Escribía yo aquí el otro día que el Madrid de Mourinho, desde Roma, parecía que podía ser el principio de algo y, en efecto, lo es. Mou ha conseguido algo y ese algo cristalizó en Barcelona, en el Camp Nou, en la noche grande. Como dice Hughes en su crónica, ese algo era «compacto, bravo, lleno de espíritu y propósito». Es decir, algo que suena irremediablemente a Real Madrid, a madridista. Miré desde mi televisor a todas aquellas pequeñas criaturas de blanco que se movían allá a lo lejos, en Barcelona, y supe que eran hombres. Hasta la posición y el pase de Güler a Camavinga en el 1-2, aculado en tablas en el mediocampo y proyectando a sus compañeros hacia los confines del espacio, recordaba a Özil, en aquel abril de 2012 de la liga de los récords…
Había un pálpito, se olía la victoria del Madrid en el ambiente. Era una tarde de otoño pero parecía un domingo de primavera. Y eso que cambiaron la hora. Pero la oscuridad tiene un aspecto menos siniestro que hace sólo un mes. Es evidente que «algo» ha cambiado. Mourinho fue valiente. Confirmó la propuesta que surgió un poco de la zozobra y la necesidad el día del Estadio Olímpico de Roma. El acaso, fuerza capital para los antiguos griegos y romanos, le quitó de en medio a Vini. Y, justa o injustamente, el Madrid halló una forma y una fórmula: una plataforma para la velocidad salvaje de Diomandé y Mbappé y un estilo hecho de contragolpe y presión intermedia en el que todos están a gusto y las sinergias brotan libremente, como el amor y la amistad.
El triángulo Valverde-Bernardo-Güler que campa por la banda derecha es una bendición. Entre los tres se turnan como si trabajaran en una fábrica y limpian la jugada en origen, eso tan sumamente importante en el fútbol contemporáneo. Bregan con un movimiento permanente no sólo alrededor del que tiene la pelota, para abrirle líneas de pase, sino acompañando el repliegue y acosando al rival que conduce o se desmarca, lo que transforma completamente la misión de sus propios centrales: Huijsen y Konaté ya no son dos achicadores de agua del Titanic, sino centrales con mando en plaza que pueden girarse, atacar de frente la pelota, ensanchar el campo…
Desde la remontada a la Roma, se percibe una electricidad en el equipo, una insumisión. Como si se dijeran los muchachos en la caseta: puede que la temporada estuviera destinada a ser una mierda pero el Madrid va a pelear. Está peleando. No claudica. Eso es netamente mourinhista también, o mejor dicho: es, sobre todo, obra de Mourinho, de este Mou en bomber y con barba blanca de prócer o de genio loco, de Diógenes, que está de nuevo trepando hacia el techo del mundo con un bidón de gasolina y un mechero, como en sus mejores tiempos. No ha venido solamente a decir las verdades, sino a sacarlas del montón de porquería que es el fútbol español, limpiarlas con zotal y ponerlas, mondadas y hermosa, encima del todo, bien a la vista.
Así se interpreta la victoria del Madrid en el Camp Nou. Tuvo ecos de la de Zidane en abril de hace justamente diez años. ¡Cómo pasa el tiempo! Aquel día el Madrid estaba a doce puntos de ventaja del Barcelona, que lo iba a aplastar, como decían los pronósticos que haría el domingo. El Madrid ganó y todos sentimos que había surgido «algo». Ese algo germinó en Milán, con la Undécima, pero antes, el Madrid le recortó once puntos al Barcelona, que terminó ganando la liga con el oxígeno asistido del negreirato. Hubo algo entonces de revancha y de liberación cuando Cristiano Ronaldo marcó el 1-2. Hubo mucho de eso tras el gol de Mbappé, con una jugada redentora de Camavinga. Se vio al Mou de hace tres lustros pero con un punto de contención, como si nos avisara a todos de que esto sólo acaba de empezar.
Desde la remontada a la Roma, se percibe una electricidad en el equipo, una insumisión. Como si se dijeran los muchachos en la caseta: puede que la temporada estuviera destinada a ser una mierda, pero el Madrid va a pelear. Está peleando
Esa rebeldía y ese entusiasmo son la fuerza pendular que asiste a todo lo demás. No habría ese «algo» si el equipo no creyera. La dirección de los grandes vestuarios, en el fútbol de altísima competición, va más de psicología que de talento técnico. Mourinho tiene las dos cosas. Lo más importante que ha conseguido Mourinho hasta ahora es desterrar la abulia que daba la impresión estaba haciéndose con el equipo. Que Lunin juegue, por un imprevisto, un partido de este calibre, tras meses parado, y lo borde, no es casualidad. Todos están conectados. Ese es el primer paso que da siempre un equipo campeón.
El Madrid de Mourinho ya parece un equipo. Tiene las hechuras y el empaque de un equipo. Están puestos los cimientos. Ha ocurrido en cuatro partidos. Decía Zidane que, para ganar, un equipo tenía que saber sufrir. Este apotegma, que concentra miles de años de civilización humana, se puede considerar la coda de aquello que explicaba Mou años ha, a saber: que un partido se compone de una sucesión ininterrumpida de pequeñas fases y que un equipo, por bueno y completo que sea, no puede controlar todas las fases de un partido, y que en el fondo la idea es aprovechar al máximo las fases en las que uno es mejor y minimizar en lo posible el daño en las que uno es peor.
El Barcelona de Flick y Los Pedris, feliz hallazgo hughesiano, un trasunto balompédico de Los Javis (como siempre, el zeitgeist del momento en España se refleja en el Fútbol Club Barcelona con pasmosa puntualidad) es, probablemente, el equipo más dominante que hay ahora mismo en el fútbol. El Madrid jugó un partidazo y fue superior pero hubo momentos, todos sabíamos que así sería, en los que el Barcelona lo llevaría al rincón. Lo llevó y el Madrid pudo descuajaringarse, principalmente en los cinco minutos que siguieron al empate. Pero no se descuajaringó. Lunin, la pareja de centrales, Cucurella y Tchouamení sostuvieron con fuerza el timón. Emergió eso tan raro a veces en el Madrid que se llama esfuerzo colectivo. Ahí ya se vio el parpadeo de un imperio. Al ver a Mou otra vez victorioso y rockanrolla en Barcelona, anciano y vivo todavía, recordé unos versos de Houellebecq en La posibilidad de una isla: «Mi vida, vida mía, mi antiquísima vida, mi primer deseo mal curado, mi primer amor disminuido, has tenido que volver».
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Sin caer en triunfalismos absurdos y perjudiciales, hay Liga (aunque sabemos que se hará lo imposible para que la gane el Negreira F. C. ) y hay Champions porque hay equipo y un entrenador que está ¡por fin! dando con las teclas adecuadas.
¡Hala Madrid!