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Halloween madridista

Halloween madridista

Escrito por: Amiguete Barney31 octubre, 2019
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Noche de Halloween, noche de terror. Al final importamos todo de los Estados Unidos y puesto que La Galerna presume de estar a la última en tendencias, nos hemos subido a la moda de esa fiesta que nunca entendimos mucho a este lado del charco.

Como buenos aficionados madridistas que somos, estamos habituados al estilo exquisito y al buen gusto, pero la de hoy es una noche dedicada al terror y los disfraces de miedo, así que este artículo va dirigido a recordar a aquellos jugadores que más terror nos inspiraron al verlos vestidos con la camiseta blanca.

 

Albano Bizzarri:

Guardameta argentino de finales de los noventa. Como el Demogorgon en Stranger Things, se coló por una rendija entre el Bodo Illgner de sus últimos años y el Iker Casillas cuasi adolescente. Tenía tales problemas para blocar el balón que corrió la broma de que le faltaban varios dedos en las manos. Los aficionados veíamos acongojados sus salidas por alto, tanto como cada disparo a puerta, momento en el que rezábamos para que la pierna del defensa llegara siempre a tiempo al cruce. Cabe reconocer que el bueno de Albano se redimió con los años, cuajando una digna carrera lejos del Bernabéu.

 

Claudemir Vítor:

Como en el argumento de la perturbadora Nosotros, de Jordan Peele, el club jugó con el uso de dobles. “Quiero a ese lateral brasileño que es tan bueno”. “Ahora no, pero en unos meses te lo llevo y mientras tanto te dejo a uno parecido”. Efectivamente, la idea era tener a Vitor hasta diciembre, momento en que se confiaba en fichar a Cafú. Pero el internacional brasileño nunca llegó y Vitor se marchó por donde vino. Tan solo jugó tres partidos, pero los suficientes para echarse a temblar.

 

Julien Faubert:

En su presentación no hacía más que mirar hacia todos los lados en busca de una cámara oculta, como si sospechase que aquello, su fichaje por el Real Madrid, tuviese que ser una broma. Imposible olvidarlo dormido y espatarrado en el banquillo durante un encuentro de liga disputado en el Madrigal. Su peculiar semblante, de rasgos excesivos, tendía a dibujar todo tipo de muecas simpáticas, que en ocasiones le conferían un aspecto quasimódico. Se fue casi del mismo modo que llegó, por sorpresa.

 

Mino:

Nombre de guerra de Bernardino Serrano, central asturiano, de abundante melena, que jugó dos temporadas en el Real Madrid de finales de los ochenta. Sufríamos cada vez que el Madrid de la Quinta del Buitre salía por Europa, porque no sabíamos en qué minuto Mino destaparía su naturaleza licántropa. Para el recuerdo, su incomprensible despeje con la mano en Múnich.

 

Predrag Spasic:

Aunque provocase pavor al madridista, el serbio era un personaje entrañable. Parecía un hombre mayor, pese a que contaba con apenas 24 años.  A su incipiente alopecia y su rostro añejo, añadía un cuerpo extraño - demasiado grande y desproporcionado - y algo encorvado; algo así como el monstruo de Frankenstein interpretado por Boris Karloff. Jugó solo 25 partidos y alcanzó el clímax de su carrera con un autogol en el Camp Nou en un partido que acabó 2-1.

 

Pablo García:

“Lo juro, yo lo he visto”. En muchas pelis de terror los personajes no creen al protagonista que advierte de un peligro. Pues algo similar me ocurría con el uruguayo: “lo juro, yo he visto a Pablo García con el 10 del Madrid a la espalda”. Incluso el propio protagonista tuvo la misma sensación, pues años más tarde reconoció que siempre se sintió raro vistiendo de blanco. Vino de Osasuna – todo un presagio - para suplir la salida de Makelele, jugó 26 partidos en el Madrid de los Galácticos y su película sería sin lugar a dudas El coleccionista de huesos.

 

Thomas Gravesen:

Nuestro Nosferatu particular. El danés intimidó nada más llegar. Con apariencia de estibador de puerto del Báltico amilanó primero a los rivales con su ritmo de tren de mercancías sin frenos. Tan solo se le vio frenar en una ocasión y lo hizo con la rodilla, lo que fue bautizado como la Gravesinha. Posteriormente intimidó a sus propios compañeros, con los que mantuvo broncas y hasta peleas. Y finalmente a un Bernabéu que comprendió que aquel centrocampista no compartía ningún rasgo genético con Michael Laudrup.

 

Prosinecki:

Como Re-animator, necesitaba de infiltraciones constantes para revivir y volver al fútbol. Como Re-animator, tenía sus vicios, en su caso el tabaco. Como Re-animator, resucitaba cada cierto tiempo, pero cada vez con un mayor grado de degradación ¡que incluso le llevó al Barça! Y como Re-animator terminó tocando fondo, como una parodia de sí mismo, con aquel anuncio del Prosickito.