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1984 y la inscripción de Koundé

1984 y la inscripción de Koundé

Escrito por: Hank1 enero, 1970
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Día 24 de agosto. 11:17 am

 

Winston Smith, madridista de pura cepa y periodista deportivo del Ministerio de la Verdad, daba caladas a su cigarrillo para apurarlo antes de que finalizara su periodo de descanso. En ese momento, se fijó en el hombre con bigote que tenía enfrente. ¿Acababa de hacerle un gesto de asentimiento con la cabeza? Desde luego, eso mismo le pareció, aunque apenas si había inclinado la cabeza unos centímetros. Winston se le quedó mirando fijamente y, un segundo más tarde, el hombre del bigote se levantó de su puesto en la mesa, cogió su bandeja y pasó por su lado sin mirarlo siquiera. Sin embargo, Winston se percató de que justo al pasar junto a él, una servilleta usada hecha un ovillo cayó al suelo. Percatándose de que era un mensaje para él, disimuló y la recogió del suelo levantándose para ir a la papelera más cercana. Mientras lo hacía, fue abriéndola y, mirando a un lado y otro para cerciorarse de que nadie le veía y estaba fuera del alcance de las cámaras, leyó el contenido de la misiva: “4:15 pm. Cruce calle 27 con avenida Oceanía.”

 

Día 24 de agosto. 4:15 pm.

Winston esperaba en el cruce de ambas calles mientras intentaba encontrar al hombre del bigote entre el gentío, que caminaba de manera tan ordenada que se asemejaba a un rebaño de ovejas controladas por su pastor. Sintió un toque en su codo y lo siguiente que vio fue como el hombre del bigote pasaba de largo sin mirarlo. Discretamente, Winston lo siguió hasta que se adentró en una tienda de antigüedades cuyo interior debía de tener el record mundial de cantidad de polvo en una habitación. El hombre del bigote le señaló una esquina junto a un escaparate. Winston se dirigió hacia allí y esperó, muerto de curiosidad por saber qué le diría aquel hombre.

- Tranquilo, en esta tienda no hay micros no cámaras y conozco al dueño. Es de los nuestros. Es usted Winston, ¿verdad? - inquirió el hombre. Y sin esperar respuesta, añadió: - El madridista que trabaja en el departamento deportivo del Ministerio de la Verdad desde hace unos meses, ¿no es cierto?

Winston asintió despacio con la cabeza.

- ¿Y no le parece raro nada de lo que está sucediendo? – inquirió aquel extraño individuo.

 

- ¿Raro?, ¿quién es usted y a qué se refiere exactamente? -Preguntó Winston, confundido.

 

- ¿Como que a qué me refiero? Lleva usted varios días redactando las noticias relativas a la inscripción de Koundé. Hace unos días se decía que el Barcelona necesitaba vender a Aubameyang y Memphis para poder inscribirlo. Hoy en cambio ha publicado que solo con la venta de uno de los dos sería suficiente.

 

Winston se quedó estupefacto ante lo que estaba diciendo aquel misterioso personaje:

- ¿De qué está usted hablando? - Preguntó extrañado. - Siempre ha sido Aubameyang la única venta necesaria para poder inscribir a Koundé. Es lo que siempre se ha dicho.

 

- No, nada de eso. Hace tan sólo un día se aseguraba que para poder inscribirlo se necesitaban dos salidas para crearle el espacio salarial: las de Aubameyang y Memphis.

 

- Está usted loco. Completamente demente. – Nada de lo que decía ese hombre tenía ningún sentido.

 

- ¿Lo estoy?, ¿nunca ha tenido la sensación de tener que redactar algo contrario a lo que creía hasta ese momento?

 

Esas palabras provocaron un pequeño shock en su cerebro y le evocaron unas imágenes difusas, recuerdos extraños de un sueño lejano, ¿o de una vida pasada? Algo relacionado con la guerra que Oceanía mantenía contra Eurasia, lo cual era realmente absurdo, pues con quién siempre habían estado en guerra era contra Asia Oriental. El caso es que ese pensamiento se le fijó en la cabeza y ahora tenía la sensación de no poder quitárselo de encima.

 

El hombre del bigote volvió a la carga:

-Mire, no es nuestra intención presionarle, pero hagamos lo siguiente: escriba en este papel “sólo es necesario vender a Aubameyang para inscribir a Koundé” y si la situación cambia en los próximos días, nos vemos en este mismo lugar a la misma hora.

