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La Galerna de los Faerna
El Barça, o la ansiedad

El Barça, o la ansiedad

Escrito por: Angel Faerna3 marzo, 2016

Llego tarde para opinar sobre el marrullero penalti que (se) marcaron Messi y Suárez en el partido contra el Celta, en La Galerna se ha dicho ya todo lo que había que decir del estrafalario episodio. Y en cuanto a la opinión de los Faerna en particular, tampoco puedo añadir nada a lo que han comentado Número Uno Número Tres sobre el más que dudoso encaje de la maniobra dentro de la ética y la estética del fútbol. Bueno, sí, añadiría —siguiendo en esto a Fer de la Cierva— que ni lujo ni circo: la artimaña no requería dotes técnicas de ningún tipo ni era habilidosa, ni arriesgada, ni emocionante, ni siquiera graciosa al modo inocuo del número de los payasos. Como toda marrullería, de haber venido de un equipo en apuros habría podido concitar la sonrisa condescendiente o hasta la simpatía de los espectadores; viniendo de uno claramente superior a su rival y que ya tenía ganado el partido, el único sentimiento indicado era la vergüenza ajena. Recuerdo la primera vez que vi a un tenista profesional sacar “de cuchara”, fue el diminuto y a la sazón jovencísimo Michael Chang, que luchaba hasta la extenuación contra aquel checo de hormigón, Iván Lendl, aferrándose al interminable partido con uñas y dientes y ya totalmente acalambrado. En el último set empezó a servir por abajo porque sencillamente no le quedaban fuerzas para levantar el brazo. Conmovedor, ¿no? Ahora imaginen a Djokovic haciéndole ese mismo saque a un contrario ya batido para pillarle por sorpresa.

Pero si la cosa no da para más por ese lado, por otro el misterio se acrecienta: si aquello fue una chufla sin mérito alguno, y más desmerecida aún si cabe por un árbitro negligente como cooperador necesario, ¿qué vieron quienes dijeron y escribieron que estábamos ante un hito histórico, sublime, genial, que quedará grabado con letras de oro en los anales del fútbol? Si no hablaron de “lo nunca visto” fue sólo porque al día siguiente una televisión ya había encontrado siete precedentes, incluido uno de la liga de Corea del Sur. Lo siento pero la sucinta respuesta de Número Uno a esta pregunta, que “no tienen ni puta idea”, esta vez se me queda corta. No hay ignorancia que explique la confusión de un churretón de grasa con una obra de arte, por mucho que el churretón se lo haya hecho un gran artista al blandir el canapé en plena presentación de su obra más reciente. No, aquí hay algo más, y tal como se están poniendo las cosas, a los madridistas nos conviene entenderlo para no abdicar de lo que esa misma sobreactuación nos está reconociendo sin querer.

El asunto no es ni mucho menos nuevo, aunque es verdad que hasta esta última explosión de entusiasmo sin objeto no era tan fácil de diagnosticar. Hace tiempo que todo lo que hace el Barcelona sobre el campo se intenta percibir a la luz de lo grandioso, de lo legendario, de lo inaudito. Se trompetean victorias contundentes, pero también por la mínima y pidiendo la hora; se loan por igual los goles espectaculares y los de penalti dudoso, o en fuera de juego; veinte minutos de desempeño vistoso, entre setenta de embotamiento, valen para que a cada partido se declare inalcanzable la excelencia del grupo e imparable su marcha en la Liga. Yo he llegado a oír a un comentarista televisivo admirarse sin límites ante lo que determinado jugador blaugrana había estado “a punto de hacer”, sin que su admiración se viera afectada en lo más mínimo por el hecho de que el prodigio había devenido churro y el balón se lo había quedado tontamente el jugador contrario. Esta misma semana la prensa glosa “otro récord más del Barça” que no puede serlo porque todavía lo posee el Real Madrid, como casi todos. Y suma y sigue. Los madridistas, que cada vez estamos para menos bromas, atribuimos estos dislates a un escandaloso y generalizado trato de favor (qué digo de favor, reverencial) hacia el Barcelona, nos saca de quicio ver con qué descaro se inflan artificialmente las distancias entre ese equipo y el nuestro, cómo se echan cuentas trucadas, cómo se cambia a cada paso la vara de medir para que siempre dé el mismo y predeterminado resultado. Y tenemos toda la razón, pero esto no es un diagnóstico, es un síntoma.