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Una Final de Copa de las de antes de la guerra

Una Final de Copa de las de antes de la guerra

Escrito por: Manuel Matamoros30 mayo, 2015
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I

Vencida por la Real Unión de Irún, la Real Sociedad de San Sebastián ni siquiera ha ganado el campeonato de Guipúzcoa.  Le toca en suerte el Barcelona en el grupo III de las liguillas previas de la Copa. Los vascos ganan todos los partidos menos los dos que les enfrentan a los catalanes –que pierden 4-1 y 4-5- y con ellos se clasifican para los cuartos de final.

Quieren los azares de la literatura, que se sirve del fútbol, o quizá a la postre sea al contrario, que el domingo 20 de mayo de 1928 Barcelona y Real Sociedad se vuelvan a enfrentar. Ocurre esta vez en Santander y disputan la final del campeonato de España. Llueve torrencialmente sobre el Sardinero. El encuentro áspero que los antecedentes de la liguilla de clasificación auguran, será favorecido por el barrizal.

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La gradas acogen a las dos aficiones en ambiente de extrema pasión. También a los acaso neutrales, que, como sin parcialidad no hay fútbol, vienen dispuestos a dejar que ya los txuri-urdin, ya los blau-grana les “conquisten espontáneamente la simpatía por cualquier accidente del juego”, en palabras que años después, para describir su relación con el fútbol, diría Federico a la revista Miradero.

Entre los que, quizá, se tienen por ecuánimes asiste un marinero en tierra, premio nacional de poesía en 1925, cuyos recuerdos nos recrean el clima del momento: “Un partido brutal, el Cantábrico al fondo, entre vascos y catalanes. Se jugaba al fútbol, pero también al nacionalismo.”

Los azares que le han traído allí deben ser el instrumento del destino que ha reservado al poeta una de las más bellas páginas de la literatura futbolística española.

II

José María de Cossío, amigo de proverbial generosidad con los amigos, y editor de Rafael Alberti, queriéndole rescatar de la crisis moral -“la belleza formal se apoderó de mí, hasta casi petrificarme el sentimiento”- en que zozobra tras terminar su último libro de poemas, Cal y canto, hospeda al joven poeta en su casona de Tudanca. Aquella estancia del gaditano en tierras montañesas coincide con la disputa de la final de Copa en la capital cántabra. Cossío, cuya condición de eminente aficionado a los toros eclipsa la constancia de su afición al fútbol pese a que años después de este suceso llegará a ser presidente del Racing de Santander, invita a Alberti al partido.  Este es el azaroso camino que nos lleva a encontrar a los dos intelectuales sentados entre el público del campo del Sardinero aquella tarde desapacible de la primavera cantábrica.

III

Treinta años después, en su exilio argentino, desgranará el poeta sus recuerdos de aquel día de fútbol y de barro en el  primer tomo de su libro de memorias La Arboleda perdida:

 “La violencia por parte de los vascos era inusitada. Platko, un gigantesco guardameta húngaro, defendía como un toro el arco catalán. Hubo heridos, culatazos de la guardia civil y carreras del público. En un momento desesperado, Platko fue acometido tan furiosamente por los del Real [sic] que quedó ensangrentado, sin sentido, a pocos metros de su puesto, pero con el balón entre los brazos. En medio de ovaciones y de gritos de protesta, fue levantado en hombros por los suyos y sacado del campo, cundiendo el desánimo entre sus filas al ser sustituido por otro. Mas, cuando el partido estaba tocando a su fin, apareció Platko de nuevo, vendada la cabeza, fuerte y hermoso, decidido a dejarse matar. La reacción del Barcelona fue instantánea. A los pocos segundos, el gol de la victoria penetró por el arco del Real [sic], que abandonó la cancha entre la ira de muchos y los desilusionados aplausos de sus partidarios.”

IV

Recuerda mal Alberti.

Es cierto que los vascos fueron violentos. Como los catalanes. Una ilustración de Passareu con cabezas abiertas volando, sangre y sesos al viento, y un paraguas empapado en lontananza, preside la crónica de Mundo Deportivo que el 21 de mayo de 1928 comienza reprochando: “La Real, por lo visto, reserva para los partidos contra nuestro Barcelona sus mayores arrestos…”

Despejada, a confesión de parte, cualquier duda sobre la parcialidad del relato, estos son los términos en que se lamenta por el juego duro: “La importancia y significación del título que se disputaba ha engendrado en ambos equipos un nerviosismo extremo que es explicable pero que no llega a justificar que se tradujera en una dureza excesiva”.