 

 

Día 25 de agosto. 9:34 am

 

Winston se encontraba delante del teclado cuando le llegó el informe del ministerio de la Verdad de ese día. Se crujió los dedos, se quitó el cigarro de la boca, lo apagó y se dispuso a comenzar. Empezó a leer y a redactar la información. La situación no había cambiado. Como siempre había sucedido, el FC Barcelona no precisaba realizar ninguna venta para poder inscribir a Koundé en la liga. Solo la marcha en calidad de cedido de Umtiti, cuyo salario seguía abonando religiosamente el equipo culé, y la marcha también en forma de cesión de Pablo Torré eran suficientes para que se pudiera acometer la inscripción. Mientras redactaba la información, vio de reojo la nota que había traído de casa aquella mañana. Se fijó en ella con extrañeza, pues rezaba: “sólo es necesario vender a Aubameyang para inscribir a Koundé”. ¿Quién diablos había escrito aquella incongruencia? Acercó la vista a la nota y se dio cuenta horrorizado de que se trataba de su propia letra. ¿Cuándo había escrito aquello? Y entonces lo recordó. Le costaba recordar los detalles como si fuera algo que hubiera sucedido hace varios años, pero en realidad había pasado hacía menos de un día. Winston se preguntaba cómo era posible que no recordara algo que había escrito el día anterior mientras daba un sorbo a su botella de “Relatus”, la deliciosa bebida que el Ministerio proporcionaba de manera gratuita a todos sus ciudadanos. Sin darle más importancia, volvió a centrarse en lo primordial: aquel extraño hombre del bigote tenía razón. Y le había dicho que fuera a verlo a aquel mismo lugar a la misma hora. O no. Quizás lo que debería hacer era informar a sus superiores. Todo aquello debía de tratarse de un mero error. Debía de tratarse de un error porque, en caso contrario, habría una explicación coherente que aclarara por qué si Koundé ya podía ser inscrito no estaba aún inscrito. Estaba totalmente seguro de que la gente estaría haciéndose esa pregunta. Pero, por otra parte, el Ministerio de la Verdad nunca mentía. De ahí la irrefutable coherencia de su nombre. Se levantó enérgicamente y marchó a las oficinas superiores del Ministerio de la Verdad.

 

Día 25 de agosto. 9:57 am

 

Winston se hallaba ante el redactor jefe de deportes del Ministerio de la Verdad, que se erguía absolutamente incrédulo ante lo que Winston le contaba.

 

-No, no y no, Winston. ¿Cuál es exactamente su trabajo? - Preguntó aquel hombre tan alto.

 

-Contar la verdad, señor, por supuesto. – Repuso Winston rápidamente, ligeramente nervioso ante el tono de su interlocutor.

 

-Exacto, Winston. Contarla. Que no buscarla. Su trabajo consiste en contar la verdad. El nuestro en proveérsela. Y es exactamente lo que hacemos. No estará usted acaso poniéndolo en duda, ¿verdad?

 

-Claro que no, señor. -Se apresuró a responder Winston. - Pero en este caso en concreto, la gente podría empezar a preguntarse por qué si el Barcelona puede inscribir a Koundé, no lo ha hecho hasta este momento y ha disputado ya dos partidos de liga sin él.

 

- ¿Por qué iba alguien a cuestionarse la información que proveemos desde el Ministerio de la Verdad, si no son más que verdades irrebatibles? Tiene usted unas ideas muy extrañas. – Expuso muy seriamente el redactor jefe en un tono ligeramente amenazador que no animaba a sugerir ninguna réplica. – No me gustaría pensar que nos equivocamos al solicitar su traslado al departamento deportivo, Winston. No acostumbramos a cometer errores desde la dirección general del Ministerio de la Verdad. Fue usted propuesto por alguien muy cercano al mismísimo Hermano Mayor, de hecho. – Dijo su jefe al tiempo que señalaba un cuadro colocado en la pared al fondo de la habitación en el que un hombre de aspecto encorvado, nariz aguileña y calvicie frontal con una corona de pelo gris, ralo y descuidado los vigilaba con temple recriminador. Era la primera vez que Winston veía una imagen (no difusa) del Hermano Mayor y aunque en la parte baja del marco rezaba una inscripción con su nombre (¡el nombre del Hermano Mayor!), desde tan lejos tan sólo alcanzó a distinguir las iniciales, ya que eran las únicas letras que estaban en mayúsculas: una J y una R.

