Las mejores firmas madridistas del planeta

Siempre me ha resultado curioso comprobar cómo cada historiador o periodista que se pone a juguetear con la transición española tiene su propio criterio hasta a la hora de establecer la duración de la misma. Si su inicio ya da pie a controversia —a menudo lo sitúan en 1975, la fecha de la muerte de Franco, aunque ¿acaso no sería más correcto considerar como el origen el día de la aprobación de la Ley para la Reforma Política?—, con el final muchos se permiten auténticos ejercicios de creatividad: se admite 1978, por la Constitución, pero también 1981, por el intento de golpe de Estado, e incluso 1982, con la llegada al poder de los socialistas. Hasta hay quien se ha atrevido a mencionar 1996, aprovechando la vuelta de la derecha al gobierno, en un barroco cierre simbólico del círculo. En cualquier caso, todo voluntarismo imaginativo tiene límites, y el chicle no admite más estiramientos: por más que haya quien se divierta hocicando en el pasado, nadie puede dudar de que la transición se acabó, y de que ahora, con todas las limitaciones y matices que se quieran, el pueblo español es dueño de su destino.

Esta dificultad para la fijación de una fecha final de la transición permite establecer un paralelismo, no especialmente halagüeño, con el Madrid de los últimos años. Si nos ponemos introspectivos en plan Zavalita, cambiando la avenida Tacma de Lima por la Castellana, podemos preguntarnos en qué momento se terminó —Zavalita hubiese empleado otro verbo— el Madrid de los Jerarcas. Hubo quien lo vaticinó con la marcha de Cristiano en 2018, pero sin duda constituyó una precipitación: al fin y al cabo, el núcleo duro del vestuario se conservó casi al completo. La partida de Ramos, el jerarca por antonomasia, tampoco resultó decisiva: la Catorcésima vino solo un año después. Servidor, benzemista impenitente, se ve tentado de colocar el obituario con su peregrinación a Arabia; mas sería injusto a todas luces, pues los faros de Kroos y Modric aún nos iban a regalar otro doblete magnífico. ¿Podemos, entonces, concluir que el ocaso de Lukita implica el Requiescat in pace definitivo? La realidad es que, por más que los poetas y los periodistas —y, peor aún, los periodistas que se creen poetas— se empeñen, nunca hay un día concreto señalado en el calendario: el fútbol no obedece a decretos solemnes, sino a la lenta erosión del tiempo. Los Jerarcas se fueron a sorbos, con cuentagotas, dejando la engañosa sensación de que aquello podía prolongarse un poco más, de que siempre quedaba uno para sostener el edificio. Sin embargo, de la misma manera que ya nadie lógico puede sostener que continúe la transición española, también podemos afirmar que de ese Madrid ya no queda rastro. Un Madrid que fue, antes que nada y por encima de todo, una asombrosa acumulación de jugadores extraordinarios. No únicamente en el sentido publicitario del término: también en el más exigente. Fueron futbolistas con una calidad técnica superlativa, pero al mismo tiempo con una inteligencia competitiva que les permitía gobernar los partidos sin necesidad de manuales. Su jerarquía no emanaba del brazalete ni del volumen de su voz; más bien de la certeza compartida de que, llegado el momento decisivo, sabrían qué hacer.

Zidane y Ancelotti tuvieron la sabiduría suficiente para entender que a aquellos hombres no se les debía encorsetar. La táctica era necesaria, por supuesto, si bien siempre como  marco flexible, incluso como cortesía, antes que como camisa de fuerza. En última instancia, ellos resolvían a base de talento, compromiso, responsabilidad y una lectura del juego que convertía a casi todos los rivales en un problema menor.

Ese mundo, insisto, ya no existe. O, al menos, no existe tal y como algunos se empeñan en recordarlo. El error —humano, comprensible— consiste en creer que la jerarquía se hereda y que basta con haber estado allí para asumir el rango. Unos cuantos jugadores actuales, por otro lado magníficos, se creen merecedores del apelativo de jerarcas porque crecieron a la sombra de los auténticos, y reclaman idéntico margen de maniobra, aunque —visto está— no ofrezcan la misma
solvencia. Conviene no confundir la libertad con el derecho adquirido.


Llegados a este punto, se abre una encrucijada. El Madrid debe decidir qué quiere ser ahora, cuando el pasado ya no responde al teléfono. Puede intentar construir un nuevo equipo de puros jerarcas —quizá con algunos de los que están, más otros que vengan—, capaz de volver a imponerse desde el descomunal talento, y permitiendo al entrenador ese lujo rarísimo en el fútbol actual, que es la libertad táctica. O también puede, tras la resignada asunción de que la genialidad escasea, optar por un proyecto distinto: uno en el que el técnico mande más, explique más, corrija más. Un proyecto en el que el vídeo del rival no sea una molestia y el trabajo sin balón no se perciba como una pequeña dosis de humillación.


