Qué difícil es despedirse de aquello que te ha hecho feliz. Qué complicado es abandonar un lugar que ha sido tuyo sabiendo que nunca volverás. Qué doloroso es decir adiós a quien ha significado tanto. Pero el tiempo pasa, nos arrastra, nos humilla y nos olvida en los márgenes desde los que ya no podemos ver la corriente que un día gobernamos, que un día nos correspondió con tardes de gloria, con noches en las que el viento acariciaba la hierba y éramos lo que siempre habíamos soñado ser.
Muy pocos pueden decir lo mismo.
¿Qué nos queda, entonces? Apenas nada. Naufragar, luchar por el último aliento, brindar, si hay tiempo, por los que caerán con nosotros, llorar, quizá, por los que quedaron atrás, escribir cartas a los que nos esperaban en algún puerto, abrazar la oscuridad, luchar, por qué no, hasta el último momento, desvanecerse. Acabar.
Y si la vida nos lo permite, volver a encontrarnos algún día. Y recordar juntos esas noches en las que las estrellas nos sonreían y el mundo nos miraba con envidia.
Ha sido hermoso, Carlo.
La reacción del madridismo a las actuaciones del primer equipo de futbol esta temporada no deja de ser sorprendente por exagerada y, a mi juicio, falta de sentido y reflexión. Digo el madridismo, pero sería más justo decir de aquella parte significativa por su acceso a las redes sociales y a los medios de comunicación como son los canales en YouTube. Otra cosa son los medios tradicionales que en papel o en digital tratan de explicar la realidad del modo que les resulta más conveniente a sus intereses, que no tienen que ser, y de hecho no suelen ser, representativos de madridismo.
Efectivamente, esta temporada el Madrid ha sido superado por su mayor rival, lo mismo que la temporada pasada fue este mismo rival ampliamente superado por el Madrid. Algo normal. Así es la vida y así se debe aceptar. Esto no es una catástrofe ni el fin. Especialmente si venimos de donde venimos, de ganar seis Copas de Europa en diez años. Es decir, en los últimos diez años, el Madrid tiene el 60% de victorias totales, algo inigualable por ningún otro club. Ni probablemente lo será en el futuro por nuestro más caracterizado rival, ese que este año ha sido mejor. Pero es que venimos de ganar Liga y Copa de Europa, y esta misma temporada se ha ganado la Supercopa de Europa y la Copa Intercontinental, además de ser subcampeón de todas las competiciones nacionales, y de alcanzar los cuartos de final de la presente edición de la Copa de Europa, donde por cierto nuestro más caracterizado rival tampoco ha sido capaz ni de llegar a la final. Y no digamos del otro rival local, que no ha superado al Madrid en ningún momento.
esta temporada el Madrid ha sido superado por su mayor rival, lo mismo que la temporada pasada fue este mismo rival ampliamente superado por el Madrid. Así es la vida. Esto no es una catástrofe ni el fin. Especialmente si venimos de ganar 6 Copas de Europa en 10 años
Y todo esto con todos los jugadores de la defensa lesionados y parte de los del centro del campo también. Y, a pesar de todo, probablemente nuestro delantero centro sea el máximo goleador del campeonato.
Pero, sin embargo, parece que desde dentro quienes dicen sentirse madridistas muestran una frustración destructiva, a mi juicio exagerada, porque el juego no alcanza los niveles de excelencia que consideramos que son irrenunciables, cuando es evidente que no se puede ganar siempre, y que lo que no podemos es dudar de nuestra historia, dudar de nuestros colores porque nuestro equipo haya sido superado por el rival o porque no se hyaa acertado en planes deportivos que están sujetos a contingencias imprevisibles, como son las lesiones a que he hecho referencia.
Es verdad que algunas cosas no se habrán hecho bien. Así puede ser, como ocurre en cualquier otro actuar humano. Ahora bien, no nos podemos empeñar en desgarrar o malbaratar nuestra historia ni nuestro presente. Ni podemos querer arruinar lo hecho por el presidente durante sus mandatos achacando la coyuntura actual a una gestión total desgraciada, cuando se viene haciendo algo formidable. Como con las distintas secciones en las que se compite siempre en primera línea.
El presidente, objeto de muchas críticas negativas en este momento, como ha sido alabado en otras ocasiones. Tal vez todas con un punto de exageración.
Es verdad que algunas cosas no se habrán hecho bien. Ahora bien, no nos podemos empeñar en desgarrar o malbaratar nuestra historia ni nuestro presente
El presidente al que se critica interesadamente por medios hostiles por haber salvado al club de la ruina al llevar a cabo una operación absolutamente legal de la misma naturaleza que la que han llevado a cabo otros, o la están llevando a cabo en estos momentos algunos de nuestros más encarnizados rivales.
Un presidente que por supuesto también puede, y debe ser, criticado porque puede pensarse que algo se ha hecho mal, o por lo menos no se ha hecho bien. Algunas cosas puntuales, como a mi juicio ocurrieron en la no asistencia a la entrega del Balón de Oro (…cuando pierde da la mano sin envidias ni rencores...), donde, si había que quejarse, debió hacerse en presencia; u otras cuestiones de fondo, como es el caso de la remodelación del estadio, convirtiendo a este en un centro de negocios donde los aficionados, algunos con decenas de años en sus gradas, se sienten como clientes en lugar de como seguidores enamorados de su club. El modelo de explotación del club, el modelo de negocio, o incluso el modo societario que puede venir, seguramente son motivos de debate, y ello sin dejar de comprender que los tiempos cambian y la supervivencia de la institución en el marco de la sociedad capitalista y liberal aboca a estos comportamientos. Que a muchos no nos gustan, desde luego.
