Las mejores firmas madridistas del planeta

La 247

Escrito por: Fred Gwynne25 abril, 2016
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A veces la vida te lleva a ver un partido de fútbol donde menos te lo esperas. Yo tenía planeado ver la Remontada (las Remontadas del Madrid siempre son mayúsculas) en el sofá de mi casa, con mi equipación supersticiosa al completo (camiseta, calzoncillo y amuleto) y una buena copa de vino acompañado de unas cuñas de Idiazabal. Mi idea era verlo solo, pero por uno de esos caprichos del destino, acabe viéndolo en una habitación ajena con dos mujeres de bandera. Rodeado. Ellas en la cama, una a la derecha y otra a la izquierda, y yo en el medio con cara de circunstancias.

Una se llamaba (y espero que se siga llamando así por muchos años) Mercedes y la otra atendía por María Pilar, aunque pedía a todo el mundo que la llamasen Mapi. A Mercedes la perdí de vista al día siguiente. Hacia las diez de la mañana vino un apuesto hombre vestido de blanco y se la llevó con cama incluida. Con Mapi acabé haciendo buenas migas y he quedado para comer este fin de semana. Eso sí, mi mujer, que para estas cosas es muy familiar, ha decidido apuntarse.

La habitación era de hospital, Mapi ocupaba la cama izquierda, Mercedes la derecha y yo estaba en el medio, en una de esas horribles sillas plegables que dicen que sirven para que el acompañante duerma cuando su única función es conseguir que se levante con los huesos como un sonajero. Ese fue el terreno de juego de mi partido; ese, y no el mullido sofá de mi casa, fue el lugar de mi Remontada.

A Mapi, la madre de mi mujer, le había dado un ictus (House dixit) unos días antes del partido y después de unos momentos angustiosos (lo último que hizo al salir de su casa fue coger una taza de desayuno y peinarse) habíamos salido corriendo al hospital. Sus estupendos 87 años no conocían ni un catarro y después de un montón de pruebas acabamos en la habitación 247 donde hemos permanecido estos largos días y de donde (si el Doctor House da por terminado el ictus) nos iremos hoy mismo sin ninguna secuela reseñable.

Allí encontramos a Mercedes, una nonagenaria lista como una ardilla que había pertenecido a la selección nacional de hockey sobre hierba y que, según ella misma nos confesó, su única medicación antes de entrar al hospital era el Armagnac.

-Es sanísimo –me dijo durante el desayuno mientras rebañaba con la lengua el envase de la mermelada. Tienes que probarlo. Una copita después de comer es gloria bendita.

El día del partido se me hizo eterno. Afortunadamente el continuo trasiego de personal del hospital suavizó hasta cierto punto la espera: enfermera, pastillas, desayuno, pinchazo para el azúcar, limpieza, temperatura, tensión, pastillas, azúcar, comida, médico, enfermero, pinchazo. Yo creo que te curan por aburrimiento. Te aburren para que te vayas. Ahí no hay quien descanse un par de horas seguidas. Uno se amodorra y cuando se da cuenta está rodeado de batas blancas que le instan a salir de la habitación. He hecho más kilómetros en aquella planta que los que Messi ha hecho en los últimos encuentros.

tensiómetro

Según iban pasando las horas estaba cada vez más nervioso. Hubo varios momentos en los que estuve a punto de esconder en el armario a Mercedes para meterme yo en su cama y que me tomasen la tensión, o me recetasen alguno de esos mejunjes milagrosos que me hiciera más amena la espera.

A pesar de mis nervios el partido comenzó muy bien. Mercedes se había dormido y roncaba feliz, y Mapi estaba dando buena cuenta de una napolitana que le había pasado bajo manga. Era bastante futbolera pero apenas prestaba atención a la tele. La miraba pero como uno mira por la ventana, como si sus pensamientos todavía no hubiesen terminado de encontrarse a sí mismos.

No sé por qué pero aquellos ronquidos y aquella napolitana me daban buenas sensaciones. Había en la habitación una placidez que hasta cierto punto templaba mis nervios y me daba confianza. Aquellos 180 años tenían sosiego y sabiduría, tenían tranquilidad e intensidad, tenían, en definitiva, todo lo necesario para conseguir la Remontada con una contundente victoria.

El primer gol coincidió con la entrada de una enfermera en la habitación. Como Mercedes seguía roncando y Mapi ya se había acostado, hice lo primero que me vino a la cabeza y me abracé a aquella preciosa bata blanca (las cosas como son, me hubiese abrazado a ella aunque hubiese marcado el Wolfsburgo) y comencé a botar. La enfermera, después de la sorpresa inicial, me separó con un gesto agrio (seguro que era colchonera) y me dijo que me comportase como un adulto, así que corrí a la cama y abracé a mi suegra. Mapi, adormilada por las pastillas y todavía un poco delicada de lo suyo, me miró como si fuese la taza del desayuno y se abrazó a mí como quien se abraza a la vida.

La enfermera, que seguía refunfuñando entre dientes, me pidió que soltase a mi suegra (valiente envidiosa estaba hecha aquella golfa) y me dijo que saliese, que tenía que hacerle no sé qué pruebas. Obedecí de mala gana y como fuera de la habitación no había tele pegué mi oreja a la puerta e intenté oír el partido desde el pasillo aguantando alguna que otra mirada curiosa. No había pasado ni un minuto cuando escuché el gol y sin pensarlo (como para pensar estaba yo) abrí la puerta y al ver que la enfermera seguía con mi suegra me lancé a abrazar a Mercedes, que ajena al alboroto seguía roncando plácidamente. Mercedes abrió los ojos y me dijo:

-¿Qué pasa?