No hace falta ser un lince para adivinar que este segundo camino resulta incómodo para quienes vivieron la época dorada. Estos días se ha dejado caer que a muchos les fastidia que les hablen de mecanismos, de ajustes, de retornos… Quizá les desagrade el estudio minucioso del adversario no por pereza, sino porque rompe cierta infantil ilusión de superioridad natural. Seguramente haya en ese vestuario quien recuerde un Madrid que ganaba porque era mejor antes que por ser más aplicado. Una visión benevolente del asunto nos puede sacar una sonrisa de empatía: algunos de nuestros jugadores parecen tan forofos como nosotros. El problema es que esa nostalgia y ese idealismo ya no gana partidos.

Ser o no ser en Albacete
Soy consciente de que los intentos de modernización no han sido indoloros. Xabi Alonso, con su inicial —y posteriormente diluida— obsesión por el orden, la ocupación racional de los espacios y la disciplina pizarril, encarnó al principio cierta voluntad de adaptación a un fútbol cada vez más trabajado. Su propuesta, sin embargo, encontró resistencias en algunas actitudes, y todo derivó en una convivencia tensa. Arbeloa, como hombre de club, tiene ante él una disyuntiva dificilísima. No obstante, es el club el que, a fin de cuentas, tiene que decidir el rumbo a medio plazo. Apostar por la reconstrucción de una nueva plantilla de genios irrepetibles o dar un vuelco a ese modelo. No hay una respuesta evidente, como no la hubo en la transición española ni en ninguna que merezca tal nombre. En el Madrid nada está atado, ni mucho menos bien atado. Pero no es tolerable el recrearse en el pasado. Hay chicles que no admiten más estiramientos. Y clichés que tampoco.

