Buenos días. En esta vuestra revista de prensa ya sabéis que a veces no nos circunscribimos a las portadas del día, sino que las trascendemos en busca de cafradas periodísticas emitidas en prensa escrita, radio, TV o canales de YouTube, podcasts y otras hierbas.
Últimamente andamos sobrepasados. La resaca del Mundial debería habernos movido, para dar abasto, a contratar no menos de tres identificadores de barbaridades para trabajar 24/7 en turnos de 8 horas cada uno, especialmente después de la derrota de Argentina en la final. Ya sabéis que dicha eventualidad ha desatado a un grupo de orates rioplatenses que se han dedicado a inventar teorías conspirativas acerca del fracaso de su selección ante España. En este desatino colectivo, algunos hermanos del cono sur han llegado a alcanzar cotas de paranoia inenarrables, culpando de la justísima derrota de su combinado nacional al FBI, la CIA, Scottland Yard o el lucero del alba.
De pronto, cuando menos podía esperarse, en este escenario propio de un manicomio de tercera división, o de una farsa triste con tintes de surrealismo estilo Ionesco, entra en escena la proverbial comadrona del parto, que es la única que falta en el dicho popular. Parece que las candilejas del escenario teatral que constituye el programa El Chiringuito le parecen ahora insuficientes al ciudadano hispalense Cristóbal Soria, cuya fama, que cada cual puede calificar como quiera, ha cruzado allende los mares.
Honestamente, nos resulta evidente que la marrullería, el mal jugar, el mal ganar (con manifestaciones políticas incluidas) y el peor perder del equipo argentino ha sido afeado en España de manera transversal, o sea, de izquierda a derecha, del Opus a los ateos y de aficionados de un club de fútbol a otro. No obstante, el inefable Soria ha aparecido en medios de aquel país para tratar de convencer a sus habitantes de que la censura al proceder argentino viene única y exclusivamente del club y/o los periodistas y/o los aficionados blancos.

Sabemos que es mentira. Ahora faltaría saber si es una mentira que Soria se cree realmente, y que difunde convencido de su verosimilitud, o si la difunde sin creerla en obediencia al papel de histriónico bufón que tiene asignado en el programa que le ha dado gloria (?).
Seremos capaces de soportar la intriga.
El caso es que semejante desvarío parece haber hecho fortuna en la tierra de Gardel y Borges si atendemos a otros excéntricos comunicadores que parecen reproducirse por esporas. Acaso siguiendo la linde de Soria, o bien alcanzando parecida y rocambolesca creencia siguiendo su propio sendero de indigencia intelectual, tenemos constancia de varios comunicadores que serían serios candidatos a room mates de Jack Nicholson en “Alguien voló sobre el nido del cuco”.
Está por ejemplo este sujeto que culpa a Florentino (“dueño del fútbol”, lo llama, como si el presidente del Real Madrid no hubiera protagonizado célebres y cruentas guerra contra el establishment balompédico mundial), pero no a solas sino en compañía de otros, como rezaba la sentencia judicial del caso de los Urquijo. La Premier League, la UEFA y (atención) el Atlético de Madrid estarían también en el ajo, protagonistas de una inesperada alianza contra la República Argentina y sus gentes.

Llamamos la atención del asunto a la atención de quien corresponda dentro del club, en el sentido de que las mamarrachadas del más conspicuo aficionado del Sevilla de Fútbol de Club de Barcelona podría estar haciendo más daño de lo que su irrisorio historial personal podría indicar a priori.
Por lo demás, como querréis ver las portadas del día, os dejamos con ellas.
Pocas cosas te empujan con tanta intensidad hacia la edad real, la de tu DNI, como ver crecer a los futbolistas que admiraste de niño. Mientras escribía estas líneas me he topado con la noticia de que Emilio Butragueño cumplió ayer 63 años. La bofetada del calendario me ha dejado escorado y canoso.
Arena, pista o césped. Todo llevaba desgastados dibujos de Naranjito, o acostadísimas letras de Coca-Cola igualmente desvaídas. Porterías sin red. Porterías sin postes. Porterías sin porterías, mochilas como apóstrofes en la nada. Ropa deportiva, o traje de baño y camiseta, o uniforme escolar, zapatos rotos, y enfado de mamá. Balones pelados, canciones de Hombres G, y odiosos deberes de Matemáticas. Jugaba al fútbol a todas horas, y los días que no llevaba su camiseta jugaba peor. Jugaba además en su misma posición y, al marcar un gol, no hacía el indio Cherokee como todos los futbolistas hoy, sino que, a la manera del Buitre, corría unos metros hasta dar un pequeño saltito vertical levantando discretamente el brazo, en mi caso, no mirando a las gradas atestadas de seguidores, sino hacia la nada absoluta, menos enfervorizada pero más complaciente con mi torpeza goleadora.
