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Lisboa: un año después

Lisboa: un año después

Escrito por: Ramón Álvarez de Mon23 mayo, 2015
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Era la mañana del sorteo de entradas para la final de Champions, pero el embudo de trabajo en el que me encontraba en el despacho apenas me había permitido acordarme del acontecimiento. Afortunadamente, mi diligente amigo Nacho estaba al pie de la noticia y así nos anunció, en el grupo de amigos de WhatsApp, que habíamos sido agraciados con seis. La inmensa e inesperada alegría hizo de lo más estéril el resto de mi día laboral. Al poco tiempo caí en la cuenta de que ese mismo día 24 tenía una boda en Granada de una buena amiga de mi mujer. Afortunadamente, la comprensión de mi mujer y la de su amiga me facilitaron oficializar mi incomparecencia a tal evento.

Los días siguientes fueron de una búsqueda desesperada de plazas hoteleras. Las probabilidades de ser unos de los afortunados eran tan bajas que algunos de nosotros no nos habíamos preocupado previamente por el tema. Tras una intensa averiguación al fin encontramos un hostal cercano a la Plaza del Rocío de Lisboa.

El 23 de mayo, seis amigos partieron hacia Lisboa en una furgoneta alquilada para la ocasión. Durante el trayecto salieron muchas conversaciones sobre cuál sería el devenir del partido. Fue en ese momento cuando le comenté a mi amigo Carlos que en la porra de mi despacho había puesto 2-1 a favor del Madrid. Goles de un central del Atlético (Miranda o Godín), Ramos y el segundo de Bale. Fue la típica conversación que careció de trascendencia en ese momento. Llegamos a Lisboa y muy pronto comenzamos a palpar el ambiente. Mi sensación es que había más aficionados colchoneros. Sin embargo, los ciudadanos lisboetas parecían decantarse por la victoria del Madrid. Así nos lo hacían saber los taxistas cuando intercambiábamos palabras con ellos. Tras vivir con intensidad la noche lisboeta, al día siguiente nos despertamos sabiendo que ese no sería un día cualquiera.

Habíamos reservado en un restaurante justo en el centro de la ciudad, El Entrecot, y ahí sí que encontramos una abrumadora mayoría vikinga, prácticamente unanimidad, diría yo. El reparto de las aficiones en la ciudad ya estaba mucho más igualado y el ambiente festivo era notorio. Por mi cabeza tenía la continua sensación de que habíamos ido a una misión y esa era buscar la Décima y traerla a las vitrinas del Club.

Acudimos al estadio con más tiempo que nunca. Había que disfrutar de cada segundo. Para todos nosotros era nuestra primera final de Champions. El partido empezó y el temblor de mi cuerpo ya no paró hasta el final del partido. En mi inconsciencia, no me había abrigado demasiado puesto que no había caído en la cuenta de que la humedad de Lisboa provocada por el río Tajo haría descender la sensación térmica de forma considerable. La gripe que me acompañaría la semana siguiente me recordaría mi falta de previsión.

Llegó el gol de Godín y nuestra sensación de frustración fue enorme. El fallo de Casillas había sido evidente y lo cierto es que era novedad que, en un evento de tanta importancia, Iker fallara de ese modo. El ángel le había abandonado. Llegamos al descanso con malas sensaciones, el Atlético no había sido mejor pero ya estaba arriba. Mis previsiones de que Khedira no rendiría como medio centro de contención se estaban cumpliendo y urgía un cambio. Los primeros quince minutos de la segunda parte no ayudaron a que nos animásemos, pero entonces Carletto volvió a repetir la maniobra que le había ayudado a cambiar el partido de Liga en el Vicente Calderón. Introdujo a Isco y Marcelo y sacó a Khedira y Coentrao. Los cambios fueron interpretados por ambos equipos como toda una declaración de intenciones. El Madrid se vino arriba y el Atlético supo que le quedaba media hora de mucho sufrimiento. El dominio era evidente y las ocasiones se sucedían, pero el balón no entraba. Desde la grada el “sí se puede” era una constante. Entre mis amigos encontraba la versión optimista de Nacho y la pesimista de Jolu, que miraba de vez en cuando el móvil negando y maldiciendo con la cabeza. Benzema dejaba su sitio a Morata para un último arreón. Por mi cabeza pasó la idea de la mala suerte que habíamos tenido antes de la final. La BBC entera jugaba la final infiltrada.

