Lucas Vázquez hace girar el balón en la punta de sus dedos camino del punto de penalti. Estamos en 2016, en Milán, y Lucas afronta el momento como si se tratase de un entrenamiento. Creo que no entendimos el gesto entonces. Lucas no trataba de rebajar la importancia de la situación. Al contrario, lo que nos decía es que cualquier otra responsabilidad tenía para él la misma importancia que aquella. Pero era más fácil tomárselo como un desplante torero y así lo hicimos.
Otra imagen, esta vez de un entrenamiento. Se encuentra en uno de esos documentales que nos llevan al corazón de nuestras copas de Europa. Lucas está en un rondo y suelta un balonazo contra una valla. Es un gesto feo. Kroos, creo recordar, se lo recrimina. Lucas baja la cabeza, avergonzado. Es un momento de frustración, de rabia. Se recompone como puede y sigue entrenando.
Lucas ha soportado un peso enorme en el Madrid. No ha sido un jugador llamado para los momentos de gloria, para las fotografías que después adornan el túnel del estadio o las habitaciones de los niños. Lucas ha sido un síntoma de los malos momentos. Cuando se echaba mano de él era porque todo lo demás había fallado, para poner un parche con el que tirar mientras el titular se recuperaba o para defender un resultado ajustado, muchas veces en una posición que no era la suya. Pero el equipo lo necesitaba y él era el elegido. Trabajo sucio e imprescindible.
El premio fue convertirlo en un meme. No tiene que ser agradable ver una cuenta en Tuiter que se dedica a poner tu misma foto día tras día. Tampoco ese otro montaje que todos conocemos de “Cafucas”. En ambos casos, junto con cierto reconocimiento, hay un fondo amargo en el que ves que la afición nunca te va a tomar en serio. No lo hicimos. Y fuimos echando a sus espaldas ese peso sin que el jugador se quejase, al menos en público. Los fallos eran todos suyos; las victorias, solo si además nos hacían gracia.
Una imagen más, la penúltima. Estadio Lluís Companys. Lucas recibe un pase aparentemente fácil, pero duda, se gira y el balón se le escapa. La jugada acaba en un gol que supone el adiós definitivo a la Liga. Es el cierre lógico a una temporada nefasta en la que ha jugado con todo en contra. Nunca ha estado tan solo; nunca, tan expuesto. El goteo de errores, semana tras semana, ha venido acompañado de una ola de insultos como pocas veces he visto para un jugador propio. Cosas del anonimato de las redes y del engagement. Más peso para Lucas. Y, de nuevo, ni una queja, ni una protesta. Entrenar y jugar, eso es todo.
Lucas Vázquez, un soldado que sale a cumplir con su deber, toque vencer o morir
Porque, en esencia, la imagen de Milán y la de Barcelona son la misma. La de un profesional que asume la responsabilidad que le toca, la que el equipo necesita. La de un soldado que sale a cumplir con su deber, toque vencer o morir.
El sábado, 80.000 personas se pusieron en pie para aplaudirle cuando se retiró del campo. Fue una ovación larga, cariñosa, un homenaje sin doble sentido, sin memes, sin veneno. Un reconocimiento agradecido a un profesional ejemplar, a un buen madridista, a un buen soldado.
Ojalá sea esta última imagen la que quede en la memoria de todos.
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Xabi Alonso vuelve al Real Madrid. Su viaje de regreso lo hace como técnico, repitiendo así el camino que tomaron previamente otros como Zidane, Bernd Schuster, Vicente Del Bosque, Jorge Valdano, Luis Molowny, Miguel Muñoz o Jacinto Quincoces. De este modo se va a reencontrar con varios excompañeros suyos de la etapa de jugador y ahora será su jefe. A lo largo de la historia del Real Madrid esto ha ocurrido con otros seis entrenadores: Juanito Cárcer, Quincoces, Ipiña, Muñoz, Valdano y Zidane.
Juan Cárcer fue guardameta en el Madrid antes de que tomase la denominación de Real. El malagueño, que se crio en la capital, militó en el cuadro blanco entre 1911 y 1915 para después enrolarse en las filas del Athletic madrileño. Volvió al club madridista en los años 20 para ser preparador físico y después el primer entrenador oficial de la entidad. En esa década estuvo en dos etapas distintas y se reencontró con dos antiguos excompañeros: Antonio Sicilia y Santiago Bernabéu. Con el riojano compartió dos temporadas, mientras que de Bernabéu fue contemporáneo y ambos llegaron a la primera plantilla blanca con un breve tiempo de distancia. Luego, siendo técnico, con sus excompañeros ya veteranos en el plantel, el Real Madrid conquistó los Regionales del año 23 y 24.
Jacinto Quincoces fue una institución como futbolista merengue. Uno de los pocos supervivientes que estuvo en la plantilla antes de la Guerra Civil y después de que finalizase el conflicto bélico. En sus primeros años formó la mítica zaga inexpugnable junto a Ricardo Zamora y Ciriaco, ganando entre otros títulos dos Ligas y dos Copas. En los años 40, fue el capitán madridista antes de colgar las botas en 1942. Poco después de abandonar el césped, empezó su carrera en los banquillos. Primero en el Zaragoza y la selección española, y a partir de 1945 en el Real Madrid. Solo habían pasado cuatro años de su retirada cuando retornó a la casa blanca como entrenador y todavía había una buena nómina de futbolistas que lo tuvieron de compañero. Entre las caras conocidas que volvió a ver estaban: Chus Alonso, Antonio Alsúa, Nazario Belmar, Ángel Arzanegui, Sabino Barinaga, Félix Huete, Juan Antonio Ipiña, y Pepe Moleiro y Clemente, con los que coincidió unos pocos meses. La buena conexión y sintonía entre técnico y plantilla ayudó a que el equipo consiguiera la Copa una década después del último triunfo. Sin embargo, tanta camaradería no gustó demasiado en las altas instancias del club y en el verano de 1946 se decidió prescindir de Quincoces porque le “restaba autoridad ante el grupo”.