Después de él han venido algunos otros capaces de detener el tiempo en la frontal de área, ante una maraña de ansiosos defensas, y arrancar de cero a cien en un instante, dejando paralizados a propios y ajenos, como estatuas de sal, mientras el balón danzaba al fondo de la red. Lo ha hecho mil veces Cristiano Ronaldo, por supuesto, lo hace Mbappé, y hasta lo hacía de maravilla un tipo ya olvidado, pero que me gustaba mucho, el Turu Flores, futbolista sin ningún aspecto de futbolista que brilló durante años en el Deportivo de La Coruña. Pero ninguno de ellos se parece al Buitre, con esa clase tan propia y ese ademán nada físico, como si no estuviera haciendo esfuerzo alguno, como en un partido de patio de colegio.
De un tiempo a esta parte, durante la retransmisión de partidos, temo el momento en que las cámaras se van al palco, porque allí es donde mejor se ve el paso del tiempo, cuando aparece el primer plano de jugadores retirados que fueron estrellas, que nos hicieron gritar de alegría, y que ahora caminan ya hacia la noble edad del aperitivo dominguero y el paseíto al sol con los nietos colgando de las manos; por no hablar de los que se han entregado en exclusiva a lo de los aperitivos y ahora ocupan tres veces el espacio que ocupaban, que son la cima de nuestra melancolía futbolera.
No sé dónde habrán ido a parar mis pósters de la Quinta, las postalillas, aquel precioso llavero con la forma del escudo del Real Madrid que me regaló mi abuelo antes incluso de que tuviera llaves que ensartarle, las botas con la franja morada y blanca, el divertido autógrafo de Paco Buyo, o los recortes de prensa de los lunes después de las grandes goleadas de los nuestros. No sé dónde ha ido a parar todo eso, pero sí sé, en cambio, dónde encontrarlo en la memoria, en medio de recuerdos tan plásticos que podría abrazarlos hoy; porque si cierro los ojos noto con exactitud la textura del papel de revista de aquel póster desplegable –inconfundible la rotura de la grapa, tan agrandada por el tiempo que al final cabía por ella un vagón de la antigua Línea 8-, o el tacto helado del llavero, o la servilleta de “gracias por su visita” autografiada, de cuando las servilletas de los bares eran baratas pero completamente inútiles para cualquiera de sus propósitos originales.
Al ver crecer a nuestras estrellas de ayer nos hundimos en la circunstancia, cruel o feliz, de que envejecemos con ellos. Pero al verlos crecer, también, podemos sonreír al pensar que el madridismo primero de aquellos días no era solo un juego infantil, sino el comienzo –y no lo sabíamos- de una bonita historia de amor que nos ha ido llenando la vida de alegrías una y otra vez, y que todavía hoy sigue agrandando, en llaveros, camisetas y pósters como goles, la vitrina de la memoria de los días felices.
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El juez Joaquín Aguirre lo formuló con exégesis judicial implacable: «Se presume por pura lógica que el FC Barcelona no pagaría al vicepresidente Negreira cerca de 7,5 millones de euros desde 2001 si no le beneficiara con ciertas tomas de decisiones…». Esa hermenéutica, anclada en la continuidad de los pagos y los indicios de designaciones favorecedoras, configura el «Negreira Office» primitivo, como un sistema viciado —un código heredado con backdoors operativos— que consolidó la perennidad de la influencia arbitral.

El Real Madrid, personado como acusación particular, ha desplegado una ofensiva judicial y en UEFA de gran enjundia. Con determinación estratégica, exige en todos los ámbitos la disección completa del «Negreira Office», atacando sin ambages la connivencia estructural entre el órgano arbitral y el club investigado, en línea con las promesas de integridad competitiva formuladas por Florentino en campaña.
Al dossier presentado en UEFA, se suma un escrito presentado en los últimos días al Juzgado de Instrucción número 1 de Barcelona, en el que el apoderado del Real Madrid solicita la prórroga de la instrucción por seis meses (a partir del 1 de septiembre de 2026), argumentando que las evidencias de la Guardia Civil son ya «directas e indiciarias, más que consolidadas» de un delito continuado de corrupción deportiva. Denuncia, además, las deficiencias que permitieron la sinecura arbitral durante lustros.