Yo también podría sumarme al linchamiento. Es muy tentador. A quién no le gusta disfrutar del ventajismo: dejarse caer por el tobogán es mucho más fácil que resistirse. Cómo no sumarse a una cuadrilla de gorilas que te invitan a apalear a un borracho desorientado, que además lleva abusando de tu paciencia los últimos dieciocho meses, aunque un poco antes te hubiera llevado a la mejor fiesta a la que asististe en tu vida.
Ni les cuento ya el disfrute de insultar y ofender a un casi octogenario. Sobre todo si ha demostrado en su vida que nunca fue como tú. Él ha sido capaz de crear un imperio. Sólo después de ser millonario se atrevió a gobernar el Real Madrid. Dedicó su vida y su talento a generar un motor perpetuo de ingresos que garantizará la eternidad del club.
Florentino abre el melón societario
A diferencia de Florentino, la mayoría no tiene la capacidad de ver el futuro. Es muy fácil detectar la estulticia, la estupidez, la ignorancia repentina sobrevenida. Es comodísimo exigir éxitos inmediatos a cambio de nada cuando las cosas van mal, queriendo perpetuar los milagros de los que venimos, incluso sobreviviendo a los años de plomo de la corrupción galopante del fútbol español. Estamos en la era de la hiperinformación y del fast forward emocional. Ni siquiera nos hacen falta tóxicos para colocarnos. Vivimos en un estado permanente de abstinencia de dopamina que nos satisface las redes sociales y sus tontos de guardia, dispuestos a amargarnos la vida en horario 24x7 a los demás.
Amigos, Florentino Pérez es abuelo, sí, ya ve la mayor parte de su vida por el retrovisor, pero mantiene su cabeza funcionando en overclocking, créanme. A pesar de la escasa densidad neuronal de la chusma neomadridista, no deben olvidar que este caballero nos ha proporcionado momentos de felicidad increíbles. Cuando pensábamos que no era posible ganar dos Champions seguidas, lo vivimos. Y un año después vimos a Bale meter una chilena imposible al pobre Karius y levantar una tercera. Eso ocurrió hace cuatro días.
Bale Kiev Gol Chilena
También vimos a Vini golear en dos finales, tras quitarse la pelusa de la adolescencia e irrumpir en la edad adulta torturado por la chusma. Y le vimos desplomarse después del atraco del balón de oro de 2024, encargado desde las catacumbas del fútbol europeo, probablemente tan corrupto como el español. Todo lo que genera dinero a espuertas es corruptible y tentador para el hampa, lo sabemos desde antes de la ley seca de Chicago.
Florentino nos ha traído a los mejores futbolistas del mundo. Algunos siendo niños. Otros, en su momento preciso de maduración; otros, con infinita paciencia. Este buen hombre ha contribuido como nadie a agigantar la leyenda madridista y consiguió duplicar en 25 años la cosecha de títulos continentales obtenida en los 50 años anteriores. Pueden desear que se retire. Pueden atribuirle, con justicia, la responsabilidad de estos dos años de mierda y dolorosas derrotas en los que nos hemos ido a la cama cabreados y nos hemos levantado el lunes sin ganas de ir a trabajar. Esto sucede porque el Real Madrid llena un espacio emocional inmenso en nuestra vida. A mí también me pasa, ¿qué creen? Pero no tolero a la gentuza que le falta el respeto, que exige soluciones a los demás cuando no tiene nada que ofrecer más que charleta cansina desde un canal de YouTube.
La vida no es simple y los problemas no tienen soluciones mágicas. Aquí, algunos de los síntomas detectados y reproducidos masivamente por los medios y por las redes.
Mbappe ha desequilibrado el equipo. No hacía falta traerlo. No es un delantero centro.
Vinicius no se va de nadie.
Nos falta un organizador en el centro del campo.
Se nos lesionan demasiados futbolistas.
Tenemos muy mala preparación física.
Siempre corremos menos que el rival
Mastantuono no hacía falta, no tiene nivel.
No tenemos extremo derecho.
Bellingham no lleva una vida de deportista.
Valverde no rinde.
Güler es irrelevante.
Carvajal, Alaba y Rüdiger están acabados.
Mendy no sale de la enfermería.
No sabemos qué le pasa a Trent.
Camavinga no ha evolucionado en los últimos 4 años.
Florentino pasa de todo y quiere vender el club.
El Bernabéu es feo y una ruina.
Xabi era un entrenador sin autoridad.
A los jugadores no les gustan las correcciones tácticas en los entrenamientos.
Arbeloa no tiene experiencia en la élite.
No debimos echar a Ancelotti.
El club va a la deriva.
¿Me dejo algo?
Algunas de las afirmaciones anteriores son opiniones más o menos obvias; otras, la tradicional basura monetizable que acompaña al club. Si nos vamos a algo más sólido, como la ciencia y la psicología del deporte, encontraremos menos ruido y tal vez alguna explicación. No puede ser que todo esté tan mal y que todas las desgracias vengan tan juntas durante tanto tiempo porque sí.
Factores como la falta de confianza grupal o una desavenencia interna (a Bellingham, Vini, Valverde o Mastantuono parece que no les gustaba Xabi) pueden agravarlo, haciendo que los jugadores se sientan “mentalmente ausentes”
En los deportes de equipo, las tendencias negativas se explican por patrones colectivos que afectan el rendimiento, la motivación y el bienestar mental de los jugadores. Pueden manifestarse como colapsos motivacionales durante partidos, deserción (dropout) de jugadores, underperformance crónico, burnout o dinámicas tóxicas dentro del grupo.
El colapso colectivo ocurre cuando un equipo que iba bien (13 victorias en 14 partidos) repentinamente se desmorona, con múltiples jugadores fallando al mismo tiempo. Psicológicamente, se explica por el “contagio emocional negativo”, donde la ansiedad o la frustración de un jugador (¿tal vez el balón de oro robado a Vini?¿tensión por la renovación astronómica que le exige su entorno?) se propaga al resto, reduciendo la cohesión y la eficacia colectiva. Un evento precipitante puede generar stress, cambios cognitivos (pensamientos negativos), afectivos y comportamentales (pasividad), creando una cadena de bajo rendimiento. Factores como la falta de confianza grupal o una desavenencia interna (a Bellingham, Vini, Valverde o Mastantuono parece que no les gustaba Xabi) pueden agravarlo, haciendo que los jugadores se sientan “mentalmente ausentes”.
En situaciones de alta presión, como partidos decisivos, los deportistas experimentan ansiedad que distrae su atención o genera un exceso de autoenfoque, interrumpiendo automatismos naturales. La ansiedad reduce la capacidad de reacción, llevando a distracciones por miedo al fracaso o control consciente de habilidades que deberían ser intuitivas (¿por qué Vini, Mastantuono, Güler ya no se van de los rivales?). En equipos, esto se amplifica por modelos donde los jugadores se preocupan por cómo son percibidos por compañeros, entrenadores o público, aumentando la ansiedad social y el riesgo de fracaso colectivo.
El burnout (deserción), surge de demandas crónicas como entrenamientos insatisfactorios (¿los videos, las correcciones de los ayudantes de Xabi?), expectativas altas y falta de recuperación, llevando a agotamiento emocional. En adolescentes y jóvenes, la “pérdida de diversión” es clave: demandas crecientes generan reacciones negativas, donde el deporte deja de ser placentero y se asocia con ansiedad o frustración generando una cadena autodestructiva.
El Real Madrid es una picadora de carne. La presión mediática, las expectativas, un mal entendimiento con un entrenador, más el entorno tóxico de jóvenes millonarios adictos al halago permanente produce personalidades débiles y puede conllevar una espiral de derrota y de negatividad que se retroalimenta, perdiéndose la confianza en el grupo.
La única fórmula posible para recuperarnos es ganar, de cualquier manera. Enlazar victorias. Es el bálsamo que lo cura todo. El futbolista necesita estabilidad y confianza
Hemos perdido dos partidos importantes en setenta y dos horas en los minutos finales, encajando goles por desatención, pasividad, angustia y errores groseros. El gol de Raphinha de la Supercopa tuvo un componente de fortuna que nosotros no tuvimos frente a la portería rival en un choque bastante parejo. Ni decir que en el partido de Copa frente al Albacete, los dos últimos goles fueron dos casualidades exóticas del fútbol, que sólo te pasan cuando estás atrapado en una tendencia negativa: en el 2-1 el delantero recibe un "centro" perfecto de Gonzalo, que intentaba despejar. La volea posterior tiene intención pero es un remate afortunado, que va a las manos de Lunin con un bote alto y que termina dentro de la portería fortuitamente. El 3-2 es un golazo, precedido de un remate repelido por la pierna de Carvajal en el que la pelota regresa increíblemente al delantero en lugar de rebotar hacia a la grada o a la banda. El balón es redondo y el fútbol es un juego en el que el azar, a veces, es un jugador activo que ayuda o que condena.
No voy a negar ni las evidentes carencias de la plantilla (que no deberían ser obstáculo para ganarle al 80% de los rivales) ni todo lo que ha hecho mal el club (incluyendo la "incomprensible" paciencia de Florentino en la reconstrucción de un equipo de futuro después de una década de éxitos sin precedentes). La única fórmula posible para recuperarnos es ganar, de cualquier manera. Enlazar victorias. Es el bálsamo que lo cura todo. El futbolista necesita estabilidad y confianza. Posiblemente el entorno mediático que vive del Real Madrid actualmente es el más tóxico de la historia. Un manicomio. Siempre hemos sentido el antimadridismo exógeno como se siente el viento de cara, pero el antimadridismo madridista definitivamente ha enloquecido. Centrémonos en que Arbeloa es un hombre tranquilo y que sabe lo que hace. Si no hemos tocado fondo aún, no puede quedar mucho. La cosa no puede más que mejorar, con el Bernabéu silbando o coreando Els segadors, tanto da.

