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PSG y Mendizorrozas

PSG y Mendizorrozas

Escrito por: Diego Diz4 diciembre, 2019
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El Deportivo Alavés evoca en la memoria colectiva del aficionado las gradas del Westfalenstadion de Dortmund. Una inmaculada Copa de la UEFA del Glorioso vitoriano de Mané, Jordi Cruyff, Astudillo o Javi Moreno murió en la heroica final perdida contra el Liverpool (5-4). Ahí es nada. En cambio, en la historia contemporánea del Real Madrid, hablar del Alavés significa señalar en fecha exacta (6 de octubre de 2002) el debut de Ronaldo Nazario da Lima. Eso, sin embargo, queda para los anales del delantero brasileño y del Bernabéu. El Alavés en Mendizorroza se antoja otra cosa. Más envalentonado, bravucón, yendo al quite y depurando del terreno de juego las acometidas blancas. En suma, un campo apretujado más del norte español. Nada que lo diferencie especialmente del Sadar, Molinón, Ipurua o Sardinero. Visitar territorios de tal índole implica, en jerga popular del balompié: apretarse los machos.

Sadar, Molinón, Ipurua o Sardinero. Visitar territorios de tal índole implica, en jerga popular del balompié: apretarse los machos.

La entidad de los equipos norteños crece en los espacios sonoros de sus estadios. No se representan allí grandes obras de arte o actuaciones de noventa minutos que las justifiquen una jugada o un gol de un único actor. Eso no sucede en las provincias. En campos como Mendizorroza el Real Madrid ya sabe de antemano el mono que debe vestir en esas ocasiones. Siendo precisos, el once que salta a bregar los tres puntos debe ser consciente de que está actuando ante un público amotinado. Así, el enemigo a batir es la atmósfera de guerra de guerrillas que ampara ese fútbol minero donde ensuciarse es obligatorio.

Un campo lleno no es reflejo de una localía -como dicen los argentinos- imposible de superar para los blancos. Pero estadios como Mendizorroza no llevan a engaño, ni siquiera a los despistados que sigan religiosamente desde el sofá de casa el partido. Durante noventa minutos se abre un estado de excepción. Lo que en la prensa se califica como victorias que ganan ligas no es más que saber cumplir con esa lógica que te impone el clima de sitios como Mendizorroza. Y pese a ello, el Real Madrid ha sabido históricamente sacar adelante la asignatura con métodos más exquisitos. El propio Ronaldo Nazario nos aleccionó sobre esta metodología -más limpia- con las bicicletas que dejaron sentadas a la cadera de Abelardo (1 de marzo de 2003). Cómo no acordarse de esas carreras limpias del carioca, finalizadas con una definición implacable a la red. A día de hoy, no obstante, el madridista es consciente de que los tiempos no son de bonanza y que los paladares están conformes con llevarse algo a la boca. El remate imprevisto de Carvajal con la pierna del sábado es ejemplo suficiente. Poste y rechace mal ejecutado, pero gol y tres puntos. En la aritmética de la clasificación es igual a las bicicletas sufridas por Abelardo. Ronaldo o Carvajal, ambos buenos negocios ante el empuje alavesista.

Lo que en la prensa se califica como victorias que ganan ligas no es más que saber cumplir con esa lógica que te impone el clima de sitios como Mendizorroza.

La implantación de formas más sucias e impávidas ante el qué dirán, políticamente incorrectísimas e indignas de la corrección institucional que el Real Madrid merece, se hallan en Benito Floro. Fue en los inicios de Canal + -en el programa El día después- donde se viralizó la arenga de un Benito acorralado por un Lleida recién ascendido a Primera División (6 de marzo de 1994):

"¿Dónde están esos cojones y la calidad y las ganas de jugar? ¡He dicho maricón el que la pierda! Poniéndolos, poniéndolos, y nada más, y lo demás son tonterías. Un día uno, un día otro, un día el equipo, pero... ¡Qué lamentable! ¿Dónde está el equipo? A tomar por culo el balón, y las cagaditas, el pelele y lo otro y lo otro y quiero hacer mucho, total... ¡Joder, que sois el Real Madrid, hijos! Un montón de almas, un montón de cariño, un montón de déficit en el club. Está en vosotros, ¡qué cojones! ¡Sufrir, me cago en ...! ¡Ganad el partido sin excusas! ¡Haced lo que os salga de la polla ahí, pero ganad, coño! ¡Me cago en la hostia! ¿Cómo puede ser uno jugador y no llegar al remate sufriendo? ¿Cómo puede ser uno jugador y quitarse de encima? ¿Cómo puede ser uno jugador y no anticiparse porque le han metido un gol o porque le han hecho a otro...? ¡Me cago en ...! ¿Cómo puede hacer un jugador del Real Madrid eso? Un equipo que el año pasado estaba en Segunda B, Segunda A, ¡Con el pito nos los follamos, con el pito! ¡Dios! ¿No os da vergüenza? ¡Me cago en ...!"

Parece que la arenga de Benito Floro fuera diseñada expresamente para esos campos minados. El sábado, en Mendizorroza, se fue fiel al barro, a todo lo que siempre había exigido Benito Floro. Y también el legendario Di Stéfano: “La camiseta del Real Madrid es blanca. Se puede manchar de barro, sudor y hasta sangre, pero jamás de vergüenza.”

Lejos de la testosterona del encuentro contra el Alavés, queda la intensidad ofensiva del juego desplegado, también la semana pasada, frente al PSG, en el que el Madrid presentó oficialmente su candidatura europea anual. En esta ocasión, con un fútbol fluido y virtuoso, y centrando la intensidad en el balón y no en el choque y la refriega. Dos versiones distintas para dos contextos diferentes. Zidane, parece tener fórmulas para casi todo.

frente AL PSG, el Madrid presentó oficialmente su candidatura europea anual. En esta ocasión, con un fútbol fluido y virtuoso, y centrando la intensidad en el balón y no en el choque y la refriega.

El Madrid de salón duró lo que tardó el francés en sustituir a Valverde. Era el minuto 75 de partido. Sin ese pulmón extra, Isco fue menos Alarcón, el Madrid hizo memoria de lo perdonado cara a gol y el PSG encontró un resquicio para penetrar en las remitentes dudas blancas en la parcela defensiva. Tardaron dos minutos: Mbappe (80’) y Sarabia (82’). Y es que en Europa lo difícil es identificar el barro para salir al paso. En cambio, en Mendizorroza, es todo lo que puede ser. Se sabe a lo que se va, ¡bien que lo sabía Benito Floro!