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La Galerna de los Faerna
Alergia al polvo (de estrellas)

Alergia al polvo (de estrellas)

Escrito por: José María Faerna28 enero, 2016

La sola idea de fichar a Neymar me da una pereza infinita. Acabo de leer los muy sólidos argumentos favorables de Ramón Álvarez de Mon, ese hombre cargado de sentido común, pero es que yo veo en flash-forward a la chavalería merengue tocada con esos cascos frenopático makokis que gasta la criatura y pido el frasco de las sales. El Madrid es también una dignidad estética, aunque haya muchas vías para cumplir con ella. Una cosa es el quiqui samurái de Gareth y otra el toque Afflelou de Alves: lo que va de Sean Connery a Austin Powers, no sé si me explico.

No piensen que frivolizo, todos sabemos que Fabio Coentrao es un buen lateral izquierdo porque lo hemos visto jugar con la selección portuguesa y en aquellas memorables semifinales de la Décima contra el Bayern, y solo por eso; pero entre el madridismo tiene un público bien ganado por esa facha afterpunk intachable, que apela también a los Rod Stewart y Ronnie Wood jóvenes de los Faces. Tampoco hay que perder de vista el aplomo oriental de Arbeloa, como de visir Iznogud; o el impecable trimming hipster de la barba de Carvajal; o el aire Don Draper de Cristiano en sus mejores momentos, sin duda mi favorito. No se olvide que Brummel fundó el dandismo vistiéndose de negro, no de árbol de Navidad. ¡El Madrid instituyó un dandismo deportivo total white imposible de confundir con una troupe en paños menores!

Ney

Pero creo que lo de Neymar no lo veo por algo más que razones de etiqueta, aunque Saint-Simon escribiera que hay que morir por el protocolo si es preciso. Tiro de memoria y recuerdo mi desazón aquella remota temporada en que se abrieron las fronteras del fútbol español y Cruyff fichó por el Barça. Es verdad que la clase imperial de Günter Netzer actuó de lenitivo durante un tiempo, pero Cruyff era el mejor y el Madrid es el nicho natural de la excelencia. Cuando años después Maradona atracó en Barcelona no tuve ni frío ni calor. Puede que Diego también fuera el mejor, pero su brillo se consumía en él como esas carreras espasmódicas que prodigaba, arranco y freno, arranco y freno para no llegar a ningún sitio, como el gánster desconfiado del cuento de Woody Allen que para no dar la espalda a nadie se desplazaba como una peonza, girando sobre sí mismo. No es casualidad que Maradona nunca hiciera nada relevante en el fútbol de clubs, que es el genuino. Lo recordamos si