«Se presume por pura lógica que el FC Barcelona no pagaría al vicepresidente Negreira cerca de 7,5 millones de euros desde 2001 si no le beneficiara con ciertas tomas de decisiones…»
Y aquí radica la precisión y la sorna de la palabra empleada: una sinecura denota un cargo bien pagado con nulo o mínimo esfuerzo real. Exactamente lo que se atribuye al rol de Negreira y su entorno: millones recibidos sin que existan evidencias documentales de informes, asesoramientos o trabajos entregados. Como recordaba Néstor Luján —barcelonés de Mataró y erudito de pro—, las sinecuras han existido siempre, «e incluso el sinecurismo y el sinecurista, que son palabras derivadas aunque no aceptadas por el diccionario». Y citaba al crítico francés Pontmartin para mayor sindéresis: «No se ha de confundir a los retirados o jubilados con los sinecuristas. Los retirados son los que ya no trabajan, los sinecuristas son aquellos que no trabajaron jamás».
Sin embargo, la petición más incisiva es la que requiere al FC Barcelona su programa de compliance penal (2010-2018): mapa de riesgos específico (incluida la corrupción arbitral), canales de denuncia, procedimientos de due diligence, formación, auditorías y prueba de aplicación efectiva, con el objetivo de revisar qué mecanismos internos existían contra la corrupción deportiva y si se activaron ante los pagos al exvicepresidente del CTA, José María Enríquez Negreira. Y complementariamente, exige incorporar facturas, autorizaciones, circuitos internos y auditorías de Tresep, Radamanto y Best Norton.
la responsable de Compliance/auditor ético del club entre 2016 y 2019 (Sabine J.C.P.) nunca fue informada de los contratos con Negreira ni de los pagos (que no aparecían «a nivel contable» visible para ella)
La jurisprudencia del Tribunal Supremo y la Circular 1/2016 de la Fiscalía General del Estado exigen acreditar que el modelo compliance estaba «vivo«, implantado y operativo: que existía un mapa de riesgos adecuado, canales de denuncia operativos y una cultura organizativa que integrara realmente el cumplimiento normativo. El contexto real ya apunta a posibles deficiencias graves de cara al artículo 31 bis. del código penal. Según declaraciones recogidas en la instrucción, la responsable de Compliance/auditor ético del club entre 2016 y 2019 (Sabine J.C.P.) nunca fue informada de los contratos con Negreira ni de los pagos (que no aparecían «a nivel contable» visible para ella); otros miembros del equipo de Compliance tampoco tuvieron conocimiento hasta que saltaron a la prensa. Se ha destacado además el uso de «contratos verbales», calificados como de «riesgo grande» por la falta de constancia escrita. Estos hechos ilustran precisamente el tipo de omisiones en el flujo de información y en los controles internos que la solicitud del Real Madrid busca documentar de forma exhaustiva.
La responsabilidad penal de la persona jurídica denominada FC Barcelona dependerá de sí su modelo compliance estuvo vivo y no enteléquico. Como advierte el catedrático Manuel Gómez Tomillo en su libro, si el programa de compliance era efectivo, atenuará o excluirá la responsabilidad corporativa. Si revela mera formalidad o ausencia de riesgo específico, reforzará imputaciones individuales por omisión o dolo eventual, así como la contumacia de la persona jurídica.
Cuanto más se ensañan quienes pretenden tapar la infamia, más armas saca el Real Madrid
Con todo y contra todos, esta ofensiva, profusamente documentada en autos, informes de la Guardia Civil y escritos presentados, obliga al ordenamiento jurídico a trascender el síntoma para alcanzar el sustrato estructural en manos de los jueces. Del «Negreira Office» con código heredado al futuro de una responsabilidad efectiva.
Queda por diseccionar el nudo gordiano que atenaza en la actualidad al fútbol español: el poder económico de LaLiga que alinea incentivos y silencios, el mando dual de Tebas, que fusiona en una sola mano patronal y regulador arbitral, la «path dependence» heredada que perpetúa en el contingente de árbitros a los «Negreira boys», los múltiples conflictos de intereses y la falta de independencia real del ente que gestiona los derechos audiovisuales, donde acreedores y beneficiarios de palancas confluyen sin la más mínima posibilidad de auditoría rigurosa.
