La carrera de Lucas Vázquez en el Real Madrid probablemente esté muy por encima de la suma de todas las de sus detractores.
Esta semana, fcQuiz nos reta con un cuestionario sobre el 17 blanco. ¿Te atreves?
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Buenos días, amigos. Nos despertamos, nos damos una ducha, tomamos un café y corremos a leer las portadas. A ver qué nos cuentan de nuestro Madrid. Un Madrid que acaba de cerrar un ciclo glorioso y trabaja con denuedo para que el que comienza nos haga sentir orgullosos a todos. Y gane, claro, porque aquí es lo que cuenta. Como decíamos, acudimos a la prensa a ver qué noticias blancas trae. Deben de ser muchas, ya sabéis que según los expertos los medios son del Madrid. Empezamos por los periódicos de la capital.
Bueno, parece que no hablan mucho del Madrid. Pero, en fin, ayer disputó el Betis la final de la Conference League y el asunto requiere su espacio. Los verdiblancos perdieron 1-4 frente al Chelsea.
Marca desarrolla que el “El Betis se adelantó y fue mucho mejor en una primera parte en la que perdonó”, lo que equivale a afirmar que el Titanic fue el mejor barco del mundo hasta que se hundió.
Lamentamos esta derrota por los grandes amigos béticos que tenemos. Han conformado una gran escuadra y seguro que el año que viene lucharán por grandes objetivos. Por desgracia, para ganar en Europa no basta con realizar buenas primeras partes. Son necesarias muchas más cosas. De ahí el mérito que supone ganar un título europeo. Imaginad lograr seis en una década.
Una vez leída la información bética, vamos a ver qué hay del Madrid. Un momento, por favor… La lupa, ¿dónde dejamos la lupa? Ay, pues en el cajón de los náuticos tampoco no está. Vaya. Ni en el armario de las comas del vocativo. Esto…
—Fred, ¿no habrás cogido tú la lupa para analizar las características de los posibles fichajes blancos?
—Sí, la tengo yo. Ya sabes que necesito herramientas para ver los rasgos faciales de los futuribles, tan importantes como sus virtudes futbolísticas.
—Déjamela, por favor. Solo será un momento. Gracias.
Una vez con la lente, revisamos de nuevo las portadas madrileñas.
¡Toma! ¡Algo sobre el Madrid en el As! Abajo a la izquierda de la portada prisaica leemos: “Stiller entra en la agenda. Mediocentro del Stuttgart, no es la primera opción, pero sí candidato”. Stiller no cuenta con la mirada Acero Azul, pero sí con un buen puñado de virtudes que serían de provecho en el Madrid de Xabi Alonso. Nagelsmann lo ve como el sucesor de Kroos, aunque todos sabemos que eso no existe. De todos modos, hasta que no lo analice Fred Gwynne preferimos no pronunciarnos.
Antes de devolverle la lupa a Fred, escudriñamos el Marca. ¡Bingo! Los de Gallardo también dedican un intersticio en el centro-derecha de la parte baja al Madrid. Concretamente a la ascensión de Arbeloa al filial vikingo. Podríamos resumir que Arbeloa sube al Castilla, pero la Central Lechera lo baja al sótano.
No es solo un nombramiento, es un gesto de confianza en quien ha demostrado compromiso, carácter y pertenencia. Poner el Castilla en manos de Arbeloa es una declaración de principios, una forma de decir que el futuro se erige sobre los valores que nos sustentan.
Al igual que a muchos madridistas, nos ilusiona esta manera en la cual se está dando forma al club después del último ciclo glorioso. El tándem Alonso-Arbeloa, la doble A, al frente del primer equipo y el Castilla hace que estemos deseosos de que esto empiece.
Xabi y Álvaro son espadas diferentes forjadas en el mismo fuego. Un fuego que debe impregnar el devenir de este nuevo Madrid. Un espíritu que enriquece el aspecto táctico de Alonso en el Bernabéu mientras un chico aprende a no rendirse en Valdebebas viendo cómo le habla Arbeloa.
Para la prensa catalana no necesitamos la lupa porque sabemos que no habrá mención alguna al Madrid, ya que quien ha perdido una final europea ha sido el Betis, no los blancos. Si hablaran de los 19,3 de Lamine tampoco haría falta. Ya sabéis que tratamos el asunto en el portanálisis de ayer. Nos quedamos con la curiosidad, eso sí, de saber qué habría publicado, de haberse producido su fichaje por el Barça, el padre de Nacho Vidal, el ex de Osasuna, por supuesto.
Las portadas de los dos diarios cataculés, centradas en lo local, contrastan con las madrileñas, que al menos disimulan su parcialidad con una visión más amplia del mundo. Sport y Mundo Deportivo brindan poca atención a la final europea verdiblanca. Probablemente en ambos periódicos haya un señor, o una señora, o un señore, o más probablemente un señori, en un puesto de la redacción para filtrar informaciones de otros equipos y sentenciar: esto no es importante, a no ser que sirva para atizar al Madrid.
Pasad un buen día.
El ser humano aprende a una edad temprana que en la vida todo tiene un final. La fuerza de la costumbre nos educa casi tanto como la inevitable marcha de la vida, ese mecanismo oculto que obedece a las leyes escritas por la naturaleza. Por ello, aunque nos cueste, la despedida del ser querido tiene un ritual en la vida de nuestra tribu. Desde decir adiós a un ser querido hasta la ruptura amorosa, el ser humano convive con la pérdida de forma obligatoria. Hay religiones que dan una explicación o una base teórica para transitar el duelo. En literatura, el subgénero de la elegía ha parido obras inconmensurables que nos educan y conforman. Sin ir más lejos, en nuestra lengua la elegía ha dado frutos universales como las célebres Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique o la archiconocida composición de Miguel Hernández a su amigo Ramón Sijé. Piezas únicas que nos enseñan a transitar por un episodio de la vida que cuesta y sobrecoge.
Inevitablemente, en el deporte tenemos otra oportunidad para aprender a despedirnos de las personas. El fútbol no deja de ser una escuela de vida y cuando asistimos a la despedida de nuestros ídolos, algo de nosotros se apaga con ese adiós. Es el ciclo de la vida, el trago amargo después de tanta dicha. Para los madridistas, ese último capítulo se produjo el pasado sábado. La despedida que todo el madridismo dio a Carlo Ancelotti y a Luka Modric pasará a los anales del club. Todo el Santiago Bernabéu puesto en pie para rendir honores a dos de nuestros héroes más laureados. Millones de espectadores en todo el mundo estuvieron unidos a los hinchas que poblaban las gradas del estadio. Por supuesto, el amor por dos de nuestros hijos predilectos nos une en un destino universal. Así se despide a las leyendas.