 

Consciente del peligroso cariz que estaba tomando aquella conversación y nervioso como estaba, Winston se dispuso a balbucear una disculpa antes de que la cosa fuera a mayores, pero antes de poder expulsarla de su boca, una puerta situada a la derecha de la sala se abrió. Por ella sacó medio cuerpo un hombre vestido con idéntico traje al del redactor jefe.

 

- ¿Le queda mucho, jefe? Estamos teniendo algunos problemas con una de las imágenes que está difundiendo la resistencia tuitera…

 

Winston dirigió su mirada a lo que había detrás del hombre que hablaba sosteniendo aun la mano en el picaporte y acertó a ver una sala llena de pantallas con diferentes imágenes de partidos ligueros. El redactor jefe tosió ligeramente y le hizo un leve gesto con la mano para que se fuera. El hombre captó el mensaje rápidamente y se apresuró a cerrar la puerta, pero a Winston ya le había dado tiempo a ver una de aquellas jugadas: un codazo de Dembélé a un jugador de la Real Sociedad que había pasado desapercibido para los espectadores.

 

Como si fuera un resorte y sin poder evitar pararse un segundo a pensar en lo que estaba haciendo, Winston saltó repentinamente:

 

-Eh, un momento, esa imagen de ese codazo no se vio en la retransmisión. ¡Dembélé debería haber sido expulsado!

 

Su jefe sonrió, tranquilo en apariencia.

 

-Ay, Winston. No me diga que de verdad se cree las imágenes falsas que difunden nuestros enemigos para tratar de dividirnos y alejarnos de la verdad…-Dijo de nuevo en un tono que no animaba a contrariarle.

 

-No, no, por supuesto que no, señor. – Se apremió Winston a contestar, pese a que una profunda duda había empezado a echar raíces en el fondo de su mente. Todo aquello era muy extraño. ¿Por qué ese empeño en silenciar unas imágenes si realmente eran falsas?, ¿no bastaría acaso simplemente con difamarlas? - Es sólo que durante un segundo me ha parecido una imagen muy real…

 

-Sí. – Pareció admitir de mala gana su jefe. – Nuestros enemigos se valen de cualquier herramienta y tecnología para tratar de confundirnos con sus ideas. Uno de nuestros mejores agentes del Ministerio cruzó en cierta ocasión la frontera, pasó un tiempo infiltrado entre ellos y volvió aquí con la absurda idea de que, desde la entrada de Villar a la RFEF, el Barcelona y no el Real Madrid había sido el equipo más favorecido arbitralmente.

 

-No puede ser, señor…

 

-Y sin embargo así era. Decía valerse de unas estadísticas a las que denominaba “saldo arbitral” para defender continuamente dicha postura.

 

- ¿Cómo pudo uno de nuestros mejores agentes corromperse de esa manera? – Se atrevió a preguntar Winston, mientras seguía dándole vueltas a la cabeza a todo aquello: ¿sería posible realmente que aquellos datos existieran?, ¿realmente su Madrid no era el equipo más favorecido por los colegiados? Ahora que lo pensaba, durante los partidos siempre se quejaba bastante de los árbitros, pero cuando llegaba a su puesto de trabajo para escribir las crónicas resultaba que acababa escribiendo sobre más jugadas polémicas que favorecieron al equipo blanco que las que le perjudicaban.

 

-Bueno, mi estimado Winston. – Aventuró el veterano redactor. – Uno empieza dejando que en su interior germine alguna duda acerca de la “Verdad” de nuestra nación o nuestro Ministerio… -dijo haciendo una leve pausa mientras ensombrecía el gesto -  …y antes de darse cuenta, las espinas de la corrupción y la mentira han aflorado en su ser y acaba realizando actos que antes jamás sería capaz de sospechar siquiera que podría hacer.

 

El redactor le sonrió de nuevo, volviendo la amabilidad a su rostro.

 

-Pero por suerte, ese es un tema del que usted y yo no tenemos que preocuparnos, ¿verdad?

 

-Por supuesto que no, señor.

 

-Es usted madridista, ¿cierto?

 

-Así es. – Respondió Winston. Y se apresuró a añadir: - Pero no tengo reparo en informar de todas las polémicas que rodean a mi club.

