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Portanálisis: "Una mirada irónica sobre la prensa deportiva diaria"

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Escrito por: La Galerna15 febrero, 2017
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Anoche estaba Lobo Carrasco con tal depresión en 'Antena 3' que daban ganas de darle un vaso de leche caliente y un par de palmaditas en la espalda. Empezó hablando de fútbol -ese deporte que sólo practica bien el Barcelona- y acabó rezando para que no le dieran la palabra. Pobre hombre. Lobo hombre en París. 4-0. No hubo ni polémica a la que agarrarse. Quizá por ello Gerard Piqué no montó el show. Tocaba estar tapado.

El PSG destrozó al Barcelona salvajemente. Lo trató como un muñeco de trapo. Estuvo zarandeándolo hasta el minuto ochenta. A partir de ahí se dedicó a bailarle. No sé si es más doloroso que te arrollen o que te mareen con semejante suficiencia. Llegó a dar la sensación de que al Barça no le disgustaba el 4-0. Lobo Carrasco imploraba por un gol que les metiera en la eliminatoria. En RAC 1 no mandaron a nadie 'al carrer'. Y en Mundo Deportivo descubrieron que quizá Zidane no es el entrenador con más problemas de España. Di María y compañía desataron un efecto dominó que vete a saber cómo acaba. Lo peor es que se cargaron la ilusión del 93% de los culés.

Lo sucedido anoche no es casualidad. Hablemos en serio, que ya toca. Desde Barcelona se quiso restar mérito a los títulos del Real Madrid y se habló de "flor" para explicar los cuarenta -empieza por cuatro, qué casualidad- partidos que estuvo sin perder el equipo de Zinedine Zidane. Todo mientras el mundo entero veía que al excelso Barça lo sostenían Leo Messi, Luis Suárez y el colegiado de turno. No había más. Balones al argentino o que el uruguayo agarrase una en el área. Ese era el estilo. O el penalti de Mascherano, claro. Bastaba porque Messi y Suárez son muy buenos y les pilló todo en estado de gracia, pero quien más quien menos intuía que el Barça se la podía pegar el día que los de arriba se cogieran vacaciones. Y así ha sido. No se vislumbraba un ridículo como el de París, aunque, bien visto, tampoco ha sorprendido demasiado.

Que el Real Madrid es un club a la deriva, que no hay proyecto, que no hay director deportivo, que Zidane no ha implantado un estilo, que no se juega a nada, que Cristiano Ronaldo está en declive, que hay líos en el vestuario con Isco y Morata, que Sergio Ramos tapa las carencias, que RAC 1 es un festival. Sin embargo, miras a la clasificación y ves a ese equipo de blanco en lo más alto pese a tener dos partidos menos. Los fracasos son menos fracasos cuando los números te llevan la contraria. Y los reyes son menos reyes cuando en el Parque de los Príncipes te ponen la cara colorada.

Después de pronosticar tripletes y regresos dorados, fracasos ajenos y rupturas prematuras, lo que toca en Barcelona es tragar. Suele pasar. Caen los años y no aprenden. Se mofan del Real Madrid desde agosto para luego agachar la cabeza en primavera y hacer como que no ha pasado nada. Son el niño que acaba suspendiendo pese a que sus padres le advierten durante todo el curso.

Anoche el madridismo disfrutó de noventa minutos históricos. Lo hizo por la rivalidad, sí, pero también por todas esas portadas, noticias dañinas y mofas absurdas que venían acompañando al Real Madrid desde verano de 2016. Disfrutó el madridismo porque le duele que se trate al verdadero rey como si fuera un invitado de piedra o un pelele que no se entera de nada.

Salvo hecatombe parisina en el Camp Nou, el Barcelona dirá adiós a la Champions League en octavos de final. Aún así, dedicarán su tiempo a buscar puntos negros en la trayectoria del Real Madrid. Lo que sea con tal de mantener las ruinas bajo la alfombra. El problema es que el planeta entero levantó esa alfombra y descubrió lo que hay debajo. Todo acaba saliendo a la luz tarde o temprano.