A diferencia de otros perjudicados, el Real Madrid ya ha elegido bando. Porque cuando un sistema ejecuta root access indebido durante décadas, la única respuesta de un club honorable es erradicar el código corrupto y recompilar el sistema desde cero. Esto no depende de la ausencia de leyes, directivas o reglamentos —se modificó incluso la Ley del Deporte para sepultar el caso en lo deportivo—, ni de la dinámica que llevaba el instructor original: la juez que reemplazó a Aguirre no ha hecho sino retrasar el pulso. Cuanto más se ensañan quienes pretenden tapar la infamia, más armas saca el Real Madrid. El futuro del caso judicial y del procedimiento UEFA dependerá, en definitiva, de la voluntad de los juzgadores y de si alguien, por fin, tiene el coraje de pulsar «delete» sobre el «Negreira Office» y su legado de privilegios intocables. Florentino no ceja en su empeño, ha avanzado en la compilación y el asedio, en el juzgado y en la UEFA. El fútbol español decidirá, si antes de la sentencia, opta por la regeneración o persiste en la obsolescencia programada… aunque a más de uno le produzca alipori contemplar cómo se defiende, con obstinada tozudez, lo que resulta moralmente indefendible.
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Buenos días. El Mundial se desvanece poco a poco, y en el mismo marco de la fotografía toma forma poco a poco una instantánea de Mourinho con un uniforme rosa. Le pega bien poco, la verdad, pero es lo que hay mientras Adidas no cede en ese empeño de excentricidad. A lo mejor hay que explicar a Adidas quién es el Real Madrid.
Y quién es Mourinho.
Dicho esto, vayamos con el habitual repaso de las portadas del día.
—¿Habitual?— escuchamos espetar a un fiel lector.— Pero ¿cómo que habitual? Lo habitual empieza a ser lo contrario, o sea, que paséis de las portadas y os pongáis a hablar de otras cosas. Está sección debería pasar a llamarse “el otrascosasnálisis”. Comentáis lo que os da la gana y después nos endilgáis las primeras planas “por si queréis verlas”. Que sepáis que nos damos cuenta.
¿Y qué queréis que hagamos si las portadas cada vez tratan menos de las cosas que importan? ¿Qué queréis que hagamos si cada vez son más maniobras de distracción que Tebas y sus secuaces utilizan para que miréis a otro lado mientras barren la mierda debajo de la alfombra?
Hoy, sin embargo, aunque no sean especialmente inspiradoras, vamos a seguir la ortodoxia y vamos a comentar las portadas una a una, comenzando por la prensa cataculé para que los peores tragos pasen cuanto antes.
Sport abre la jornada con una foto de Cubarsí y Lamine junto a un texto que celebra la revalorización de ambos en el Mundial.
¿De ambos?
Pues esa es la cuestión. Más bien parece que la portada toma la parte por el todo e intenta arrastrar a Lamine dentro de la grandeza de Cubarsí. La Copa del Mundo del defensa ha sido excelente, a pesar de no haber sido incluido en el once ideal de la FIFA. Esto es lo que Jesús Bengoechea decía ayer en X sobre Cubarsí ( y sobre la sobrevaloración de todo lo que salga de la Masía).
Así como el Mundial ha servido a Cubarsí para demostrar que, en este caso, la propaganda sobre su calidad no hace sino reflejar una realidad, Lamine Yamal queda tras esta Copa del Mundo como el paradigma de un marketing inflado hasta el paroxismo. Sigue siendo lo que era antes de que se iniciara la competición: un joven muy prometedor, distinto, de juego muy estético, elegante, pero alejado aún de la excelencia consistente de auténticos cracks del fútbol como Kane, Mbappé, Haaland, Olise o Bellingham.
Tiene calidad, pero la propaganda va muy por delante de la misma. Se ha visto, y falta por saberse si seguirá viendo o si por fin la promesa romperá en realidad. Mientras puede afirmarse tranquilamente que la selección ha ganado el Mundial (entre otros) por Cubarsí, no estamos seguros de que la preposición se le pueda aplicar al hispanomarroquí. Tampoco diríamos que ha ganado a pesar de Lamine, pero cuesta decir que ha ganado por Lamine. No es el caso, a pesar de que se presentaba como la gran estrella de la selección, a una distancia muy considerable de los demás. Resulta que son los demás (o muchos de ellos) los que han acabado a considerable distancia de Lamine. “La España de Lamine”, decían. La España de Cubarsí, si quieren. O la de Rodri. O la de Olmo, Laporte, Fabián. Cucurella. Pero va a costar seguir vendiendo el protagonismo del chico dentro del combinado nacional. El Mundial lo ganó España, pero la propaganda quedó maltrecha.