Lejos de vivirlo de forma traumática, el club ha sabido dosificar las emociones. Pasadas unas horas se oficializó la llegada de Xabi Alonso. El fichaje del técnico vasco era un secreto a voces, pero ver materializado el deseo en la mismísima realidad siempre alegra a los corazones. El donostiarra llega tras haber logrado el mayor éxito deportivo en la historia del Bayer Leverkusen. A pesar de su corta carrera como entrenador, Alonso suscita el consenso de la crítica y el público. Desde el mourinhista hasta el panenkita, todo el mundo del fútbol respeta a Xabi Alonso.
Siendo el fútbol un mundo tan exacerbado, la llegada de un entrenador que unifique a una masa social es buena cosa. Tanto es así que en los últimos meses me sorprendía ver a propios y extraños esperando a Alonso como quien espera la parusía. Tantos años viendo fútbol y todavía hoy me fascina el entusiasmo natural y sincero. El fútbol debe ser un refugio contra la tormenta, un bastón para caminar. A veces olvidamos que lo más importante para el aficionado es el disfrute. O, al menos, debería serlo.
Siendo el fútbol un mundo tan exacerbado, la llegada de un entrenador que unifique a una masa social es buena cosa
Algo de todo esto vino a decir Xabi Alonso en su presentación como entrenador del Real Madrid. Durante su puesta de largo, Alonso soltó: "Quiero encender a la afición porque así nuestra fuerza será imparable". Más allá de su excelente discurso, esta referencia directa destaca por su propio peso. No me parece baladí que el entrenador de un equipo quiera que sus aficionados se enorgullezcan del mismo. Es un primer paso muy esperanzador.
Y si bien es cierto que Ancelotti ya forma parte de la selección de fútbol de Brasil, con Luka Modric aún tenemos una última cita. El centrocampista croata tiene en la Copa Mundial de Clubes de la FIFA la ocasión perfecta para una dulce despedida. Si Dios quiere, el último partido de Modric con la camiseta del Real Madrid será el próximo domingo 13 de julio. Marcharse en una final es puro Real Madrid. Pero igual, pase lo que pase, el destino querrá que nuestros caminos se vuelvan a unir. Por eso, admirados Carlo Ancelotti y Luka Modric, nos volveremos a ver.
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La actualidad nos ha traído ver cómo el técnico Ange Postecoglou devolvió la gloria europea al Tottenham con el triunfo en la Europa League. Los spurs llevaban más de cuatro décadas sin conquistar un título europeo desde que levantaran la Copa de la UEFA en 1984. Con la victoria ante el Manchester United en San Mamés, salvaron la temporada y lograron la clasificación para la próxima edición de la Champions League.
El entrenador del Tottenham es un trotamundos que ha jugado y dirigido en tres continentes, entre ellos Oceanía, donde trabajó a las órdenes de uno de los más grandes mitos de la historia madridista. Esto nos sirve de asidero para contaros esta y otras historias que relacionan al club blanco con Austrlia.
En Australia, país al que emigró con 5 años, Postecoglou ha entrenado al South Melbourne, Brisbane Roar y Melbourne Victory; en Japón, al Yokohama Marinos y en Europa, a los griegos del Panachaiki, Celtic de Glasgow y Tottenham Hotspur. En su etapa como jugador militó en el South Melbourne y también fue internacional de los socceroos entre 1986 y 1988.
Con los hellas empezó a interesarle el aspecto táctico del juego porque le entrenó Ferenc Puskas entre 1989 y 1992. Su padre le había hablado maravillas de Pancho en su etapa de jugador y desde el primer momento le idolatró. Algunas de esas variantes, como el juego por las bandas se le quedaron grabadas al técnico de los Spurs, y las ha implementado en su librillo como técnico. También el gusto por el fútbol ofensivo. Otro aspecto del que tomó nota fue de la gestión del vestuario de Pancho Puskas, aprendiendo de la importancia de un vestuario unido que mirase más allá de los resultados
La relación con Puskas en Australia pasó de la clásica entrenador-jugador y se hizo mucho más estrecha, algo de lo que siempre se ha mostrado muy orgulloso Postecoglou. En ese trienio de Cañoncito Pum, el South Melbourne logró una NSL en 1991, una NSL Cup en 1990 y dos Dockerty Cup. Postecoglou, que habla cinco idiomas, ejerció de traductor y de chófer de Pancho. Lo llevaba diariamente al entrenamiento en un antiguo Datsun 200 al que le pesaban los kilómetros, pero eso no preocupó a Puskas, incluso cuando el vehículo daba muestras de agotamiento. En más de una ocasión las ventanillas se quedaron atascadas, en otra el coche pinchó cuando Postecoglou lo llevaba al aeropuerto y tuvo que parar en medio de la autopista para cambiar la rueda mientras Puskas estaba sentado en el asiento del copiloto. Así forjaron una bonita amistad, según las propias palabras del técnico greco-australiano.
La siguiente historia que relaciona Australia con el Real Madrid tiene por protagonista al mismísimo Santiago Bernabéu. El patriarca blanco guardaba una gran amistad con Manolo Santana, miembro de la sección de tenis del Real Madrid. En 1965, España se clasificó para la final de la Copa Davis y viajó a Australia, que era el país anfitrión. El combinado aussie lo formaban un conjunto de tenistas extraordinarios: Roy Emerson, Fred Stolle, John Newcombe y Tony Roche. Como compañeros, Santana tenía a Juan Gisbert, Juan Manuel Couder y José Luis Arilla, en un equipo capitaneado por Jaume Bartroli. La final se celebró a finales del mes de diciembre y Bernabéu, junto a su esposa Doña María, decidió cruzarse medio mundo para apoyar a Santana y a España. “Había que estar allí. Tenga en cuenta que Santana es figura del Real Madrid, y que dentro de unos días vamos a inaugurar la Ciudad Deportiva con un gran concurso de tenis”, reconoció Bernabéu a Rafael Martínez Gandía en MARCA.
Nada más pisar Australia y la ciudad de Sídney, se encontró con una cara conocida: Adauto Iglesias. Guardameta merengue entre 1948 y 1953, se reencontró con el que fue su presidente durante la estancia en el equipo blanco. El portero viajó a Australia en 1961 con 32 años de vacaciones, y terminó por convertirse en una de las caras conocidas del fútbol en el país y un verdadero ídolo. En Sídney conoció a uno de los jefes del Apia Leichhardt Tigers Football Club, el equipo de la comunidad italo-australiana, le gustó el país, encontró el amor en una mujer de origen inglés llamada Wanda, con quien tendría dos hijas, y decidió quedarse. Su gran papel llamó la atención de la Federación australiana, que lo convocó para varios entrenamientos e incluso disputó un partido no oficial en una gira del Everton por el país. Luego, tras colgar los guantes seis años después, tomó los mandos como técnico del equipo conquistando tres Ligas.