-¡El Madrid, ha marcado el Madrid!

-¿En Hockey?

-Nooooo, en fútbol…

-Ah, vale…

Y hasta ahí. No dijo nada más. Cerró los ojos y continuó durmiendo. Imagino que a los 94 años una ya ha visto partidos suficientes en su vida como para que un simple gol interrumpa su descanso. Yo me sentía un poco imbécil, los nervios se habían multiplicado y decidí volver al pasillo para calmarme. Era incapaz de seguir mirando el partido. Caminé arriba y abajo unos cuantos kilómetros. Había pasado fuera más de media hora y antes de pedir un desfibrilador opté por volver al refugio de mi (ya era un poco mía) habitación 247. La enfermera se había ido y la luz y la televisión estaban apagadas. Entré despacio sin hacer ningún ruido, me senté de nuevo entre ellas, crucé los dedos y encendí la tele quitándole el sonido. Seguía el mismo resultado y aquello me devoraba.

De repente empezaron a roncar las dos. A dúo. Con una cadencia perfecta, acompasando sus ronquidos a los ataques del Madrid, subiendo y bajando la banda, centrando, rematando. Debía de ser cosa de la edad pero su maestría era tal que impulsaban a Cristiano, galopaban con él y hacían que el campo rugiese con sus zancadas. Entonces supe que el gol era cuestión de tiempo, sabía que llegaría, sabía que ellas no me fallarían. Y así fue. Cuando aquella barrera se abrió y el balón se coló entre los jugadores del Wolfsburgo no pude evitar gritar y las desperté. Bueno, grité, salté y bailé como un loco hasta caer rendido en la silla. La habitación después de mi celebración quedó completamente en silencio. Los ronquidos habían cesado, la tele estaba sin volumen y yo me limitaba a mirar los abiertos ojos de mis acompañantes en la sombra.

Entonces, Mercedes, incorporándose un poco en la cama me miró y dijo:

-¿Otro gol?

-Sí –contesté sonriendo.

-¿Del Madrid?

-Sí.

-¿Del Madrid de hockey?

-Sí, del Madrid de hockey –contestó Mapi. Está a punto de ganar la Copa de Europa.

-¡Bien!

Y nada más. Listo. Se acabó la lección gratuita. Aprendí que a veces valen más cuatro palabras bien dichas que un discurso largo y vacío. Tardaron dos minutos en volver a roncar y yo unos pocos segundos más en subirme al techo. Estaba atacado. Sabía que un gol de los alemanes nos eliminaba y tenía los dedos tan fuertemente cruzados que ya empezaban a dolerme. El tiempo ya no es que pasase despacio, es que literalmente había dejado de correr, se había detenido y cada segundo duraba una eternidad, como una de esas gotas de un grifo que gotea y parece que caen a cámara lenta.

Cuando el árbitro pitó el final, salté de la silla y levanté los brazos al aire. No dije nada. Contuve mi alegría y fui lo más silencioso (al menos eso era lo que yo pensaba) posible. Como no quería volver a despertarlas apagué la televisión y volví a sentarme quedamente. No había pasado ni un minuto cuando Mapi dijo:

-¿Ha acabado ya el partido?

-Sí, ha ganado el Madrid.

-¿Y eso te hace feliz? –preguntó Mercedes.

-Mucho –contesté. Eso me hace muy feliz.

-Si a ti te hace feliz, a nosotras también –dijo Mapi.

-Hasta mañana –dijeron a dúo.

-Hasta mañana –contesté un poco asombrado.

-Que duermas bien –volvieron a decir como una única voz.

-Igual.

La habitación se quedó a oscuras y en completo silencio. Allí estábamos los tres y nuestra felicidad. Ellas a los costados y yo en el medio. Cada uno con su vida a cuestas. Cada uno con un pasado y un futuro. Entonces hice lo único que uno puede hacer en esa situación: di gracias a Dios por estar vivo.

Fred Gwynne
Soy un hombre hecho a mí mismo. El problema es que me sobraron algunas piezas. SOL O CONTIGO. Persigo playas.

6 comentarios en: La 247

  1. Buenos días Fred,

    Has considerado avanzar la cita con Mapi de este fin de semana, a hoy mismo, en su casa (si eso lleva a tu mujer también) para ver el partido juntos? A lo mejor conviene evolucionar y dejar de lado camiseta, calzoncillos y amuleto, y buscar las buenas vibraciones de esta sacrosanta señora, por si acaso, digo...

    Ahora en serio, gran artículo, como todos los tuyos, y en plan todoterreno: comedia, tragedia, ensayo, small talk ..., te es igual, los dominas todos a la perfección, incluso combinados entre ellos y con giro final de la situación en plan "Algo salvaje" o "Abierto hasta el amanecer".

    Chapeau! Grande, muy grande, Fred.

    Hala Madrid y nada más!

    PD: si ganamos la 11a, me acordaré de Mapi seguro...

  2. Lo que es un placer es leerte.
    «y cada segundo duraba una eternidad, como una de esas gotas de un grifo que gotea y parece que caen a cámara lenta». Vaya, vaya... Genial la comparación.

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