El vasco Juan Antonio Ipiña sucedió a Quincoces en la capitanía del Real Madrid y se mantuvo como futbolista merengue hasta 1949. El vizcaíno fichó por los blancos unos días antes del estallido de la Guerra Civil y se reincorporó a la disciplina madridista a partir de 1939. Su trayectoria como técnico comenzó en la década de los 50 y Santiago Bernabéu lo firmó como entrenador después de un periodo de un par de campañas en el Real Valladolid. En el verano de 1952 se puso al frente de un equipo que contaba con nueve futbolistas con los que se había cambiado de corto en el vestuario: Miguel Muñoz, Miguel Cabrera, Adauto, Clemente, Luis Molowny, Pahiño, Pedro María Arsuaga, José Antonio Montalvo y Jesús Narro. El periplo de Ipiña apenas duró un año, pese a que conocía bien a buena parte del equipo, pero el Real Madrid ocupó el tercer puesto en la Liga y no sumó ningún título. De los banquillos pasó a la secretaría técnica y después tuvo que dar la baja a varios de aquellos excompañeros.
El caso más importante fue el de Miguel Muñoz, que fue compañero prácticamente de la totalidad la plantilla que un año después tuvo a sus órdenes. El madrileño, tras una extensa y exitosa carrera de blanco, dijo adiós al fútbol en 1958. La campaña posterior, en el mes de febrero, tuvo que hacerse cargo del equipo de urgencia por un problema médico del primer entrenador Luis Carniglia. Un cólico obligó al argentino a ser intervenido quirúrgicamente y parar durante dos meses. Muñoz entrenó a más de 20 futbolistas con los que había compartido terreno de juego. Únicamente eran nuevos media docena, los futbolistas incorporados en el verano de 1958: Puskas, Miche, Héctor Ramos, Chus Herrera, Ángel Segurola y Rafael Falín. Un año después, ya fue entrenador merengue de pleno derecho tras la dimisión obligada del club a Fleitas Solich. En esa etapa volvió a coincidir con muchos excompañeros, salvo Kopa, Joseíto y Marsal, entre otros, que habían abandonado la entidad en el periodo estival.
El argentino Jorge Valdano fue uno de los últimos fichajes que concretó Luis de Carlos en su periodo como máximo mandatario madridista. En 1984, procedente del Real Zaragoza, el santafesino aterrizó en un Real Madrid en el que empezaba a surgir ‘La Quinta del Buitre’. El delantero estuvo cuatro campañas como futbolista hasta que una hepatitis le obligó al retiro. Después comenzó a colaborar con los medios de comunicación hasta que dio el salto a los banquillos en el Tenerife en 1991. Tres temporadas después retornó al Real Madrid para intentar devolver las dos Ligas perdidas por los blancos en las islas. Era el año 1994 y en la plantilla madridista quedaban seis futbolistas de su ciclo como jugador, los veteranos Paco Buyo y Chendo, y cuatro de ‘La Quinta del Buitre’: Míchel, Sanchís, Butragueño y Martín Vázquez. Tuvo una papeleta complicada, porque existía una relación afectiva y una importante carga emocional con sus antiguos compañeros, y no fue fácil tomar decisiones como enviar a la suplencia a Butragueño, ya que los jóvenes como Raúl venían lanzados.
Florentino Pérez fichó a Zinedine Zidane como segundo galáctico de su proyecto en el año 2001. El francés hizo las delicias del Bernabéu bailando con el balón durante un lustro y conquistando los títulos más importantes. Inolvidable es su volea en Glasgow que dio la ‘Novena’ Copa de Europa. Tras su retirada, estuvo unos años alejado de los focos hasta que dio el paso para ser entrenador. En el Real Madrid primero lo hizo como ayudante de Carlo Ancelotti, luego como entrenador del Castilla y, más tarde, le llegó la oportunidad del primer equipo tras la destitución de Rafa Benítez. Fue en los primeros días de 2016 cuando entró en el vestuario de Valdebebas y vio algunas caras ya conocidas de su etapa como futbolista. La primera, la de Sergio Ramos, con el que compartió plantilla en su último año como futbolista blanco en el curso 2005-2006. La segunda fue la de Álvaro Arbeloa. El canterano merengue, en la etapa de Zizou, todavía no era miembro del primer equipo, pero ya tuvo oportunidades con los mayores. A finales de 2003, en un amistoso en Valladolid, compartió convocatoria con Zidane, aunque no tuvieron minutos juntos sobre el césped. Eso ocurrió en su debut oficial, en un derbi contra el Atlético de Madrid en enero de 2005, cuando compartió once con el francés. El lateral subía con cierta frecuencia desde el filial a entrenar con los Galácticos, y en la gira de pretemporada en 2005 fue uno de los canteranos elegidos para viajar por el continente asiático.
En el plan renove de la plantilla madridista en 2009, Xabi Alonso fue uno de los referentes. Florentino Pérez, en su segunda venida como presidente, contrató a dos estrellas mundiales como Cristiano Ronaldo y Kaká, una gran promesa como Benzema y españolizó la plantilla con el tolosarra, Albiol, Granero y Arbeloa. El vasco cumplió cinco campañas y pudo levantar la tan ansiada ‘Décima’. Después se marchó al Bayern y colgó las botas para iniciar pronto su etapa en los banquillos. El Real Madrid le dio la oportunidad de dirigir a uno de sus equipos infantiles, y a continuación se fue a la Real Sociedad B. Allí subió al filial txuri-urdin a Segunda división e hizo las maletas para triunfar en el Bayer Lekerkusen.
Ahora vuelve a la casa blanca y se encontrará con varios jugadores de su etapa como futbolista. Durante algo más de un mes tendrá a sus órdenes hasta el Mundial de clubes a Luka Modric y Lucas Vázquez, que abandonarán la entidad tras el mes de julio. Con el croata formó en muchas ocasiones pareja en el centro del campo, mientras que el gallego, durante el periodo de Xabi Alonso como jugador de la primera plantilla, todavía militaba en el filial, pero ya debutó en un amistoso ante el Real Oviedo e hizo la gira de pretemporada del año 2014 en USA, solo unas semanas antes de que el tolosarra se fuese traspasado al Bayern. Ambos coincidieron en el once en un amistoso contra la Roma en Dallas. Con Dani Carvajal, que pasará a ser el primer capitán madridista la próxima temporada, compartió el curso 2013-2014 y por poco no jugaron juntos en la selección al quedarse el lateral a las puertas de ir al Mundial de Brasil. Por último, en el cuadro bávaro, Xabi Alonso tuvo como compañero a David Alaba, con el que hizo muy buenas migas. Ahora, en Madrid, se reencontrará con el defensa austriaco.
Fotografías: archivo de Alberto Cosín
Buenos días, amigos. Hoy, a las 12:30, hora española, será presentado Xabi Alonso como nuevo entrenador del Real Madrid. Es una nueva era, un resplandor de esperanza tras una temporada aciaga (en realidad no es justo hablar de temporada concluida, dado que el próximo Mundial de Clubes está encuadrado en la 24/25. El propio Xabi vivirá su primera prueba en ese torneo, aunque desde aquí reclamamos que se relajen las exigencias porque acaba de llegar).
