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Pablo García, el uruguayo

Pablo García, el uruguayo

Escrito por: Antonio Valderrama23 agosto, 2015
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A veces sucede que la visceralidad que uno siente hacia su equipo de fútbol es tan intensa, que da en justificarlo todo. Tanto es así que hasta los fichajes más extravagantes parecen, pasados por ese cedazo de la pasión, creíbles y dignos de confianza. Suele ocurrir esto, principalmente, durante los períodos de mayor oscuridad, y si uno lo piensa bien, es natural. La desesperanza nos hace visitar a los brujos, aunque no creamos. O rezar. No sé si Pablo García rezaba mucho en 2005, cuando jugaba en el Club Atlético Osasuna. Pero lo cierto es que aquel verano lo fichó el Madrid. Cinco millones de mortadelos para un mediocentro espigado, flaco, melenudo, con el gesto torcido y que parecía cualquier cosa menos un futbolista. Pablo Gabriel García Pérez, oriundo de Pando, Uruguay, nacido en 1977, había llegado al Santiago Bernabéu en el peor momento posible.

La trayectoria profesional de Pablo García, vista en diagonal, parece tan errática y disparatada como aquella temporada 2005-2006 del Real Madrid. García llevaba en España desde los 20 años, cuando el Atlético de Madrid se lo trajo del Montevideo Wanderers para su recuperado filial. Estuvo medio año en la cantera rojiblanca, y nunca alcanzó el primer equipo: fue cedido seis meses al Valladolid, donde quedó sin desprecintar; luego regresó al Atlético B, marchando fugazmente a su país para vestir la zamarra de Peñarol. Su periplo le devolvió a Europa como si fuese un madero suelto desprendido en un naufragio. Seguía perteneciendo al Atlético, quien lo cedió al Milan. Por aquel entonces entrenaba al gigante lombardo Alberto Zaccheroni. El Milan transitaba por una estepa dura, fría y pelada, a rebufo de Juventus, Lazio y Roma. Pablo García compartió vestuario con Oliver Bierhoff y Andrei Shevchenko, el Alfa y la Omega de los delanteros rubios de los lustros que acompasaron el cambio de siglo. Fueron sextos en un Scudetto que ganó la Roma, y García marchó cedido al Venecia después de jugar cinco partidos en San Siro.

De Venecia, finiquitado su contrato con el Atlético, Pablo García retornó a la Liga española: Osasuna, contexto ideal para ese adjetivo que parece apellidar por defecto a todos los jugadores nacidos en Uruguay: la garra, sustantivo usado casi siempre para describir poéticamente las cualidades de futbolistas que se desempeñan profesionalmente con violencia, frenesí homicida y trapacería arrabalera. Pablo García triunfó en Pamplona, con tres buenas temporadas en las que le dio tiempo a pegarse con Zidane, con Beckham, con Figo, y si hubiera podido, con Chamartín encarnado en un sólo hombre. Hosco, malencarado, en el campo se recogía el pelo con una cinta que dejaba caer sobre los hombros una cortinilla de pelambrera negra cuyo desaliño acentuaba la expresividad fiera de un tipo que, probablemente, hubiese terminado en comisaría más de una vez si el ejercicio de su actividad laboral hubiera consistido en, qué sé yo, poner un ladrillo encima de otro untándoles el borde en mezcla y no el balompié de élite.

Tres años en Osasuna le valieron la categoría moral de capo y el fichaje por el Madrid. Llegó en la primera temporada planificada, en teoría, por Vanderlei Luxemburgo, aquel científico loco que había quemado todo su carisma en los seis meses previos desde que llegó sustituyendo a García Remón. Luxa ganó el partido de los seis segundos a la Real Sociedad en su debut; derrotó al Barcelona por 4-2 en un partido sanguíneo que enervó al Bernabéu y logró un discreto segundo puesto que casi supo a gloria viendo el nivel mostrado por el Barcelona de Ronaldinho, y el lamentable esfuerzo institucional que el Madrid hizo por seguirlo. Luxa se trajo a García y a otro uruguayo, Carlos Diogo, del que para hablarles necesitaría media Galerna para mí en exclusiva. Fue el año de Baptista, de Robinho y de Ramos. Fue el año de Pablo García.

Todo empezó a salir mal cuando el 13 de septiembre de 2005, a las 20:40 de la tarde, el Madrid saltó al estadio de Gerland de Lyon con una medular diseñada a propósito por Joan Gaspart: Gravesen-García, con Beckham y Baptista flotando a los costados de tamaño transatlántico balompédico y Robinho, junto a Raúl, creando tanto peligro por delante como la caballería montada polaca enfrentando a los panzers de la Werhmacht en el 39. Aquella fue la noche de los bombardeos con los que Juninho Pernambucano aterrorizó a toda una generación de niños madridistas. La noche del miedo, la noche preñada de tormentas.

