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A vueltas con Kepler

A vueltas con Kepler

Escrito por: Angel Faerna16 junio, 2016

A diferencia de lo que le ocurre a Número Tres, a mí Pepe me cae simpático. Mejor dicho, empezó a caerme simpático desde el momento en que me enteré de que se llamaba Képler. Confieso que muchas veces suplo mi falta de criterio técnico para juzgar el verdadero valor de los futbolistas con una especie de fetichismo simplón por sus nombres —no es serio, lo sé, pero como chorrada me parece tan válida como fijarse en si son buenos o malos chicos, atienden bien a la prensa o rebosan patriotismo por los cuatro costados—. De ahí, por ejemplo, que en su día viviera con gran aprensión el fichaje de Kaká (luego se vio que no me faltaba razón) o que algo muy fuerte dentro de mí se niegue a darle a La Pulga todo el reconocimiento que seguramente merece. En el otro extremo, algo más que su fabulosa manera de jugar explica que Sócrates sea quizá el mayor de mis ídolos balompédicos de todos los tiempos, por la misma razón que siempre preferí a Miguel Ángel sobre García Remón, siendo como fueron ambos excelentes porteros.

Hay en nuestro córtex residuos de pensamiento mágico que ni los mejores colegios de pago pueden eliminar. En los países desarrollados ya no creemos que devorando el corazón de nuestros enemigos alimentaremos nuestro valor, pero seguimos pensando inconscientemente que las palabras, y en especial los nombres, moldean las cosas. Incluso se ha sostenido seriamente que la civilización misma descansa por entero en esa magia cotidiana de las palabras por la cual, si un cura dice “yo te bautizo”, o un juez “yo te condeno”, ciertos hechos del mundo quedan inexorablemente determinados. Y aquellos de ustedes que son padres, no me digan que no le dieron mil vueltas al nombre que eligieron para su bebé, casi siempre pensando que de ello dependía en alguna medida, por pequeña que fuera, el aspecto o el carácter que en el futuro tendría. En este orden de cosas, ignoramos por completo lo que cruzaba la mente de los padres de nuestro central cuando decidieron llamarle Képler en lugar de Pepe, pero yo creo que, consideraciones estéticas al margen, sellaron para mal una pequeña parte de su destino. Si su intención era poner al recién nacido bajo la advocación de un astrónomo, habrían hecho mejor en elegir a otro.

No lo digo por el hecho de que el pobre Johannes Kepler tuviera lo que se llama una vida de mierda, cosa nada infrecuente en la época que le tocó. Que se le murieran los hijos a puñados, y también la esposa, estaba a la orden del día. Que tuviera que mendigar el favor de los poderosos y sortear las pejigueras eclesiásticas era lo esperable no siendo él mismo eclesiástico ni poderoso. Tampoco se salía mucho de lo normal que un matemático superdotado tuviera que mal ganarse la vida haciéndole el horóscopo (y a través de él la rosca) a reyes y emperadores. Ahora, si encima a tu anciana madre una mala pécora la acusa de brujería y tienes que gastarte lo que no tienes en abogados para salvarla de la quema, empieza a parecer que te ha mirado un tuerto. Y si tu pasión desde niño es escrutar los cielos pero la viruela te deja medio cegato, entonces ya está claro que has nacido estrellado.

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Pero no es por esto, ya les digo. El primero de los dos grandes y verdaderos dramas de Kepler fue haber tenido que compartir demarcación en la pizarra de la historia de la astronomía moderna con las figuras apabullantes de Copérnico y Galileo, en nada superiores a él pero mucho más mimados por la afición y la crítica. Si uno va a mirar, la mente del clérigo polaco era bastante más timorata y bastante menos audaz que la de nuestro hombre, por no decir que le robó la idea heliocéntrica a Aristarco de Samos, y sin embargo dio su nombre a una revolución gracias a que escribió en el lugar preciso en el momento justo. En cuanto a Galileo, sin duda era talentoso pero la Iglesia se lo puso muy fácil a la hora de convertirse en personaje mediático, por no decir también que se equivocó de medio a medio con la teoría de las mareas y hasta con las propias leyes de Kepler, que nunca se creyó. A Pepe le ocurre algo de esto con Ramos y Varane. Sergio Ramos es un Galileo Galilei de la defensa, su desafiante orgullo y su fuerza emblemática hacen que se le acaben perdonando los errores, y, como ocurre con el inmortal pisano, ponerle en cuestión a él es poner en cuestión todo lo que por méritos propios representa (la racionalidad científica y el Real Madrid, respectivamente). Varane, por su lado, combina su enorme clase con un don pasmoso para dar en el clavo sin meterse en líos, exactamente igual que Copérnico. Y así, emparedado entre un tímido con ángel y un coloso retador, Pepe Képler siempre parecerá algo más pequeño de lo que es.