Desde aquí deseamos también lo mejor para Xabi, técnico de enorme éxito en la Bundesliga que trae nueva ideas combinadas con el conocimiento “de la casa”, como suele decirse, y una meritocracia a prueba de bombas. Ha aprendido de los mejores técnicos (Mourinho, Guardiola, el propio Ancelotti) y se ha empapado. Como el excelso centrocampista que fue, siempre constituyó la plasmación sobre el campo de las ideas de sus sabios entrenadores. Ahora el entrenador es él, y hay expectación por ver las primeras consecuencias de su toma de posesión.
Bienvenido, Xabi.
En La Galerna, por supuesto, estaremos muy pendientes de su presentación, y os contaremos.
La prensa de la jornada da cuenta del Día Cero de la era Xabi, aunque su principal argumento sea, con toda justicia, el homenaje que Roland Garros tributó ayer a Rafa Nadal. Con inmenso gusto y emoción, como no podía ser menos, nos unimos a él.
La nota discordante la pone Sport, que relega a Rafa a una nota casi imperceptible en sus bajos. Sport siempre dando la nota, discordante o no.
Al infumable panfleto que se edita en la Ciudad Condal lo que le importa de verdad es que la liga acabó, y que lo hizo con una victoria de su corrupto campeón. Enhorabuena. El último gol del torneo lo anotó Dani Olmo, lo que supone una perfecta metáfora de lo que ha sido el año.
Atención, amigos, a la vergonzosa crónica del partido perpetrada por Santi Giménez. “Periodista de Sport”, diréis. Negativo. Periodista del diario As, tenido por la generalidad del orbe como uno de los destacados componentes de la llamada Central Lechera.
¿Cómo lo veis? Se escandaliza Giménez del recibimiento hostil a su equipo en San Mamés (y pasa ridícula factura en su crónica, como si a alguien le importase) cuando lo realmente escandaloso es que no se reciba así en todos los campos de España a quien se compró la competición durante un mínimo de 17 años sobornando al CTA. Sin duda cree Giménez que la ignominiosa impunidad de esa corrupción continuada debe además ser regada por toda suerte de reverencias y parabienes allá donde vayan.
En Bilbao no olvidan tanta afrenta, como no dejan de tener ojos en la cara para apreciar los regalos arbitrales de los que sigue disfrutando el campeón, por ejemplo las aberrantes decisiones en aquellos partidos contra el Celta o la Real, ambos en Montjuic, o la inquina dolosa contra el Madrid en esa siniestra triada Cornellá-Derbi-Pamplona. Si a ello añadimos la ominosa persecución del verano pasado a Nico Williams, en la que solo faltó poner dos grilletes al extremo vasco para conducirlo a Can Barça, lo extraño es que a Giménez le extrañe esto. Si le parece, el público va a complementar el casi preceptivo pasillo con pétalos de rosa llovidos desde la grada.
En una línea similar a la de Giménez, el impresentable Enric Massip rajó también de la afición del Athletic Club ante la prensa, diciendo que “no nos merecemos” ese recibimiento. Lo cierto es que quien ha emputecido el fútbol español durante décadas se merece todo el vitriolo que se le pueda arrojar dentro de los límites que eludan acudir a la violencia.
Los corruptos son corruptos aunque pasen mil años, aunque no se cumpla justicia humana alguna contra ellos, aunque la humanidad tenga que regenerarse tras una hecatombe nuclear. Aunque pase todo eso, la vergüenza seguirá ahí, Giménez.
Madure. Asúmalo.
Y vosotros pasad un buen día.
El tiempo lacrimógeno que nos invade vivió ayer otro capítulo tremendo: Rafa, en París. Es un no vivir. Los personajes al llorar no eligen sus momentos. Les llegan, y los demás, pues eso: a tragar.
Lo del sábado tuvo su Everest cuando apareció Toni Kroos, camiseta blanca como era menester, y se abrazó a Luka. Ese instante lo resumió todo, creo yo. Yo y el estadio, que a punto estuvo de venirse abajo. Kroos y Modric juntos. Esa foto debería estar colgada ya en el túnel que transitan los futbolistas hacia el Bernabéu rugiente.
Estuvo también Lucas, que aceptó como el grande que es dejar lo suyo para después del Mundial de Clubes, tres a un tiempo no procedía. Váyase usted a saber si se despedirá con el trofeo bajo el brazo.
Ya recibió el cariño del madridismo, que sabe mejor que nadie lo importante que ha sido todos estos años. ¡Cuántas figuras hubiesen firmado tirar y meter los penaltis que el tiró y metió en Milán y Manchester!
Y Ancelotti, por supuesto y ya que hemos escrito Milán. Un caso especialísimo. Una gloria ‘rossonera’ acabó convirtiéndose en el entrenador más laureado en el Real Madrid nada menos. Un señor, un caballero. Pura Copa de Europa, como jugador y técnico.
Sobre Carletto, sólo un apunte. Su último año, el de su equipo, no ha sido bueno. Curiosamente tampoco el del City, que ayer amarró plaza en la próxima Champions. El City es otro que juega eso, la Champions, no la Copa de Europa.
Ha querido el fútbol que Madrid y City, favoritísimos en agosto, hayan vivido un año fulero. A Ancelotti le han dado por todas partes. Bueno, si le dieron, a él y a todo entrenador del Madrid ganando, no te digo si no lo consigue. En cambio, al míster del City, cariño, comprensión...
Más de 200 kilos se dejaron los tíos en el mercado de invierno y anoche escuché a un comentarista, ante el silencio aprobatorio de los demás, que Guardiola, pues de él hablamos, ha cumplido: su equipo ganó y se clasificó para el próximo gran eurotorneo. Felicidades por la machada y por ese ‘título’, ese reconocimiento que jamás ganará un entrenador el Madrid. Ni él lo ganaría si lo entrenara, ¡jaaaja!
Ancelotti, decía. Hubo un tiempo en que su Milán, él, sí, amenazó con cazar al Madrid en lo alto de la Copa de Europa. Finalmente no pasó de ilusión óptica. Fíjense que su último título, su séptima, se remonta a 2007.