Pero siempre la crítica debe hacerse respetando nuestro escudo, hay mucha historia hecha y por hacer y por disfrutar. No se puede ganar siempre. Respetemos al rival cuando es mejor y también cuando es peor, y siempre apoyemos al equipo sin dejar de observar lo que se puede hacer mejor, pero en un clima de debate consciente y de respeto madridista, bajo esa bandera limpia y blanca que no empaña.
¡Hala Madrid y nada más!
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Aquí yace un equipo campeón es el epitafio del Real Madrid en Montjuic, cuyo nombre evoca un cementerio de judíos muy principal que ocupaba en la Edad Media gran parte de la montaña. Es pura casualidad que, allí, en el mismo estadio olímpico de Barcelona, sucumbiera también el Madrid galáctico hace ya veintiún años: el mundo parece estar compuesto de ruinas circulares y ni siquiera el florentinismo parece ajeno a semejante poder cósmico.
El Madrid de Florentino Pérez feneció de la peor de las maneras posibles. Desde la inmejorable posición dominante en que estaba el club el 2 de junio de 2024 ha ido liquidando toda su autoridad moral y deportiva en once meses infaustos. Los antiguos romanos borraban los años así de los anales de la república, pero esta temporada va a ser difícil de olvidar. Se prefirió sacrificar el honor para evitar la guerra, y al final nos hemos comido la guerra y nos hemos quedado sin honor.
Honor es, la verdad, una palabra obsoleta, pasada de moda. El concepto mismo es una antigualla. Ahora que todo está sujeto a compraventa, apelar a cualquier principio moral resulta, verdaderamente, ridículo.
En lo puramente futbolístico, los madridistas nos hemos caído del guindo. Nuestro trabajo nos ha costado. El madridista tiene algo de optimista irreductible, antropológico, quizá porque hasta ahora ser del Madrid implicaba una joie de vivre. Pero, por lo menos en mi caso, desde agosto he vivido haciéndome trampas al solitario. El equipo, tal y como estaba concebido, no había por dónde cogerlo. Quise alejar de mí los fantasmas que presagiaban otro galacticidio, pero la administración de las lesiones, el asunto de los laterales y la aberración del medio campo ha superado, desde luego, la queirozada de jugar con Beckham y Guti de doble-pivote.
El madridista tiende a engañarse porque la Historia le invitar a ser feliz y ver las cosas con alegría. Esto, aunque pueda parecer extraño, casa con su agonismo intrínseco: son dos caras de la misma moneda, que es la pasión. Pero tengo la impresión de que en el tardoflorentinismo al madridista se le ha anestesiado. Los grandes ensueños del estadio, la Superliga y Mbappé han ayudado a que se le perdiera el respeto al fútbol en su dimensión más elemental, que es la de la propia competición ordinaria. Esta temporada, con mucho dolor, nos hemos dado cuenta de que no se puede ganar de cualquier manera.
El madridista tiende a engañarse porque la Historia le invitar a ser feliz y ver las cosas con alegría. Esto, aunque pueda parecer extraño, casa con su agonismo intrínseco: son dos caras de la misma moneda, que es la pasión
Y no me refiero al estilo de juego. Esa es una estupidez propia de barcelonistas fanatizados y de los charlatanes de los medios. El Madrid, que se llenó de jerarcas en los años de lucha contra Guardiola y Messi, se ha ido quedando huérfano de ellos a medida que pasaba el tiempo. En el punto siguiente a Kroos, la cadena se ha interrumpido. No hay jugadores con auctoritas en el campo y eso es tan decisivo como jugar con laterales ortopédicos o sin un reemplazo serio de los creadores de juego.
La sensación, también, que deja esta temporada es que el foco no estuvo en el fútbol. El club anda enfangado en peleas políticas que al aficionado no se explican más que de modo ambiguo y opaco. Volando como Ícaro por las alturas olímpicas el Madrid ha sido vapuleado en todas las competiciones de España por el Barcelona, acumulando una media de cuatro goles por partido. El madridista de a pie se encuentra con que tenía un equipo campeón de Europa y entreverado de grandes veteranos y muy prometedores noveles que ahora, de pronto, es un circo. ¿Cómo ha podido ocurrir todo esto? ¿Hay algún plan?
La promesa latente del florentinismo era una gestión diferente de la planificación deportiva: una manera moderna de hacer las cosas independiente, se supone, del más estricto resultadismo. Esto salta a la vista que dura lo que tardan en llegar los descalabros. Son ya veinticinco años de florentinismo, una generación entera viendo de lejos al artífice de la mejor época de la Historia del Madrid. Pero todo en la vida está sujeto a la decadencia. Quizá la inexistencia de oposición seria provoque anemia en las organizaciones humanas, y eso que el Madrid nunca se gestionó, ni falta que hace, como una democracia asamblearia.
Es triste que Carletto se vaya así. Con él, los madridistas hemos vivido cosas extraordinarias. Quizá el sino de las superestructuras como el Madrid sea el de fagocitar a quienes las engrandecen. Ancelotti, como Zidane, han dado tanta gloria al Madrid contemporáneo, el Madrid de Florentino Pérez, que a lo mejor sólo pueden terminar sus etapas bruscamente, con momentos de dolor y, luego, de olvido. Puede que sea uno más de los procesos humanos. El Madrid afronta un nuevo ciclo con cuestiones pendientes que tienen que ver con su misma viabilidad en el medio y largo plazo y que no parecen bien explicadas: qué ocurrirá con el nuevo estadio, cómo afectará eso a las posibilidades de renovación de la primera plantilla y quién, y de qué manera, sucederá al presidente Pérez al final del nuevo mandato. Y sin embargo todo, aunque hayamos vivido tanto tiempo queriendo negarlo, seguirá dependiendo de si entra el balón cada fin de semana.