A la derrota de España en la final se unió una trágica noticia, el fallecimiento de Juan Ignacio Arriola. Antiguo lateral derecho del Real Madrid en etapa juvenil entre los años 1962 y 1964, un derrame cerebral terminó con su vida tras haber asistido en el Club Español a una fiesta en honor a los jugadores de la Copa Davis. Arriola tenía 19 años y era hermano de José Luis, uno de los juveniles campeones del mundo con la selección española en 1954, y que tenía previsto viajar pronto para establecerse allí con su hermano. Arriola decidió hacer las maletas a finales del año 64 junto al técnico argentino José Alberto Valdivieso, compatibilizando en Sídney el trabajo con el fútbol en el club Canterbury.
A su sepelio acudieron Bernabéu, su esposa doña María, Pedro Buendía, antiguo jugador del Atlético de Madrid y Córdoba, que entrenaba al Canterbury en ese momento, y Luis Vives, un compatriota que vivía en aquella ciudad. Ante la imposibilidad de trasladar sus restos a Madrid, por el alto costo que su club australiano no podía sufragar, el presidente merengue decidió correr con todos los gastos del entierro y la lápida.
El presidente blanco explicó en MARCA que “el cementerio de la ciudad era algo enorme. Increíblemente grande. Se parecía mucho a la Casa de Campo, pero más pelado. El caso es que encontramos a un marmolista que se brindó a hacer la lápida y el cerco en 24 horas, en cuanto se enteró de quiénes éramos, ya que él había jugado hace algunos años, casi veinte, en el Manchester inglés. La verdad es que aunque el Madrid no tuvo que ver nada con su marcha, nos sentíamos unidos a él por españolismo”.
Bernabéu redactó el siguiente texto para la lápida: “Juan Ignacio Arriola González, de 19 años de edad. Le llamó Dios cuando, juvenil, vino de España para triunfar ¡Pobrecito! Descanse en paz. Te recuerda el Real Madrid C de F”. Santana también confirmó a MARCA que había “iniciado una colecta para la familia de este infortunado muchacho que murió aquí hace días. Cuando regresemos a Madrid, entregaré lo que obtenga”.
El Real Madrid solo ha visitado en una ocasión Australia y el continente oceánico. En la pretemporada de 2015, el equipo dirigido por Rafa Benítez hizo un stage de dos semanas y disputó dos encuentros de la International Champions Cup.
La expectación que generó el Real Madrid fue enorme y hubo locura para conseguir entradas. En ambos choques llegó a reunir un total de 160.000 espectadores en un deporte que no es mayoritario en el país. En lo económico resultó una prueba muy exitosa, con casi doce millones de beneficio para las arcas del conjunto blanco. Los madridistas tuvieron la visita al entrenamiento de Daniel Andrews, primer ministro de Victoria. Realizaron un acto privado de firmas con aficionados australianos y recibieron al conjunto de fútbol australiano de los Richmond Tigers, que los animaron a probar disparos con el balón ovalado.
En lo deportivo, la expedición blanca aterrizó en Australia el 13 de julio, después de más de 25 horas de vuelo tras escala en Kuala Lumpur. Cinco días después disputaron el primer encuentro de su historia en Australia contra la Roma en el Melbourne Cricket Ground. El equipo blanco y el romano empataron a cero en el tiempo reglamentario y los giallorossi vencieron en penaltis por 7-6. Seis días más tarde, el Real Madrid volvió al mismo recinto para enfrentarse al Manchester City de Manuel Pellegrini. Los madridistas, bailando al son de Isco, vencieron por 4-1 con tantos de Benzema, Cristiano, Pepe y Cherysev, y se llevaron el trofeo de la ICC (International Champions Cup)
Hasta la fecha, el Real Madrid, en su equipo de fútbol, no ha contado con ningún australiano en sus filas en los 123 años de historia de la entidad. Sí ha ocurrido tanto en la sección de baloncesto como recientemente en el conjunto de fútbol femenino.
En el verano de 1997, el equipo de baloncesto buscaba un pívot para reforzar su juego interior. Tras un intento abortado por Anicet Lavodrama, las miras fueron para Paul Rogers. Con pasaporte británico, su fichaje se realizó en una operación relámpago tras su paso por la universidad de Gonzaga y después de no encontrar hueco en la NBA. Había pocos pívots comunitarios y el Madrid se lanzó de lleno a por su contratación. El artífice de su llegada fue el técnico Miguel Ángel Martín, que hablaba así de Rogers: “Es muy activo, corre bien el contraataque, coge rebotes y tiene una visión de juego privilegiada para un pívot. No intimida, pero defiende aceptablemente”.
La prensa le bautizó como el ‘anti-Rentzias’ por el jugador griego de gran status en el panorama europeo y que había firmado por el Barça: “No hay problemas. Estoy preparado para frenar a ese tal Rentzias y a cualquier otro que se ponga por delante. He venido aquí a demostrar que sé jugar al baloncesto”. El australiano era un pívot grande, de 2,13 metros de estatura, bueno reboteando y con capacidad de pase.
Su paso por la capital fue efímero, y solo estuvo una temporada en la que el Madrid cayó en semifinales de los playoff de la Liga ACB y a las primeras de cambio en la Copa del Rey celebrada en Valladolid. No dejó un gran sabor de boca y su mejor partido fue ante el Gran Canaria, anotando 16 puntos y cogiendo 9 rebotes.
Su compatriota, la futbolista nacida en Brisbane, Hayle Raso, también tuvo una etapa breve en el equipo femenino del Real Madrid. Extrema por la parte derecha, muy rápida, vertical y con regate, solo estuvo en el cuadro madridista en la campaña 2023-2024. El fichaje fue acogido por la afición como ilusionante para desenvolverse en el perfil diestro. Su recorrido por el fútbol inglés en el Everton y el Manchester City había sido notable, y en la selección era una de las fijas en una Australia muy potente a nivel femenino.
Alberto Toril le dio de inicio mucha confianza, pero con el paso de las semanas y los meses Raso no terminó de explotar y su rendimiento fue a menos. Terminó disputando 39 encuentros (14 como titular) entre la Liga y la Champions League, marcó cuatro dianas y asistió en otros cinco tantos. Solo firmó un curso y al término de la campaña 2023-2024 abandonó el equipo. Se despidió enviando un dardo al límite de jugadores extranjeras por parte de la Liga femenina española.
