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Inocencias perdidas y sueños engominados

Inocencias perdidas y sueños engominados

Escrito por: Carlos Mayoral9 septiembre, 2015
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Uno, a medida que liquida años y novelas de Dostoievski sin descanso, se va sintiendo cada vez más solo y, por tanto, más amigo de sí mismo. Es entonces cuando se descifran los enigmas que han marcado nuestro temperamento, sacando a la luz las muescas que adornan nuestras conciencias. Perdonen este exceso de retórica, pero es absolutamente necesario que abrace un tono solemne para recordar la fecha que hasta aquí nos ha traído: el 9 de septiembre del año 2000. Ese día se despertaron en mí dos sensaciones hasta entonces ocultas: la certeza de que la inocencia de mi niñez se había perdido y un gusto por la gomina que sólo abandoné años más tarde. Crimen y castigo, ríete de los Karamazov.

Pero vayamos por partes. La llegada de Figo al Madrid se fue macerando con portadas llamativas que rulaban de mano en mano, cruzando de un lado a otro del chiringuito de Gandía, sin que nadie soltara el tercio de cerveza para escandalizarse. Dicen que ya existía eso de Internet pero sólo en garajes inventados por Hollywood, así que los pobres españolitos teníamos que conformarnos con renegar una vez al día de la prensa deportiva. En el caso Figo, la noticia resultaba todavía más inverosímil, pues pocos meses antes el luso había pronunciado una retahíla de palabras malsonantes que, por fortuna, se acabarían ahogando en el fondo de la octava orejuda. Con una Eurocopa de por medio, el candidato Florentino afiló su talonario y se acercó al entorno del portugués con ese aire tonysopranesco que tanto nos seduce a los que hemos vivido los tiempos en los que nadie quería fichar por el Madrid. Una vez que Zidane se hubo paseado por su Eurocopa (y Florentino por sus comicios) llegó el momento esperado. Aquel verano yo ostentaba mis doce primeros años con quietud, así que no tuve que soltar ningún tercio de cerveza cuando las portadas sí dieron pie a escandalizarse: Figo y el Madrid han llegado a un acuerdo.

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Mi siguiente recuerdo me traslada a Galicia, concretamente a la localidad de Carballino, en Orense. Mis padres encontraron el lugar idóneo para mandarme al carajo y allí que me vi, en un campamento de fútbol donde pude cerciorarme de lo que ya sospechaba, que seguía calzándome las botas del revés. Recuerdo que el día de la presentación de Figo yo había probado el vino por primera vez. Las chicas, como no podía ser de otra forma, no se habían fijado en nosotros y, para sofocar el incendio, un tipo de Ponferrada había sacado un cartón infecto de su bolsa animándonos a probar aquel mejunje indigno del dios Baco. Tocábamos a un trago cada uno, pero no era un trago cualquiera. Significaba rozar por un instante la piel de lo prohibido, la certeza de lo oculto. Minutos más tarde, por la televisión del comedor expusieron la imagen de Figo, junto a Di Stéfano y Floren, sujetando la camisola blanca con el 10 a la espalda. El ochenta por ciento de los niños comenzamos a gritar como posesos, unos azuzados por el madridismo de cuna, otros por el vino de a peseta el litro (sí, peseta). Entonces, el tipo de Ponferrada, que vestía la azulgrana de Rivaldo, me recriminó la alegría exhibida. Me sorprendí a mí mismo contestando: "vete al infierno". Nunca me había mostrado tan agresivo con alguien al que, en el candor de la juventud, todavía consideraba un amigo. Pero se lo achaqué al monstruoso líquido y no a la llegada de la superestrella portuguesa. Pero me equivocaba... y lo descubrí pocos días más tarde.

El verano pasó entre pretensiones olvidadas y emociones perdidas. El Madrid jugó media decena de torneos infumables y una Supercopa de ésas que a nadie le importan. Ahora sí llegó nuestro día, el 9 de septiembre. Quince años nos contemplan, pero todavía recuerdo aquella inolvidable sensación. Los viejos amigos del barrio volvían a juntarse tras un par de meses necesariamente dispersos y lo hacían en la casa de uno de ellos, no importa cuál. Como todo grupo de amigos que reside en la capital, dos terceras partes del mismo besan el escudo madridista y la restante se reparte entre algunos colchoneros y algunos culés pero, eso sí, todos antimadridistas. Éste era, también, nuestro escenario. De pronto, uno de mis amigos nos sorprendió: "no os vais a creer lo que probé este verano en Chipiona". Extrajo de la mochila un líquido que yo reconocí rápidamente: habíamos mejorado, esta vez el envase del vino era de cristal.