Se puso entonces la cosa 9-7. Han pasado 18 años y ahí siguen los italianos, segundos del ranking esperando su octava. Nadie le ha siquiera igualado en 18 años, el tiempo de Negreira más o menos. El Madrid, jugando fatal como viene sucediendo desde los años 20, se fue a 15. En fin…
Los jugadores del Barça cerraron la Liga abrazando al árbitro. En agosto empezará otra Liga y el que siembra recoge. Muy bien el Barcelona, qué buenos muchachos.
¡Qué risa, eh! Viene bien para relajar el ambiente. Lo mejor de mi ‘finde’ me pasó ante la tele. Una serie turca, muy querida por mi mujer. Como la echan los domingos a las diez, Antena 3, yo la veo a ratos. Normalmente me entretengo con otra la mar de interesante, la Liga la llaman. Hay más atracos que en las de John Dillinger, uno de mis ídolos. Y a mí, las de ‘gangsters’ me ponen desde niño.
Bueno, pues pasó que empezó el capítulo y en el listado de personajes descubrí que uno de los cerebros del asunto, asistente de dirección y directora, atiende por Burcu Alptekin. Me perdonará Güler, pero dudé si Burcu es macho o hembra y, en efecto, se trata de una bella moza de 42 años, qué grande la Wikipedia.
Leí Alptekin y sufrí un ataque de risa imparable, eran las tres de la mañana y no dormía, pues se me añadió la guinda: llegó el final del partido en San Mamés y los jugadores del Barça cerraron la Liga abrazando al árbitro. Un gran admirador del Madrid, por cierto. Oigan, ma-ra-vi-llo-so.
A mis nietos, y antes a sus padres, y a amigos y quienes se han dejado, les he dado pocas pero selectas consignas. Una de ellas, ser agradecido. A Dios por la vida. A la familia. Al profesor que te enseña. A la empresa que te contrata y ayuda a pagar luz, gas, teléfono, todo eso. ¡A tantos! Fun-da-men-tal. Es obligatorio y sin duda tiene retorno: en agosto empezará otra Liga y el que siembra recoge. Muy bien el Barcelona, qué buenos muchachos.
Más risas. Kylian, Pichichi y Bota de Oro. Y una gran experiencia: ha catado en sus carnes lo que le comentaban cuando por fin llegó al Madrid… Eso le habrá hecho más fuerte. Muy meritorio lo de ser el goleador del mundo pues sí, en efecto, este año ha jugado en un equipo que ha sido poco equipo.
Que ha terminado la Liga a cuatro puntos del campeón. Cuentan que sin VAR lo hubiera sido él. Nada. Casualidad: sin VAR hubiera pasado parecido. Felicidades a los premiados.
Y hoy, en fin, arranca la nueva era en el Madrid, se presenta Xabi con traje nuevo para la ocasión. Ojalá le acompañe su padre, el gran Periko, un tío de los de verdad.
Fíjense que sólo falta Mou. Alonso, en el primer equipo, Arbeloa en el Castilla, Raúl buscando destino con el sueño por cumplir: ser un día el entrenador del Madrid, él que lo ha sido todo. Tiempo de ‘yihad’, sí.
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24 de mayo del año 456 DC. Colonia Iulia Lader, Iliria. El centurión romano sube la escalera y se asoma por encima de las almenas de la muralla. Se ajusta parsimoniosamente su casco, tal y como ha hecho cientos de veces en ocasiones similares. Un rostro apergaminado, seco, lacerado por decenas de combates pasados. “Este va a ser el último”, piensa para sus adentros y esboza algo parecido a una sonrisa. Su mirada está cansada, a sus casi 40 años ya no tiene una visión tan aguda como antes. Delante de él, solo a unos cientos de metros, emerge una inmensa masa de guerreros hunos, godos, sármatas, hérulos, gépidos… miles y miles de hombres desplazándose en columnas hacia las ricas ciudades del norte. Se mueven rápido por las eficientes calzadas romanas, que paradoja… Están ansiosos por destruir lo que queda del Imperio romano. El centurión sabe lo que tiene que hacer. Ha enviado mensajeros a Nevioduno y Epona. No para pedir ayuda (inútil), sino para ponerles en alerta. Baja y saluda a sus hombres por última vez. Ordena abrir las puertas, se pone al frente de sus caballeros y carga contra las columnas de impedimenta, mal defendidas en la desordenada marcha bárbara. Sabe que no tiene ninguna posibilidad, pero intentará retrasar cuanto pueda su avance. Todos sus hombres le obedecen y le siguen, por supuesto. Tras una lucha breve, todo se detiene. El centurión no siente dolor, pero le cuesta respirar. Sangra profusamente por el costado, pero le da igual. Se ahoga y se desabrocha el casco y la coraza… Pero en ese momento, se desploma contra el suelo polvoriento y todo se funde a negro… Su último pensamiento ha sido: “Era mi deber, defender al Imperio”.
24 de mayo de 2025. Es el último partido de Luka Modrić en el Real Madrid. Cuando el árbitro pita el final, Luka se dirige al centro del campo para despedirse de los miles de aficionados que no paran de aplaudir. "Esta ha sido mi última batalla aquí”, piensa. Su grandeza como jugador ha sido el nivel de los enemigos contra los que ha combatido y la enormidad de los héroes legendarios que le han acompañado. El gol al Manchester United. El córner de la décima rematado por Ramos. Las combinaciones con Kroos y Casemiro contra la Juventus en Gales. La asistencia a Ronaldo. El corte a Messi en el partido contra el PSG y el pase imposible a Benzema. Los pases legendarios con el exterior. Las finales contra el Liverpool… El jugador más laureado en el club con más trofeos de la historia. El más grande.
Mientras todo el mundo le aclama, nota que este momento, está sensación, ya la ha vivido antes… Un pensamiento se repite en su cabeza: “he cumplido con mi deber. Defender al Imperio”.
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La primera vez que oí su nombre y el del Real Madrid en la misma frase debió de ser en los altos del Café Comercial. Por entonces todavía era un sitio donde los viejos iban a jugar al ajedrez y, en las noches de partido, a despotricar de un Madrid que jamás iba a igualar al suyo. Habían visto a Gento y a todos los demás, así que no iban a conformarse con menos. Al fondo, acodado en una mesita, quien me mencionó al croata no fue ninguno de ellos, sino mi amigo Miguel, que debía hacer la media perfecta entre mi edad de entonces y la del resto de la concurrencia. No era lo que se dice un descubrimiento, porque Modric ya se había destapado en la Eurocopa de 2008, pero después se había ido al Tottenham y se había quedado en el lugar de la memoria donde se guardan las canciones del verano.
—¿Modric? ¿En serio?