La crónica, de deliciosa lectura para un madridista, arría la bandera de la prepotencia con que los catalanes habían afrontado la final y enarbola la del temor y la incertidumbre sobre el resultado final de la contienda. ¿Por qué esas dudas, sin embargo, a tenor de la narración de La Arboleda?

Porque tampoco hubo nunca gol de la victoria azulgrana. Al gol que Alberti rememora sucedió minutos después otro que no recuerda: el del empate de los donostiarras.  Tras ciento veinte minutos de partido el marcador terminó igualado. De hecho, también acabarían en tablas los ciento veinte minutos del desempate celebrado el martes siguiente, y sólo al regreso de la Olimpiada de Amberes, avanzado el mes de junio, conseguiría el Barcelona proclamarse campeón en el segundo desempate.

Los treinta años transcurridos, la histórica trascendencia de los sucesos de la vida española en el futuro inmediato, la inmensa crueldad de los que primero asolarán España y luego el Mundo, sus consecuencias directas en la vida del poeta, explican suficientemente que Alberti recuerde mal su propio recuerdo reciente de un episodio ínfimo y lejano, de un partido de fútbol.

Pero esa circunstancia tiene una importancia menor, o ninguna importancia. Lo relevante es que el recuerdo reciente del partido es el creado por un cerebro confundido por el alma fanática del hincha, parcial y apasionada. Al tiempo de los hechos, un huésped de la Residencia de Estudiantes, estudiante de ingeniería y jovencísimo aprendiz de poeta, reprocha al amigo Alberti, la parcialidad del relato vehemente que soporta su Oda a Platko, con las sencillas pero rotundas palabras “porque yo estaba allí” .

V

El poema Platko que Alberti dedicó “A José Samitier, capitán”, también herido en la cabeza durante aquella final de Copa, fue publicado en la prensa de Santander inmediatamente después del partido. Una oda de indudable belleza formal, plena de magníficas metáforas y brillantes recursos poéticos, que convierte al guardameta del Barcelona, nacido en Hungría, en héroe legendario, al que, una y otra vez reitera, nadie olvida, recurrente leiv motiv del poema.

Pasajes de tintes trágicos, como las funestas consecuencias para la escuadra de la que es valladar frente a las impetuosas arremetidas de las camisetas azules y blancas, que dejan aquella a merced de la desmoralización y el temor que la retirada del héroe ensangrentado provoca en sus jugadores y en su hinchada, son sucedidos por otros de tintes épicos, cuando sus atemorizados compañeros recuperan el impulso y sus hinchas la voz con el regreso del héroe al campo de batalla, y elevan la emoción hasta la conclusión del relato con la salida del oso rubio de sangre, enseña de su equipo, a hombros de los aficionados.

 

PLATKO

SANTANDER

20 DE MAYO DE 1928

A José Samitier, capitán

 

Nadie se olvida, Platko,

No, nadie, nadie, nadie,

Oso rubio de Hungría

 

Ni el mar,


que frente a ti saltaba sin poder defenderte.


Ni la lluvia. Ni el viento, que era el que más regía.

Ni el mar ni el viento, Platko,

rubio Platko de sangre,


guardameta en el polvo,


pararrayos.

 

No, nadie, nadie, nadie.

 

Camisetas azules y blancas, sobre el aire,

camisetas reales,


contrarias, contra ti, volando y arrastrándote.

Platko, Platko lejano,

rubio Platko tronchado,


tigre ardiendo en la yerba de otro país. ¡Tú, llave,

Platko, tú, llave rota,


llave áurea caída ante el pórtico áureo!

 

No, nadie, nadie, nadie,

nadie se olvida, Platko.

 

Volvió su espalda el cielo.

 

Camisetas azules y granas flamearon,

apagadas, sin viento.

 

El mar, vueltos los ojos,

se tumbó y nada dijo.

 

Sangrando en los ojales,

sangrando por ti, Platko,

por tu sangre de Hungría,

sin tu sangre, tu impulso, tu parada, tu salto,

temieron las insignias.

 

No, nadie, Platko, nadie,

Nadie, nadie se olvida.

 

Fue la vuelta del mar,

fueron

diez rápidas banderas

incendiadas, sin freno.

 

Fue la vuelta del viento.

La vuelta al corazón de la esperanza.

Fue la vuelta.

 

Azul heroico y grana,

mandó el aire en las venas.

Alas, alas celestes y blancas, rotas alas,

combatidas, sin plumas, encalaron la yerba.

Y el aire tuvo piernas,

tronco, brazos, cabeza.

 

¡Y todo por ti, Platko,

rubio Platko de Hungría!