y talento. Las bandas son un auténtico peligro, con Pulisic y Leao, y en el banquillo tienen alternativas dañinas como Chukwueze y Okafor. En la delantera estará un motivado Morata que ya ha marcado en varias ocasiones al Real Madrid. El cerebro de todo el frente ofensivo es Reijnders. Un jugador muy interesante, con calidad con el balón, manejo de ambas piernas, visión, buena conducción y que está añadiendo llegada al gol. También hay que tener en cuenta que los dos laterales son profundos y ofensivos. Con especial atención a Theo, que es un sistema ofensivo propio dentro del equipo. Un lateral de mucho recorrido, potencia y que desequilibra por velocidad con el balón controlado. Un último punto a destacar son las jugadas a balón parado, puesto que cuentan con 4 o 5 jugadores muy potentes por arriba que llevarán peligro en cualquier acción.
En el librillo de Fonseca destaca su deseo de dominar los partidos y tener la posesión del balón. En estos primeros meses con el AC Milan, donde está discutido, no está logrando lo que propone con su idea de juego. Es un técnico flexible y que se adapta tácticamente a sus rivales, por lo que en el Bernabéu seguro que busca las debilidades de los blancos y propone muchos contragolpes y jugadas rápidas por banda para sorprender a los blancos. Los costados son la zona por la que más peligro puede llevar el AC Milan buscando verticalidad, velocidad y balones al área para Morata.
Leao lleva varias semanas en el banquillo, con problemas con Fonseca y en un bajo nivel de juego, por lo que se convierte en más peligroso. Se da por hecha su titularidad y seguro que tiene ganas de reivindicarse. Además, la baja de Carvajal le deja un duelo con Lucas Vázquez ante el que puede causar un gran destrozo. Si tiene el día, es imparable. Si no es así, es un jugador que llega a desesperar. Un futbolista potente, veloz, hábil, con gran regate y que puede salir por ambos perfiles. Ojo a sus diagonales hacia dentro buscando el poderoso disparo con la derecha. También por arriba puede hacer daño si recibe balones al segundo palo desde la otra banda.
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Acabo de leer un artículo en La Galerna titulado Print the Legend. Lo ha escrito Jesús Bengoechea, aunque tanto Alberto Cosín como José María Faerna han resultado claves en la confección del mismo (Alberto también lo ha sido en la elaboración de este). En la citada pieza, aparentemente Jesús escribe sobre fútbol, aunque de facto se trata de una reflexión vital con la excusa de un par de fotografías maravillosas de Alfredo di Stéfano. No es extraño que así sea, en la grave coyuntura actual, uno se siente frívolo, poco menos que sucio hablando solo de fútbol. Es imposible abstraerse de tanto dolor y no sentirlo como propio. Además, en no pocos casos por desgracia también sucede esto último de manera literal.
Una de la fotografías mencionadas lleva tiempo errando por las redes sociales y los whatsapp acompañada de un «Di Stéfano fumando en el banquillo del Real Madrid».
Es solo una ilusión, otra instantánea tomada desde distinto ángulo nos devela la mundana verdad: don Alfredo se estaba comiendo una naranja. Como es habitual, la realidad carece de misticismo, quizá por eso sea tan beneficioso para el alma la existencia del Real Madrid y sus inyecciones de felicidad con excipiente de épica.
Resulta curioso que Di Stéfano afrontase aquella última campaña como jugador del Real Madrid a bocados con una naranja cuando, caprichos del destino, su etapa de mayor gloria como entrenador le esperaba en Valencia. La naranja profética.
El mejor pelotero de la historia del Real Madrid —y seguramente del fútbol—, después de colgar las botas, comenzó su andadura en los banquillos entrenando al Elche, aunque antes había dirigido al Español en un encuentro de desempate de la Copa de Ferias frente al Steagul Rosu Brasov. El conjunto catalán disponía de nuevo técnico desde hacía un par de semanas, pero como aún no tenía el visado en regla la Saeta Rubia ejerció de entrenador accidental.