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El madridista pata negra está hecho de paciencia. Sólo han pasado unas horas de la debacle y la mayoría ya está superando el luto, pensando en la temporada que viene. El culé está regocijándose en las cuatro victorias de esta temporada, mucho más importantes para ellos que los títulos. Pobres. Nosotros nos levantamos el lunes preguntando por los fichajes y con ganas de ver qué va a hacer Alonso con el equipo (porque nadie imagina que anuncie su salida del Leverkusen para ir al Liverpool o al Bayern); qué patrón de juego, qué jugadores serán la columna vertebral del once. ¿Convertirá en top mundial a algún canterano? Hay otro madridismo, claro, pero hablaremos de él más adelante.
Habrá tiempo hasta el mundial de clubes para analizar esta extraña liga. No habrá descanso entre la nueva competición FIFA y el inicio de la siguiente temporada, que también será extraña porque la empezaremos con media plantilla de vacaciones. Este final de la liga ya lo hemos visto antes: el Barça no fallará en las tres jornadas que faltan y nosotros, nos ha pasado siempre en estas circunstancias, regalaremos puntos después del bajonazo de Montjuic. Da lo mismo ya, pero la diferencia no se reducirá.
Si tenemos que repartir responsabilidades porcentuales del fracaso de esta temporada, porque no cosechar algún título mayor siempre es un fracaso para el Real Madrid, Ancelotti aparece en primer plano, muy destacado. Superado en los planteamientos de los grandes eventos por los entrenadores rivales, sólo dio buena impresión en la segunda parte de la final de Copa. El grupo se le ha ido de las manos este año. Tal vez haya algún partido que haya ganado desde la banda, pero, honestamente, no lo recuerdo. El equipo se ha sostenido por la irrupción de Mbappé después de tocar fondo en Bilbao. Muy poco más.
Son muchas cosas las que nos rondan en la cabeza hoy a los madridistas. Un Barcelona físicamente indestructible y muy competitivo nos ha goleado en todos los choques con una presión suicida pero con una defensa muy débil.
En el Bernabéu no nos enteramos de la película: más de 12 fueras de juego (8 de Mbappé) sin corrección desde el banquillo. Depresión colectiva y a la lona después del primer golpe. En la Supercopa, jugando contra diez gran parte del segundo tiempo, vimos al equipo desfondado y presa de la apatía, incrédulo sin poder dejar de mirar el marcador. Nadie dio un grito de guerra ni dentro ni fuera del campo. No creímos. En la reciente final de Copa, deficiente gestión de la ventaja pero síntomas de mejoría por la actitud. Un espejismo. En Montjuic, otra vez incomprensible desconexión después de ponernos por delante, con horrible manejo de la posesión, pelotazos sin sentido y errores groseros en la salida del balón. Concedimos más de media docena de disparos dentro del área por falta de contundencia. Podrían haber supuesto una goleada escandalosa. Tres de los cuatro goles del rival se explican por fallos imperdonables.
Se pueden tener malas temporadas. Nadie gana siempre. Miren los Chicago Bulls post Jordan o los Lakers post Kobe Bryant. Nuestro equipo nos lleva de paseo por los infiernos de vez en cuando. Ha sucedido históricamente y seguirá sucediendo aunque el madridismo digital, acostumbrado al éxito, no tolere la derrota.
Si tenemos que repartir responsabilidades porcentuales del fracaso de esta temporada, porque no cosechar algún título mayor siempre es un fracaso para el Real Madrid, Ancelotti aparece en primer plano, muy destacado
El análisis requiere tiempo y reflexión, justo lo que no existe en nuestro mundo hiperconectado, que sólo ofrece estrés y agresividad como respuesta al fracaso. La frustración debe ser un punto de inflexión para tomar decisiones de efectos duraderos en el tiempo, no para satisfacer las necesidades de dopamina de la parroquia tuitera. He leído sesudos tuits que recomiendan sacar del club inmediatamente a Ancelotti, Rodrygo, Vinícius y Florentino... El verdadero remedio para la intolerancia a la derrota empezaría por pedir un IQ acorde con la edad fisiológica como doble factor de autenticación para abrir una cuenta en una red social.
Vamos con retraso. La salida de Ronaldo en 2018 debería haber supuesto un abismo. Sean honestos. Todos pensamos que tendríamos una sequía de títulos sin Cristiano y lo aceptamos. El hueco que nos dejó fue gigantesco, pero la realidad es que desde entonces hemos ganado tres Ligas, una Copa, tres Supercopas de España, dos Mundiales de clubes, una Copa Intercontinental, dos Supercopas de Europa y dos Champions League. Hemos ganado todo. Sin Ronaldo, sin Ramos, sin Casemiro, sin Benzema. Y el Real Madrid sigue facturando. Algunos años sufriendo como perros, pero seguimos llenando las vitrinas. Les recuerdo el número de la felicidad: quince.
No ha habido fichajes para cubrir las bajas, es verdad. Seguimos con una racha inconcebible de lesiones, una maldición, pero Florentino nunca nos ha decepcionado desde la promesa de traer a Figo. Hemos tenido a Ronaldo, a Bale, a Kroos, a Courtois, a Vini. Ahora a Mbappé. ¿Qué más se puede pedir? Si el presidente ha aguantado el mal juego y las derrotas esta temporada es porque no entraba en sus planes romper la hucha para traer medianías a precios fuera de mercado, que es lo que traes cuando todo el mundo sabe que necesitas fichar y que tienes dinero. Para un empresario no hay drama por un año de ajuste que sirva para sanear la caja y para financiar el siguiente proyecto.