Pues amarga la verdad/quiero echarla de la boca/y si al alma su hiel toca/esconderla es necedad. Creo que no me equivoco si el madridismo universal se siente hoy como el poeta, con la lengua como el acíbar después de ver dos eliminaciones ante equipos que se lo han ganado a pulso. En ambos partidos el triste espectáculo contemplado es el de un equipo desangelado, insípido y sin alma, lejos de lo que se espera del Madrid. Dicho esto, ¿y ahora qué?

Desde mi humilde rincón de observador, sin acceso a información privilegiada ni contactos importantes, opino que el problema es de enfoque. Me explico.

El Real Madrid bate récord de ingresos

Florentino Pérez es empresario, y como tal aplica criterios empresariales a la hora de tomar decisiones importantes.Santas y buenas cuando hablamos de dineros, pero esto es un club de fútbol (por ahora) y lo que importa además de la gestión es ganar títulos. Tengo para mí, y que me corrijan si me equivoco, que en la planta noble del Bernabéu están justamente preocupados por el futuro del Madrid, y el momento en el que se convierta en sociedad anónima. Dejar un club con cuentas saneadas y patrimonio abundante, con un número limitado de socios -por si los desaprensivos con talón aparecen- parece lo más inteligente, pero no olvidemos que somos un club, el más grande, y eso exige ganar; y para ganar hay que fichar con cerebro, y cuando se puede, como por ejemplo en el mercado de invierno.

Ganar exige proyectos a largo plazo, dejar hacer y confianza en los equipos de trabajo; si el equipo carece de columna vertebral sin Kroos ni Modric, ¿por qué no buscarlos? ¿Por qué no confiar en jóvenes como Endrick, habilidosos y con ganas? Recordemos otra vertiente, como es que el entrenador y su equipo técnico tienen que saber que se confía en ellos. Andamos harto sobrados de egos en el fútbol de Primera como para permitir que uno o varios jugadores puenteen
al míster sin que pase nada; créanme que con treinta años de enseñanza a mis espaldas,si dejamos que el alumno pase por encima del profesor tenemos preparado el guiso del desastre.

Poco más puedo añadir, amigos. Cabe pensar que mis reflexiones en voz alta, ahora que nos oye nadie,sean de poca sustancia, que no se oigan en el mar de reproches que caerá en los días que vienen, que Arbeloa y sus chicos me
dejen con el trasero al aire en cuestión de días, pero prefiero manchar la página de sudor, de barro o de sangre antes que de la ignominia de callarme.

Buenos días, galernautas. Son días oscuros meteorológica y anímicamente, no en vano nuestro equipo viene de protagonizar un ridículo histórico. Es muy probable que la sonrojante situación vivida en Albacete —que por sí misma ya es un blasón ponzoñoso— no sea sino un síntoma de algo mucho más grave y preocupante que ocurre en el Real Madrid.

Hemos repetido muchas veces que el oficio de portanalista es un sacerdocio. Estamos expuestos a dosis casi letales de estulticia malintencionada, de indignidad envidiosa y de mediocridad amplificada.

Épocas como esta, en la que los de siempre (es decir, casi todos) se refocilan en nuestras miserias, nos da una ligera idea de la grandeza de nuestro club. Las mayores caídas son, por definición, desde gran altura. Nos precipitamos desde las 15 Copas de Europa; seis de ellas en los últimos 11 años. Por eso la leche es de miedo. Que tantísimos elementos estén gozando y fozando en el lugar de nuestra caída debería indicarnos la cantidad de resentidos que estaban esperándonos y la colosal altura desde la que hemos caído.