—Hazme caso —dijo con el aplomo de los visionarios. —Es un genio.
Yo pensé que le cegaba la pasión, y ahora tendré que explicar por qué. Miguel no era precisamente un panenkita —quizás los llamábamos todavía parabólicos—, es decir, los futboleros compulsivos que tienen equipo favorito en la Premier y se tragan hasta la segunda división turca, sino que lo suyo era y es el Madrid, en su versión de veteranos, noveles y mocitas madrileñas. El de toda la vida, para entendernos, del que él era y es un aficionado de los de siempre. Si hubiera que definirlo de alguna manera, diría que en algún tiempo pasado, vestido de pantalón corto, no fue otra cosa que un pirracas. Con el paso de la vida habría llegado a ser un señor madrileñísimo cualquiera, que es lo mismo que ya es en realidad, pero en su biografía se vino a cruzar Sandra para aportarle especificidades, porque juntos crearon una improbable familia hispano-croata. Quienes los conocemos sabemos la pasión con la que se han vivido en su apartamento los duelos entre ambas selecciones, y en su tienda de alimentación del barrio de Justicia —ya saben, metro Tribunal— hay una tele donde se han visto más Copas de Europa que las que hay en el Camp Nou. Después de cada una de ellas los cuatro miembros de la familia se iban en procesión a Cibeles. Hablo en pasado porque aquello, lamentablemente, ya no va a repetirse más. La próxima copa les pillará en otra parte.
Se les ha venido encima lo que cualquiera en su situación consideraría una desgracia. Sin embargo, creo que Sandra será cauta a la hora de administrar esa palabra, pues los motivos por los que ella dejó su país son paralelos a los de Modric. La puta guerra, claro. Sin eso quizás nos los habríamos perdido en Madrid, pero Sandra y Luka —igual que todos sus compatriotas que ahora tienen pasaportes de cualquier otro sitio— a buen seguro cambiarían todas las alegrías vividas por evitar tanto dolor, tanto desgarro. Como nuestro Luka, Sandra es currante y talentosa. Desconozco los detalles de su historia con Miguel (y está bien así, a ver a quién debería interesarle más que a ellos), pero tengo entendido que él tardó en escuchar su voz: sólo comenzó a hablarle cuando manejaba el español con solvencia. En esta anécdota subyace el eco remoto de aquel país desaparecido, Yugoslavia, demasiado optimista como para ser cierto, capaz de adoptar las rancheras mexicanas cantadas en serbocroata como música popular.
La puta guerra, claro. Sin eso quizás nos los habríamos perdido en Madrid, pero Sandra y Luka —igual que todos sus compatriotas que ahora tienen pasaportes de cualquier otro sitio— a buen seguro cambiarían todas las alegrías vividas por evitar tanto dolor, tanto desgarro
Tal vez la amistad de nuestras perras antecedió a la nuestra. No lo recuerdo, la verdad, y ellas ya no están para preguntárselo. Pero sí puedo decir que para cuando yo conocí a Sandra ya hablaba castellano sin acento (puede presumir de haber superado al 10 del Madrid) y de vez en cuanto recibía a sus padres, que venían a visitar a sus nietos españoles. También la familia de aquí pasaba algún verano en las idílicas costas croatas, y ahí imagino a Miguel enhebrando conversaciones como buenamente pudiese con su familia política, cayendo de forma inevitable en el tema más global de nuestros tiempos: el fútbol, el Madrid. De ahí le venía a él ese seguimiento exhaustivo del croata que todavía vestía el 14 de Cruyff (y hasta se le parecía). En mi visión de las cosas, mi amigo Miguel supo verlo todo mucho antes que Mourinho.
Claro, que fue el portugués quien lo ganó para la causa. Hoy vivimos tiempos de precocidad en la élite nunca vistos —¿aún no les ha dicho nadie hoy la edad de Lamine Yamal?—, pero Modric vino a Madrid en lo que antes se consideraba el pico del futbolista, con el abismo de la treintena y sus incertidumbres ya a la vista. ¡Cuán fácil hubiera sido para Luka quedarse a vivir en la postal del córner de Lisboa! Los madridistas nos hemos pasado una década buscando a Ramos cada vez que la tele ofrece ese ángulo concreto, pero él estaba hecho de otra pasta muy diferente. Tres anécdotas lo ilustran.
De sus primeros tiempos en el club se recuerda una historia fuera del campo. Essien, aquel mediocampista efímero de los meses más diletantes del mourinhismo, invitó a toda la plantilla a cenar por su cumpleaños, y sólo se presentaron dos. Fueron Ricardo Carvalho —excompañero suyo en el Chelsea— y nuestro Luka Modric, que aún era un meritorio en Concha Espina. Cabe imaginar que los vestuarios de un equipo de superélite son una berrea de egos, y en esa foto se percibe el antídoto, porque hay una sonrisa de dientes todavía torcidos en la que está consignado el germen de una capitanía legendaria. Los equipos se cosen con personas como Luka, que unen a su calidad futbolística la otra, la que de verdad va a importar al final del camino, cuando las botas colgadas tengan polvo.
También es memorable aquella celebración en alguna de las Copas de Europa —imposible saber cuál, son demasiadas— en el que los brasileños se unen para retratarse con la orejona. «Luka, tú eres croata», le dicen cuando se mete en medio, pero él se queda en su sitio diciendo que juega como brasileño (así, sin artículo, como suelen hablar los balcánicos). Y a ver quién iba a negárselo... ¡ya querrían muchos brasileños saber jugar como él! En esa guasa, en esa risotada compartida entre personas que no pegan ni con cola, se puede intuir el hilo invisible que deshace los clanes y las disputas que siempre agujerean a cualquier grupo humano (sea un equipo de fútbol o un país entero).
Y la tercera: a Modric le hemos visto entregar el Balón de Oro a su sucesor. Nada menos que a Messi, colosal adversario del Real Madrid y de la selección croata. Como lo cortés no quita lo valiente, años después también lo vimos vaciarse para cortarle al argentino uno de sus característicos galopes durante una remontada. Esa acción suya se jaleó tanto en el Bernabéu como cualquiera de los goles inapelables, como cualquiera de las asombrosas asistencias que sembró en nuestros recuerdos a lo largo de trece años. Y es que el mismo Luka lo había predicho a sus compañeros en esa noche imposible: si conseguían darle la vuelta a la eliminatoria, ganarían la Champions. Para decir algo así hay que verlo muy claro... ¡eran los cuartos de final!