En éstas apareció el equipo titular del Madrid con el ínclito portugués en sus filas. Sin comprender el motivo, me sentí orgulloso. Quizás tuviera algo que ver la espuma que mis amigos antimadridistas expulsaban por la boca, no sé. Esta vez tocamos a dos tragos cada uno, con lo que eso supuso para nuestro ego todavía en crecimiento. Y así transcurrieron los minutos hasta que se adelantó el Valencia, rival de enjundia, con un penalti injusto pero necesario para reactivar al equipo. El sector antimadridista celebró el mendietazo con vehemencia mientras el resto observábamos con temor el desenlace de los acontecimientos. Pronto empezaron las mofas, apuntando al centrocampista luso que, seamos sincero, tampoco parecía querer escapar de la crítica.

Pero llegó el de siempre. Con un escorzo a medio camino entre el barrio y la academia, Raúl González Blanco empataba el partido. Los gritos se fueron apagando a medida que nos íbamos dando cuenta de la gravedad de los hechos. Un empate en el Bernabéu a esas alturas de temporada golpeaba más el ánimo que la clasificación, y los ojos con los que nuestros amigos escrutaban el horizonte liguero se inyectaban un poco más en sangre con cada minuto que nos acercaba al noventa.

Entonces ocurrió. Corría el minuto 88 cuando alguien enroscó el balón desde la izquierda buscando esa zona en la que siempre pasa algo si merodea Raúl por el campo. Esta vez, fue Cañizares quien se lanzó a por el balón abandonando el área pequeña primero y la dignidad después. Su manopla entretuvo el balón el tiempo suficiente para que la poca fe diera paso a esa legendaria sensación merengue que nos hace visualizar la victoria antes de que ésta llegue. El balón se deslizó por el aire hasta posarse en el área pequeña, por donde pasaba, casualmente o no, Luis Figo. Acarició con la bota Nike, que al día siguiente compramos todos en tropel, suavemente el cuero. Éste, sumiso, sorteó la figura del portero valencianista que, a esas alturas, ya pensaba más en cómo responder a las agresiones físicas de Cúper que en detener el baile. El balón se colaba pero, por si acaso, Raúl firmó lo que todos queríamos: gol del 7 y asistencia del 10.

Lo que ocurrió después ha de servir para comprender la metamorfosis que sufrí aquel verano del año 2000. En un solo grito ahogué las portadas de chiringuito, el vino de cartón que nunca debí probar, los chavales ponferradinos a los que nunca antes había enviado al infierno, las mujeres que no podían hacernos caso y el moscatel de garrafa que más tarde vomitaríamos. Al sofocar el alarido (el exterior, al menos), ya contaba con dos amigos menos. Al ver cómo Figo enfilaba el vestuario victorioso y sonriente, exhibiendo la misma elegancia engominada con la que nos conquistaría para siempre, aparté de mí cualquier síntoma de culpabilidad. Ya era tarde. Al llegar a casa me dispuse a probar la gomina que había sisado de aquel baño hijo del boom inmobiliario. Mientras intentaba copiarle el tupé a Figo comprendí que algo en mí había cambiado. Quince años después, juzgo que pudo ser la adolescencia. Quién sabe.

Carlos Mayoral
Madrileño y madridista. Filólogo en mi tiempo libre.

4 comentarios en: Inocencias perdidas y sueños engominados

  1. Los cursis de Prisa, los Babelios y demás, gustan de decir que la mejor literatura se escribe hoy en periodismo (son los mismos que dicen que el mejor cine se hace hoy en las series de TV). Eso, seguro que no. Pero que la mejor prosa periodistica en lengua castellana (las Américas) se hace hoy en la Galerna, no me cabe duda. Cada vez que pincho en un artículo siento algo de la excitacion que debieron sentir los lectores que vivieron en su momento el Nuevo Periodismo, el Gonzo o cualquiera de las otras corrientes que trajeron un poquito más de verdad a la (injustamente) denostada profesion. Disfrutemos mientras dure, que sea mucho y lo bastante como mínimo para que otros recojan este legado. Apostar por la sintaxis, es apostar por la revolución. El madridismo, el señorío, hoy, es la sintaxis. Muchas gracias por desbrozar este camino, con tantas malezas que crecen entorno a él, cuando más dificil era en este año de sequía y desierto...
    Nel mezzo del cammin di nostra vita
    mi ritrovai per una selva oscura,
    ché la diritta via era smarrita.

    Ahi quanto a dir qual era è cosa dura
    esta selva selvaggia e aspra e forte ...

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