Aquel tándem se mantuvo, más o menos, hasta que Florentino decidió despedir a Luxemburgo, en la última de las piruetas que llevaron a la morgue su primer mandato presidencial. No recuerdo nada de Pablo García. Quiero decir, que más allá del caminar pesaroso, de la adustez de su figura, no se me viene a la cabeza ningún atributo futbolístico relevante de aquel uruguayo que, eso sí lo recuerdo bien, era zurdo. Le pegaba a la bola como uno de esos cuarentones tirillas golpea la pelota en las pachangas de domingo con la cuadrilla; su trote era antinatural, turbio y en absoluto armónico. Si le llega a cuadrar la época de Praxíteles, se lo presentan como modelo para una de sus esculturas y el griego le tira el mazo desde lejos: tal era su silueta cansada, como si llevara sobre sus hombros todo el peso del Madrid y del mundo. Florentino echó a Luxemburgo y el cuadrado mágico se llevó consigo a Pablo García, quien desapareció de la lista de los reclutas hacia el desastre cuando el nuevo míster, López Caro, tomó las riendas.

Cada convocatoria del Madrid ese año parecía la Lista de Schindler. No estuvo ya en la eliminatoria contra el Arsenal, donde el Madrid holló la intrascendencia más penosa de toda su Historia. Su último gran partido como titular fue el 0-3 del Barcelona, cuando Messi se desvirgó en la cumbre. Rijkaard ya zumbaba hacia el doblete y el Madrid, desde febrero, navegaba sin timonel: dimitió Florentino tras el esperpento aquel de Mallorca (Ramos celebrando los goles en la soledad más solitaria de todas las soledades posibles, mientras el banquillo parecía estar recibiendo la noticia de la muerte de Chanquete) y Pablo García dejó su perla más recordada en el Bernabéu, justo, en la zona mixta: cuando la cuerda viene cagada, hay que agarrarla por los dientes, le comentó dicharachero a Javier Ares en Onda Cero, a cuenta de una pregunta sobre la patética situación del Madrid aquella temporada. El Zaragoza le metió 6 en semifinales de Copa y todo acabó con una no-remontada, la primera de tantas, en el Paseo de La Castellana. Pablo García abandonó el barco, cedido primero en Vigo y luego en Murcia.

Terminado su contrato con el Madrid, en 2008, la historia de Pablo García, el mediocentro invertebrado, ofreció el último y espectacular giro narrativo: fichó por el PAOK de Salónica y allí, a la vejez, encontró la plenitud. El estrellato. Con el mítico club de los constantinopolitanos griegos exiliados en Salónica, Pablo García halló el amor, quizá lo que este antihéroe había buscado desde que saliese de Uruguay en 1997. En Grecia se estableció, al modo en que lo hacen los mercenarios cansados de vagar por la tierra. Echó raíces y hasta se bajó el sueldo en 2012 para que el PAOK pudiese afrontar los tremendos problemas financieros que, como en todo el país, azotaban la institución. En Salónica siguió coleccionando tackles barriobajeros; siguió utilizando los codos con la generosidad con la que la Madre Teresa de Calcuta repartía dones y abrazos; siguió trotando con ese ritmo cansino tan suyo, y la baja intensidad del balompié griego favoreció su camorrismo. La tribuna blanquinegra del PAOK adoraba el rock metalero de Pablo García, y hasta le dedicaban encendidos cánticos. En 2014 abandonó Salónica rumbo a Xanthi, en la frontera con Bulgaria: un escenario digno de Pablo García, el jugador del fútbol-noir, a pesar de que sólo jugase allí cuatro partidos. Desde entonces se dedica a estudiar para entrenador y a desarrollar una escuela de fútbol para niños en Grecia. Porque también para los malos hay una redención.

Antonio Valderrama
Madridista de infantería. Practico el anarcomadridismo en mis horas de esparcimiento. Soy el central al que siempre mandan a rematar melones en los descuentos. En Twitter podrán encontrarme como @fantantonio

9 comentarios en: Pablo García, el uruguayo

  1. Muy interesante este repaso a la trayectoria de P. García. La verdad es que yo, tengo que admitir, tampoco recuerdo nada especialmente de su paso por nuestro equipo. Comparada con la huella que dejó Gravesen -en forma de gravesinha y otras perlas-, la de Pablo fue mucho más intrascendente. Gracias por traerlo de vuelta a nuestra memoria. ¡Muy buen texto!

  2. Buenos días recordar la historia es volver a vivir, me encantan estos artículos de contenido histórico y documental, si además, están tan bien escritos, el gozo es completo.
    Saludos blancos y comuneros

    1. Muchas gracias. A nosotros también nos gusta mucho recordar la "historia que tú hiciste", pues sin duda es parte inexcusable de la "historia por hacer".

  3. Pablo Garcia, como Gravesen, Diogo y un largo etcétera de desastres que llegaron en aquellos infaustos años, son los ejemplos palpables de los desastres que trajeron al Madrid los directores deportivos a sueldo del club. Algunos aún los añoran.

  4. Una falta de respeto a un jugador que supo ser internacional con Uruguay , que dicho sea de paso , no es poca cosa.
    Que no haya rendido a nivel real madrid no es motivo para descalifcarlo de la manera en la cual el escritor de este articulo lo hace.
    Si se hubiera informado un poco mas alla de la wikipedia para ver en que equipos jugo , se hubiera podido percatar de que en clubes como peñarol , osasuna , real murcia , seleccion uruguaya tambien guardan muy buen recuerdo de pablo garcia .

  5. Le recuerdo un excelente partido contra el At. Madrid en el Manzanares, que terminó con victoria blanca por 0-3. Fue lo único destacable que dejó en su paso por el Real Madrid.

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