Fotografías: archivo de Alberto Cosín, Getty Images
Buenos dias, amigos. Lamine Yamal ha renovado su contrato y, en principio, seguirá jugando para el club cliente de Negreira hasta 2031. Esto es todo lo que sabemos sobre el nuevo acuerdo si nos atenemos al comunicado oficial de la entidad palanquera (que no palanganera, esa es el Sevilla) y a lo que cuenta su prensa afín.
Lo que dice su prensa afín es poco y además incorrecto. Fijaos si no en este tuit de Mundo Deportivo. Difícilmente puede ser oficial que el mejor jugador del mundo seguirá jugando para dicho equipo cuando no es ni muchísimo menos oficial que Lamine Yamal sea el mejor jugador del mundo. Es en nuestra opinión solo un excelente jugador, pero ni siquiera eso es oficial tampoco, puesto que siempre estará sujeto al juzgar de las gentes, siempre será materia encerrada en la subjetividad.
Las portadas de la prensa cataculé tampoco son muy elocuentes (por no decir nada) respecto al salario que percibirá el joven (no sabemos si sabréis que tiene diecisiete años, se ha quedado anclado en esa edad como Marujita Díaz se quedó en los cuarenta) ni sobre su cláusula de rescisión.
Como veis, el propio Mundo Deportivo se las ve y se las desea para dar datos de la operación sin dar absolutamente ningún dato de la operación. Decidnos si es posible abrazar con mayor entusiasmo vaguedades de mayor magnitud. “Adecuación salarial a su estatus de superestrella”. “Blindado del interés de otros grandes”. “Bonus por el Balón de Oro”. Por lo menos cifra en 1.000 millones la cláusula de rescisión (la que ya tenía), pero ni siquiera esto es oficial tampoco. El traje tiene que ser lo suficientemente amplio e inconcreto como para recoger dentro la remuneración anatómica del mejor jugador del mundo y la de un simple juvenil aventajado, porque eso es lo que el club cliente de Negreira quiere convencernos de que está haciendo: asegurarse para los restos al mejor jugador de la historia al coste de un chico normalito de la Masía.
Sin embargo, el padre de Lamine Yamal, que es un elemento, ajeno por completo a la discreción que desde Can Barça han tratado de imponer, se ha lanzado al océano proceloso de las redes sociales a marcar paquete con una cifra estratosférica. A ver si no van a ser verdad las modestas cifras que otros han filtrado. El bueno del papá -que en redes sociales, por razones que se nos escapan, se hace llamar con el vocativo más propio de la industria porno Hustle Hard- no ha podido mantener esa boquita callada y ha tenido que fardar ante los amigotes del sueldazo de su hijo, y en consecuencia de lo que a él mismo le caerá en la fiesta.
19’3. Ese parece ser el auténtico sueldo del chaval. 19’3 millones para Lamine y 8’4 millones para Negreira. 17 millones y punto por el fichaje de Neymar. 100 millones por los palcos VIP. El Barça en cifras, unas verdaderas y otras no, como los pimientos de Padrón.
Los portavoces oficiosos del club palanquero se activaron al instante ante la bestial indiscreción del inefable bocazas cibernético. Harían bien estos voceros, con todo, en armonizar sus versiones de la historia para proyectar un solo mensaje, pues de lo contrario nos harán dudar, sin duda infundadamente, de la veracidad de lo que cuentan.
El primer chiringuitero, anoche, aventuró una explicación del enigmático trino yamalero que, la verdad, no satisfizo a nadie. No son millones, oigan. 19 es por el número que Lamine luce en su camiseta y 3… erm… 3 pueden ser… erm… ya está, los títulos que ha ganado este año.
Lo divertido vino cuando el segundo chiringuitero ofreció otra explicación completamente contradictoria. Todo menos admitir que el jugador tendrá un sueldo capaz de hipotecar a una entidad que ya yace suficientemente sobre la lona financiera.
No, almas de cántaro. Es una emocionante alusión al día del padre, el 19 de marzo. “Se confundió y puso una coma en lugar de un guión (¿guión?) porque el bueno de Hustle Hard en realidad quería poner 19/3”.
Maravilloso.
El día del padre. Nada hay más bello que el amor paterno-filial, pero la información que a nosotros nos llega no es esa tampoco. Lejos de reflejar una cifra pecuniaria, os podemos adelantar que 19 es el siglo en el cual el FC Barcelona comenzó a comprar el sistema arbitral (unos años antes de su propia fundación en los albores del siglo 20, pues más vale prevenir) y que 3 son por tanto los siglos en los cuales ha habido pagos al CTA.
Menos mal que tenéis La Galerna para resolveros los grandes enigmas de nuestro tiempo, amigos. De nada.
La prensa deportiva madrileña va con el Betis en su final de Conference League hoy frente al Chelsea, y nosotros también a pesar de muchos pesares, y en la ilusión de ver alegres a muchos béticos muy queridos, empezando por Rafael Gordillo.
Pasad un buen día.
Xabi Alonso siempre gustó a Florentino y al madridismo. Como jugador hablamos de un centrocampista colosal. Con 2 Champions, 2 Eurocopas y una Copa del Mundo en su palmarés, fue clave para erigir un Madrid que primero se liberó del yugo del Barcelona con Mourinho para después, con Ancelotti y Zidane, establecer la mayor dinastía que ha visto el deporte profesional.
Pero en Chamartín también encandila la persona. Xabi es un tipo de principios y un carácter muy marcado. Logró lo casi imposible en aquella España dividida: defender a Mourinho sin ser vetado en una selección secuestrada por la doctrina Barça. De hecho, en su última etapa con el combinado nacional ni se dirigía la palabra con Xavi ni se sentaban jamás en la misma mesa.
A esta personalidad tan marcada hay que unirle que siempre, desde chaval, ha huido de su zona de confort. Lo demostró volando muy joven del nido para irse a la Premier en años en los que esas aventuras no eran tan habituales o, siendo un ídolo en Liverpool, aceptando la oferta del Madrid (que como club más exigido del mundo siempre supone escapar de la comodidad y cogerse de la mano con la máxima presión). De la misma forma eligió retarse en la recta final de su carrera cambiando el Bernabéu por el Allianz Arena.