Di Stéfano retornó a Argentina para hacer campeón a Boca Juniors y en 1970 regresó a España y firmó como técnico del Valencia. En su primera temporada ganó la Liga, la primera para el club desde 1947. La final de Copa la perdió contra el Barcelona por 4-3. La siguiente campaña repitió subcampeonato de España, esta vez sucumbió 2-1 frente al Atlético de Madrid. Permaneció en el cargo hasta 1974. Fue su primera etapa en el banquillo che.
La segunda etapa de don Alfredo en Valencia llegó tras dirigir al Rayo Vallecano y al Castellón. El hispano-argentino regresó a Mestalla y con el campeón del mundo Kempes a sus órdenes conquistó la Recopa de Europa en 1980. Después, se despidió del club con una de sus frases: «Cuando quieran volver a ganar algo, me llaman».
La Recopa es precisamente el único torneo de relevancia europea que no consiguió ganar el Real Madrid. Entre otros motivos porque ha dedicado mucho tiempo y esfuerzo a objetivos mayores como ganar Copas de Europa. Tal y como sigue ocurriendo hoy en día.
La final de una de esas Copas de Europa, la tercera, se disputó en el estadio Heysel de Bruselas el 28 de mayo de 1958. El choque «fue bonito y muy parejo», según escribió en La Galerna uno de los protagonistas: José Emilio Santamaría.
Alfredo Di Stéfano también desempeñó un papel destacado durante aquel encuentro: marcó uno de los goles que permitieron alzarse al Madrid con la Orejona. Antes, en la mañana del día de la final, al igual que la naranja profética, la Saeta fue premonitoria.
Tal y como contó José Luis Llorente en esta pieza, aquella mañana José Paz Maroto se dirigió al nueve blanco en el vestíbulo del hotel y le preguntó de manera coloquial: «¿Qué haremos hoy, Alfredo?». A lo que Di Stéfano respondió con su sabia retranca: «Lo que quiera el mudo», mientras señalaba a Paco Gento. La Galerna del Cantábrico fue el autor de 3-2 decisivo que permitió al Madrid sumar otra Copa de Europa. El rival, el Milan, el mismo de mañana en Champions. Una vez más, la vida y sus relaciones y casualidades.
Don Alfredo alcanzó su cénit deportivo defendiendo una camiseta blanca: la del Madrid como futbolista y la del Valencia como entrenador. Di Stéfano fue muy querido en ambas ciudades. Esta no ha sido la única historia grata que relaciona ambos clubes. Juan Cruz Sol vistió la camiseta che durante diez años, ganó una liga a las órdenes de don Alfredo y en 1975 marchó al club de Concha Espina durante cuatro años en los que logró tres ligas más. Después regresó a Valencia para alzar la Recopa también con Di Stéfano en el banco.
Hay más futbolistas que han militado en ambos clubes de manera satisfactoria. El Madrid ha apoyado a Valencia cuando la catástrofe se ha cebado con la ciudad. El Valencia también echó una mano cuando el Bernabéu fue clausurado en 1987 por lanzamiento de objetos durante un choque contra el Bayern. Primero, el Madrid tuvo que jugar a puerta cerrada contra el Nápoles de Maradona. Después, Mestalla —entonces denominado Luis Casanova— acogió a los blancos en la siguiente eliminatoria y los apoyó en su victoria por 2-1 contra el Oporto. Historias ingratas también hay, pero no es ético ni oportuno tratarlas ahora.
Hubo una tercera etapa de Di Stéfano al frente del Valencia. Acudió al rescate cuando el equipo de la ciudad del Turia cayó a Segunda División y logró auparlo a primera en 1987 («Cuando quieran volver a ganar algo, me llaman»). Este último servicio de D. Alfredo al club che ojalá sea una metáfora de cómo, entre todos, ayudemos al pueblo valenciano a superar esta tragedia.
Fotografías: Getty Images y archivo de Alberto Cosín