Las mejores firmas madridistas del planeta
Inicio
Opinión
San José, vuelve al mostacho

San José, vuelve al mostacho

Escrito por: Jesús Bengoechea27 octubre, 2020
VALORA ESTE ARTÍCULO
1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas

Sucede que esta tarde nos medimos, en decisivo partido de Champions League, contra el Borussia Mönchengladbach, equipo cuyo nombre evoca en los más viejos (como el que suscribe) recuerdos de la más racial y emocionante de las remontadas europeas de los ochenta. Sucede además que, por esas coincidencias de la vida, hoy es el cumpleaños de uno de los protagonistas de aquella remontada histórica: Isidoro San José.

En aquellos lejanos ochenta, la movida madrileña nos indicaba lo que tenía que pasar por primera vez, mientras el fútbol nos hablaba de lo que había que recuperar, a saber, el reinado europeo del Real Madrid. Ya que no con la Copa de Europa, se logró de manera vicaria con aquellas dos Copas de la UEFA que los blancos prestigiaron con aquellas hazañas, a través del coraje insuflado por el Bernabéu y su miedo escénico. Fueron remontadas apoteósicas, gestadas por una plantilla donde coexistían mozalbetes de calidad insultante y brillo mediático, nuevas estrellas rutilantes y conspicuos representantes del ADN vikingo. En atención a este último apartado se procuraba que fuese siempre de la partida un defensa con bigote y cara de mala leche. Al menos uno. En aquella noche del Borussia, al que ojalá hoy podamos volver a someter, Isidoro San José fue ese defensa, y lo fue a pesar de llegar al partido lesionado.

San José mostacho

 

Yo era un adolescente que idolatraba a todos aquellos exponentes de virilidad pilosa, con Stielike y San José a la cabeza. One hundred hairs make a man, cantaban por aquellos años mis adorados Sparks en su obra maestra Moustache, y eso que desde Los Angeles no estarían al tanto de las gestas de aquellos bigotudos que se merendaban al Anderlecht o al Inter o al Borussia, no sin antes darle emoción cayendo goleados en las visitas previas.

-Isidoro, hazte así que tienes un trozo de Uwe Rahn en el bigote.

San José tenía además el interés de lo esporádico. Llevaba siglos en el club pero no jugaba con mucha asiduidad, lo que no suponía óbice para que metiera miedo como el que más cuando lo hacía. Mi madridismo está teñido de predilección por estos héroes discontinuos, improbables, que aparecían cuando se les necesitaba y a quienes no les temblaba el pulso en las grandes citas.

Niños jugando fútbol

Hace ya unos cuantos años, pero ni de lejos tantos como hace de la gran noche del Borussia, apunté a mi hijo Gonzalo a un curso de fútbol infantil. Eran los comienzos de la década que ahora agoniza y no sabíamos lo felices que éramos. Yo, por ejemplo, me quejaba de tener que llevar a mi hijo a tantas cosas como mi mujer insistía en que le apuntara. De modo que lo añadí a la lista de niños participantes en la primera escuela de fútbol que encontré en internet, sin saber que aquella escuela era la de Isidoro. Aún rezongando me personé el primer día con Gonzalo de la mano, y al ir a rellenar el papeleo reconocí de inmediato al ídolo de juventud, pese a la ausencia de bigote. Seguramente la emoción hizo vibrar mi voz al hacerle la pregunta de comprobación.

A partir de aquel día, acudí puntualmente cada lunes, o el día que fuera, a pesar de que el niño no mostraba especial interés en la disciplina balompédica. Isidoro no daba personalmente las clases, o no al menos a niños tan pequeños (4 ó 5 años), para lo que tenía contratados a unos estupendos chavales, pero de vez en cuando saltaba al campo y les contaba cosas.

al ir a rellenar el papeleo reconocí de inmediato al ídolo de juventud, pese a la ausencia de bigote. Seguramente la emoción hizo vibrar mi voz al hacerle la pregunta de comprobación.