 

-Y por eso mismo es usted perfecto para cubrir dicha información, Winston. Más valor tiene si cabe para el Ministerio de la Verdad, que la información del Real Madrid, por desagradable que sea (y suele serlo cuando hablamos de este club) provenga de alguien cuya honestidad no pueda ser puesta en duda de ninguna manera. Hasta ahora ha sido usted perfectamente diligente en sus redacciones. – Dijo rodeándole con un hombro mientras le acompañaba a la puerta de salida. - Confío en que siga siendo así sin que volvamos a tener que recordárselo desde este despacho. Y tenga una botella extra de “Relatus”. No la comparta con nadie. Se la ha ganado – Y le cerró la puerta sin siquiera dejar turno de palabra a Winston.

 

 

Día 25 de agosto. 4:15pm

 

Winston llevaba 10 minutos esperando en la tienda de antigüedades, hecho un manojo de nervios sin poder dejar de pensar en lo que había sucedido aquella mañana y con miles de preguntas rondándole la cabeza. ¿De verdad el Madrid podía ser un equipo más perjudicado que el Barcelona cuando llevaba media vida leyendo e informando de lo contrario?, ¿se ocultaban imágenes reales durante los partidos de la liga para alimentar estos pensamientos en la gente?, y sobre todo ¿por qué Koundé no había sido inscrito aún si no había nada que lo impidiera? Esperaba impaciente que el hombre del bigote pudiera dar respuesta a sus interrogantes. Necesitaba que así fuera más que el aire que a duras penas podía respirar en aquella polvorienta sala de antigüedades. Justo en ese momento apareció el hombre del bigote.

 

- Así que ya no hace falta vender a nadie para inscribir a Koundé, ¿eh? – Le preguntó, con una ligera sonrisa.

 

- ¿Qué demonios está pasando? No entiendo nada. ¿Cómo es posible que nadie se dé cuenta de que lo que contamos cada día no se corresponde con la realidad?, ¿cómo es que nadie se cuestiona nada de lo que lee a diario, aunque al día siguiente vea que lo que sucede es lo contrario? – Las palabras le salían atropelladamente de su boca, resultado de querer hacer mil preguntas a la vez, pero sin saber cuál soltar primero y cual después.

 

- Le voy a contar un pequeño secreto, Winston. La gente cree lo que quiere creer. La sociedad lleva demasiado tiempo acomodada. ¿Para qué se va a molestar la gente en dedicar un poco de su tiempo en escarbar la información para encontrar la verdad cuando es más fácil creer lo que le dicen los que se dedican a ello? Y más si esa “verdad” se amolda a lo que les es más fácil o conveniente creer.

 

- Pero ¿y qué pasa con las incoherencias?, ¿cómo puede la gente creerse tan fácilmente algo que no se sostiene con lo que le cuentan cada día?

 

- Ese es el secreto del relato, Winston. Cuando la sociedad lleva tanto tiempo acostumbrada a creer ciegamente en lo primero que lee, ya ni siquiera se detiene un segundo a pensar en si tiene coherencia o no. Se lo cree sin más.

 

- “Relato”…es como la bebida que regala el Ministerio de la Verdad… - Meditó Winston en voz alta, y de pronto se dio cuenta.

 

- ¿Seguís bebiendo esa porquería? Normal que tengáis el cerebro podrido… - Terció el hombre del bigote.

 

- ¿Y qué podemos hacer? Con todo esto, me refiero.

 

- A eso iba, mi acelerado amigo. Ahora que contamos con alguien en el Departamento de la Verdad, la situación está a punto de cambiar. Nuestro plan de contrataque está a punto de empezar. – Dijo sonriendo el hombre del bigote.

 

- ¿Y ese plan consiste en…? Si puede saberse, claro. – Dijo una voz a sus espaldas.

 

El jefe de Winston y un destacamento de hombres armados se hallaban a unos cinco metros de ellos, con uno de los soldados apuntando con su fusil al dueño de la tienda, al que habían amordazado.

 

-Me decepciona usted, sr. Smith. ¿No creería que después de su comportamiento en mi despacho íbamos a “despacharle” sin ponerle vigilancia? – Esperó un segundo para ver si alguien se reía de su, para él, ingenioso juego de palabras. – Ya nadie tiene sentido del humor… - Se lamentó negando con la cabeza. – En fin, acompáñenme, caballeros. Sin formar un espectáculo, por favor.

