Antes del partido, la inesperada comunión merengue. Quizá en parte porque “no hay nada que una tan satisfactoriamente a personas que han tenido la desgracia de pelearse entre sí”, dejó escrito Wodehouse, “como una intensa aversión compartida hacia una persona en particular”. Esa persona podría ser el Barcelona, o el negreirismo, o incluso algo más incorpóreo, pero igualmente corrupto. Después del partido, la extrema embriaguez.
Por eso había dejado pasar un par de días tras el encuentro contra el Barcelona con la esperanza de no sucumbir a uno de mis habituales episodios de euforia descontrolada, cuando afrontas el folio como si la pluma resbalara poseída por una electrizante canción de Big Soul. Confeso que hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto con un partido del Real Madrid, porque, a fin de cuentas, en eso que llaman El Clásico, un madridista lo que quiere es ganar siempre sea como sea; que el otro día el juego fue por momentos un bello espectáculo y en otros, más oscuro, pero extraordinariamente eficaz. Todo suma.
Había pensado en destacar el maravilloso partido de Diomande -¡atrápalo como puedas!-, la lección defensiva de Cucurella –para la que sencillamente no hay palabras-, la solvencia de Lunin, que nunca falla cuando se le requiere de emergencia –qué difícil debe ser entrenar así- o cualquiera de las individualidades que nos hicieron felices, incluyendo lo bien que las mete Mbappé incluso dentro de los terrenos de juego.
Había pensado, en fin, en exaltar todo aquello, siguiendo la inspirada estela de mis amigos de La Galerna, pero de pronto, como en el bofetón de una epifanía balompédica, caí en la cuenta de algo más excitante: ¿qué jugador ha alcanzado este año su mejor versión, el papel, visible o no, más importante, y la mejor actitud de equipo? Sí, amigos, Jude Bellingham –inserte aquí sus arreglos orquestales-.
Tenemos un millón de cosas que agradecer a Mourinho en lo que va de temporada, pero quizá la más importante es haber logrado volver a motivar a esa bestia inglesa que desempeña, con fuerza, clase y testosterona, un fútbol determinante, un partido aparte que conecta muchos partidos, o muchas fases de un mismo encuentro, un jugador libre al que todo el mundo busca como socio en plena guerra, un huracán que estira el nervio del equipo cuando algunos comienzan a buscar la ocasión de tomarse un relajo. Ahora sabemos que sus iracundos cabreos de la pasada temporada en numerosos partidos eran fruto de la frustración personal o colectiva. Otro habría bajado los brazos sin más. Jude no.
quizá la conclusión que puede ser más relevante esta temporada para el músculo coral del Real Madrid es que Jude, amigos, ha vuelto
Bellingham volvió a exhibirse colosal en el partido contra el Barcelona, y fue aún más heroico e imperial que en otros, pero justo es decir que está derrochando casi idénticos esfuerzos en todos los campos, sea cual sea el rival. Tengo para mí que la conexión humana y anímica entre el inglés y Mourinho es total. Que los dos tienen la misma manera de concebir el fútbol y el equipo. Que Bellingham fue uno de los que más contentos se puso al encontrarse un hueso –amable pero duro- como Mou en el vestuario.
El inglés jugó contra el Barcelona un partido aparte, aguantando el balón en circunstancias imposibles, estirando el equipo, conectando las piezas del puzzle que Mou puso en el campo, y defendiendo con ese tipo de pundonor contagioso, que hace que todo el mundo se enchufe en la misma tarea al instante. Por momentos parecía la viva representación de la cabeza de Mourinho en el campo, porque todo aquello que le molesta al entrenador blanco, no lo hizo, y todo aquello que le hace pintarse esa sonrisa cabrona en el rostro, lo hizo.
Hay un montón de conclusiones felices que pueden extraerse de la victoria contra el Barcelona. Pero, que me desmienta el tiempo si es necesario, quizá la que puede ser más relevante esta temporada para el músculo coral del Real Madrid es que Jude, amigos, ha vuelto.
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E.n la jugada del segundo gol, lo que hizo no es de este mundo. Grande Jude!