Vistos los resultados de sus respectivas visiones, habrá que convenir que tanto Miguel como Luka tenían razón. El Madrid se llevó esa Champions alucinante y Modric era, en efecto, un genio. Por eso, hoy, en el día de los balances, tengo que empezar a mirar a mi amigo como miraría a un profeta: él vio al 10 del Madrid antes que nadie.
Si están ustedes en Madrid y pasan por la boca del metro de Tribunal, suban por la calle Churruca. Pasado el primer cruce encontrarán una floristería y una administración de Lotería y después una pequeña tienda de alimentación, de las de siempre, a la que se le está acabando la historia, como le ha pasado a Luka. Después de tres generaciones, la ciudad cambiante va a devorarla o quizás a travestirla de otra cosa distinta, igual que le sucedió al emblemático Café Comercial de la Glorieta de Bilbao. Una familia se queda sin casa y sin negocio, así vienen los tiempos. Sin embargo, hasta dentro de unos meses aún podrán encontrar ahí a gente que, como Luka, en algún momento han sido los mejores en lo suyo. Allí estará Miguel, vestido como los tenderos de toda la vida, con su bata corta —que, por supuesto, es blanca—. O tal vez Sandra, una croata que habla español con acento de Chamberí.
Si les da por charlar un rato con ellos (cosa que no podrán hacer en la caja de un supermercado, en un ramen-bar, en una inmobiliaria, o en cualquier otro de los negocios que vendrán a reemplazarlos, pero nunca a sustituirlos), todavía podrán hablar del próximo partido o tomarse algo a la salud de quien gusten. Yo les sugiero que brinden por ese rubito callado que vino a Madrid sin nombre y se fue con tantas Copas de Europa como Gento. Una de esas personas que la vida nos puso en el camino un rato y que nos la hizo más corta, como sucede con todas las cosas felices, a base de llenarla de buenos recuerdos. Debo de haberme vuelto viejo: estoy convencido de que nadie va a poder superarlos.
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Escribo esto aún abatido por la ceremonia del adiós. Ha sido todo perfecto, vital y espontáneo hasta la incandescencia. Hablo del adiós de Ancelotti (de quien ya he escrito aquí) y de Modrić, por supuesto, ceremonia que he visto desde el amargo andén de un mayo de manos vacías y, al menos en mi caso, de corazones colmados de agradecimiento por todo lo vivido. No, no fue un sueño, todo ha sido real, que no te quepa ninguna duda. Tengo incluso que repetirme a mí mismo estas cosas cuando, en esos instantes de ensimismada —y confusa— intimidad que anteceden el sueño, pienso en las dimensiones colosales de las victorias conquistadas a golpe de voluntad durante más de diez años. Somos los privilegiados testigos de una era que ha ganado un sitio predominante en las estanterías de la historia del deporte y la dignidad institucional. Del otro lado de la calle solo dos cosas permanecen: estigma y desvergüenza. Recordémoslo hoy y que nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos no lo olviden nunca. Esto último es un asunto que no tiene nada que ver con las estadísticas sino con algo mucho más grave y más urgente que el aire, el honor.
Vivir es un lento y largo desprendimiento, una permanente ceremonia de adioses y bienvenidas, lo sabemos, pero no por ello son menos dolorosas las liturgias de las lágrimas. Hay que vivirlas porque tal es el peaje de nuestra humanidad. Lloramos porque estamos vivos; pero, además, en este caso la despedida conlleva un acento de celebración que no debemos obviar porque hemos ganado lo que nadie imaginó, lo que nosotros mismos no hubiéramos creído posible: los madridistas hemos aprendido como nadie a rimar lloros y aplausos. No será distinto en los años que vienen. Por esto es por lo que hoy he podido al fin comprender la hondura amarga del antimadridismo: ellos saben o intuyen que no pueden comer de nuestro pan, que no pueden ni podrán jamás participar del gozo intransferible de nuestro paraíso. Son soeces y reptan sobre las inmundicias de un mundo que les ha sido otorgado por la necedad o la mala fortuna.
Volvamos a nuestro asunto: ¿quién es, pues, este croata al que hoy le decimos adiós? ¿Por qué es que en las tribunas del estadio Santiago Bernabéu había tantos ojos anegados y tantas expresiones de mal disimulada congoja? ¿Por qué en el palco don Florentino Pérez hacía esfuerzos por no perder las formas que su investidura le reclama? ¿A qué se debe que un equipo contrario, sin que el partido hubiera terminado aún, acepte hacer un pasillo a un jugador rival que va a ser reemplazado? ¿Cómo es posible que un club caracterizado por la contratación de jugadores de gran calado mediático rinda hoy homenaje a un caballero de talante más bien tímido? Trataré de sacar algo en claro, tengan paciencia.
los madridistas hemos aprendido como nadie a rimar lloros y aplausos. No será distinto en los años que vienen. Por esto es por lo que hoy he podido al fin comprender la hondura amarga del antimadridismo: ellos saben o intuyen que no pueden comer de nuestro pan, que no pueden ni podrán jamás participar del gozo intransferible de nuestro paraíso
Todo comenzó en el hoy remoto 2012, cuando un tal José Mourinho tuvo la idea de insistir en la contratación de un tal Luka Modrić, croata para más señas, que jugaba por entonces en el Tottenham del norte de Londres. La prensa, como siempre sucede en estos casos, comenzó a hablar sin saber, alimentando esa cámara de ecos enfermizos donde se entremezclan impunemente la difamación y la burla. Son muy conocidos los ejemplos de la sevicia de los comunicadores de profesión, empecinados en desestimar todo lo que se refiera al Real Madrid, activo universal que paradójicamente sufre el incomprensible desdén de muchos dentro de su propio país. Como era lógico, los días se volvieron meses y con el tiempo quedó claro que aquel jugador “espumoso”, según el decir de un muy reverenciado archimandrita vasco, devino en agrimensor y gran mago. Ganó su titularidad y junto a Kroos y Casemiro consolidaron una suerte de Leviatán de tres cabezas coronadas por la exquisitez, el pragmatismo y la furia. Fueron ellos los responsables de la gran mayoría de las victorias consumadas durante estos dorados años de predominio futbolístico. Hoy ya no están y honramos su memoria deportiva mientras confiamos en el advenimiento de una nueva camada de dignos batalladores blancos.