 

- ¿Qué nos van a hacer? – Preguntó casi chillando el hombre del bigote, sin poder contener la ira. - ¿Enviar a alguien a mi pueblo e inventarse una peña madridista de la que mi padre sea repentinamente el líder?

 

El redactor jefe le sonrió tranquilamente:

 

-La compostura, caballero. No es necesario que se humille a sí mismo perdiéndola de esta manera. Nosotros jamás haríamos tal cosa. Será usted juzgado de manera honrada y tendrá todo el derecho del mundo a defenderse de la manera que usted estime necesaria.

 

-Osea que ya estoy condenado. Igual que tú. – Dijo mirando a Winston.

 

-Nada de eso. Usted será juzgado, pero para Winston aún hay esperanza…en el Pabellón de Reeducación.

 

Winston tragó saliva.

 

 

Día 25 de agosto. 6:52 pm

 

Winston estaba aterrado y aterido de frío mientras permanecía semidesnudo y atado de pies y manos a aquella extraña silla en la que se hallaba inmovilizado. Sus ojos no podían percibir nada en aquella habitación inundada de oscuridad a pesar de llevar tiempo más que suficiente para que se hubieran acostumbrado a la misma. No podía determinar cuanto tiempo llevaba allí, pero estimaba que algo más de una hora, en completa penumbra, soledad y silencio. No tenía forma de saber qué le había pasado al hombre del bigote, pero el redactor jefe le había asegurado que no todo estaba perdido para él siempre y cuando superara las pruebas y recuperara la cordura. Sin embargo, pasaba el tiempo y allí no había ninguna prueba ni nada.

 

“No tiene de qué preocuparse, Winston. – Le había dicho. - En cuanto no quepa duda de que hemos erradicado cualquier ápice de…- Había hecho una pausa como si le estuviera costando encontrar la palabra adecuada. - ¡de duda! Sí, eso era. Podrá usted volver a su vida de siempre”.

 

De repente, una potente luz cegadora comenzó a parpadear cegándolo cada vez que aparecía. Una alarma de guerra se encendió a su vez, resonando con un chirrido insoportable al tiempo que la luz parpadeaba. Era un sonido pavoroso que de alguna extraña manera se parecía a la vez al siseo de una serpiente y a unas uñas rascando una pizarra. Instintivamente, intento taparse los oídos con las manos. No entendía lo que estaba pasando, pues durante un segundo creyó que lo había conseguido, pero al siguiente se dio cuenta de que seguía atado y no podía apenas moverse. Empezó a gritar, más para intentar mitigar aquel espantoso sonido que por el horror que le producía, pero nada funcionaba. Nada podía evitar que ese maldito silbido le perforara los tímpanos, se introdujera por sus conductos auditivos y finalmente le taladrara el cerebro.

 

- ¡POR FAVOR!, ¡PARAD!, ¡SACADME DE AQUÍ!, ¡OS LO RUEGO!, ¡HE APRENDIDO!, ¡HE APRENDIDO!

 

La voz de su jefe salió de algún sitio, aunque a él le pareció que sólo sonaba en su cabeza (¿le habrían puesto algún micro en los oídos?), mientras la espeluznante sirena continuaba, esta vez también dentro de su cabeza.

 

-Lo sentimos, Winston, pero, de hecho, esto no ha hecho más que empezar. Por cierto, no se moleste en intentar cerrar los ojos, pues para algo le hemos paralizado y sujetado los músculos orbitales de los párpados.

 

Y al tiempo que la resplandeciente luz parpadeaba y la alarma le martilleaba la cabeza, se encendió una pantalla enfrente suya en la que comenzaron a sucederse imágenes al ritmo de la luz y el sonido. Una patada de un impotente Ramos a Messi durante un clásico y al instante siguiente, una serpiente enroscándose en el cuello de un inocente cervatillo; una patada de un descontrolado Pepe a un jugador del Getafe tirado en el suelo y a continuación un grupo de hienas acosando a una desamparada cebra, un pisotón de Juanito en la cabeza a un rival también en el suelo seguido de una araña atrapando en su red a un pobre insecto, un empujón de Arbeloa a Villa después de levantarlo del suelo tras el cuál aparecía un enorme cocodrilo aferrando con sus fauces a una desvalida nutria . Una voz de ultratumbra susurrándole (parecía que al oído) frases tales como “son la hostia, tú, no saben perder…” o preguntas “¿son estos tus ídolos?” … y de repente todo se oscureció. La pantalla en negro. La luz y el sonido también se habían apagado. Winston, creyendo que lo peor ya ha pasado, respiró aliviado con sensación de agotamiento. Hasta que escuchó el agua.

