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Casemiro, el equilibrio del gigante

Casemiro, el equilibrio del gigante

Escrito por: Albert Blaya Sensat25 abril, 2020
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Carlos Henrique Casemiro siempre se sintió como un extraño. Nacido en tierra de malabaristas, dioses y bailarines su sitio lo encontró en el hangar, el barro, la maleza. Si Casemiro hubiera podido elegir, hubiera elegido ser uruguayo, no me cabe ninguna duda. De pequeño, explica, tenía que dormir en distintas casas. No había espacio para todos y su madre, pluriempleada y rompiéndose el lomo por sus hijos, no daba al abasto. Casemiro, ya de pequeñito, empezó e tejer una relación inusualmente especial con el espacio. Lo sufrió, le asfixió. Aprendió a detectarlo, a controlarlo. Case, ya en su debut, mostró una capacidad sobrenatural a la hora de cortarle el espacio a los rivales, a empequeñecer de forma obscena todo lo que le rodeaba mientras él crecía como un coloso tallado en piedra.  Lejos de convertir su rabia en jugadas imposibles y trucos ilusionistas, aprendió un lenguaje nuevo. Casemiro siempre se sintió un extraño.

Milán. San Siro. Su primera final. Ante él, un Atlético de Madrid dolido, enrabietado. Con él, la mayor estirpe de talento que el Madrid ha conocido. Casemiro, por aquel entonces con 24 años recién cumplidos, fue titular. Cómo no iba a serlo. En el banquillo, Isco Alarcón y James Rodríguez, dos de los jugadores más deliciosos que ha habido en el último lustro. Dos jugadores que soñaban con ser brasileños, de conducción elegante y porte aristocrático. Un bisoño pero curtidísimo Casemiro logró acallar todos los debates en torno a la figura de mediocentro tras la salida de Xabi Alonso y un Kroos que, jugando ahí, no lograba tapar todo lo que se le pedía.  Lo hizo como se hacen las cosas. Sin preguntar. En silencio. Casemiro nació en Milán sin gestación alguna, hijo de una generación forjada en el alambre y la victoria.

Aquella final, creo, marcó de forma irremediable su futuro. Lo que es hoy Casemiro. Se ganó el derecho a fallar, y este es el más importante en el Santiago Bernabéu. Su partido, gigantesco, estuvo envuelto por un aura mística, extrañísima en un centrocampista que apenas asomaba la cabeza a la élite más absoluta. Parecía entender el “cómo” y los “porqués” a una edad precoz. Mientras todos apuntábamos a su pareja de interiores, a la vehemencia de Cristiano y la calidad de Karim, Casemiro iba creciendo en silencio, armado de toneladas de una experiencia que le vino de sopetón. Creció en un equipo que levantó tres Copas de Europa consecutivas. Mientras todos sueñan con llegar a la treintena con alguna Champions, Case nació con tres bajo su brazo. No hubo suerte, sino determinación.

Como él mismo ha reconocido en varias entrevistas es el encargado de equilibrar a un equipo mastodóntico, que rebosa talento. La palabra talento esconde muchísimas acotaciones distintas, todas válidas. Pero el fútbol, que es gol, que es ataque, tiende a ignorar la mayoría de la paleta. Casemiro es un centrocampista enormemente talentoso en el robo, en la anticipación y la colocación, en la lectura defensiva y en el sentido más primigenio de la palabra “deber”. Carlos Henrique juega por y para el equipo, siempre ataviado en su mono gris de trabajo, preparado para cortar lo que sea que haya por delante. Antes de jugar antre la Juventus de Turín en 2018, a pocos meses del Mundial de Rusia, no dudó cuando le preguntaron qué haría si su compatriota Douglas Costa le encarase y solo él lo pudiera parar: “Le partiría por la mitad”. La gente sonrió como se sonríe cuando un niño pequeño dice algo que no toca, pero la respuesta de Casemiro no escondía mayor secreto que el que destapó.

Poco a poco el fútbol de Carlos Henrique fue emergiendo, como si se tratara de un accidente natural escondido durante muchos, demasiados años

Casemiro dijo en una entrevista a El País que él celebra los robos de balón. Le gusta marcar goles, claro, pero no es eso lo que le inyecta la sangre en sus ojos. Es otra cosa. No persigue la gloria ni la inmortalización precisamente porque nació como Aquiles, inmortal. Solo Leo Messi logró hacerle parecer pequeño, ridículo. Pero quién no se ha visto infantilizado por Leo. Su camino no ha sido sencillo, de hecho ha ido acompañado siempre por un White noise, un ruido de fondo que escribió Don DeLillo, que le negaba a Case la realeza que merecía. Lo brusco en su gesto, lo tosco, a veces, en sus movimientos, escondía una calidad realmente genuina. Poco a poco el fútbol de Carlos Henrique fue emergiendo, como si se tratara de un accidente natural escondido durante muchos, demasiados años. Envíos en largo tensos, precisos y medidos. Un disparo cada vez más trabajado, capaz incluso de reventar finales de Copa de Europa, véase Cardiff. Paulatinamente Casemiro fue desmintiendo los tópicos que había a su alrededor.

Dice el brasileño que revisa todos los partidos que juega un día después. Que le obsesiona el detalle. Que le quema por dentro el error. Estar mal colocado es para él como un gol encajado. Su compromiso trasciende lo común, resulta hasta obsceno. Nada de lo que late en su juego, algo animal y salvaje, se revela en su rostro. Es incluso afable. “Soy feliz haciendo lo que hago, nunca estoy nervioso”, reconoció antes de jugar frente a la Juventus de Turín en la final de 2017. Casemiro no conoce el miedo, quizás, porque nació de él. El miedo para él no es algo externo, sino que lo lleva dentro, lo ha domado. Su fútbol fue despejando dudas y dejando a la vista nuevas capas, cada una de ellas distinta y con matices. Casemiro, estoy seguro, cobrará su valor real una vez no esté y su hueco sea demasiado grande.

El Real Madrid caía goleado en Estados Unidos frente al Atlético de Madrid en uno de esos partidos en los que el único objetivo es testar al recién llegado. Los ojos se iban a Joao Félix. Y los míos se iban a Casemiro. Mejor dicho, al espacio en el que debía estar el carioca. Su ausencia, aún de vacaciones, pesaba mucho. Casemiro reconoce que cuando vio el resultado canceló sus planes y se fue con su equipo. En pretemporada. En un amistoso. Desde pequeño fue muy consciente del dónde y el cuándo, el espacio le atormentaba y a la vez le exigía. Entendió que su sitio era en el verde y no veraneando. Volvió. Es una anécdota que no deja de dibujar hasta qué punto llega el histericismo ganador de Casemiro.

Cuando el Real Madrid se cae y se desmorona todas las miradas van hacia él, esperando que haga algo. Que tape los latifundios a la espalda de sus compañeros, que rectifique posiciones y de sentido al juego. Cuando todo va viento en popa las miradas son esquivas con su fútbol e incluso algunos pedirían su suplencia. Muy pocos entendían la sensible relación que había entre el brasileño y el buen juego blanco. Una relación sensible pero discreta. 2019 fue su año de consagración. El año en el que ya nadie podía negar lo innegable ni nadie podía apartar la mirada cuando el foco lo apuntaba. Casemiro, que se había ganado el derecho a fallar, demostró que su juego es mucho más de lo que pensamos. Si el Real Madrid no existiera Carlos Henrique Casemiro lo inventaría.