Pasemos ya a analizar las portadas, porque, total, qué más duelen unas paladas más de fealdad.

Empecemos con el diario As. Nos muestra a Arbeloa con el único gesto que esbozó en los 90 infumables minutos del Carlos Belmonte. El titular es “Confianza y toque de atención”, pues los informantes que nada les dijeron sobre la destitución de Xabi Alonso ahora les chivan que la directiva dará un tirón de orejas a la plantilla y manifestará una fe sin fisuras en el nuevo técnico. Por supuesto. No es lo que ocurriría en ninguna organización cuando alguien lleva tres días en el cargo, no. Es que lo saben los prisaicos porque son extraordinarios profesionales. Criaturas.

Marca, el más antimadridista diario deportivo de Madrid —por razones empresariales que, a veces, parecen pesar más que la deontología— hace como los toros burriciegos: busca el bulto. “8 meses de pesadilla”, titulan, mientras sacan a Florentino Pérez circunspecto en portada. Resulta palmario y perentorio abordar la actual tesitura de nuestro club y acometer cambios estructurales; de eso parece que no hay duda. Sin perjuicio de ello, ganas dan de responder al bueno de Gallardo que el que podría ser su equipo lleva 123 años sin oler una Champions. ¿Qué son ocho meses frente a casi siglo y cuarto?

Marca menciona varios jalones de la "pesadilla", algunos indudables y otros discutibles. Mira que hay razones para hacer sangre ahora mismo con el Madrid. Pues bien, Marca se las apaña para fallar en el señalamiento de las mismas.

"La surrealista salida de Ancelotti". ¿Qué tuvo exactamente de "surrealista" el adiós del de Reggiolo? Se puede estar de acuerdo o no con que dicha salida aconteciera, pero no parece que el calificarla de surrealista pasara el filtro de aprobación de André Breton, Dalí o Man Ray.

"El despido de Xabi". Está por verse si ha sido un acierto o un error. Descontar que se trata de lo segundo es un ejercicio de ventajismo derivado de la vergüenza albaceteña, cuando lo cierto es que aún están en juego los dos títulos más importantes de la temporada. En mayo volvemos a analizar esto. Quizá haya sido un error histórico. Quizá un cambio de rumbo necesario. Por otro lado, habría que analizar si fue realmente un despido, pues el club lo anunció como "mutuo acuerdo" entre las partes. Por lo que sabemos, se trató de la no aceptación por parte de Xabi de una serie de indicaciones por parte del club.

"La marcha de Modric". Aquí, desgraciadamente, tenemos que dar la razón a Marca. Nadie entiende qué hace Luka en Milán. Es una herida lacerante.

"El no fichaje de un cerebro". Ídem. hay un consenso casi absoluto en que a la plantilla, que es buena, le vendría muy bien la llegada de un jugador de ese perfil. Fantaseemos con que puede venir en enero, aunque lo dudamos mucho.

"El eterno caso Vinícius". ¿A qué se refiere Marca? Nos tememos que no a la verificable escasez goleadora del brasileño, cosa que sí preocupa a los madridistas. No así las cosas de Vini que nos tememos preocupan a Marca, que por cierto nos escamotea la relevante información de los insultos racistas que por desgracia Vini volvió a sufrir en Albacete. Ese sí que es el caso Vinícius: el de un acoso sin parangón, mediático y sociológico, sobre un futbolista objeto continuo de agresiones verbales que con frecuencia tienen tintes xenófobos. Ese es el verdadero "caso Vinícius", a quien vosotros, Marca, pusisteis literalmente "en el foco".

"El exceso de ruido externo". Volvemos a no tener ni idea de a qué demonios se refiere Marca. Como no sea al ruido que el propio Marca causa...

En fin. No aprovechan bien ni siquiera las crisis que les servimos en bandeja. El Madrid merece otras obleas, no esas.

Sport, siempre ocurrente, pone un admirado “¡Así se hace!” sobre la efusiva celebración de dos jugadores culés tras eliminar a un rival de categoría inferior. Efectivamente, el Barcelona hizo algo que el Madrid no supo hacer: despachar el trámite. Por coherencia, esperamos que el diario replique el titular cuando su club vuelva a protagonizar otro de esos episodios tan “edificantes” en los que acostumbra a brillar fuera del césped: ahí sí que tienen tradición y escuela.

El diario del Conde de Godó, Grande de España, se solaza en el avance copero del Barça. “A cuartos”, titula triunfalista. La franja superior se refocila hasta lo cuasi lúbrico en lo que llaman crisis blanca. No podemos contradecir a los profesionales de ese periódico: la anómala situación de nuestro club muy bien pudiera denominarse crisis. Nos toca callar y apretar los dientes. Son tiempos muy duros, esa es la verdad. Volveremos.

