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Llamadnos a filas

Llamadnos a filas

Escrito por: Angel Ruiz27 enero, 2019
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Una de las frases más hermosas e inspiradas del último himno del Real Madrid dice así: “Los días que tú juegas, son todo lo que soy”. Propongo el ejercicio de degustar esas diez palabras. Una a una. Letra a letra. Para ello, cierra los ojos, e imagina una rutina al azar. Son las 6 de la mañana de un miércoles, y suena el despertador. Momento de negación, previo al frío, el tráfico, y ese ejército de zombis somnolientos con los que compartirás autobús. Tras alargar demasiado lo inevitable, te abrigas y sales a la calle con el tiempo justo. Con suerte, habrá tiempo para un cortado en el bar de la esquina. Te pones los cascos, y te decantas con desgana por una lista de canciones que no escucharás. La música se entremezcla con pensamientos que transitan sin orden. Te tomas el cortado, y te resignas a seguir. De pronto, un relámpago blanco cruza tu mente, provocando una sonrisa inaplazable. Acabas de recordar que hoy juega el Madrid.

Yo nací en 1981. Hacía 15 años que el Madrid no ganaba una Copa de Europa, y faltaban aún 17 para que la volviera a ganar. En lo futbolístico, fui un adolescente hambriento, con el inconformismo de los hijos de aquel Madrid que era el Madrid, pero que salía a Europa y volvía cosido a tiros. La “orejona” parecía una quimera conquistada en un pasado irrepetible. Fueron tantos años anhelando la gloria, que Mijatovic, más que un gol, marcó un punto de inflexión en la vida de un madridismo anclado en la nostalgia del blanco y negro.

Permitidme regresar a 1981. Aún faltaban unos 22 años para que yo pisara el Santiago Bernabéu por primera vez. Lo haría viendo un Real Madrid-Valladolid en un gélido y lluvioso día de febrero, ubicado en el gallinero, y reventado tras una paliza de viaje nocturno en autocar. El partido sería mediocre, pero también inolvidable, aunque sólo fuese por el momento en que, tras sacar la cabeza por un vomitorio, observaría por primera vez la imagen de un césped que daría sentido a muchas cosas. Una emoción que se grabaría a fuego en mi memoria, y que en un futuro no muy lejano acabaría anhelando.

Estamos ya en 2019, y observo con preocupación cómo muchos madridistas han olvidado que hoy juega su Madrid. Ha sido tal la desconexión, que lo hemos llegado a olvidar de verdad, o incluso a elegir un plan presuntamente mejor. He llegado a escuchar, tras duras derrotas, que lo peor es que ya no nos dolía. Tal vez sea consecuencia de ese extraño y venenoso contexto que sucede a la conquista de cuatro Copas de Europa en cinco años, y que provoca un estado de ánimo que normaliza lo imposible, menosprecia lo difícil, y elige la decepción permanente como estado natural. El caso es que, con diferentes grados de intensidad que imposibilitan un análisis homogéneo, uno de los grandes dramas del Madrid más reciente ha sido la progresiva desconexión de un aficionado que en condiciones normales delega a su equipo su propia felicidad.

Tal vez, todo empezó en verano de 2017. Veníamos de ganar el soñado doblete, con la panza llena y la asimetría de la vitrina como principal preocupación. Se ganaron dos Supercopas con brillantez, haciendo presagiar que lo mejor estaba aún por llegar. No ocurrió. Lo que vino detrás fue una temporada llena de mal juego, sinsabores y frustraciones, rescatada a última hora por una Champions que, siendo la cuarta en cinco años, se celebró por gran parte de la afición con una excesiva contención. Ya no parecía la última, pero no caímos en que pudo haberlo sido.

Es importante recordar que hay algo peor que perder, y es que no te importe. Que hay algo peor que jugar mal, y es olvidar que hay partido. Que hay algo peor que un estadio vacío, y es no tener ganas de ir. Y que hay algo peor que no ser del Madrid, y es serlo y no sentirlo. El madridismo quiere gritar, aunque sea de rabia. Como aquella noche en la que estuvimos a un gol de eliminar al Borussia de Dortmund ante un Bernabéu entregado a lo imposible. Es el momento de llamarnos a filas. A todos. Desde el césped. Desde la grada. Desde el escudo. Ya llega febrero. Se acerca el momento. ¿Y si no era la última? Intentémoslo también en este año que parecía condenado a dejarlo pasar. Llámanos a filas, Real Madrid. Aunque el final sea para morir en un terreno embarrado.

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