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Pep Guardiola se explica

Portanálisis: "Una mirada irónica sobre la prensa deportiva diaria"

Pep Guardiola se explica

Escrito por: La Galerna19 octubre, 2019
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Buenos días. Me han invitado a escribir hoy el portanálisis y aprovecho para explicar algunas cosas.

Entre Alsasua, Madrid y los países árabes, yo no sé con cuál me quedo para defender los derechos humanos. Cada uno tiene sus ventajas y sus inconvenientes. No son excluyentes, claro. Yo siempre he defendido y defenderé los derechos humanos en Alsasua, Madrid y los países árabes, sin hacer distingos, lo que no implica que uno no tenga su corazoncito y le sea más grato hacerlo en unos sitios que en otros, claro.

No por nada, cuidado, sino porque cada uno de esos tres lugares tiene sus particularidades, sus encantos y sus pequeñas pegas a la hora de defender dichos derechos, de igual modo que cada uno tiene su idiosincrasia climática o un tráfico más o menos fluido en hora punta. Prefiero, por este orden, coger el coche a las ocho y media de la mañana en Alsasua que hacerlo en Catar y que hacerlo en Madrid. Pero no me duelen prendas en conducir en cualquiera de los tres lugares a la hora que sea, de igual manera que no se me caen los anillos por defender con virilidad los derechos humanos en Alsasua, Catar y Madrid, esta vez no necesariamente en este orden.

Defender los derechos humanos en Alsasua tiene muchas contrapartidas. Ya sabemos qué bien cocinan los hermanos vascos, por ejemplo. No sé qué hacen tan callados, por otra parte, que últimamente no hacen más que chupar nuestra rueda sigilosamente, a la espera de su momento, entiendo, pero vamos, que en una escapada del pelotón a dúo esperas siempre alguna reciprocidad por parte de tu compañero. A ver si empiezan a tirar.

Aun resultándome incómodo esa renuencia, yo siempre defenderé los derechos humanos en Alsasua porque los que somos buenos generalmente somos rebuenos, y extendemos la doctrina desinteresadamente y por doquier, lo mismo la del juego de posesión que la del lazo amarillo y ante el enemigo común, la camiseta de cuya selección llegué a vestir yo porque la mies es mucha y hay que sembrar hasta en el infierno.

En Madrid me gusta especialmente defender los derechos humanos. Prácticamente no tiene más que puntos positivos. Hace bastante bueno y, aunque por la calle la gente me mira con cara de pensar que soy un imbécil, lo cierto es que nunca me lo llaman, lo que me envalentona sobremanera para poder seguir defendiendo los derechos humanos por esos lares haciendo gala de la fiereza que me caracteriza y pese a los riesgos involucrados.

En Madrid soy especialmente implacable. Allá donde piso, lo mismo en Malasaña que en el Barrio de Salamanca, no vuelve a crecer el abuso contra los principios más básicos de la ética mundial, como si yo fuese un Atila de la justicia. Los poderes fácticos, tan abundantes y siniestros en la capital, tiemblan a mi paso y se estremecen ante el vozarrón con el que denuncio sus desmanes. Ay, cómo me gusta. Tengo que volver pronto por allí a seguir repartiendo mandobles a los malos, jajajaja, que para eso se dejan.

Lo de defender los derechos humanos en los países árabes os confieso, ahora que no nos oye nadie, que tiene su intríngulis. De los tres sitios que os comentaba, es casi aquel donde se me hace más cuesta arriba. Lo hago mucho, muchísimo, no creáis que no, lo que pasa es que ahí soy muy discreto y no os enteráis. Que tu mano derecha no sepa lo que hace tu izquierda, sobre todo porque en algunos de esos países te la pueden cortar (la mano).

Defiendo muchísimo los derechos humanos en Catar, los defiendo una barbaridad. Podría enumerados innumerables ocasiones en las que lo he hecho.

No, públicamente no, porque eso sería hacer una ostentación de bondad que podría ser leída en clave de exceso de protagonismo, y yo no soy ninguna prima donna. Pero vamos, que os podría enumerar infinidad de ocasiones en los que me he puesto serio con el jeque. Pero superserio, eh. No serio como en Alsasua o en Madrid porque cada lugar tiene su cultura, no sé si me explico, pero serio igualmente. Serio sin estridencias, serio a lo mejor sin decir nada, pero con una seriedad tal que al jeque no le ha podido pasar desapercibida.

-Qué te pasa, Pep.
-Nada- respondo yo, pero con un tonito de sarcasmo y un mohín de disgusto del que no es posible que el jeque no se aperciba.
-Es por algo de los derechos humanos, a que lo he adivinado.
-Noooo, qué va, qué va.

Hay que hacerlo así. Sin ruido. Sin luz ni taquígrafos. De lo contrario, se me cortará el suministro pecuniario para poder seguir haciéndolo, y eso sí que ninguno queremos que me pase, a que no.

Ya os digo yo que en eso de los derechos humanos en Catar, así como en el resto de países árabes, tanto Xavi como yo somos inflexibles. Lo que pasa, también os cuento, es que hay poquísimas ocasiones en que se conculquen los derechos humanos por allí. Yo creo que prácticamente no se conculcan, pero oye, si queréis os lo miro.

La gente en Catar es muy feliz y lleva la foto del jeque en la cartera. Hay quien goza enormemente mirándola, y como excepción está permitido. Estad tranquilos, con todo, que si algún día pasa algo raro por allí tanto Xavi como yo reaccionaremos como un resorte y le pondremos alguna que otra carita al jeque. La firmeza en la defensa de los derechos humanos es innegociable y nuestra dignidad no se vende. No, no y mil veces no.

Que no se diga que hacemos excepciones, en Alsasua, en Madrid o en los países árabes.

Os dejo las portadas por si os apetece verlas.

Pasad una buena jornada sabatina, que no os conculquen.