 

De algún lugar de la habitación se oía como un chorro de agua comenzaba a golpear las baldosas del suelo de la misma. Ya estaba empezando a pensar que estaba alucinando cuando sintió el agua fría en las plantas de los pies. Luego en los tobillos. Al minuto, Winston ya está cubierto por las rodillas, sin poder moverse por más que lo intentaba. “Ahora me van a ahogar”. – Pensó Winston. – “Que muerte más espantosa. Por favor, Dios, que sea rápido.” Y de nuevo se encendió la pantalla, o quizás era simplemente la luz de la habitación. Ya ni siquiera estaba seguro de lo que veía. Al fondo de la sala, en la pared más lejana en la que antes estaba la pantalla, vio un apagado símbolo: el escudo del Real Madrid de un muy tenue color gris. Pero debajo de él, casi inmóvil en el agua que inundaba la habitación había un enorme tiburón blanco con medio cuerpo sobre la superficie del agua que lo observaba con esos ojos crueles y sin vida propios de su especie. “Nada más apropiado para un club como el Madrid” – Pensó Winston, sin saber de dónde salía siquiera ese raciocinio. – “que ser relacionado con un animal tan despiadado como este”. - Y Winston empezó a gritar, completamente despavorido. Llamó a su jefe, a sus compañeros, a sus padres, a su abuela, a quién fuera que pudiera sacarlo de allí en ese momento mientras el animal permanecía impertérrito, como si estuviera decidiendo de qué manera lo iba a devorar, o qué parte de Winston iba a saborear primero. Desesperado, vio cómo el tiburón se acercaba lentamente, sondeándolo, y de pronto surgió una especie de relámpago que iluminó toda la habitación y permitió a Winston comprobar con más horror si cabía que había dos tiburones blancos, algo más pequeños que el primero, a sus costados. Pasaron dos o tres segundo y entonces el sonido del trueno pareció servirles de pistoletazo de salida para abalanzarse sobre él. Winston desgarró su garganta gritando mientras su cuerpo convulsionaba y se llenaba de pinchazos insoportablemente dolorosos por todo el mismo. Nunca en su vida había experimentado un dolor semejante. Habría sentido menos dolor si varios alfileres le estuvieran recorriendo internamente el cuerpo y de manera inesperada lucharán desesperadamente por salir a la superficie de su piel, desgarrándola. Sin alcanzar a entender cómo, su convulsión fue minando lentamente y unos minutos después se había convertido en un ligero temblor. Chorreaba sudor (o sangre, ¿cómo saberlo?) desde su frente, cayéndole sobre sus indefensos ojos un ácido y algo pegajoso líquido que le molestaba y emborronaba la visión. No comprendía cómo podía seguir vivo después del ataque de los tiburones, hasta que comprendió que nunca había habido ningún tiburón. También el agua había desaparecido de la habitación, si es que alguna vez había existido. La habitación se iluminó de nuevo. Alguien le limpió la cara con una especie de paño húmedo que hizo que esta le ardiera de pronto.

 

-Por favor…- Alcanzó a susurrar un aturdido Winston, sin saber muy bien qué suplicar. – Por favor…

 

La persona siguió a lo suyo, haciendo caso omiso a sus súplicas. Le liberó sus párpados, le echó un colirio en sus ojos y le metió casi a presión por el gaznate una especie de bebida dulce, pero ligeramente amarga. Sabía a Relatus, pero algo diferente al que llevaba años bebiendo.

 

-Hay que esperar al menos 45 minutos para poder seguir, señor. – Oyó Winston que decía.

 

-Muy bien. Descanse Winston. Ya falta no poco, pero sí menos. – Dijo la voz de su jefe, de nuevo resonando en sus oídos.

 

Y de nuevo le envolvió la oscuridad.