Xabi es un valiente. Y lo demostró, sobre todo, tras lograr un ascenso memorable con la Real Sociedad B a Segunda más de 60 años después. Tras el descenso al año siguiente (que es lo habitual en la categoría de plata con cualquier filial) el siguiente paso para él era absolutamente crucial. El 99% de los entrenadores en este punto decisivo de sus carreras encargan a sus agentes rechazar sistemáticamente trabajos en equipos en mala situación clasificatoria o que no tengan plantillas de mucho talento o inversiones en ciernes muy potentes. Pero Xabi tuvo el arrojo y la confianza en sí mismo de aceptar un puesto como entrenador de un Bayer Leverkusen enfilando el abismo del descenso. Y lo demás es un cuento de hadas.
Logró lo casi imposible en aquella España dividida: defender a Mourinho sin ser vetado en una selección secuestrada por la doctrina Barça
El Xabi entrenador no sólo los sacó del atolladero, sino que los metió en Europa. Y a la temporada siguiente hizo historia con ese grupo ganando la primera Bundesliga de su palmarés, además sin perder, lo que no había logrado nunca nadie en Alemania. A eso le sumó la Copa y, esta temporada, también la Supercopa. Tres títulos a una vitrina en la que sólo había un trofeo copero. Todavía esta misma temporada, aunque algunos se lo han querido deslucir en vano, fue capaz de pelearle la Bundesliga a un Bayern Munich reforzado y herido en su orgullo o de clasificarse para octavos de Champions dentro del top8. Como técnico, su carrera es corta (6 años más uno de debut con el Infantil A del Real Madrid) pero deslumbrante.
En los cuatro pilares sobre los que se sustenta la labor de un entrenador de fútbol, el táctico, el psicológico y el de la comunicación interna y externa, Xabi regresa al Madrid habiendo demostrando destreza, conocimientos y poso.
En lo táctico, pocos futbolistas han tenido el privilegio de beber de entrenadores como Mourinho, Guardiola, Ancelotti, Pellegrini o Rafa Benítez. De esta lista son Mourinho y Pep los que más le han marcado. Son los más intervencionistas en cuanto a dirección de campo y los más concienzudos a la hora de preparar los partidos analizando exhaustivamente cada situación que se puede presentar. Para Xabi, hay algunas que no se pueden controlar en un campo de fútbol, pero son muy pocas, y siempre el equipo las puede interpretar para colocarse o moverse de forma que pueda sacar al máximo partido posible. Y las que sí se pueden controlar (salida de balón, ataque posicional, presión, repliegue, basculaciones) las mide al detalle. No es un obseso del juego de posición ni de posesión, pero sí de tener el mando de los partidos, sea con balón o sea sin él. Que pase lo que tú quieres que pase y que se sienta en el partido que estás más cerca del gol que tu rival. Siempre va a intentar dominar, pero no siempre de la misma manera. Tampoco está casado con ningún dibujo en concreto, aunque en ese equipo la defensa de 3 sí le sentaba como un guante.
En lo táctico, pocos futbolistas han tenido el privilegio de beber de entrenadores como Mourinho, Guardiola, Ancelotti, Pellegrini o Rafa Benítez. De esta lista son Mourinho y Pep los que más le han marcado
Xabi está obsesionado con los detalles, como lo están Mourinho y Guardiola, que pueden marcar la diferencia y crear las condiciones, según explica él en diversas entrevistas, para que brillen sus jugadores de más talento. Ya desde jugador llevaba a ese entrenador dentro. Cuenta cómo siendo un pipiolo, y viendo como los Valerón, Fran o Mauro Silva le escondían la pelota y hacían con ella lo que querían, estaba toda la semana dándole vueltas a qué podía hacer la próxima vez para impedírselo. También ha contado muchas veces cómo, hablando con Mou y Sergio Ramos, se dan cuenta de cómo Messi les castigaba en los clásicos cuando Xavi le hacía a él saltar a la presión. Messi le cogía la espalda. Si Ramos iba a Messi, se la picaban al extremo. Incendio. SI Ramos, se quedaba, Messi recibía entre líneas solo y de cara. Cuando Xabi decide regalarle la pelota a Xavi y ser él quien se quedaba junto a Messi, la tendencia en los clásicos se volteó. Había entrenador ahí.
En cuanto a la psicología, volvemos a Mourinho y Guardiola, entrenadores que en sus mejores temporadas, además de una labor táctica adelantada a su tiempo, supieron conectar con sus vestuarios, tanto en lo colectivo como individualmente con las peculiaridades de cada estrella. O tener la humildad, como acabamos de ver, de discutir las tácticas con los jugadores de más peso y más capacitados para entender el juego e intervenir en la pizarra. Xabi comprende, y más en un club como el Real Madrid, que esa conexiones son fundamentales para que la electricidad fluya.
Lo más importante quizá en un vestuario como el del Madrid, repleto de estrellas y de gente que ya lo ha ganado todo, es no creerte el más importante. Eso Xabi lo sabe desde mucho antes de ser nadie como entrenador. En una entrevista llegó a declarar que, ante jugadores con talento que se encontró en la Real Sociedad B, rápidamente se dio cuenta de que allí lo importante no era crecer él, sino hacer crecer como futbolista por ejemplo a Martín Zubimendi: “¿Qué puedo hacer yo para que él sea mejor?” —se preguntaba Xabi —. Obviamente, logró un gran resultado. Como lo hizo en el Infantil A del Real Madrid con Yusi, Chema, Jacobo Ramón, Cristian Perea, Hugo de Llanos o Álex Jiménez, a un paso todos ellos de la élite o ya instalados en ella. En cualquier caso, que nadie se confunda. Sabe ser cercano cuando es necesario, pero también estricto. Lo cuenta Aleix García tras su primer año con él en el Bayer: “No le gusta el cachondeo y si tiene que pegar cuatro gritos, los pega. Quiere que corra todo el mundo”.
Lo más importante quizá en un vestuario como el del Madrid, repleto de estrellas y de gente que ya lo ha ganado todo, es no creerte el más importante. Eso Xabi lo sabe desde mucho antes de ser nadie como entrenador
Sobre la comunicación interna, que es tu eficiencia a la hora de llegar al vestuario, no hay más que ver cómo le han despedido sus jugadores de Leverkusen para darse cuenta del cariño que le tienen, y no hay más que comprobar cómo jugaban para saber que su mensaje futbolístico llegaba. Porque un entrenador que sabe mucho pero no hace calar su mensaje (todos podemos acordarnos de Benítez o Lopetegui en el Madrid) no sirven de nada. Xabi tiene ese poder de persuasión en su discurso, muy característicos también de Guardiola y Mourinho.