No le puedo aplaudir, sin embargo, que no haya aprovechado la oportunidad para practicarle la eutanasia a la organización más corrupta del deporte mundial y que por el contrario, pese a haberse personado en el juicio, les haya mantenido conectados a la máquina de soporte vital. Me queda el consuelo de suponer que tiene un plan que no conseguimos entender o que conoce asuntos mucho más turbios del Barcelona y de quienes lo sostienen política y mediáticamente que perjudiquen al Real Madrid. No lo vean imposible. España es una charca infecta, lo vemos cada día en las noticias.
El bueno de Carlo ha tenido una plantilla desequilibrada desde el principio de la temporada. No se ha quejado hasta el final, pero tampoco se ha arriesgado buscando soluciones. Era demasiado pedir para un veterano entrenador italiano. Dejando aparte nombres propios, Ancelotti no ha conseguido hacer jugar al fútbol al equipo. No ha encontrado un patrón de juego. No le ha confiado el mando a ningún futbolista. No ha sabido construir una defensa fiable. No ha exprimido todo el talento disponible en el banquillo. No ha hecho rotaciones, comprometiendo la salud de los futbolistas. No ha logrado poner a las estrellas al servicio del equipo y nunca ha utilizado la cantera salvo en situaciones de extrema necesidad.
Los futbolistas también son responsables. Rodrygo se ha paseado diez partidos como alma en pena sin mostrar el menor síntoma de mejoría. Vini, mucho más preocupante, se ha desconectado del fútbol desde el infausto mes de diciembre y el vergonzante bulling que la UEFA y L'Equipe perpetraron en la gala del balón de oro, para regocijo de la España fea. La emboscada podría haber terminado mucho peor, de presentarse la delegación del club y los familiares en la gala para recibir la estocada ante las cámaras de televisión. Nos habrían clavado para siempre en la retina esos primeros planos que Florentino les negó. Pese al escándalo y la reprobación artificiosa de la mafia periodística, fue un acierto indiscutible del club aguarles su asqueroso plan. Pero Vini está pagando un precio muy alto. Han conseguido descentrar al futbolista. Vini no es el mismo desde entonces.
El bueno de Carlo ha tenido una plantilla desequilibrada desde el principio de la temporada. No se ha quejado hasta el final, pero tampoco se ha arriesgado buscando soluciones
Bellingham también es otro jugador este año. No es ni el ancla en el centro, ni el llegador eficaz. Se pasa los partidos haciendo kilómetros con un sacrificio estéril la mayoría de las veces. Hasta Valverde nos parece peor que el año pasado. Pone sacrificio, trabajo y talento, pero está muy solo en la contención cuando Tchouaméni desaparece del puesto en el que brilla y aparece en el centro de la defensa, dejando que el equipo pierda un terreno que le concedemos gratis a los rivales.
El centro del campo no ha tenido una referencia. Alguien que estuviera siempre disponible para recibir un balón en las peores condiciones. Kroos se quitaba de en medio rivales con un control orientado, esperando el pase o dando un paso lateral. No podemos pedir eso a ningún futbolista de la plantilla. Pensamos que pudo ser el Ceballos de antes de la lesión, pero ha vuelto irreconocible. Pensamos que pudo ser Camavinga, pero lleva dos años sin progresión, cometiendo los mismos errores y encadenando lesiones. Modric puede sujetar el equipo media hora, una hora dosificándose, pero el fútbol de 2025 no permite jugar al tran tran. Podría ser Güler, pero no le hemos visto jugar más de media hora en su sitio. Nos negamos a perder a Kroos tan temprano, pero si analizamos el año de Lucas, no podemos sino felicitar al alemán por su decisión.
No es momento de recordar, pero tampoco de olvidar, los tres atracos arbitrales consecutivos que sufrimos contra Espanyol, Atlético y Osasuna, y el del Rayo, en los que perdimos nueve puntos en una liga que hasta Montjuic estuvo a tiro de cuatro. Al Barça no le sucedió lo mismo sino lo contrario. Un Real Madrid menos mediocre o un CTA menos corrupto habrían cambiado el orden de la clasificación. Por el bien del fútbol, parece que también será la última temporada de la banda de Negreira.
Ancelotti mantuvo la compostura en ruedas de prensa hasta que le señalaron la puerta de salida. Desde entonces, le hemos escuchado decir que prefiere un sistema 4-4-2 que no ha usado desde octubre, que el 4-3-3 es desequilibrado. Ha llegado a decir "si los jugadores me hacen caso, el partido irá bien". ¿Por qué no le iban a hacer caso? O mejor dicho, ¿por qué no le hacen caso? Ha repetido demasiadas veces que hay ausencia de titulares de la defensa por lesiones. A falta de soluciones por parte del club tampoco ha arriesgado nunca con canteranos o con el evanescente Vallejo, poniendo en riesgo a Militao, Alaba y Rüdiger. El partido clave de la Liga ha terminado con el debut psicotrópico de un delantero de la cantera, fuera de casa, perdiendo y contra el Barcelona, como epílogo a un catálogo de decisiones desconcertantes.
En esta ocasión, a diferencia de las innumerables veces en que hemos visto caer a un entrenador "porque no se puede echar a todos los jugadores", confío en que la salida de Ancelotti quede plenamente justificada por el rendimiento en el Mundial de Clubes con un nuevo técnico y que la diplomacia y bonhomía del italiano no nos esté ocultando alguna disfunción interna que requiera más cirugía que tratamiento. El Real Madrid es una bestia salvaje de diez cabezas que no puede cabalgar cualquiera.