 

lisboa

El empuje era total. Ramos y Modric parecían duplicarse por todo el campo porque eran capaces de recuperar el balón, subirlo y volver a recuperarlo abajo. Cuando quedaban cinco minutos y el Atlético protagonizó la primera posesión en el segundo tiempo en campo contrario, giré la cabeza y, aparte de ver a Jolu en su negación continua, percibí en la cara de Nacho la resignación. Apelando a toda la inteligencia emocional que fui capaz de reunir en ese momento, empecé a pensar en que no podía quejarme de nada en la vida. Tenía una familia estupenda y todos estaban sanos, y no obstante al mismo tiempo cavilaba que estábamos a punto de perder la final contra el Atlético, justo la primera final que había visto en directo. Pensé en Amsterdam, en París, en Glasgow… ¡cuánto me hubiera gustado poder vivirlas en el estadio!

Modric se disponía a sacar un córner y nuestra grada replicó el “Sí se puede”. El intento de saque en corto fue malo pero al menos nos proporcionó otro intento. Entonces vino ese saque preciso al corazón del área y vi a Ramos suspenderse en el aire. Para mí el remate entró a cámara lenta. En ese largo segundo maldije la estirada del gigante belga que casi logra rechazar el esférico. Lo que vino después es simplemente inexplicable. Sólo podía gritar goooool y abrazarme a toda la gente de alrededor. De muchos de ellos nunca sabré ni siquiera su nombre, pero sus caras quedarán eternamente grabadas en mi mente puesto que las asociaré a un día histórico. Jolu ya nunca volvería a mirar el móvil. Estaba crecido.

Cuando vi retorcerse de dolor a Di María temí que jugaríamos la prórroga con 10 jugadores. Mi atención selectiva no me hizo fijarme en que varios jugadores atléticos estaban en peores condiciones. Nuestra grada se volvió un bullicio, mientras que el graderío colchonero, tras unos minutos de silencio, se repuso con toda dignidad. En ese momento, entre risas, le dije a Carlos que quedaba el segundo gol de Bale.

El dominio era evidente, pero había que marcar el segundo. Mi corazón no iba a tolerar jugarnos la Décima a penaltis, eso era demasiado. Entonces llegó la loca arrancada de Di María y el certerísimo remate de Bale. La locura me invadió. Sólo gritaba Baaaaale, Baaaaale. Carlos entre gritos me dijo “estás loco, estás loco”. Tras al gol de Marcelo, la celebración nos brindó la sensación de que ya no se escaparía. Los ojos rojos de mis amigos provocaron que solo la timidez para mostrar mis sentimientos evitase las lágrimas de emoción que querían escapar de mis pupilas. La Décima era nuestra, ¡por fin!  A esa misma hora, a 695 Km de Lisboa, en Granada, una mujer que detesta el fútbol lloraba de alegría, consciente de que el loco de su marido estaba viviendo un momento inolvidable. Uno de esos instantes que permanecen para siempre en la memoria puesto que quedan eternamente asociados a sentimientos.

Cuando salimos del estadio y vi la reacción de la afición colchonera quedé muy sorprendido. Asumían la derrota como justa pese a la crueldad de los sucesos para sus intereses. Creo que fue una gran muestra de dignidad por su parte. Mi agotamiento era tal que apenas podía caminar, parecía que hubiese jugado el partido. Pese a que lo que dictaba el protocolo era irse de fiesta, lo único que deseaba era irme al hotel, tumbarme en la cama y pensar en todo lo ocurrido esa noche del 24 de mayo que nunca olvidaré. ¡Hala Madrid!

Ramón Álvarez de Mon
Asesor fiscal autónomo. Soy socio de La Galerna y colaboro en Radio Marca. @Ramon_AlvarezMM

2 comentarios en: Lisboa: un año después

  1. Quien no se emocione con este artículo es que no tiene sentimiento madridista. He revivido cada minuto. Piel de gallina y con un gusto literario admirable. Mis enhorabuenas sinceras. Gracias a La Galerna por hacernos llegar este tipo de artículos.

  2. <3 Pues que he llorado leyendo esto! Esto del Madridismo es mucho mas que llevarlo en la piel! ESTO ESTA EN EL CORAZON! HALA MADRID Y NADA MAAS!

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