La comunicación externa también es esencial en el Real Madrid. Debes representar en público a un club modélico y ejemplar, más que ningún otro en el mundo, cuatro veces por semana. Y ante una prensa que va a lanzarte anzuelos y tenderte trampas para pillarte. Esto no lo vivió en San Sebastián ni en Alemania, pero sí como jugador en el Madrid y en la Selección (donde a través de él y de cualquier madridista se apuntaba a Mourinho). Siempre lo manejó con solvencia y en su rueda de prensa de presentación esquivó sin apuros las preguntas comprometidas sobre la marcha de Modric o la fecha en la que supo que el Real Madrid le quería, obviamente muy anterior al comunicado oficial al que Xabi, sin rubor alguno, se remitió.
Su faceta de formador también se presenta muy interesante. Hablamos de un entrenador que consiguió resultados en su etapa de cantera (Liga y Torneo de campeones con el Infantil A del Madrid y ascenso a Segunda con la Real B) y que en Leverkusen ha sacado gran rendimiento y ha hecho dar un salto a jóvenes como Florian Wirtz, Piero Hincapié, Victor Boniface, Jeremie Frimpong, además de hacer debutar a canteranos como Stepanov u Onyeka. En el Madrid, que apoya su estrategia de mercado en la contratación de jóvenes y que se es consciente del inmenso talento que se está desarrollando en La Fábrica (hace 6 años se sentaron las bases y se está trabajando día y noche en ello aunque el gran público desconozca todo lo que hay detrás), tienen la certeza de que Xabi Alonso no tendrá reparos en dar responsabilidad a jóvenes a los que detecta potencial y confían en que sabrá alimentar todo ese talento. La sinergia que va a desarrollar con quien será casi con certeza el próximo técnico del Castilla, su amigo Arbeloa, será muy estimulante para el club y para el equipo.
Como Atlas llevaba el mundo sobre su espalda, Xabi parece capaz de sostener el peso del Real Madrid sobre estos cuatro pilares, a los que hay que sumar un añadido de gran valor: su conocimiento del club y de todo lo que le rodea. Y como lo entiende tan bien, sabe que tenía que hacerse cargo del puesto desde ya, asumiendo que debe ganar el Mundial porque la exigencia es total. Aunque en caso de no lograrlo tenga atenuantes. Si hubiera decidido verlo por televisión, mal habría empezado. Tampoco se le escapa.
Todo hace indicar que estamos ante el relevo perfecto no para cerrar una década histórica en el club, sino para darle continuidad. Un tipo nacido para entrenar al Real Madrid
Todo hace indicar que estamos ante el relevo perfecto no para cerrar una década histórica en el club, sino para darle continuidad. Un tipo nacido para entrenar al Real Madrid. Xabi no podía esperar eternamente porque estaba cogiendo ya mucho vuelo. El Liverpool quiso sustituir a Klopp con el tolosarra y lo mismo trató de hacer el Bayern. Pero estaba reservándose para su Madrid. Y en el Madrid no han querido asumir, y hacen muy bien, el coste de oportunidad de dejarle escapar por darle un año más a Ancelotti, algo que probablemente no habría sucedido ni conquistando la Liga.
Es el momento adecuado. El timing perfecto. Tenía que ser esta temporada o tal vez nunca. Viene a seguir construyendo la leyenda del club más grande de la historia desde la seriedad, el conocimiento, el compromiso y unas férreas convicciones. Y teniendo claro que, como él mismo suele decir, en este club menos del máximo no es suficiente.
Ha vuelto al Madrid uno de sus hijos. Uno di noi. Y lo ha hecho como maestro. Bienvenido de nuevo a casa, Xabi.
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Buenos días.
Xabi no es un fichaje, no es una apuesta. Xabi Alonso es la escena en la que Robert de Niro entra al bar y todos se callan. No en vano, el presidente Florentino Pérez lo acababa de presentar como “uno de los nuestros”. Uno di noi, pensaría ayer su amigo Arbeloa mientras hacía un sobrehumano esfuerzo para que no se le derramase el torrente de orgullo que le manaba, como una gaseosa agitada, al observar a su Xabi poniéndose al mando del Real Madrid.
“Que yo recuerde, desde que tuve uso de razón, quise ser un gánster”, narraba Ray Liotta al comienzo del film de Scorsese según cerraba el maletero de un Cadillac. No es difícil imaginar ayer a Xabi decirse a sí mismo en el coche mientras se levantaba la barrera de acceso a Valdebebas: “Que yo recuerde, desde que tuve uso de razón, quise ser entrenador del Real Madrid”.
Florentino pudo emplear otra expresión, pero no, eligió “uno de los nuestros”. Como se dice en las familias de sangre, donde los códigos lo son todo para que a uno le entreguen el timón, que no es otra cosa que la confianza.
Xabi retornó al Madrid envuelto en el aura que ya lo acompañaba la primera vez, en 2009, pero aumentada en varias toneladas. Con ese aire de dandy vasco que acaba de bajarse de un Bentley filosófico que no carbura con pintxos deconstruidos, sino con cocina de mercado basada en la calidad del producto.
Marca resalta que Xabi quiere encender a la afición. Y sucede que la afición está deseando que la enciendan. El tolosarra lleva de serie no solo el mejor porte para vestir trajes, sino el rock and roll del Madrid de Mou. La diferencia son las formas: el de Setúbal era más Joe Pesci, y Alonso, De Niro.
Jimmy Conway (Robert de Niro en Uno de los nuestros), no necesitaba gritar porque todo el mundo sabía que si lo hacía sería el último grito que oirían. Xabi tampoco lo necesita. Xabi es el que manda sin levantar la voz. Autoridad elegante. Es el que inculca compromiso, identificación y trabajo discreto, el que afea la conducta a quien despilfarra y presume de coches y abrigos llamativos.
Bajo la imagen principal de Xabi y Florentino sosteniendo la elástica del Madrid, en pequeñito, aparece Ancelotti haciendo lo propio con la de Brasil. El de Tolosa, que sabe que el respeto y el agradecimiento son dos virtudes que caminan de la mano con la grandeza, reconoció que sin la maestría de don Carlo él no estaría donde se encuentra ahora.
“Siento que es el momento”, destaca As. “No tengo vértigo, el reto es bonito”, también dijo Alonso. Como cuando Henry Hill (Ray Liotta) afirma: “Para nosotros, vivir de otra manera era una locura”. En el Madrid, vivir de otra manera que no sea ganando también lo es. Y Xabi lo sabe, porque lo ha mamado. Por eso también declaró: “Estaré en el Mundial porque servirá para adelantar procesos y porque es la oportunidad de ganar un título”.
“¿Huijsen y la salida de Modric? Hay cosas que me tocan y otras que no”. Traducción: “Soy leal, no delato. No opino de lo que no me incumbe. No soy de los que se pasan de listos”. Códigos. La jerarquía de los silencios. Puro Real Madrid.