Diré más: si copularan el estruendo y la caricia y como consecuencia de dicho enlace sobrenatural fuera engendrada una criatura, Modrić sería la encarnación de dicha mitología. Todo en Luka es atributo y gratuidad, estricto privilegio de los señalados por los dioses, que juegan haciendo y deshaciendo a placer los impalpables materiales del destino de los hombres. Personaje fabuloso, el croata ha hecho del balón una esférica afirmación de sus caprichos. El diez del Real Madrid es leyenda asida a la carne y el latido, un gigante a hombros de gigantes que vino al Bernabéu a cumplir el duro oficio de unir astucia, arte y ferocidad en el más hondo corazón de los combates. Ha cumplido. ¡Vaya que ha cumplido! Su inmortalidad se engarza en ese cuerpo esmirriado y mentiroso, de edad indefinible y de vigores repentinos, casi eléctricos: su historia es universal pero comienza y se agota en sí mismo. Ingeniero del medio campo, funambulista del detalle o bailarín a secas, Luka tiene en la mirada los rescoldos de una guerra atroz y en el empeine del pie derecho la intacta algarabía de los ángeles. Entre su alma inmortal y su carne perecedera pactan el hoy y el siempre, y ya nada es superfluo en este mundo cuando nuestro capitán resiste en solitario el más oscuro envión de la catástrofe.
Esta es, según entiendo, la razón por la que hoy millones de personas nos vimos sacudidos por los vendavales de la nostalgia y el agradecimiento más enternecido. El Madrid, mientras tanto, hace inventario de pérdidas y afila contrito el fulgor de sus espadas. El viejo guerrero, por su parte, se ha retirado a sus cuarteles a meditar frente al fuego. Su tiempo se ha cumplido.
Ingeniero del medio campo, funambulista del detalle o bailarín a secas, Luka tiene en la mirada los rescoldos de una guerra atroz, y en el empeine del pie derecho la intacta algarabía de los ángeles. Entre su alma inmortal y su carne perecedera pactan el hoy y el siempre
Dios te dio a ti un balón y a mí una simple pluma. Yo soy una sombra anónima en el desierto y tú un nombre ya imborrable en la memoria del mundo, y a pesar de todo esto, Luka, me atrevo a hablarte para pronunciar frente a ti la palabra más bella y trascendente del español y de todas las lenguas del orbe: ¡gracias!
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Buenos días. ¿Ya habéis llorado todo lo que correspondía? Si no, os dejamos un rato solos para que sigáis llorando, y volvemos a contaros cosas dentro de un rato. No se despide sin llorar muchísimo a dos mitos de la estatura de Luka Modric y Carlo Ancelotti, sin olvidar la despedida oficiosa de Lucas Vázquez (y Vallejo). Abnegadamente, como lo ha hecho siempre todo a lo largo de su carrera, el gallego se apartó para dejar toda la gloria a su entrenador y eximio compañero. Cinco Champions contemplan a Lucas, y él ha protagonizado varios momentos icónicos a lo largo de las mismas, pero ha sabido también dar un ejemplar paso a un lado para que el foco se posara sobre el técnico con más títulos (15), sobre el compañero más laureado (28 de momento, pues falta aún ese Mundial de Clubes yanqui que ya se asoma tras la esquina).
Gloria eterna a Lucas también, aunque los protagonistas destacados de una tarde inolvidable, brillantemente organizada por el club, fueran Carlo y Luka, Luka y Carlo.
El Bernabéu entero se quebró de emoción y gratitud. En el portanálisis de ayer instábamos a los asistentes a cumplir como Dios manda en su papel de representar al madridismo global y despedir a ambos héroes como se merecen. Gracias. Cumplisteis con creces.
En los últimos días, hemos publicado en La Galerna diversas piezas sobre Luka, y hoy continuaremos en esa línea. No nos cabe más gratitud en el pecho ni más melancolía en el corazón. Luka nos ordenó que no llorásemos por lo que acaba y que, a cambio, sonriéramos porque sucedió. Lo de sonreír lo estamos cumpliendo sin problemas. Lo de no llorar se nos antoja más complicado. Nadie como Modric ha concitado en un solo futbolista la admiración futbolística de las gentes y el cariño por su persona. Aquí podéis leer la reflexiva crónica de Jesús Bengoechea sobre las despedidas de ayer, así como la crónica del partido propiamente dicho, ante la Real, que sitúa a Mbappé muy cerca de una Bota de Oro que se confirmará hoy. El partido en realidad fue lo de menos, pero el rival (la Real Sociedad) dejó constancia de su señorío participando ejemplarmente en el pasillo al croata cuando fue sustituido.
Curiosamente, en el entorno realista hubo quien se preguntó si la Real hizo bien en participar en el homenaje a Modric. Ved esta lamentable captura de El Diario Vasco. Hay gente que no tiene clase ni principios ni nada.
Por el simple hecho de hacerse esa pregunta, compadecemos a ese redactor de El Diario Vasco, o a su jefe que le ordena hacerlo.
Todo lo bello y edificante que sucedió ayer en el Bernabéu es reducido por la prensa cataculé a un mero apunte en un faldoncillo. Allá ellos. Ayer tuvieron, en cambio, una mala tarde. Su Barça femenino perdió la final de la Champions ante el Arsenal. No vamos a decir que la noticia nos rompa el alma en mil pedazos. Mundo Deportivo dedica gran parte de su portada, también, a ensalzar el éxito del Espanyol, que permanecerá un años más en Primera. Es una noticia que nos alegra por amigos como nuestro querido colaborador Tomás Guasch o los Marañón, Rafa y Carlos.
Y poco más por hoy, amigos. Mañana empieza otra fase en la historia del Real Madrid, y estaremos aquí para contárosla.
Pasad un feliz domingo.
Es casi mejor empezar por el final, o por el casi final. Desde el centro del campo, con un micrófono que como buen objeto inerte era ignorante de su trascendencia, Luka Modric emitió su discurso de agradecimiento honrando a Florentino Pérez, a sus compañeros, a su familia y a todo el madridismo. Para este último tuvo palabras finales que envolvían una orden inobedecible, si es que existe la palabra. “No llores porque se acabó. Sonríe porque sucedió”.
Habría que pedir una dispensa especial a Luka. ¿Podemos cumplir solo con una de las dos partes de la encomienda? Sonreír porque sucedió es fácil: basta con convocar tantos recuerdos imperecederos (el córner de Lisboa, el exterior contra el Chelsea, la asistencia a Cristiano en Cardiff, el gol al Sevilla, la burla a Ter Stegen en un Camp Nou vacío). Es la otra parte de la orden la que comporta un reto inasumible. Me refiero a lo de no llorar porque se acabó. Hay cosas que no puedes pedirnos, Luka. Déjanos al menos que sonriamos mientras, a la vez, lloramos. Es posible compaginar ambas tareas. Lo hizo Kroos cuando apareció por sorpresa a abrazarte.