El segundo gran drama de Johannes Kepler fue no tener las ideas claras, por decirlo suavemente. En un tiempo en el que los científicos celestes empezaban a separarse con mucho trabajo de los adivinos y nigromantes, él seguía poseído por la mística pitagórica más descabellada y soñaba día y noche con el alma del universo, la música de las esferas y el misterio de los números. Sus tres leyes del movimiento planetario, una proeza que liquidó de un plumazo dos mil años de astronomía y dejó la carambola a un solo golpe de taco del egregio Newton, están entresacadas de libros en los que la cabeza se le pierde en un mar de hipótesis que hoy parecen sencillamente delirantes. Kepler, en una palabra, estaba chiflado, como creo que lo está Pepe. De otro modo no se entiende que alguien con todo lo necesario para deslumbrar en un arte difícil, ya sea domar a los planetas con ecuaciones o cerrar como dios manda una defensa, caiga sin solución de continuidad en la charlatanería más espantosa, sea matemática o gestual.

A Johannes Kepler los científicos lo postergan un poco porque les produce un cierto embarazo que tomara el sistema solar por el pentagrama secreto del Músico Supremo, y a Pepe Képler muchos madridistas no lo soportan porque les abochornan sus impúdicos aspavientos de fingido dolor cada vez que le roza el aire. Número Tres tiene toda la razón, Pepe es el tipo de jugador que detestaríamos unánimemente si militara en cualquier otro equipo y que, en aras de la coherencia, un sector importante y muy sensato de la afición merengue sigue detestando aunque milite en el suyo. Yo mismo estaría entre ellos si no fuera por la razón más bien insensata de que sus padres le pusieron de nombre “Képler”.

Képler

Ese residuo de pensamiento mágico me permite convencerme de que Pepe merece la simpatía que inevitablemente siento por todas las víctimas de sus locos demonios. Durante años, entre horóscopo y horóscopo, el astrónomo chiflado se dejó el alma con la órbita de Marte hasta arrancarle su elíptico secreto, no por sobrias razones de perseverancia científica sino por pura fiebre visionaria. Como tampoco se puede dudar de que Pepe, entre convulsión y convulsión, se deja el alma y la piel en los partidos, me inclino a creer que lo suyo no son meras patochadas sino una forma disparatada de entender lo que significa servir al equipo y que le lleva a arrostrar heroicamente el ridículo con tal de rebañar cualquier ventaja en el campo. Alguien tendría que explicarle con todo el cariño del mundo que aquí no queremos eso, ni lo necesitamos. Ya demostró una vez que puede embridar sus demonios y convertirse en uno de los defensas menos bruscos que se conocen, aunque el estigma de leñero ya no se lo quite nadie. Seguramente también la fama de cuentista le quedaría para siempre, pero ya nos encargaríamos en La Galerna de sacar la cara por él. Cosa que ahora mismo resulta bien difícil, vean si no las vueltas que me ha hecho dar el condenado para librarle de la hoguera de Número Tres, como al otro le ocurrió con su madre.

Número Dos

Ángel, el segundo de los Faerna, es profesor de universidad. Procura enseñar Filosofía sin hacer más daño del inevitable. Su especialidad, si acaso, es la epistemología y el pensamiento clásico norteamericano, extravagancia que compensa con una desmedida afición por los buenos arroces.

3 comentarios en: A vueltas con Kepler

  1. Buenas tardes. Respecto a los hijos el mio se llama Mario, y no es precisamente por Vaquerizo o Vargas Llosa. (Me gusta como escribía)
    Si hubiera un defensa del Barcelona que se llamara, Copernico, por decir alguno, me quedo con la ensalada; o el de la ensalada era Kepler?.
    Bueno el que juegue en el Madrid.

    Por cierto ha perdido Gales, 2-1 gol de Bale