Xabi jugaba como si ya hubiese entrenado en el futuro. Ahora vuelve al club más importante del mundo sin necesidad de preguntar si hay sitio, como cuando Henry lleva a Karen al Copacabana. No hace cola. Entra al Bernabéu por la cocina, donde se crio, y le montan una mesa, un banquillo, en primera fila, donde los impolutos zapatos sienten el césped del escenario. Así llega Xabi al vestuario blanco. Basta una mirada para que se sienten rectos. Es un jefe que vuelve.
Nada en el nuevo técnico es impostado, la autenticidad le brota con una naturalidad que nos provoca una mezcla de envidia y admiración al resto de los mortales. Desde que está en el fútbol, ha enseñado con el ejemplo que lo más importante no es llamar la tención, es hacer tu trabajo, cumplir. No traicionar. Nunca ha vendido a nadie. Nunca ha rajado. No ha necesitado hacerlo.
Ahora le toca dirigir. Conseguir que Joe Pesci se controle. Que Ray Liotta no se ría demasiado alto. El respeto no se pide, se respira. Xabi es uno de los nuestros pero también uno de los que mandan. Y en el Madrid el que manda no se presenta, se pone de pie. Y los demás entienden.
Os dejamos con la prensa culé, que se centra en Lamine Yamal. Pero ese no es uno de los nuestros.
Pasad un buen día.
PD: Sport MIENTE cuando dice en su altillo que Xabi admitió haber dado su visto bueno a la salida de Modric. No admitió eso ni lo contrario, embusteros.
Resulta doblemente difícil sonreír por lo que sucedió cuando se tiene la convicción de que todavía quedaban recuerdos por compartir. Cuando no reconocemos el final. Inevitable sentimiento en el caso de Modric, obligado a dar un paso atrás por una decisión más estratégica que deportiva. “Mantenerle era conservar al jugador con más criterio de la plantilla, si no para todos los días, sí para los días de verdad”. Esto, escrito por Luis Nieto en AS, puede ir al mármol.
Pero, más allá de la nostalgia —alimento sin calorías— toca pensar en el día después. En este caso en el heredero del croata, en el portador del dorsal del jugador más laureado de la historia del Real Madrid, que se escribe pronto.
Todos reconocemos la importancia de los números en el fútbol, que, a su vez, adquieren especial significado e importancia en según qué clubes. Si hasta la fecha el 7 del eterno Juanito podía considerarse como el dorsal con más peso identitario y emocional de la camiseta del Real Madrid, a partir de la salida de Modric el 10 no quedará muy lejos.
Si hasta la fecha el 7 del eterno Juanito podía considerarse como el dorsal con más peso identitario y emocional de la camiseta del Real Madrid, a partir de la salida de Modric el 10 no quedará muy lejos
Así que la pregunta que cabe hacerse es: ¿quién lucirá el número del jugador que ha liderado la última década prodigiosa del club de Chamartín? Los aspirantes son variados. Por un lado está Mbappé, quizá la opción con más lógica deportiva, pues en sus pies está liderar el nuevo proyecto. También podría tomarlo Bellingham, y más si comenzara a asumir un rol más propio del organizador, aunque parece difícil que se desprenda del también icónico número 5. Está la alternativa más arriesgada, entregárselo a Güler, que hasta ahora sólo ha ofrecido magníficos destellos, pero no ha roto en determinante estrella. Y, por último, podría quedárselo un fichaje, siempre una incógnita, y más en el Madrid.
Todo cambio de ciclo va acompañado de la lógica duda sobre si los sucesores honrarán a los ídolos. Así que, como retirar el número sería un exceso, propongo dejarlo sin utilizar durante una campaña, la próxima, en póstumo homenaje al jugador que no sólo nos hizo felices durante 13 años, sino que marcó el camino que debería seguir cualquier futbolista blanco: calidad, sacrificio y alma.
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El niño llevaba mucho tiempo lejos de casa. Últimamente pasaban a su alrededor cosas extraordinarias. Se habían mudado de un día para otro y ya no había colegio. Nunca había imaginado que se pudiera vivir en un hotel. Un hotel, en su cabeza, era un sitio para estar de vacaciones. Sus padres los trajeron un día, a él y a su hermana, deprisa y con un montón de bultos, en maletas hechas corriendo. Era evidente que algo no iba bien. Apenas pudo despedirse de su abuelo. De vez en cuando, todo el mundo allí, en el hotel, se volvía loco. Sonaban sirenas en alguna parte y el ruido era insoportable. Entonces, la gente gritaba. Decían: los serbios, los serbios, ya están aquí las bombas de los serbios, y bajaban volando al sótano mientras de fondo él oía unos estampidos tremendos, como los de las películas. Sus padres estaban muy serios y sólo hablaban de la guerra. El hotel estaba lleno de gente. Había maletas, mantas, toallas, bártulos, viejos con bastones y niños y bebés que gritaban por todas partes. Menos mal que tenía consigo su balón.
Cuando se aburría, el niño salía al aparcamiento. Podía chutar a las paredes durante horas, sin parar, una y otra vez. Imaginaba que estaba en un estadio. Las gradas, abarrotadas, coreaban su nombre. También había serbios entre el público. Él había visto muchos, en el pueblo, estaba acostumbrado a ellos. Vivían cerca de su abuelo y no entendía muy bien por qué, de repente, eran tan malos y la gente les tenía tanto miedo. Una vez sonó la sirena cuando reventaba a balonazos la pared del hotel. Alguien lo agarró y lo bajó en volandas al refugio. Cuando pudo salir a la superficie y escapar de aquel horrible lugar en el que todos se apretujaban a oscuras, encontró su pelota en el aparcamiento, milagrosamente intacta.
Ya no se separó nunca más del balón. Respiraba a través de él. Dormía con él, lo convirtió en un apéndice de su cuerpo. Llegó a conocer cada centímetro de aquel pequeño mundo del hotel gracias al cuerpo esférico de la pelota: las losas sueltas del suelo de los enormes baños, el parqué roto del gran comedor, el cemento duro del parking, en el que caerse era lo mismo que dejarse media rodilla. Su padre jugaba a veces con él, pero casi siempre se quedaba vigilándolo mientras fumaba y mataba el tiempo con otros hombres en el aparcamiento. Pero, al final, jugar solo acaba siendo aburrido. Empezó a regatear coches y furgonetas, a sortear filas de baúles y de carros. Muchas veces le llamaron la atención a voces por golpear la puerta giratoria de cristales de la entrada principal. Soñaba con que centraba al corazón de un área donde nunca llegaba a rematar nadie.