Pasad un excelente día y, cuando mañana lleguéis a las 23:59 sin haber vulnerado el Código Penal, podréis mirar con indisimulado desprecio al F. C. Barcelona y decirle: “¡Así se hace!”

Buenos días, por decir algo. El madridismo está en estado de shock. La casi inconcebible eliminación copera ante el Albacete, que por su posición en la tabla de Segunda a duras penas mantendrá dicha categoría, entra en la antología de descalabros ridículamente históricos en la competición. El del club manchego se añade a los nombres de muy dignos rivales de categorías (muy) inferiores que a lo largo de los lustros han obrado la machada de eliminar al 15 veces campeón de Europa: Alcorcón, Alcoyano, Toledo, Real Unión de Irún y unos cuantos más.

Pero lo peor no es añadir un nuevo trauma a la lista de bochornos coperos que nos ha endilgado el club de nuestros amores. Lo peor es este cataclismo en medio de la invivible temporada que nos ocupa, coincidiendo además con el debut de Álvaro Arbeloa, que tiene así un estreno inopinadamente negativo. El madridista está hoy entre la indignación, la pena por Álvaro (que a nuestro juicio no tiene la culpa de nada, pues acaba de llegar) y la zozobra anímica ante la sucesión de espantos que le está deparando esta campaña.

As cita a Julio Iglesias (no sabemos si es a propósito, tendiendo en cuenta las denuncias por acoso que ahora pesan sobre uno de los artistas españoles más internacionales) para decirnos que la vida sigue igual… o peor. Y tienen razón. Tristemente, de momento, es lo que se observa.

En lo que no tienen razón, a nuestro juicio, es en señalar a un Arbeloa recién llegado como el máximo culpable. “Arbeloa paga su rotación extrema”. Parte de los jugadores que eran titulares en agosto ayer no viajaron porque están lesionados (Trent, Militao, Rüdiger) y otros cuantos se quedaron en Madrid por buenas razones de impostergable descanso. Varios estaban tocados: Courtois, Carreras, Bellingham, Rüdiger, Mbappé, Rodrygo. Si necesitas imperiosamente a esos jugadores para eliminar (con todo respeto) al Albacete, si no puedes confiar en una combinación de suplentes con algún castillista para llevar a cabo esta hazaña, estás aún peor de lo que crees. Los hombres que ayer formaron en el once, junto a los que esperaban su oportunidad en el banquillo, deberían haber sido capaces de brindar el servicio mínimo de pasar de ronda. Arbeloa fue preguntado dos veces al respecto, y en ambas aseguró que no se arrepentía de la convocatoria. A nuestro juicio, no tiene por qué arrepentirse de ella.

La responsabilidad de esta “debacle total” (como titula Marca, sin que esta vez pensemos que exagere) es de todo el mundo, desde Florentino al último componente del equipo. En actitud que le honra, Álvaro trató en rueda de prensa de asumir toda la responsabilidad, pero todos sabemos que es quien menos parte de culpa atesora. ¿Cómo podría ser así, cuando acaba de llegar? Es el peor estreno posible, pero no queda sino seguir confiando en su capacidad para remontar el rumbo en liga y Champions.

Por su parte, la prensa cataculé lo goza cosa fina, como decían nuestros padres. Han pedido mayúsculas más grandes y términos más sañudos para disfrutarlo más.  La culpa es nuestra, sencillamente, por ponérselo a juego para hozar en nuestra desdicha como hienas hambrientas. “A la calle”. “Ridículo espantoso”. Si Sport hubiera querido titular “ridículo espantoso, ominoso, inaceptable e intolerable”, en el supuesto de que hubieran tenido caracteres suficientes en la portada, no se lo podríamos discutir. Hoy no toca meterse con la prensa. Hoy toca que cada uno dentro de esa santa casa, que tanto amamos, mire a los otros, pero sobre todo se mire a sí mismo, en busca de respuestas claras que delimiten responsabilidades y aconsejen la ruta a seguir.

Nosotros, La Galerna, nos ponemos a vuestro servicio en el afán de encontrarlas.

Pasad un buen (aunque triste) día.

Real Madrid: SUSPENSO.

 

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Arbitró Víctor García Verdura, del colegio catalán. En el VAR estuvo Caparrós Hernández.

Partido sin demasiados problemas ni jugadas polémicas.

En la primera mitad puso alto el listón de las faltas y las tarjetas porque dejó sin señalar una obstrucción sobre Arda y Cestero se libró de una amarilla. Eso, durante el periodo de la niebla que dejó ver poco el desarrollo del juego.

El empate a uno del Real Madrid llegó en un córner al filo del descanso, pero por escaso margen de un par de segundos estaba dentro de tiempo.

Las dos amarillas del choque llegaron en la segunda parte. Ambas para los centrales merengues. Primero para Huijsen por agarrar a Riki en el 64' y la segunda para Asencio por derribar a Jefté.

García Verdura, CORRECTO.

