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El rey consciente

El rey consciente

Escrito por: Antonio Valderrama19 agosto, 2017
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En las películas de superhéroes, uno de los momentos culminantes siempre es cuando el protagonista se hace consciente de su poder. Entonces empieza la bueno. El Madrid de Zidane ha llegado a ese punto. Puede que la final de Cardiff fuese el comienzo de este estado plenipotenciario, y que las últimas dudas se disiparan tras el gol de Messi en el último minuto del Clásico del mes de abril. Se empieza a sospechar de que Zidane, que no tenía carnet de entrenador y que cuando lo tuvo no fue capaz de ganarle a La Roda, tiene algo que ver con todo este jubileo que amenaza con redimir todas las heridas de guerra infligidas al madridismo en los últimos diez años. Ocurre que el francés lo hace todo como si le saliese naturalmente de dentro. Suele reír mucho, sus muecas parecen de verdad, no impostadas, cuando se enfada le reluce una veta de autenticidad mediterránea impagable; todo esto se lo transmite a su equipo conectando con ellos mediante el talento compartido, que en todos es innato. Su Madrid, por lo tanto, gana como no había ganado nunca.

Es difícil describir este modo de vencer. La autoconciencia de la propia calidad y de la condición y el potencial que entre todos juntan en ese vestuario es la manera que se me ocurre. La épica y el sobreesfuerzo agónico han vuelto a ser un recurso, del que ningún Madrid ha carecido jamás, por otro lado. Zidane les ha puesto frente a un espejo, y el reflejo les ha devuelto la imagen de unos príncipes. La planificación deportiva, orientada en este sentido desde Mourinho, ha conseguido que Zidane fuese la etapa final de un trayecto difícil y salpicado de baches, que inició el portugués y continuó Ancelotti. El timing perfecto para un club que en menos de diez años se ha sobrepuesto a dos crisis de identidad terribles, una institucional y otra deportiva, con un ejercicio darwinista absoluto.

Zidane les ha puesto frente a un espejo, y el reflejo les ha devuelto la imagen de unos príncipes.

Con Mourinho, se decía que el Madrid no sabía matar los partidos. Que le faltaba colmillo afilado para superar la barrera psicológica de las semifinales, y que era un equipo emocionalmente inmaduro. Con Ancelotti, ocurrió que, una vez superada la frontera mental de la Copa de Europa, el equipo se demostró incapaz de sostener un esfuerzo prolongado. Que la inmadurez, ahora, se mostraba en la vanidad del saciado, no en la impotencia del hambriento. Las dinastías deportivas se construyen con la regularidad, y la regularidad, con la fe en uno mismo, la motivación colectiva y la inteligencia en los despachos. Con Zidane, las victorias parecen la consecuencia lógica de una superioridad tan manifiesta y global que el aficionado medio desconocía. Que sólo había visto en los rivales.

Las dos Supercopas de este verano han reafirmado lo que Cardiff avisó. El Madrid siempre ha tenido futbolistas excelsos. Sin embargo, algo parecía amarrarlo a un muelle, impidiéndole la navegación a toda vela en mar abierto: un complejo mental, una carencia emocional, falta de fondo de vestuario, complicadas luchas de ego dentro de la caseta. Zidane tiene el control pleno de su plantilla, justo cuando más potenciales titulares reúne el Madrid, y de más libertad gozan sus futbolistas. Los apologetas de la disciplina militarista y de los entrenadores narcisistas que automatizan a sus jugadores encuentran en este equipo su kryptonita. El modo en que ha crecido Isco, en que Asensio se asienta como futbolista de élite, en que Kovacic se reinventa como mediocentro o Ronaldo administra sus años explotando su virtud de goleador, son ejemplos palmarios. En otras épocas, los jóvenes talentos se habrían desaprovechado, o andarían, mustios, apagándose en cualquier otro lugar del mundo. Un gran poder conlleva una gran responsabilidad, dicen siempre las películas de Hollywood. Zidane, con su hablar tranquilo y cálido, con su querencia por rehuir los focos de su inevitable condición de leyenda, parece el recipiente de una sabiduría antigua. Su Madrid entronca con la vieja tradición del Real, pero vuela con las alas del fútbol moderno. Parece no tener fin.

 

Madridista de infantería. Practico el anarcomadridismo en mis horas de esparcimiento. Soy el central al que siempre mandan a rematar melones en los descuentos. En Twitter podrán encontrarme como @fantantonio