Cuando no era el caso andaba por allí, asomado a la banda, supervisando las evoluciones de aquellas estrellas en ciernes. Por supuesto, este servidor de ustedes se ponía disimuladamente cerca del héroe de antaño, ávido de captar unos minutos de conversación, un par de anécdotas, un juicio de valor sobre este o aquel jugador del momento. Seguramente se me notaban muchísimo las ganas de pegar la hebra, pero San José no hacía acuse de recibo de mi patetismo y solía charlar conmigo con simpatía y naturalidad. Era enriquecedor conversar con él, aunque yo echaba de menos el bigote. Tentado estuve alguna vez de comprar uno postizo y hacérselo poner en busca del clímax sentimental, un poco como esos fetichistas que alargan prendas íntimas, con pulso trémulo, a sus ligues ocasionales, o como James Stewart obligaba a Kim Novak a vestirse de verde en Vértigo.

Una de aquellas tardes tardes sucedió algo tremendo. La clase había terminado y yo me quedé hablando unos minutos con Isidoro. Jugábamos esa misma noche, es decir, al cabo de un rato, contra otro Borussia (qué coincidencia) aunque en este caso de Dortmund, y yo le preguntaba al remontador de antaño si en los 2000 quedaría algo del espíritu de entonces y podríamos superar la escabechina de Lewandowski en la ida. Isidoro era poco entusiasta de Mourinho, por no decir nada, de manera que lo encontré muy escéptico al respecto. El caso es que andaba yo tan abstraído en la conversación, y nuestro exjugador tan de espaldas a la jugada, que no reparé hasta el último momento en que Gonzalo, ocioso tras su lección del día y jugando solo por ahí, había trepado hasta lo más alto de una peligrosa barandilla que estaba a unos treinta metros de donde nos encontrábamos. Isidoro debió de ver el pánico reflejado en mis ojos (en realidad no era para tanto, pero siempre he sido un padre alarmista), se giró como un resorte y corrió como lo hubiera hecho en pos de Quini en sus buenos tiempos. Llegó a tiempo de trepar y poner el niño en mis manos justo cuando yo llegaba por detrás, pero con la mala fortuna de que la velocidad empleada le hizo perder el equilibrio a él, cayendo al otro lado de la barandilla.

No sucede todos los días que un exjugador que forma parte del mapa pretérito de tus afectos se escoñe intentando evitar que a tu hijo le ocurra lo propio. Es una situación extraña, en la que os aseguro que uno no sabe cómo reaccionar, porque a la natural gratitud se sobrepone una especie de pudor exacerbado, como si el equilibrio en la balanza entre el debe y el haber se decantara por uno de los lados y se despeñara, tal cual lo había hecho Isidoro. Me dieron ganas de decirle "no hacía falta, de verdad, ya secaste a Frank Mill en en sus internadas por la banda en aquella noche de diciembre de 1985", pero tampoco sonaba como algo apropiado. Qué sé yo.

Tentado estuve alguna vez de comprar un bigote postizo y hacérselo poner en busca del clímax sentimental, un poco como esos fetichistas que alargan prendas íntimas, con pulso trémulo, a sus ligues ocasionales, o como James Stewart obligaba a Kim Novak a vestirse de verde en Vértigo.

Fueron solo unos rasguños, un buen arañazo en la cara y otro en el brazo. Le dolerían más a él que a mí, pero yo gané a Isidoro la Copa del Desconcierto. Balbuceé mi agradecimiento mientras él se encaminaba al botiquín diciendo que no pasaba nada, que era lo mínimo que podía hacer. Volvió al cabo de pocos minutos con un "aparatoso vendaje" (me parece escuchar a José Ángel de la casa cuando digo esto). Desde el banquillo, junto al delegado, le pegó cuatro gritos al árbitro, se incorporó con prisa, dio instrucciones febriles a sus compañeros y agradeció el aliento del respetable frustrando un regate del rival con una pundonorosa acometida. Y todo eso sin bigote.

La noche acabó tan rara como había transcurrido la tarde. Ante el otro Borussia, el de Dortmund, el Madrid murió en la orilla. Los héroes del momento no llegaron a remontar, pero el héroe pretérito del Borussia primigenio había salvado a mi hijo de un guarrazo considerable contra el pavimento, por lo que no procedía quejarse, supongo. En parte porque el niño pasaba del fútbol, en parte por rubor ante el episodio, no volví por aquella ejemplar escuela.

San José y Ramón