Las cámaras insistían en devolvernos la imagen de un Florentino que, en el palco, sonreía más bien poco y lloraba como una magdalena, muy especialmente cuando tú ordenaste que no lo hiciéramos. A veces somos como niños, Luka, y hay que decirnos que hagamos lo contrario para que funcione la famosa psicología inversa. “Llorad como cabrones”.
Tampoco, bien pensado, habría salido bien. El que seamos como niños no quiere decir que todo lo que funciona con ellos salga bien con nosotros, y eso lo sabrá mejor que nadie quien nos evita continuamente salir de la ilusión de la infancia, o sea, tú y tus compañeros de imbatible generación. “Los adultos son niños con dinero”, decía Kenneth Branagh en Los Amigos de Peter. En el mejor de los casos, añadiría yo. Los adultos somos gente crecida que llora, lo que nos iguala a los niños. No nos pidas pues que no lloremos, tú que nos redujiste con el exterior del pie al territorio mágico de la infancia.
Antes de Luka se despidió Carletto, y fue también devastador. Hubo un primer plano de una lágrima vibrando en su córnea de hombre bueno que me mandó a la mierda. “Os quiero mucho”. Es la mejor frase posible para una despedida. Carlo se acercó al centro del campo saludando y aplaudiendo al respetable, no tan respetable como él algunas veces pero hoy absolutamente impecable en su adiós al entrenador más laureado de la historia del club.
De repente el “Cómo no te voy a querer”, que la gente comenzó a corear en diferentes momentos de la inolvidable velada, tenía un destinatario distinto. Ese “tú” al que es imposible no querer dejó por un minuto de ser el Real Madrid y pasaron a ser, sucesivamente, los dos protagonistas de la noche.
En otras palabras, el destinatario de la canción era exactamente el mismo.
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A cualquier evento en directo que a priori se supone va a ser emotivo convendría pedirle que hubiera un crescendo, pero la magnitud de las dos despedidas en juego en la tarde hoy no dio tregua. La camiseta gigante de Modric en el centro del campo, el público sollozando a la mención de los nombres de Carlo y Luka por los altavoces y el ambiente general de emoción eléctrica. Era imposible no empezar por llorar por adelantado, como quien intenta agilizar el trance. Ingenuamente, claro. El trance duraría todo el partido y más allá, estando como estaban anunciados tributos al término del mismo.
El partido daba igual, como no fuese para engordar los registros goleadores de Mbappé y apuntar su posible Bota de Oro, cosa que ya estuvo a punto de hacer a pase de Güler, pero Marrero salió bien a sus pies en el minuto 6 y su remate se fue fuera en el 12 tras una eléctrica triangulación con el propio Güler y Brahim. El público prorrumpía en cánticos con el nombre de los dos homenajeados de la noche, y la importancia del fútbol naufragaba en el océano de lágrimas. También Lunin tuvo que salvar brillantemente un uno contra uno frente los txuriurdin.
El Madrid parecía conjurado en pos de la virguería veloz en las cercanías del área contraria, una de las cuales fue resuelta con un disparo de Asencio que Marrero despejó. Se percibían unas ganas preciosistas de honrar a los dos héroes salientes no siempre bien enfocadas pero nobles, agradecibles.
Modric se acercó a tirar un córner allá por el 34, y en esa zona del campo fue como cuando la carroza de Melchor pasa justo por donde están tus niños. Como resultado de la misma jugada, un sombrero de Güler resultó en una mano de Marín que el VAR señaló como penalti. Lo era, pero sabemos que tal cosa no la hubiera hecho ni borracho Figueroa Vázquez de haber habido puntos decisivos en juego. Mbappé lo marró en primera instancia, pero encarriló el rechace en pos de la famosa Bota. La gente había pedido que lo tirara Modric, pero la cosa de los trofeos individuales tiene su aquel en el mundo modestamente egocéntrico de los peloteros (Kylian no es peor que cualquier otro). Con el 1-0 se llegó al descanso. Antes de todos estos acontecimientos, Marrero, suplente habitual, le había hecho otro paradón a Mbappé. Ya se sabe: consagrando porteros desde 1902.
El segundo tiempo comenzó con las mismas sensaciones agridulces y desconcertantes. Nada dulce y bastante agria fue la lesión de Brahim, la enésima en este aciago final de temporada. Cada balón que tocaba Modric era el antepenúltimo, o quizá el penúltimo, o quizá… Menudo nudo en la garganta. En lugar de Brahim entró Vinicius con algún que otro alarmante silbido del piperío. Ingresó también Vallejo, recibido entre aplausos por un público consciente de que se va también aunque nada se haya anunciado. 13 títulos ha ganado Vallejo sin apenas participar en casi ninguno.
Todo el mundo jugaba para el lucimiento del croata y para que asegurara su galardón individual Kylian, que no pudo volver a batir a Marrero en un nuevo balón de Güler. El partido seguía porque tenía que seguir. Eran los actos posteriores lo que importaba. El encuentro no se desarrollaba. Discurría, a lo sumo. La tuvo Vinicius a pase de Mbappé y Güler tiró de lejos sin excesivo peligro. El espectáculo estaba en los córners, allá donde la gente se arremolinaba en torno al mito cada vez que el transcurrir del partido le obligaba a caer por allí.
En el minuto 75, Lucas Vázquez fue sustituido. Nadie había anunciado que fuese su último partido en el Bernabéu, pero se produjo una abrumadora asunción colectiva del hecho. Se marchó llorando y abrazando a todo el mundo, mientras el Bernabéu le tributaba una ovación en pie. Le queda también el Mundial de Clubes, pero aquí se despide otro héroe, de estatura menor a la de Luka o Carlo pero con sus 5 Champions en el zurrón. Las mismas que el club cliente de Negreira y con varios momentos inolvidables en ese devenir. Dios le bendiga siempre.
En el último tramo, Vini se sacó de la manga una gran asistencia a Kylian, que marcó para más o menos asegurar la Bota de Oro.
Y llegó el momento. Imposible de asumir. Con un pasillo por parte de ambos equipos, Modric se marchó al banquillo. Dejen en paz al cronista. Tiene que llorar. El mismísimo Kroos estaba ahí también.
Y así acaba esta crónica que nunca querríamos haber escrito. En otra ventanilla hablaremos del emocionante pospartido.