En el frontispicio de Mundo Deportivo andan a vueltas con el Once Ideal oficial del Mundial (a saber: Vozinha-Porro-Cucurella-Upamecano-Lisandro-Rodri-Bellingham-Olise-Mbappé-Messi-Haaland), con el que no parecen estar muy satisfechos. No les gusta (ay) que no haya en el mismo jugadores del club que pagó a Negreira, y eso que hay tres españoles y (lo que es mucho más lesivo para su dignidad) tres madridistas. Los cínicos tratarán de burlarse de que el Madrid esté contento con ello.
—¡A Cibeles!— espetarán entre risotadas roncas.
En absoluto. El madridismo sabe muy bien qué cosas son verdaderamente dignas de celebrar. Pero hay tres jugadores que están en el once del Mundial, y eso habla del valor de tus activos. Además, se ha batido el récord de goles (22) jamás aportados por jugadores de un mismo club a una Copa del Mundo. Y no, claro que tampoco vamos a Cibeles por eso. Pero también es reflejo fiel de la buena salud de los activos con los que cuenta la entidad. Ojalá podamos hacerlos brillar en la temporada que principia ahora para que ese valor desemboque en lo que SÍ nos hace ir a Cibeles: ganar títulos.
As viene con Rodri. Mientras algunos informadores (entre ellos Ramón Álvarez de Mon) apuntan a que el Madrid va decididamente a por el mediocentro, el diario prosaico sostiene que hay aún debate interno. Se verá.
Marca se pasa hoy al ciclismo. Hace bien, las bicicletas son para el verano, y la pérfida línea editorial antimadridista de Marca hace menos daño en ese rubro, aunque habría que preguntar a los pobres clclistas.
Pasad un buen día.
Hola a todos, amigos. Los ecos del Mundial van quedando atrás y nosotros, deseosos de que pasen los días al ritmo preciso para que el Madrid esté de vuelta lo antes posible, no pensamos insistir mucho en dicha competición ni en su brillante desenlace para el combinado español, aunque incluso una verdad tan evidente como esa es discutida por según quién.
A estas horas, por ejemplo, ya os habréis enterado de que Argentina perdió la final adrede, temerosa de que hacer lo contrario pudiese desatar funestos castigos provenientes no sabemos si de la CIA, Scottland Yard, el proverbial Coco o el Jiangshi, un vampiro saltarín que aterroriza a los niños en China. Da la sensación de debió ser un argentino, y no Ray Davies, de los Kinks, quien compuso el prodigioso Acute Schizophrenia Paranoia Blues.
I’m too terrified to walk out of my own front door
They're demonstrating outside I think they're gonna start the third world war
I've been to my local head shrinker
He said it's one of the cases of acute schizophrenia he sees
Well the milkman's a spy, and the grocer keeps on following me
And the woman next door's an undercover for the K.G.B.,
And the man from the Social Security
Oh there ain't no cure for acute schizophrenia disease
Mientras una forma ciertamente degradante de enfermedad psiquiátrica toma posesión de las almas de muchos argentinos (lejos de la característica racionalidad tradicional en ese maravilloso pueblo, y lo decimos sin la menor ironía), en España la atención vuelve a girar gradualmente hacia el Real Madrid, que es, no nos engañemos, donde suele estar puesta por un lado por los madridistas, y por otra por los medios y los antis, valga la redundancia.
Y el centro de atención está en el hipotético fichaje de Rodri, el motor de la selección en el Mundial, el mejor jugador del mismo de acuerdo a la propia organización del torneo, por el Real Madrid C. de F. Ramón Álvarez de Mon ha dicho en su canal que el futbolista vuelve a interesar al club blanco, que tenía razonables reservas por la edad y el estado físico del excelente centrocampista. Las dudas han quedado despejadas tras su insigne actuación en la Copa del Mundo, y no negaremos que la posibilidad del fichaje nos hace ilusión, aunque aún no sabemos si las cifras cuadrarán. Ojalá sí. Ya han sido varios los colaboradores de La Galerna que han apostado por llevar a cabo esta contratación, recientemente John Falstaff y Antonio Valderrama.
Si puede hacerse, hágase.
Las portadas del día, sin embargo, tratan de otras cuestiones.