Debutaba Arbeloa por enésima vez con el Real Madrid, esta vez como técnico del primer equipo. Los blancos, hoy azules, visitaban a otros blancos, los de Albacete, lugar que no visitaban desde tiempo ha. Había ilusión y expectativas por ver cómo manejaba este primer partido Álvaro, pero la cosa acabó en descalabro de consideración.

Una de las demandas de la afición es que Arbeloa recurra más a la cantera, porque además la conoce al dedillo. Incluyó a Cestero en el medio del campo y a Jiménez en el lateral diestro, hecho que probablemente solazara a Valverde, autor del primer disparo —muy desviado— a puerta del partido. Antes había botado Güler un córner muy cerrado que obligó a intervenir a Lizoain.

Al menos eso nos pareció, pues una humareda densa se había posado sobre el césped del Carlos Belmonte —un campo situado en una hondonada, la grada superior está a ras de calle— y no se veía prácticamente nada. La humareda resultó ser lo más probable: niebla. Aunque posteriormente se confirmó que Unamuno no había tenido nada que ver. Con la niebla «londicetense», ver el partido era similar a bucear en una piscina de leche con los ojos abiertos.

En el chat de La Galerna, Manuel Matamoros comentaba con acierto que los balones naranjas los tenían reservados para cuando se esfumase la niebla.

Se alcanzaba el primer tercio de la primera mitad y el partido estaba reñido. Pacheco y Asencio se dieron un buen coscorrón en una pugna aérea. Ambos necesitaron ser atendidos, los golpes en la cabeza son cosa seria. Afortunadamente, continuaron sin problemas aparentes más allá del dolor.

La niebla empezó a levantarse pero lentamente, como una erección de Matusalén, y se apreció cómo 22 jóvenes pugnaban por introducir una pelota en la portería rival. De momento, sin éxito.

Fede volvió a probar desde lejos, ahora con la derecha y entre los tres palos. El meta rival acunó el balón sin dificultad. El Alba también probó, pero dispararon a la estratosfera. Poco después, Bernabéu chutó raso y menos desviado.

La primera media hora no había sido fluida y las ocasiones, poco claras.

Ya con visibilidad total, el Madrid comenzó a asediar, principalmente con centros al área, al Alba. Una incursión de Vini por la izquierda concluyó con un centro bajo y peligroso que interceptó Lizoain.

Rozando el 40', Lazo botó una falta lateral muy cerrada que obligó a Lunin a despejar de puños. El conato de asedio madridista se había transformado en una mejoría del Alba y un golazo de Javier Villar —la ley del ex— de cabeza ante un Mastantuono que se había mostrado igual de efectivo defendiendo que atacando.

Pero como el futuro es imprevisible, precisamente Mastantuono remachó a gol un despeje espectacular del meta rival a un remate no menos fabuloso de Huijsen, otro de los menos destacados del encuentro.

1-1 y descanso. Primera mitad densa y espesa. Pero la pesadilla no había hecho sino comenzar.

A los cinco minutos de la reanudación, el Madrid pensó que debía mostrar más actitud y puso en dificultades al Albacete, pero por medio de ataques que eran más melés de rugby con multitud de rechaces que ocasiones limpias. También se produjo un penalti nada nebuloso sobre Huijsen, pero a Verdura le importó un pimiento y no pitó nada.

Calentaban Alaba y Carvajal. Qué ilusionante. Después se sumó Camavinga.

En esas andábamos cuando Fran García interceptó un pase muy peligroso de los manchegos; Lorenzo se quedaba solo ante Lunin.

La siguiente ocasión, o eso parecía, fue para el Madrid. Falta peligrosa al borde del área. Lanzó Franco a media altura contra la barrera.

Huijsen, que acaba de ganarse una amarilla, dejó su lugar a Alaba. Fran García hizo lo propio con Camavinga, que retornó al lateral.

Gonzalo lo intentó de cabeza rematando el enésimo centro delicioso de Arda. El testarazo se fue alto.

Había ilusión y expectativas por ver cómo manejaba este primer partido Arbeloa, pero la cosa acabó en descalabro de consideración

A todo esto, minuto 75 y la casa sin barrer. El Madrid no era capaz de imponerse frente al Alba. Arbeloa puso en liza a Palacios y Carvajal por Mastantuono y Jiménez.

El encuentro era divertido como acudir a la boda de tu ex. Y la prórroga se antojaba como un castigo innecesario para los telespectadores. El Alba pensaba lo mismo y aprovechó un error de Cestero para fabricar una doble ocasión clarísima desbaratada por Lunin y Alaba.

A la siguiente no hubo tanta suerte. Un despeje tenebroso de Asencio se la puso botando a Jefté para que encañonara a Lunin. El ucraniano la rozó pero no evitó el 2-1.

El Madrid lo intentaba con mucho desacierto, como es habitual últimamente, pero cada vez quedaba menos tiempo (también es habitual).

El nuevo técnico blanco retiró a Cestero e introdujo a Manuel Ángel. Los hoy azules seguían tratando de anotar con la precisión y el peligro de un bisturí de mantequilla.