He defendido a Ancelotti y he creído en él mientras he podido, pero ha llegado el momento de decir adiós. Sólo falta darle las gracias por ser un caballero del fútbol, por haber convertido en estrellas mundiales a unos cuantos adolescentes talentosos, por los éxitos irrepetibles que ha logrado y esperar su regreso por si le apetece seguir siendo parte del club de alguna manera.
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Buenos días. En ocasiones no, pero a menudo las cosas son lo que parecen y desembocan en lo que parece que van a desembocar. Una temporada con una plantilla descompensada con síntomas de agotamiento por fin de ciclo, cuyos protagonistas no muestran la mejor de las actitudes, no es raro que acabe mal.
No lo queríamos creer, pero se han confirmado los lóbregos diagnósticos de los agoreros. También (y este es el signo al que debimos atender) los temerosos pronósticos de los habitualmente optimistas. El niño venía de nalgas, como atisbó Tomás Guasch (un optimista) en agosto, y el parto de la campaña está resultando doloroso. Para más inri, los numerosos errores propios en todos los ámbitos del club le dejan a uno con cara de tonto a la hora de denunciar las evidentísimas injusticias sufridas otro curso más. Si no cierras la puerta al salir, cómo no te van a robar.
El partido de ayer fue un drama. El equipo es una pesadilla que cae recurrentemente en los mismos errores. Por lo que incluso con el 0-2 había sensación de remontada del Barça, incluso de goleada culé. Era como defenderse de un cuchillo con una servilleta de papel. No quedaban servilletas de tela, paños resistentes, pero se decidió no comprar más.
En situaciones así tampoco es raro que se tienda al señalamiento de tal o cual jugador, de esta o aquella decisión táctica, de esa decisión que tomó o no tomó el club, pero lo cierto es que el resultado final es un compendio de todo. Y no hay que olvidar que si se envía a un zapatero a regentar una central nuclear y explota el núcleo, no es de recibo cebarse contra él.
Incluso con un equipo crepuscular cosido a bajas, el Madrid, si nos centramos solo en el marcador, se quedó a las puertas de pescar puntos en Montjuic. Las recurrentes derrotas contra el Barça este año enervan aún más ante la evidencia de que a poco que hubiésemos visto un Madrid serio e implicado los resultados habrían sido otros, pues este Barcelona posee una fragilidad defensiva incompatible con ser un gran equipo, como se ha demostrado en Europa.
El 4-3 supone el adiós a la liga, así tituló Jesús Bengoechea su crónica del encuentro. «El Barça ‘gana’ la 28ª», a falta de confirmación oficial, como titula Marca. O «El Barça abraza la Liga», como hace As.
De la prensa culé no esperábamos menos. Sport, sobre todo, es un valor seguro adornado con la calidad sintáctica de Gavi, la limpieza de Luis Suárez o la inteligencia de Iñigo Martínez.
Son sus costumbres, y no hay que respetarlas, aunque es innegable que se lo hemos servido en bandeja. Duele más por el hedor de impunidad que emana todo. Solo falta que celebren algún gol levantándose la elástica y mostrando una camiseta interior serigrafiada con una factura pagada a Negreira. Al madridista no le sale hablar ahora de eso, no es el mejor momento, pero es una realidad que no convendría olvidar, si bien no cabe utilizarse como excusa de los fallos propios. Son dos cosas diferentes y complementarias —para mal— que deben abordarse y solucionarse cada una por su vía correspondiente.
Es imposible ofrecer buena imagen y ganar siempre todas las temporadas. No existe mayor exigencia que la del Madrid y los finales de ciclo son inevitables, por mucho que nos duela. Negarlo no solo es desconocer el fútbol, sino la naturaleza humana. Es imposible ser muy grande y caer de lo más alto sin hacer un ruido estruendoso. Y ha terminado una de las mejores etapas del mejor club de la historia.
Hay aficionados que están convencidos de que volcando su ira, gritando a la tele e insultado en redes sociales a los que consideran responsables de las malas situaciones consiguen mejorar el panorama. No es así. Lo que sí es inevitable es enfadarse, y en esas estamos.
La madurez consiste en gestionar la frustración y en asumir que siempre habrá malos momentos porque sin ellos no podría haber —por comparación— buenos. Y el Madrid es el equipo de toda la historia que más momentos buenos ha disfrutado, aunque hoy no tengamos más remedio que firmar este acta de desolación.
No se puede hacer tortilla sin huevos, en ambos sentidos. Y el trabajo de provisión de suministros necesarios y de actitud es perentorio. En las buenas y en las malas, siempre, hala Madrid.
Pasad un buen día.
Del partidito hablaré poco por no decir nada. El Madrid es una ruina, no hay más que discutir. Impresiona ver a así a varios de los mejores futbolistas del mundo. Hablaré del chico Víctor Muñoz, pero luego. Estaba en lo de partidito: a Dios gracias sólo quedan tres.
Y el Mundial de Clubes, claro. Me parece un marrón para el Madrid, una carga extra que el equipo afrontará con escasas luces visto lo visto, pocas piernas —eso él y todos— y con los jugadores locos por perderse de vista unos a otros.
Barrunto que ahora mismo no se aguantan. Lo mejor que les podría pasar sería irse hoy mismo de vacaciones y reencontrarse el 7 de julio, San Fermín. Pagarían por ello, segurísimo.
Como no es posible, y seguirán jugando o cosa parecida, se trata ahora de cerrar bien este ciclo largo y glorioso. Sólo la cifra mágica, seis copas de Europa en once años, merece parar la pelota, aparcar el mal humor y despedir a Ancelotti y algunos más como merecen el día que caerá el telón ante la Real Sociedad. Otro que está en barrena, por cierto. Yo les sacaría junto a todos sus trofeos, la foto sería lo que se dice única.