En juego de palabras que reconocemos no nos desagrada, Marca rebautiza al seleccionador nacional como “Luis De La Gente”. En esta sección hemos sacudido abundantes yoyas al técnico riojano, y corresponde emitir una disculpa por ello. Sirva este párrafo como solemne petición de perdón y reconocimiento del error. Es verdad que la lista que llevó al Mundial De La Fuente tenía un marcado sesgo de rechazo al Madrid, obviándose la presencia de varios jugadores que podrían haber formado parte de la plantilla. Pero, indudablemente, le ha salido bien, y ante tal cosa solo resta agachar la cabeza con humildad y felicitarle. No le pagan para contentar a los madridistas. Le pagan para ganar, y vaya si lo ha hecho. Otra cosa es que se utilice la selección para atacar al Madrid y blanquear la corrupción federativa, liguera y arbitral. Pero ese es un tema del cual él, probablemente, no es responsable.
Unos que, desde siempre, utilizan desvergonzadamente la selección en su beneficio son los medios cataculés, entre ellos Mundo Deportivo, diario a la sazón propiedad del Conde de Godó, grande de España. No deja de ser curioso verles utilizar, precisamente, al equipo que presuntamente representa a dicho país para emitir bodrios como esta portada, que roza el supremacismo. Realmente consideran que lo cataculé es por naturaleza superior. Ignoramos entonces cómo es posible que su amado Barça, club a la sazón cliente de Negreira, lleve más de una década sin acercarse ni por asomo a una final europea.
En España sí les va bien, en cambio. Por lo que sea.
Os dejamos con las otras dos portadas del día. Pasad un placentero resto del día.
Seguro que le ha ocurrido alguna vez, querido lector. Una serie le engancha desde el primer capítulo. Los personajes tienen sentido, los diálogos funcionan y las tramas avanzan con naturalidad. Llega la segunda temporada y todo sigue en su sitio. Incluso la tercera mantiene el nivel. Sin embargo, en algún momento empieza a notar algo extraño. No sabría decir exactamente qué ha cambiado, pero aquello ya no es lo mismo. Los personajes empiezan a tomar decisiones absurdas, aparecen giros de guión previsibles, y cada episodio parece faltarle el aire fresco más que al anterior. Usted sigue viendo la serie un tiempo, quizá por cariño o por inercia, pero en el fondo ya la ha abandonado.
En el mundo anglosajón existe una expresión magnífica para describir ese momento: jumping the shark, "saltar el tiburón".
El origen del término está en un episodio de Happy Days. Después de varias temporadas de éxito, empezó a bajar la audiencia y la respuesta de los guionistas fue que uno de sus protagonistas, Fonzie, llevara a cabo una hazaña memorable: esquiar descalzo sobre el agua y saltar por encima de un tiburón. La ejecución logró el prodigio de empeorar la idea inicial, y en lugar de hazaña hubo risas durante semanas. La escena pretendía revitalizar la serie, pero en lugar de eso precipitó su final. Con el paso de los años, "saltar el tiburón" acabó convirtiéndose en una expresión de la industria para describir el instante en que una obra rompe el pacto que había establecido con su público.
Porque ese es el verdadero asunto.
Las series no venden únicamente entretenimiento. Venden un pacto.
El espectador acepta que los personajes no existen, que los diálogos han sido escritos por alguien y que cada plano responde a una decisión del director. A cambio, exige una única condición: que el universo que le presentan sea coherente consigo mismo. Puede aceptar dragones, viajes en el tiempo o naves espaciales más rápidas que la luz. Lo que no acepta es que las reglas cambien cada vez que el guionista necesita salir de un callejón sin salida o prolongar una serie que debió terminar dos temporadas antes.
Los buenos guionistas conocen perfectamente ese equilibrio. Deben sorprender, pero no traicionar. Pueden introducir giros inesperados siempre que, una vez producidos, parezcan inevitables. Hacer evolucionar a los personajes sin convertirlos en caricaturas de sí mismos. Es una tarea extraordinariamente difícil, porque la tentación de romper las reglas siempre está ahí. Cada temporada necesita mantener la audiencia. Cada plataforma quiere una temporada más. Cada productor piensa que todavía queda algo de dinero encima de la mesa.
Y, sin embargo, cada concesión tiene un precio. No suele pagarse inmediatamente. El espectador rara vez abandona una serie el mismo día en que ésta salta el tiburón. Sigue unos capítulos más. Incluso una temporada entera. Pero la conexión ya se ha roto. El siguiente estreno ya no le encontrará delante del televisor con la misma ilusión.
EL ESPECTADOR PUEDE PERDONAR MUCHAS COSAS. LO QUE NO PERDONA ES QUE EL ESPECTÁCULO ROMPA EL PACTO QUE HABÍA FIRMADO CON ÉL
Volvamos al fútbol. También el fútbol vive de un pacto. Uno mucho más sencillo que el de cualquier serie de televisión.
