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1-1: Madrid y Chelsea sufren juntos y firman la paz

1-1: Madrid y Chelsea sufren juntos y firman la paz

Escrito por: Fernando Alcalá-Zamora9 diciembre, 2022
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El Real Madrid femenino empató (1-1) con el Chelsea FC en el duelo de la cuarta jornada de la fase de grupos de la Women’s Champions League disputado en el estadio Alfredo Di Stéfano. Aunque Caroline Weir abrió el marcador para las blancas, su tanto fue contrarrestado por las inglesas desde el punto de penalti.

Para llegar a disfrutar de las grandes noches europeas de primavera, en esos días en los que la tarde comienza a no tener fin, hay que picar mucha piedra. Se trata de un escenario sólo desbloqueado por equipos adultos, con callo, que desembarcan en marzo con la ropa hecha jirones, la mirada perdida y el cuerpo magullado. Llegado ese momento, cualquier observador ajeno a la realidad del fútbol describiría su estado como deficiente, no apto para la disputa de partidos de importancia. Y, sin embargo, bien sabe el lector que ese estado en apariencia crítico es el que requiere un equipo llamado a ser campeón: los trofeos son para los supervivientes.

Cuando se vislumbre la fase decisiva de la temporada 2022-2023, la piel del Real Madrid femenino aún no habrá tenido tiempo de endurecerse. Su juventud –buena para tantas cosas– le delatará y los mayores probablemente le cierren la puerta en sus narices. En esas instancias, el respeto se gana enseñando las cicatrices recientes y lejanas, rememorando los golpes encajados que imbuyen de confianza al sujeto en primera persona. No, esta bisoña plantilla blanca no es una veterana de guerra pero, como se vio ante el Chelsea, al menos empieza a acumular sin rechistar un buen número de rasguños en brazos, cara y piernas.

En Valdebebas, aunque Alberto Toril salió de inicio con sus tres centrales titulares, prefirió mantener la línea de cuatro desplazando a Ivana Andrés al lateral. El centro del campo se lo dio a Claudia Zornoza y Sandie Toletti, al tiempo que Caroline Weir fue requerida para enlazar con la dupla Esther González - Naomie Feller, bastante de moda últimamente. En cualquier caso, la idea que el técnico cordobés tuviese en mente para el juego con balón de su equipo duró poco: la imprecisión de las futbolistas del Madrid fue absoluta en cuanto las londinenses encendieron su motor de 4x4, idóneo para la presión.

Una y otra vez, las centrales adolecieron del temple necesario para enlazar pases a ras de césped y optaron por atajos a ninguna parte. Kathellen Sousa mandaba a la guerra por alto a Athenea del Castillo, pero ni la cántabra tiene centímetros para ese desempeño ni la precisión del pie de la brasileña es la de Sergio Ramos. Con el paso de los minutos la frustración fue contagiándose y, si bien el Chelsea siguió rácano en ataque, el entuerto fue tal que incluso los saques de banda se convirtieron en una tortura para el Real Madrid.

Mientras tanto, cerca del área visitante la presión blanca era deslavazada, quedando a menudo en tierra de nadie. Aún así, don fútbol volvió a recordar que lo inesperado es norma en este deporte: de la nada, la portera Ann-Katrin Berger regaló sin presión un balón a Weir y la escocesa, sin marca en la frontal, dijo «thanks, dear» y cantó el 1-0. El Real apenas había creado peligro hasta ese momento, pues por algo este era el primer gol encajado por las inglesas en lo que va de competición.

En el extremo contrario del campo, el Real sobrevivió gracias al desacierto de Sam Kerr –un tiro al travesaño, otro al palo– y a los superpoderes de Misa Rodríguez. La canaria es una portera nacida para jugar de blanco, pues es de las que hace acto de presencia con puntualidad cuando su equipo parece a punto de despeñarse. Es, en resumidas cuentas, el tipo de arquera que hace creer irracionalmente en que atajará un penalti decisivo.

A la vuelta del descanso, cuando parecía que el Madrid podría llevarse los tres puntos, Misa estuvo cerca –demasiado cerca– de obrar el milagro. Esther, que firmó una noche nefasta, había perdido un balón peligrosísimo, Ivana había cometido un penalti de libro yendo al corte pasada de revoluciones, y enfrente se disponía a chutar Guro Reiten. La noruega lanzó un zurdazo seco y colocado al palo, Misa voló como hoy en día ninguna portera vuela en España… y tanto se estiró que el cuero acabó en la red tras rebotar en su espalda.

Misa Rodríguez es una portera nacida para jugar de blanco, pues es de las que hace acto de presencia con puntualidad cuando su equipo parece a punto de despeñarse. Es, en resumidas cuentas, el tipo de arquera que hace creer irracionalmente que atajará un penalti decisivo.

El empate hizo temblar al Real Madrid, pues hasta ese momento disfrutaba de una ventaja quizás exagerada y de repente el partido volvía a la guerra de guerrillas. Lo normal habría sido desertar, terminar de perder la compostura y aceptar la remontada del Chelsea. Pero los cimientos aguantaron. Primero, Olga Carmona y Feller – brillantes las dos– apretaron los dientes y con sus robos adelantados a punto estuvieron de recuperar la ventaja; después, a la hora de la sentencia, Sam Kerr dispuso de un último cara a cara con Misa y la portera volvió a hacerse gigante.

Así se llegó al 90 y sin más terminó el choque. Las madridistas encararon el túnel de vestuarios con un punto en el bolsillo, vital para mantener viva la fe en la clasificación, pero del campo salieron con algo más importante: con las camisetas blancas embarradas y manchadas, con marcas rojas de arañazos aquí y allá, y con la vista nublada fruto del esfuerzo. Ese es el camino que conduce a las noches de primavera.

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