‘Esto’ hay que acabarlo bien, hablamos del Madrid. El partido que le queda por ganar es darle la mejor despedida a quienes han hecho posible que el club haya llegado a las 15. A ellos y a quienes les precedieron y están en la historia del Madrid y del fútbol. Por si les vale, entre los equipos finalistas de este año suman tres.
‘Esto’ hay que acabarlo bien, hablamos del Madrid. El partido que le queda por ganar es darle la mejor despedida a quienes han hecho posible que el club haya llegado a las 15
Despedir ‘esto’ como Dios manda. Entiendo a los que romperían el carné. Si no les es posible recuperar la calma les sugiero que no aparezcan por el estadio. Dejen paso a gentes templadas, que las hay. Recuerdo una pancarta en el Camp Nou cuando querían echar al difunto Núñez: “Maria Lluísa —su mujer—, llévatelo al cine”.
Hagan eso las Marialuisas del madridismo, incluso los marioluises si la alterada es la parienta: llévenselos al cine. Esto es durillo, sí. Pero hay que acabarlo bien. Como merece esta extraordinaria etapa que ahora termina.
Y pronto empezará lo siguiente, el rearme. Vienen Xabi y Arnold de momento. Toca esperar y ver quiénes los acompañarán y quienes dejarán su plaza.
Tiene el Madrid una ventaja: no viene de una temporada con la panza llena, no vale con remiendos, hay que esperar también que las lesiones dejen de castigar tantísimo al equipo.
Necesita el Madrid un aire nuevo y lo tendrá. Necesita refuerzos. El ciclo terminó y es inevitable. Vacas gordas, vacas flacas. Nada nuevo bajo el sol.
Como lo de ayer, que se temía y pasó. 0-2 y la cosa no acabó 6-2 al descanso de milagro. Ese tiempo confirmó la ruina de que hablamos. Ustedes lo sufrieron, luego me referiré sólo a Víctor Muñoz, que tuvo el 4-4 y chutó fuera.
Tiene el Madrid una ventaja: no viene de una temporada con la panza llena, no vale con remiendos, hay que esperar también que las lesiones dejen de castigar tantísimo al equipo
Es un crío que ha debido cerrar sus redes sociales por lo que le ha escrito gente que se dice madridista: seguro lo son, pero sobre todo gilipollas.
Madridistas gilipollas, qué decepción. Los hay, es inevitable. La pena es verlos aflorar. Gilipollas y me quedo corto. Muchos de ellos serán de los que claman por la cantera. ¿Acaso perdió el Madrid por Víctor, gilipollas? ¡Qué vergüenza!
El miércoles ante el Mallorca debe ser titular. Él, Mbappé y nueve más. Les podría recordar lo que falló Raúl en La Romareda, en su estreno. ¡Raúl! Es muchísimo peor lo que está sufriendo Víctor que perder una Liga. Y cuarenta. Gilipollas.
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-Courtois: APROBADO. No se le puede culpar de ninguno de los goles.
-Lucas Vázquez: SUSPENSO. Con culpa directa en dos de los cuatro goles con los que el equipo cliente de Negreira remontó en el primer tiempo.
-Fran García: APROBADO: Muy discreto.
-Asencio: APROBADO. Sin errores individuales de bulto.
-Tchouaméni: APROBADO. Pasable.
-Valverde: APROBADO. Con cien mil kilómetros en las piernas, como es lógico, ya da señales de ser humano.
-Ceballos: SUSPENSO. No aportó nada y perdió el balón del 3-2.
-Güler: SUSPENSO. Anodino y superado hasta su sustitución.
-Bellingham: SUSPENSO. Que se opere ya el hombro y empiece de nuevo.
-Mbappé: SOBRESALIENTE. Su hat-trick y continua pujanza fueron lo mejor con gran diferencia.
-Vini: APROBADO. Dos asistencias, pero no está bien. Acabó lesionado.
-Modric: NOTABLE. Aportó.
-Brahim: NOTABLE. Contribuyó con verticalidad y buen manejo del balón.
-Víctor: APROBADO. Tuvo en sus botas el 4-4.
-Endrick: sin calificar
-Ancelotti: SUSPENSO. Cuando un equipo se descompone así después de ir ganando 0-2, por fuerza hay culpa en el banquillo.
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En un partido con trazas de correcalles, en el cual el Madrid desperdició lastimosamente una ventaja de dos goles al principio del partido, los de Ancelotti han dicho adiós a una liga marcada por la inicua inquina del CTA y por sus propios errores. Que cada cual reparta las culpas como quiera entre ambas variables.
Antes de que se cumpliera el minuto 3, gracias a una muestra de endeblez de Cubarsí, Szczcesny cometió el penalti más claro en la historia del postnegreirato, hasta el punto en que Hernández Hernández no tuvo más remedio que señalarlo. No tenía por qué el polaco, dado que Mbappé avanzaba hacia el córner y podría haber aguantado la posición. No desaprovechó la gentileza el propio Kylian, convirtiendo uno de esos goles que en el Madrid siempre dan la sensación de llegar demasiado pronto. No sería excepción.
La sensación pareció reforzarse con una oportunidad de Lamine, a la que respondió un atento Courtois. No se descompuso el club cliente de Negreira, pero el Madrid parecía decidido a aprovechar la alta línea defensiva de los culés. Vinícius metió uno de los escandalosos pases con el exterior que ha aprendido de Luka Modric para dejar solo a Mbappé, quien a pesar de tener todo el tiempo del mundo para definir no se puso nervioso. El equipo cliente de Negreira, más equipo cliente de Negreira que nunca, se quejó por una presuntísima falta a Lamine Yamal en el inicio de la jugada. El fingimiento de la joven estrella culé fue como para arruinar para los restos su prestigio como deportista. Gran jugador, lamentable sujeto. Le queda el pretexto de la juventud.