El fútbol no promete que gane el mejor. No puede hacerlo. Tampoco promete justicia absoluta, porque el error forma parte del juego desde hace más de un siglo. Lo que promete es algo bastante más humilde y, precisamente por ello, mucho más importante: que ambos equipos competirán bajo las mismas reglas y que todos aceptarán el resultado porque creen que esas reglas han presidido el encuentro.
Eso es todo. La incertidumbre, que constituye el principal activo del fútbol, nace exactamente de ahí.
Tendemos a pensar que el fútbol vende estrellas, derechos televisivos o estadios llenos. Es una consecuencia lógica de observar las cifras que mueve esta industria. Sin embargo, ninguno de esos activos existiría sin el anterior. La verdadera mercancía del fútbol es la credibilidad de la competición. Todo lo demás se construye encima.
Por eso el fair play no es un adorno moral ni un concepto romántico inventado para discursos institucionales. Es una necesidad empresarial. Es la condición indispensable para que el espectador siga creyendo que merece la pena invertir dos horas de su vida delante de un partido.
No hace falta que exista una corrupción generalizada para poner ese activo en peligro. Basta con que una parte creciente de los aficionados empiece a sospechar que las reglas ya no significan lo mismo para todos. La percepción, en una industria del entretenimiento, acaba siendo casi tan importante como la realidad.
Italia descubrió esa lección hace ya dos décadas.
Cuando estalló el Calciopoli, la Serie A seguía siendo una de las grandes referencias del fútbol mundial. Reunía algunos de los mejores jugadores, de los mejores entrenadores y de los clubes con más historia del continente. Sin embargo, el golpe más profundo no fue deportivo ni judicial. Fue reputacional. Una parte de los espectadores dejó de mirar el campeonato con los mismos ojos. Recuperar esa confianza llevó mucho más tiempo que reconstruir plantillas o equilibrar balances.
EL CALCIOPOLI NO SÓLO DAÑÓ A VARIOS CLUBES. DAÑÓ EL PRODUCTO QUE TODOS ELLOS VENDÍAN
La diferencia es que hoy el fútbol juega un partido mucho más difícil que entonces. Hace veinte años competía, sobre todo, contra otros deportes y unas pocas formas tradicionales de ocio. Hoy compite por el recurso más escaso del siglo XXI: la atención. El adolescente que duda entre ver un partido ya no tiene como única alternativa otra cadena de televisión. Puede abrir TikTok, encender la consola, ver una serie en una plataforma, seguir una carrera de Fórmula 1, un combate de la UFC o un partido de la NBA. El fútbol ya no posee el monopolio emocional de varias generaciones. Y eso cambia completamente las reglas del negocio.
El aficionado de sesenta años probablemente seguirá viendo fútbol aunque proteste cada fin de semana. Lleva media vida emocionalmente invertido en su equipo. El de dieciséis, aún no. Si concluye que el pacto implícito del fútbol se ha deteriorado, simplemente dedicará su tiempo y su dinero a otra forma de entretenimiento que sí conserve el suyo.
Las grandes industrias culturales llevan décadas aprendiendo una lección muy sencilla. Es extraordinariamente difícil conquistar a un espectador. Es mucho más fácil perderlo. El fútbol haría bien en recordarlo antes de descubrir que también él ha saltado el tiburón.
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Reconozco que, cuando estoy tan sumergido en el fútbol de selecciones, siempre me cuesta cambiar al fútbol de clubes. Después de una Eurocopa o de un Mundial, cambiar el chip de la noche a la mañana nunca resulta sencillo. Sin embargo, también creo que esa sensación de desconexión es simplemente temporal, porque, en el fondo, el fútbol de clubes nunca termina del todo.
Desde este mismo lunes llevamos viendo imágenes en la Ciudad Deportiva del Real Madrid que sirven para ir despertando otra vez ese sentimiento. Poco a poco, empiezas a entrar en la dinámica de la nueva temporada. Ves a José Mourinho y a Sami Khedira con el chándal del Real Madrid de este año, observas a los jugadores volver a entrenar, empiezas a conocer las primeras caras nuevas, los primeros ejercicios y las primeras carreras de la pretemporada, y es inevitable que vuelva ese gusanillo que todos los madridistas conocemos. Ese que te hace imaginar el Santiago Bernabéu lleno, el balón rodando y el himno sonando a pleno pulmón antes de un gran partido.