 

Día 25 de agosto. 8:04 pm

 

De nuevo la luz, de nuevo la imposibilidad de cerrar los ojos. De nuevo aquella pesadilla de la que no podía escapar. No podía cerrar los ojos para no ver el siguiente horror que le esperaba. Tampoco podía abrirlos para despertarse y escapar de ella. Alguna recóndita parte de su cerebro encontró divertida aquella observación y a Winston le salió media risita irónica. Llegó el turno de la pantalla. Inmensa frente a él, acaparando todo su campo de visión. Abarcando todo cuanto podía hacer Winston en ese momento: ver. Y de nuevo las imágenes. Ahora veía pasando partidos en blanco y negro. Se iban sucediendo goles de un equipo de blanca e impoluta indumentaria con imágenes de Francisco Franco realizando saludos fascistas. Sin poder entender por qué, empezó a sentir repulsión por los goles con los que el Real Madrid empezaba a conseguir sus primeras Copas de Europa y entonces se percató: un repulsivo hedor se había adueñado de la habitación. Un olor que casaba por un lado algún tipo de alimento (quizás pescado) podrido con calcetines sudados y malolientes y que comenzó a irritarle las fosas nasales, removerle las vibrisas y bajar hasta el fondo de su esófago para provocarle el reflujo. Sin poder evitarlo, Winston se abrió la boca y vomitó el contenido de su estómago empapando de ácido estomacal y restos de comida desde sus rodillas a sus tobillos. Se siguieron sucediendo los goles. Vio el gol de Amancio, el rechace de Mijatovic, el regate de Raúl a cañizares, la volea de Zidane, el corner de Modric para Ramos… y mientras el olor iba mutando. Lo que antes era un hedor a podrido ahora había tornado en un potente olor a algún producto de limpieza especialmente fuerte. La irritación nasal pasó a ser un ardor que le pulverizaba el interior de sus tabiques como si un fuego estuviera creciendo en su interior. Llegó el turno de los sorteos. Se dio cuenta de que alguien le había colocado un par de pequeñas pelotitas en sus manos. Estas sufrieron un aumento progresivo de temperatura conforme la pantalla le iba mostrando los rivales sumamente débiles que salían de las bolas que se enfrentarían al equipo blanco a lo largo de los años: Roma, Nápoles, Wolfsburgo, Schalke 04, Galatasaray… - “Que vergüenza, que puñetera mafia”. – Pensó sin poder evitarlo Winston. A continuación, volvieron imágenes de partidos, esta vez acompañados de un olor a excrementos que contribuía a aumentar el sentimiento de repulsión ante lo que estaba contemplando. Un claro fuera de juego de Cristiano Ronaldo que acabó en gol frente al Bayern, un penalti vergonzosamente pitado sobre Lucas ante la Juve ¡en el minuto 93!, faltas y más faltas de un Casemiro que nunca recibían tarjeta, un lamentable penalti inexistente pitado sobre Pepe ante el Elche… ¿Cómo podía un equipo provocar tantísima repulsión en tantísimos aspectos? Ahora lo veía claro. Años y años de falta de deportividad, de arbitrajes perniciosos, de sorteos favorables, de un estilo de juego lamentable, por no decir inexistente; de victorias injustas, de descuentos eternos hasta que marcara el Madrid. Había estado tan ciego durante unas horas. Pero ahora volvía a ver la luz.

 

 

Día 26 de agosto. 17:04 am

 

-Bueno, Winston. ¿qué tal se siente hoy? – Preguntó el redactor jefe.

 

Se encontraban en un salón decorado al estilo antiguo, con un par de esculturas en custodiando cada lado del sillón en el que se resguardaba un reposado Winston. Tras su período de reeducación, le habían facilitado los medios para asearse y alimentarse como si de un miembro de la realeza se tratase.

 

-Libre, señor. Me siento libre, sobre todo.

 

-Porque lo eres, Winston. Espero que no te importe si te hago unas preguntas para que mis compañeros puedan constatar tu recién recuperada libertad de la misma forma que lo hemos hecho tú y yo.

 

-Claro que no, señor. Adelante.

 

- ¿De qué equipo eres, Winston?

 

-Del Madrid. – Respondió con pesar y asco.

 

- ¿Por qué, Winston?

 

- Herencia familiar que he continuado como si de una rutina se tratase. Ya es demasiado tarde como para cambiarlo, supongo.

 

-No tiene que cambiar nada, Winston. Mis compañeros y yo le apreciamos tal y como es. ¿Qué sensación dirías que te provocan estas imágenes? – Continuó su jefe mientras le mostraba en un dispositivo el gol de Ramos en Lisboa.