El Madrid, lamentablemente, encajó con increíble bisoñez el verse 0-2 tan temprano, y a un par de grandes paradas de Courtois en tiros lejanos siguió un córner pésimamente defendido en el que marcó Eric García tras toque de cabeza de Ferran Torres en el primer palo.
Los de Flick se echaron adelante con el arrojo y la creatividad ofensiva que acostumbran, a lo cual el Madrid opuso nervios a granel, lo que se tradujo en peligrosas pérdidas de balón, seis córners allá por el minuto 25 y alguna que otra ocasión clara. La sensación, de pronto, era que los blancos se habían descompuesto, a la par que los blaugrana se venían arriba sin tomar nota de lo amenazante del marcador. Las dos características principales de ambos equipos a lo largo de la temporada se daban súbitamente la mano. Curiosamente, ni uno ni otro equipo se han comportado así históricamente. Más bien a la inversa.
El hecho es que pasó lo que nos temíamos, y antes aún de lo que nos temíamos. Y de manera más grave. Lamine Yamal empató con uno de sus característicos remates esquinados. La jugada estuvo precedida por una mano como un castillo de De Jong, aunque el cronista ignora si se trataba de la misma jugada.
La descomposición absoluta de los blancos en apenas 20 minutos la selló Raphinha enseguida. Para celebrar, se señaló la venda sobre la que cunden tantas especulaciones. Esta gente no ofrece explicaciones. Prefiere jactarse de los rumores que les rodean. Muestran en el campo la misma insolencia que en los despachos. Y además juegan muy bien.
Los de Ancelotti han dicho adiós a una liga marcada por la inicua inquina del CTA y por sus propios errores. Que cada cual reparta las culpas como quiera entre ambas variables
Quedaba más de medio partido por delante, pero las sensaciones eran pésimas. Ceballos y Güler ni la olían, Bellingham estaba desconocido y la defensa achicaba aguas como buenamente podía. Raphinha remató de cabeza, fuera por poco, un espectacular pase con el exterior de Lamine, marca de la casa. Vimos un rayo de esperanza en el penalti que pitó Hernández por caída de Mbappé tras entrada de De Jong, pero el VAR lo invalidó por fuera de juego previo de Bellingham y, a renglón seguido, un catastrófico error de Lucas Vázquez fue de nuevo aprovechado por Raphinha. Duele escribir esto, pero cuesta imaginar algo más vergonzoso que dejar escapar una ventaja de dos goles y encajar cuatro en un abrir y cerrar de ojos. Los azulgrana no habían necesitado, casi, ni despeinarse. El Madrid era borrado del mapa. El equipo de Negreira, que por desgracia también es el de Flick, empezó a marearles entre los olés de la culerada. Con un gol justamente anulado a Mbappé por fuera de juego, concluyó un primer tiempo vergonzoso por parte de los blancos.
Al descanso, Ancelotti sustituyó a Güler y Ceballos por Brahim y Modric. Continuaba no obstante el buen juego culé, complementado por sus modales patibularios. Las caras de los jugadores blancos denotaban una laxitud desconcertante. Dani Olmo y Lamine dispararon fuera sin ser apremiados por defensa alguno. También Mbappé, el mejor madridista hasta el momento, estuvo cerca de marcar tras perfilarse en el área. El francés hacía la guerra contra todos. Vini no se la entregó de la mejor manera en una jugada en la cual se iban solos los dos. Fue la perfecta metáfora de un equipo en el que, por no haber, no había ni comunicación.
Sin embargo, en el minuto 69, el Madrid volvió a conectarse. Sin perder de vista la defensa adelantada de los de Flick, Modric metió un buen balón a Vinícius que esta vez, solo ante Szczeny, sí supo ver a Mbappé, quien marcó el 4-3 a puerta vacía.
Afortunadamente, Courtois paró otro tiro de Lamine y Raphinha falló bajo los palos. Ancelotti no reaccionaba y no terminaba de meter a Endrick, cosa que podría haber hecho antes considerando que no había nada que perder y la liga estaba en la basura. Quedaban menos de quince minutos y el Madrid estaba obligado a lanzarse a por todas. Por falta de fuerzas, o por la razón que sea, no terminaba de hacerlo. En el minuto 80, en una mano de Tchouaméni, de las que a veces se pitan y a veces no, Hdez Hdez ignoraba lo indicado por el VAR, lo que parecía ser una señal del destino para intentarlo con más ahínco. A todo esto, Endrick había entrado al fin al campo en lugar de Lucas Vázquez. También salió el canterano Víctor ante un Vini muy disminuido físicamente, tal vez lesionado. El chaval tuvo el 4-4 nada más salir al campo, pero la lanzó a las nubes.
Hdez descontó 6 minutos en los que pasó de todo, en línea con el correcalles del partido. Mbappé tuvo también el cuarto, pero tiró flojo. Se anuló un gol de córner de Tchouaméni por fuera de juego del propio Mbappé. Iñigo Martínez fingió miserablemente ante Víctor. Por último, Fermín marcó pero el gol fue anulado por mano previa.
El Madrid perdió el partido, y la liga, en una vergonzosa gestión del 0-2 que tuvo de ventaja en el primer tiempo. En esos 20 minutos de bochorno, se acabó la temporada. Por supuesto, se podrá aducir que se acabó mucho antes, en errores de acción y omisión de todos los responsables. Que la liga habría sido otra de no haber sido esquilmados de puntos por el CTA, declarado enemigo de los blancos, es algo que tampoco admite excesiva duda.