Deseó con tanta fuerza que hubiera alguien que jugara con él que empezó a soñar con alguien por las noches. Era flaco y rubio como él. Hablaba en una lengua extraña, que él no conocía. Sin embargo, se entendían los dos con el balón, de manera natural. No era necesario hablar. Él sabía siempre dónde estaría colocado el otro.
En el sueño, el niño siempre le pedía que le centrara el balón. Con gestos, con palabras en una lengua desconocida que, sin embargo, de algún modo prodigioso, conocía, le señalaba exactamente el dintel de la puerta del hotel. Él lo intentaba, lo intentaba sin parar, pero siempre ocurría algo: la puerta se abría de repente y el balón salía despedido por ahí, o el otro niño se chocaba contra alguien que pasara justo en ese momento, o él golpeaba fatal el balón y el otro, por más que saltara, no podía alcanzarlo. Se frustraba y, hasta el sueño, llegaban las palabras de aquel entrenador de Split que, meses antes, le dijo a su padre: el niño no vale para el fútbol.
Entonces, por la mañana cuando despertaba, volvía obsesivamente al aparcamiento y volvía a chutar. Una vez y luego otra. La bola subía demasiado u, otras veces, se quedaba en un vuelo bajo y corto, como el de una paloma. Por la noche soñaba de nuevo y, por fin, el otro niño rubio saltaba como un superhéroe de las películas, por encima de todo, y conseguía rematar de cabeza. Al despertar, seguía pensando en ello mucho tiempo, abstraído, hasta que su madre lograba sacarlo de la cama. Una noche soñó que ponía un centro perfecto y que el otro niño, pasando por encima de un coche como si tuviera alas, lograba peinar el balón con la sien y dirigirlo hacia su izquierda, al lado inferior del vano de la puerta, en el preciso instante en que por ella pasaba alguien. El balón se coló con limpieza por el hueco y siguiendo el movimiento giratorio de la puerta, entró en el hotel. Los niños se abrazaron gritando alborozados.
Esa mañana, al final de aquella extraña primavera, se despertó muy contento, con muchas ganas de salir a jugar. Con el balón bajo el brazo se escurrió de la habitación sin hacer ruido y alcanzó el aparcamiento volando. Se situó en el mismo lugar desde el que había centrado en el sueño y miró fijamente la puerta del hotel. En ese momento apenas había nadie por allí, era un día extrañamente tranquilo y no había noticias tampoco de los serbios. Empezó a soplar una ligera brisa y eso le irritó: el viento era lo peor que había para jugar al fútbol, podía soportar la lluvia y el frío y el calor, pero no el viento. Respiró hondo y se obligó a esperar. El corazón le latía con fuerza, no sabía por qué estaba tan excitado. Quizá, pensó, aún seguía durmiendo y soñando. Dio dos pasos hacia atrás, se recogió con un gesto de la mano el pelo por detrás de la oreja y golpeó con el interior de su pie derecho. El balón describió una parábola suave y perfecta y en el momento en que se abrió la puerta un gato de color saltó de alguna parte, dos metros, y chocó con la pelota. El balón se introdujo, con una carambola perfecta, por el vano de la puerta giratoria, igual que en el sueño. La puerta que se había abierto en ese justo momento, aunque él no viera entrar ni salir a nadie.
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Uno podría reflexionar, en la hora del adiós de Lucas Vázquez, que la gloria a menudo no está hecha de ramalazos de genio, sino trabajosamente construida a fuerza de colocar un ladrillo encima de otro, día tras día, y otro más. Podría encomiar la constancia callada, el esfuerzo sin alharacas, la disciplina férrea. Podría acordarse de que es la indesmayable voluntad de triunfo, el inextinguible fuego interior, la determinación que hace oídos sordos al ruido, que desoye a los pesimistas y a los agoreros, lo que constituye la esencia misma del Real Madrid, la causa última de su grandeza, lo que nos emociona y dota a sus triunfos de la trepidación inconfundible que los marca indeleblemente en la memoria.
Uno podría juzgar, en la hora del adiós de Lucas Vázquez, que hay futbolistas que nacen con estrella y hay futbolistas que nacen con la voluntad indestructible de conquistar las estrellas. Podría advertir que hay futbolistas nacidos para la gloria y hay futbolistas que conquistan la gloria a fuerza de pico, de pala y de fe inquebrantable. Podría reparar en que los primeros nos emocionan, pero son los segundos los que nos ganan el corazón, porque sus limitaciones los hacen humanos, pero su voluntad y su coraje los convierten en ejemplo e inspiración ante nuestros ojos.
Uno podría reconocer, en la hora del adiós de Lucas Vázquez, lo tacaño e injusto que es a veces el madridismo con sus mejores hombres. Podría invocar las cinco Champions League, las cuatro Ligas y los cuatro Mundiales de Clubes que empapelan su palmarés, y concluir que no son méritos de buen soldado, sino insignes medallas de general que proclaman el heroísmo de su portador. Podría argumentar, sin necesidad de razonarlo, que no son números de meritorio sino de leyenda. Podría recordar a los más olvidadizos y a los más condescendientes que la contribución de Lucas en todos esos títulos fue fundamental, y que pese a no haber gozado nunca de la condición de titular indiscutible, siempre contó con la confianza de los entrenadores que tuvo durante los diez venturosos años que nos emocionó con su madridismo risueño, valga el pleonasmo.
Uno podría decir muchas cosas, sí, en la hora del adiós de Lucas Vázquez. Pero sólo una le viene a la boca: gracias, leyenda, por encarnar lo mejor del madridismo
Uno podría rememorar, en la hora del adiós de Lucas Vázquez, las innumerables ocasiones en las que sus incursiones ofensivas acabaron en gol de un compañero. Podría enaltecer la abnegación y profesionalidad con que se desempeñó en posiciones defensivas en las frecuentes oportunidades en que el equipo lo necesitó. Podría celebrar su disposición y su actitud en todo momento, a despecho de tener que realizar a menudo cometidos que ocultaban sus virtudes y exponían sus carencias. Podría poner en valor esa emocionante fuerza interior que le llevó siempre a dar lo mejor de sí mismo, esa sabiduría que le hizo ver que no se necesita ser titular para convertirse en leyenda del Real Madrid, y esa voluntad que le hizo conseguirlo. Podría, en fin, ensalzar su autenticidad, su falta de egoísmo, su profesionalidad, su alegría, su saber estar dentro y fuera del campo.
Uno podría decir muchas cosas, sí, en la hora del adiós de Lucas Vázquez. Pero sólo una le viene a la boca: gracias, leyenda, por encarnar lo mejor del madridismo.
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