Un trallazo lejano de Fede que acabó en córner terminó en golazo de Gonzalo de cabeza cuando ya se había rebasado el 91.

Poco después, nueva acción absurda de Asencio: falta fuerte e innecesaria que brindaba al Alba la oportunidad de ponerse de nuevo por delante.

Y cuando parecía que la prórroga era inevitable, una jugada en la que Lunin decidió no salir, acabó con golazo de Jefté. El Alba anocheció al Madrid. Encuentro nefasto en todos los aspectos del equipo.

Se consumó el Albacetazo en el debut de Arbeloa. Hay mucho trabajo por hacer en todos los ámbitos. Que esta derrota sirva, al menos, para realizarlo sin remilgos.

 

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Xabi Alonso ha dejado de ser entrenador del Real Madrid y nos despedimos de él con este cuestionario realizado por los amigos de fcQuiz.

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Perder una final contra ese equipo del que usted me habla no es agradable, pero tampoco es traumático. El madridista adulto lo sabe. Se cabrea lo justo, masculla dos o tres improperios de confianza, detecta dónde estuvo el fallo —que casi nunca coincide con el relato oficial del día siguiente— y sigue con su vida. No porque le dé igual perder, sino porque sabe algo esencial: las derrotas existen y fingir que no existen suele empeorarlo todo.

El domingo, en la final de la Supercopa, el Real Madrid perdió 2-3 contra el club cliente de Negreira. Punto. No pasó nada extraordinario. No hubo apocalipsis, ni revelaciones místicas, ni necesidad de inventar un universo alternativo donde “en realidad” ganamos. El marcador fue el que fue. Y esa aceptación, tan sencilla en el fútbol, es curiosamente una habilidad rarísima en casi todo lo demás.

Porque el madridismo —cuando no se confunde con la autoayuda de grada— es una escuela muy seria de desengaño. Te enseña que creer no basta, que insistir no garantiza nada y que hay noches en las que, por mucho que hagas las cosas medianamente bien, pierdes. Y no pasa nada. Se asume, se analiza, se continúa.

Lo interesante es que esa lucidez quirúrgica que el madridista aplica al fútbol suele evaporarse en cuanto entra en el terreno sentimental. Ahí, donde no hay árbitro ni VAR que sirva de coartada, nos volvemos peligrosamente creativos. Justificamos lo injustificable, confundimos aguantar con ser leales y llamamos “lucha” a lo que es, en realidad, incapacidad para aceptar el resultado.

El madridista sabe perfectamente cuándo un partido está torcido. Sabe identificar el minuto exacto en el que la cosa empezó a oler mal. Sabe distinguir entre una remontada posible y una fe suicida. Pero luego llega a casa, se enamora, y pierde todas esas competencias cognitivas adquiridas durante décadas de sufrimiento bien administrado.

El Madridista sabe distinguir entre una remontada posible y una fe suicida. Pero luego llega a casa, se enamora, y pierde todas esas competencias cognitivas adquiridas durante décadas de sufrimiento bien administrado

Ahí aparece Jacinto.

Jacinto, el que bien conocen ustedes porque me suplió una temporada aquí, es ese tipo que jamás justificaría una mala alineación… pero justificaría durante años una mala relación. El que no toleraría que un entrenador insistiera una y otra vez en un sistema fallido, pero aceptaría encantado vivir en un bucle sentimental donde siempre hay una explicación nueva para el mismo desastre antiguo. Jacinto no es ingenuo: es optimista mal educado.

El madridismo, bien entendido, no es épica: es disciplina emocional. Te enseña que no todo depende de ti, que el mundo no te debe finales felices y que seguir insistiendo cuando ya no hay partido no es valentía, sino ceguera. Por eso el madridista pierde mejor que casi nadie. Porque no necesita mentirse para seguir adelante.

En cambio, en el amor nos han vendido justo lo contrario: que rendirse es de cobardes, que insistir siempre tiene premio y que aceptar la derrota equivale a fracasar como persona. Resultado: generaciones enteras jugando prórrogas sentimentales absurdas en campos donde ya no queda ni el utillero.

La derrota del domingo no enseñó nada nuevo en lo futbolístico. Pero volvió a recordarnos algo útil: perder también forma parte del camino, y aprender a hacerlo a tiempo ahorra mucho sufrimiento innecesario. El madridismo lo sabe. Jacinto no. Todavía.

Y por eso alguien tuvo que escribir su historia por él.

Me despido como siempre: Ser del Real Madrid es lo mejor que una persona puede ser en esta vida… ¡Hala Madrid!

 

Nota: Esta columna dialoga sobre una novela de ficción titulada Jacinto el gilipollas, donde, narrando la vida y milagros de mi amigo, llevo estas ideas al terreno sentimental con menos piedad y más ironía.

El libro está actualmente en campaña de crowdfunding aquí:  https://vkm.is/jacintoelgilipollas

Jacinto el gilipollas

 

Imágenes: Getty y Gemini

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