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Buenos días. Hoy tenemos poco que decir. Todos sabéis lo que sucede a las 16:15, hora a partir de la cual el Real Madrid tiene la oportunidad, en su choque directo con el equipo cliente de Negreira, de recortar a un punto la diferencia liguera, con tres jornadas por delante.
Es una final oficiosa de liga. De ganar, los blancos pondrán un nudo en la garganta de los culés, una formación históricamente aquejada de fragilidad emocional. De empatar, las cosas quedarán muy difíciles, si bien no imposibles aún. De perder, el club cliente de Negreira pondrá cierre al campeonato, adjudicándoselo merced a su propio buen juego, pero sobre todo a su dominio absoluto del sistema arbitral, compuesto por epigonos de Negreira mismo.
Gane o pierda el equipo de Ancelotti, quedan para la historia los espolios de Vallecas, de Cornellá, de Pamplona… Actuaciones arbitrales, con frecuencia sobre el campo y mayor frecuencia desde el VAR, decisivas para evitar que el Madrid se escapara definitivamente en la clasificación cuando tuvo la oportunidad de hacerlo.
Gane o pierda el equipo de Ancelotti, dejará también el recuerdo de sus fallos, su inconsistencia y lo insatisfactorio de su juego. Pero el Madrid nunca ha necesitado deslumbrar con su juego para ganar partidos. No ha necesitado deslumbrar con su juego, aunque muchas veces lo haya hecho, para obtener ligas. El Madrid no mira atrás con zozobra, sino que olfatea la posibilidad del triunfo final y se aferra a ella con voluntad férrea. Si este colectivo no olfatea ahora esa posibilidad, y no lo pone todo para vencer, nos callaremos definitivamente.
Ya habrá tiempo de reflexionar sobre el cambio de ciclo que se aproxima, y que será independiente de lo que pase en el (mal llamado) clásico, independiente de lo que pase con la liga.
Ahora solo está poner los cinco sentidos sobre el campo y sencillamente, aunque suene esquemático, aunque suena maniqueo, aunque suene excesivamente solemne, hacer prevalecer el Bien.
Hala Madrid.
Reconozco sin remedio que el FC Barcelona no deja de sorprenderme con esa conducta oscura, manipuladora y enredadora que tanto deploramos quienes aún soñamos con vivir en una sociedad justa y moral.
Tras la dramática derrota ante el Inter de Milán el pasado martes, en el duelo de vuelta de las semifinales de la Champions League —que definiría uno de los finalistas del torneo—, hemos sido testigos de una demostración burda y barata de manipulación comunicacional. Jugadores, directivos y cuerpo técnico blaugranas repitieron, como si fuesen parte de una secta que ha perdido toda capacidad de juicio, discernimiento o autocrítica, que su eliminación del máximo torneo continental se debió a las injustas decisiones —premeditadas, según ellos— del árbitro polaco Szymon Marciniak.
Es absolutamente anonadante, además de indignante, escuchar a Laporta, su séquito y demás representantes del club arremeter contra un arbitraje —e incluso contra un sistema— que, hasta el día de hoy, lo cierto es que más bien los ha beneficiado, permitiéndoles competir con la presencia incontestablemente ilegítima de jugadores determinantes como Raphinha, Lewandowski, Koundé, Olmo... Es aberrante, propio de las más cruentas dictaduras, acusar a otros de lo que uno mismo hace, como medida para generar confusión y frustración en los oponentes o detractores.
Lo más sorprendente, sin embargo, es que el FC Barcelona ha conseguido que tanto periodistas calificados como su masiva afición pasen por alto los desmanes y las trampas de sus dirigentes, amparados por la incompetencia —o la anuencia— de los organismos rectores del fútbol, y más recientemente, hasta de entidades públicas. Y, mientras esto sucede, reaccionan con furia desenfrenada ante una supuesta injusticia arbitral que, al analizarla con objetividad, se desmorona.
Es aberrante, propio de las más cruentas dictaduras, acusar a otros de lo que uno mismo hace, como medida para generar confusión y frustración en los oponentes o detractores
Y es allí donde, con solo citar tres jugadas claras, se desmonta por completo el endeble argumento del club catalán. No queda más que preguntarse cómo logran manipular a periodistas y aficionados, salvo que aceptemos la pobreza moral y racional de muchos de ellos.
A continuación, les comparto esas tres acciones que, de manera clara, tajante y objetiva, echan por tierra las acusaciones del entorno blaugrana:
Estas acciones no admiten discusión, salvo que el análisis esté contaminado por un forofismo recalcitrante. Aun así, vemos a todo un presidente —Laporta— y a su entorno vendiendo la idea de que el árbitro polaco favoreció intencionalmente a los italianos, cuando en los tres casos revisados el VAR lo obligó a revertir decisiones que beneficiaban al propio Barça.
Desde mi punto de vista, con esa acusación vergonzosa, el Barcelona no solo señala al juez de parcializado, sino también de inepto: ¿cómo es que un árbitro supuestamente predispuesto a favorecer al Inter termina cometiendo tres errores, todos en favor del Barcelona, que el VAR tuvo que enmendar?
Muy sinceramente pienso que, al no poder reconocer que fueron eliminados por falta de madurez y oficio —virtudes imprescindibles para competir en un torneo tan exigente como la Champions—, y sabiendo que hacer ese ejercicio implicaría, directa o indirectamente, reconocer el mérito de su acérrimo rival, el Real Madrid, con sus 15 Copas de Europa (seis en los últimos diez años), el Barça opta por lo más fácil: vender un mensaje populista, burdo y demagogo.
Acusan al árbitro, lo linchan mediáticamente, y mientras tanto, el pueblo aplaude. Pan y circo. Así están las cosas en Can Barça.
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