 

Un eléctrico (no había otra forma de definirlo) escalofrío le recorrió el cuerpo entero mientras una sensación de creciente ardor le subió desde el estómago hasta la boca, produciéndole una secreción ácida. Notó cómo el bolo le escalaba por el esófago, pero fue capaz de contener la arcada a duras penas y devolver al cardias lo que había ascendido a su boca.

 

-Ya ve. No hace falta que responda. – Dijo su jefe mientras cambiaba la imagen. - ¿Y esta? – Preguntó mientras le mostraba la volea de Zidane en tierras escocesas.

 

Esta vez, ya con su cuerpo alertado, fue capaz de controlar el intenso recuerdo del hedor de la sala de reeducación, y las náuseas que le generaba, y contestar a tiempo a la pregunta.

 

-Vergüenza. – Respondió secamente. Y lo repitió, en voz más alta. – Vergüenza.

 

- ¿Y de dónde procede ese sentir, Winston?

 

- Fue vergonzoso ganar ese partido, contra un equipo pequeño como el Leverkusen, de aquella manera, sin jugar a nada y pidiendo la hora, con tu portero suplente, al que habías vilipendiado aquella temporada, sacándote las castañas del fuego. Vergonzante.

 

- ¿Cómo dice? – Inquirió con curiosidad uno de los hombres con bata que acompañaban a su jefe.

 

-Vergonzante. – Repitió Winston con la mirada perdida, mientras el hombre de la bata tomaba unas notas y su jefe asentía con aprobación.

 

- ¿Quién dirías que es el mejor equipo de la historia, Winston? – Continuó su jefe.

 

Esa era fácil.

 

-El Barça. – Respondió Winston de inmediato.

 

- ¿Y cómo explicarías que el Madrid sea el equipo con más Copas de Europa?

 

No le hubiera costado responder a aquella pregunta si no fuera porque cada vez que pensaba en esas malditas ánforas manchas de sangre, el hedor con el que habían contaminado aquella sala volvía a inundarle la nariz y provocarle náuseas.

 

-Es largo de explicar, señor. – Empezó hablando despacio y no sin cierto esfuerzo. -  Pero contamos con el favor del Caudillo en los años de las primeras Copas, esas en blanco y negro que ni siquiera cuentan. – Conforme iba sacando todo lo que le repudiaba del Madrid, mejor se iba sintiendo. - Luego están los arbitrajes y las bolas calientes gracias a los cuáles se lograron las Champions en color. Por no hablar de la flor…

 

- ¿La flor? – Preguntó el otro caballero con bata.

 

-La flor – Repuso Winston mientras el hombre volvía a escribir en su libreta.

 

-Muy bien, Winston. ¿Qué me dices del Barça de ahora?

 

-Son un equipazo, señor. Han fichado como debían. Ojalá nosotros pudiéramos decir lo mismo. Siento verdadera envidia de ellos.

 

Se sentía mejor cuando le preguntaban sobre el Barça. Su cuerpo recibía con alivio, casi con alegría, preguntas sobre el equipo azulgrana. Por alguna razón, los ojos de su jefe se endurecieron un tanto, como si intentaran encontrar algún misterio oculto en los de suyos.

 

-A eso quería llegar. ¿qué te parecen esos fichajes del Barcelona para esta temporada? – Le preguntó, observándole atentamente.

 

- Son fichajazos. Todos ellos. Lewandowski es el mejor delantero del mundo, Kessié es el nuevo Kanté, Raphinha es bastante mejor que nuestros brasileños, Koundé… - Y se detuvo de pronto. Había algo raro con Koundé. ¿pero qué?

 

-¿Sí?, Koundé… - Le animó a segui

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Treinta horas en Estambul (para derrotar al Fenerbahçe) https://www.lagalerna.com/treinta-horas-en-estambul-para-derrotar-al-fenerbahce/ vía @lagalerna_

Estuve en su entierro en el Cementerio de la Almudena.
Caía una leve lluvia, triste, contínua...
Margall, Villalobos, Antonio, Lolo... silencio.
Los chavales nos cubríamos la cabeza con una grande y fina bandera del Madrid, que no detenía el agua, ni el sentimiento de pérdida. https://twitter.com/lagalerna_/status/1598999735947304960

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