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Mi padre

Escrito por: Fred Gwynne16 octubre, 2022
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Había quedado con él en el ambulatorio.

—Estaría bien que te hicieras un análisis, igual tienes anemia.

Estaba preocupado. Digamos que a mi padre, en un par de meses, la vida se le había subido encima. Caminaba con dificultad, levantando muy poco los pies del suelo. Cuando salíamos a pasear vigilaba sus pasos, me ponía a su costado y recorría la ciudad con otros ojos, mirando el relieve del suelo y viendo pasar mi reflejo infantil en los escaparates.

—Hay que quitar todas las alfombras, las de tu cuarto y las del comedor. Y la mesa de centro, la de cristal.

Todo eran precauciones, los muebles tenían esquinas, las mesas cristales, peligros que siempre habían estado ahí, pero nunca se habían manifestado.

—¿Y si coges un bastón? —le dije un día, un momento antes de salir de casa. Creo que te sentirás más seguro.

Hasta entonces no me había atrevido a comentarle nada. Había visto mil veces los bastones y nunca había reparado en ellos. Igual habían pertenecido a mis abuelos y mi madre, previsora, siempre pendiente de mi padre, los había dejado allí, en el paragüero de detrás de la puerta de entrada, ocultos, pero visibles. Todavía, a pesar de que ya hacía casi una década que no estaba con nosotros, podía imaginar su voz diciendo: “Te los dejo aquí, algún día le harán falta a tu padre”.

Él miró el paragüero, cogió uno, lo probó caminando en el pasillo y lo volvió a dejar en su sitio. Hizo lo mismo con los otros dos.

Eligió el más sencillo de todos, un bastón de una sola pieza, curvado en la parte superior, de madera, liso, sin ningún adorno.

—Este, este es el mejor —dijo abriendo de nuevo la puerta de casa.

Al salir del portal, y un momento antes de ponerse a caminar, golpeó varias veces con la punta del bastón el suelo. Se adaptó a él sin problemas, con mucho menos dolor del que yo sentía cada vez que lo veía caminar.

A veces nos sentamos en un banco de un parque cercano a casa y hablamos de todo un poco, que es lo mismo que no hablar de nada. He notado que cada vez es más parco en palabras, es capaz de mirar al frente, embebido en sus pensamientos y permanecer, en lo que a mí me parece un incómodo silencio, varios minutos. En esos momentos no sé qué pasa por su cabeza, pero la tristeza me empapa lentamente y se queda conmigo todo el día.

Banco en el monte Fred

El fútbol le entretiene y le sirve de refugio. Es de esos hombres que lo mismo ve un derbi, un clásico o un Levante-Tenerife. Alguna vez le compro el Marca y lo primero que mira, eliminando el polvo de la paja, es la clasificación. Su madridismo no ha conocido La Galerna, a Richard Dees o a Ramón Alvárez de Mon, posiblemente porque nunca ha necesitado conocerlos. No sabe lo que es madridismo underground, el relato, Youtube, Twitter o El Chiringuito. Nadie le ha abierto los ojos porque llevan 85 años abiertos, más, mucho más que los vuestros o los míos. Si gana el Madrid es feliz y si pierde no. Hoy verá el partido solo, en su sofá. Luego, cuando termine, como hago siempre, le llamaré. Y hablaremos, mucho si ha ganado el Madrid, y poco si ha perdido. Antes de colgar le desearé buenas noches y él hará lo mismo, siempre con las mismas palabras, las que repetía día tras día, cuando era niño:

—Hasta mañana.

—Hasta mañana.

—Que duermas bien.

—Igual.

Si gana el Madrid es feliz y si pierde no. Hoy verá el partido solo, en su sofá. Luego, cuando termine, como hago siempre, le llamaré. Y hablaremos, mucho si ha ganado el Madrid, y poco si ha perdido

Hubo días, lejanos, en los que le intentaba explicar estadísticas arbitrales, anomalías, conjuras y campañas. Le hablaba del periodismo, de Mou, de la selección o del nuevo mundo que habían descubierto cuatro aventureros de internet. Él asentía y me miraba con el interés que muestran los padres por los hijos.

—Di Stéfano, hijo, Di Stéfano, ese ha sido el mejor jugador del mundo. Y Puskas, y Gento.

Y ahí se acababa todo porque él ya no necesitaba nada.

Igual yo llevo el mismo camino, el de alegrarme de las victorias del Madrid, entristecerme con sus derrotas y escribir algún artículo de vez en cuando para expulsar estos fantasmas que me atosigan. Y nada más.

Hoy he ido a visitarle. Mi padre estaba sentado en la mesa de la cocina, en la radio sonaba una canción, no recuerdo cuál. Le he dado un beso en la cabeza y he puesto mi mano en su hombro. Hemos hablado del partido.

Un par de horas más tarde, al abrir la puerta de casa para marcharme, he visto el paragüero y los bastones. Entonces supe que mi madre también había dejado uno para mí.

—Te llamo cuando llegue a casa.

—Vale, no te olvides, que si no me cuesta coger el sueño.

 

Getty Images.

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Soy un hombre hecho a mí mismo. El problema es que me sobraron algunas piezas. SOL O CONTIGO. Persigo playas.

9 comentarios en: Mi padre

  1. Muy emotivo. Yo siempre recuerdo a mi padre en estos partidos, hay un hermanamiento en estas experiencias en torno al fútbol. Un abrazo fuerte, y ojalá tengan buenas noticias que contarse hoy y muchos muchos otros días.

  2. Lo he comentado ya unas cuantas veces, da igual que el artículo sea sentido, desternillante o analítico, es siempre un auténtico placer leerte. Espero que tengáis una gran charla esta tarde.
    Un fuerte abrazo Fred

  3. Se me han saltado las lágrimas, don Fred. Me he sentido totalmente identificado, tanto por la edad de su padre, de sus silencios y de su " Don Alfredo, hijo don Alfredo".

  4. Todavía con lágrimas...
    Mire don Fred que es usted una pasada escribiendo en plan jocundo y/o en serio.
    Sin embargo, el texto de hoy me parece el mejor de los muchos que le he atendido.

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