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Recuerdos

Escrito por: Juan Muñoz Flórez30 octubre, 2022
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Por su calidad, hemos decidido publicar este cuento participante en nuestro I Certamen de Cuentos Madridistas de Terror.

 

—Que la muerte es el olvido, dicen. ¿Y entonces qué es el recuerdo, sino una forma más acabada de exterminio? Pensadlo un momento, por favor. ¿No lo veis? ¿No? Tratad de imaginarlo. Esas imágenes portadoras de memoria que reptan desde el subsuelo de tu conciencia y que, de borrosas, terminan adhiriéndose nítidas a tus ojos como fragmentos de realidad desprovistos de sentido; los sonidos, aquellos sonidos viejos, que poco a poco se te filtran por las paredes del cerebro y se mezclan, se impregnan del resto de moho que te crece dentro; la alegría vacía, los abrazos sin fuerza, las sonrisas flotantes en el hipocampo, carentes de alma, de esperanza, de toda fe, como tú mismo. Ese recuerdo, pensadlo os pido, ¿no es peor que el olvido, una y mil veces? Decidme.

Miró a los niños frente a él. Los de la primera fila asentían levemente con el sufrimiento en la cara de no haber entendido nada de nada. Los de más atrás, a su vez, trataban a duras penas de disimular su impaciencia. Los ojos al reloj de la pared, los ojos al cuaderno, los ojos a los de la fila de más y más atrás, que se llevaban los dedos a la sien y apuntaban con el mentón al maestro, más viejo hoy de lo que lo sería nunca. Nunca hasta mañana.

Por fin sonó el timbre y los niños salieron disparados. El maestro quiso balbucear unas palabras, “visitad a vuestros muertos, este puente no es para…”, pero ni uno solo le prestó la menor atención en su huida. Me lo merezco, se dijo. Son bárbaros, bárbaros celtas. Recordó aquel pasaje de la Guerra de las Galias en el que Julio César crucificaba a un druida al que poco antes había visto hundir una piedra en el cráneo de un hombre simplemente para averiguar si llovería o no al día siguiente en función del lado en el que el desgraciado se desplomara muerto. No había mayor ejemplo civilizador en la historia de la humanidad. Ni lo habría.

—¿Te esperamos? —le dijo una voz, la de un compañero, desde la puerta del aula.

—No, no, id sin mí. Tengo que hacer unos recados.

Recados. ¿Qué recados? Mi único recado es no emborracharme con vosotros a las tres de la tarde del viernes del fin de semana de Difuntos, así, con mayúscula. Fiesta, alcohol, disfraces… disolución. Desde cuándo hemos adoptado estas costumbres de pueblos ágrafos hasta antes de ayer. Que celebran la muerte, vociferan, que se ceban y se ahogan en alcohol con el muerto todavía de cuerpo presente. Mientras tanto, los cementerios se desmoronan a un ritmo aun superior al de los recuerdos. Error. Nadie visita ya a sus muertos, pero, Dios mío, de los recuerdos nadie escapa. Y menos él. Menos yo. Recogió a toda prisa sus bártulos, llegó a casa y se echó a dormir sin quitarse siquiera los zapatos mojados de lluvia sucia.

Volvió temprano de la Almudena. En el buzón, por fin, el sobre que llevaba semanas esperando. Se lo metió en el bolsillo del abrigo y subió sin darle tiempo a la portera de reñirle por no restregar bien las suelas contra el felpudo. Papá, dijo en voz alta. Y se sintió estúpido. Papá se quedó allí, muy atrás, en algún lugar de la línea del 110, en el nicho en el que vivía hacía un millón de años o quizá más. Lo echaba tanto de menos. Mentira. Echaba de menos echarle de menos. Tenía que confesarse que ya se había acostumbrado, al menos mientras pudiera mantener a los recuerdos a raya. Papá gritando de júbilo, papá abrazado a mí, papá entonando canciones que trato de no olvidar, por más que eso me parta en dos. ¿Cuántos años tendría papá hoy? Muchísimos. Seguramente estaría muerto si no se hubiera muerto entonces. Poco consuelo. Recalentó unas lentejas verdosas que llevaban varios días al borde de la fermentación y dejó que se lo llevara la siesta.

Despertó poco antes del partido. Los sueños, sueños eran, pero habían vuelto a azuzarle con cortometrajes de su propia vida, una existencia cada vez más y más lejana, más y más real. ¿Volverían aquellos días? No, no lo harían, afrontémoslo, nada vuelve. Él lo sabía bien. Las civilizaciones nacen, florecen y se extinguen. Leed a Polibio, siempre les aconsejaba a sus alumnos.  La historia no es historia, sino biología. Y nosotros ahora nos extinguimos, no hay retorno, el retorno nunca fue ni será eterno. Nos estamos muriendo. Pero ay… Y si… Maldito “y si”, siempre él. Era en realidad aquel “y si” que no hacía más que agitársele molesto en el órgano de la desesperanza y que de ella le arrancaba el des- por un rato. Por eso seguía viendo los partidos, por si “y si”. Estaba cansado de cansarse, sin embargo. De creer, de que se le agostase la fe. Nada se parecía ni remotamente a los asaltos de sus recuerdos. A papá como loco, extático, seis veces en cosa de una década. Y desde entonces, el silencio. El silencio y la muerte. Como si fueran dos cosas distintas, pensó, y se sentó frente al televisor.

Dos horas más tarde, se levantó. Caminó hasta la cocina y abrió el sobre que aquella misma mañana había sacado del buzón. Era verdad, aquello olía a almendras. Vació la solución en un vaso de leche y volvió al salón. Sorbo a sorbo, apuró hasta la última gota. Y mientras que, fotograma a fotograma, se le iban los recuerdos junto con todo lo demás, se decía a sí mismo que aquella era no ya la mejor decisión tomable, sino la única posible. Lo sucedido de nueve a once de la noche se lo había demostrado, por la infinitésima vez, más allá de toda duda. ¿No estás de acuerdo? Por supuesto. Qué razón tengo. Perdón, tienes. Perdón: tiene.

Y así, en la más absoluta inopia, se le fueron escurriendo uno a uno por el desagüe de la vida hasta el más famélico de sus maravillosos e insoportables recuerdos.

Aquello ocurrió al filo de la medianoche del primero de noviembre del año 1997. El Barcelona acababa de ganar 2-3 en el Santiago Bernabéu, Luis Enrique había marcado el segundo de los culés y, en su celebración, dejaba una orgía de improperios y cortes de manga que, con el andar del tiempo, se volvería icónica. Cundía entonces el desánimo entre el madridismo y, según Polibio, nos amenazaba la extinción. Nunca volveríamos a ganar la Copa de Europa. Y nunca, nunca jamás, como el hombre de más arriba bien intuyó, volveríamos a vivir de nuestros propios recuerdos.

 

¿Y por qué no? Todo hubiera podido ser así, en realidad. Todo. De no ser este, y he aquí nuestra gracia y su desgracia, tan solo un cuento más de la noche de Halloween.            

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El Monte Rushmore ya tiene la siguiente imagen a tallar… y si, sin haber sido Presidente, que el Pep es mucho Pep.

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