Cada verano ocurre exactamente lo mismo. Por mucho que uno intente mantenerse frío y racional, la ilusión siempre termina apareciendo. Es una sensación que forma parte del madridismo y que resulta imposible esconder. Porque una nueva temporada siempre significa nuevas oportunidades, nuevos retos y la esperanza de volver a competir por todo. Yo siempre digo que está muy bien tener claro cuál debe ser el gran objetivo del Real Madrid. La Champions League sigue siendo la competición que marca el nivel de este club y la que define las temporadas.
También entiendo perfectamente que exista una cierta frustración, e incluso un evidente pasotismo, en una parte del madridismo cuando se habla de la Liga. No es algo que surja de la nada, es una consecuencia directa de todo lo que ha supuesto el caso Negreira como mancha sobre el fútbol español durante las últimas dos décadas, al menos por lo que conocemos hasta ahora. Es lógico que muchos aficionados hayan perdido parte de la ilusión por el campeonato doméstico. Que piensen que, pase lo que pase sobre el césped, siempre habrá elementos externos que terminarán condicionando la competición. Lo entiendo perfectamente y, de hecho, comparto parte de ese sentimiento.
Pero, qué queréis que os diga, llamadme ingenuo. Cada verano me ocurre exactamente lo mismo. Llega la pretemporada y vuelvo a pensar que quizás este año sí. Que quizás esta vez las cosas sean diferentes. Que, por una vez, podamos disfrutar de una Liga en la que el protagonismo recaiga únicamente sobre el fútbol. Y cuando hablo de que se terminen las polémicas no estoy diciendo, ni mucho menos, que desaparezcan los errores arbitrales. El error forma parte del deporte y seguirá existiendo siempre. Más aún si tenemos en cuenta el nivel, sencillamente ridículo, que viene mostrando el arbitraje español durante los últimos años, tanto sobre el terreno de juego como desde la sala VOR. Pretender que no haya equivocaciones sería engañarnos.
Lo único que pido, y creo que tampoco es demasiado, es que la balanza de esos errores deje de inclinarse sistemáticamente hacia el mismo lado. Que los árbitros fallen para todos por igual. Que las equivocaciones respondan únicamente al error humano y no a una sensación permanente de desigualdad que lleva demasiado tiempo instalada en el fútbol español. Todavía recuerdo perfectamente al que muchos consideran el jefe supremo de la secta mediática del arbitraje, Isaac Fouto, asegurando que la FIFA tenía al arbitraje español en una altísima consideración. Según explicaba, el organismo internacional estaba encantado con el nivel de nuestros colegiados y el Mundial de 2026 iba a ser la gran demostración. Vino a decir que todos los que criticábamos el arbitraje español íbamos a tener que callarnos cuando viéramos el enorme protagonismo que iban a tener nuestros árbitros en la cita mundialista.
Pues bien, la realidad ha terminado siendo bastante distinta. Ese supuesto arbitraje de referencia mundial ha dirigido la friolera de un solo partido durante todo el campeonato. Uno. Y, además, un encuentro completamente intrascendente de la fase de grupos, como fue el Brasil-Haití. Ni partidos decisivos, ni eliminatorias ni nada. La realidad, una vez más, ha terminado desmontando un discurso que pretendía vender una excelencia que luego no ha encontrado reflejo alguno sobre el terreno de juego. Dentro de muy poco volverá a rodar el balón por los campos de España y quiero creer que, antes o después, aunque sea por una simple cuestión de disimulo, llegará la temporada en la que los errores arbitrales se repartan de una forma parecida entre todos los equipos.
Lo único que reclamamos es algo bastante sencillo: que, si se equivocan, se equivoquen igual de mal con todos. Mourinho fue el primero en empezar a hacerse preguntas en las ruedas de prensa. Fue el primero en verbalizar públicamente muchas de las cosas que otros preferían callar
Porque aquí, en La Galerna, evidentemente hablamos del Real Madrid. Es nuestro ámbito natural y sobre el que centramos nuestras opiniones, pero tampoco podemos olvidar una realidad evidente. Para beneficiar a un equipo, se me ocurre poner como ejemplo al Barcelona, necesariamente tiene que salir perjudicado el rival que tiene delante esa jornada. Es una consecuencia directa de cualquier decisión arbitral que altera un partido. Y ese es un aspecto del que muchas veces se habla muy poco. Nos centramos únicamente en los dos grandes, pero esas decisiones también terminan afectando a todos los demás clubes. Acaban condicionando quién entra en competición europea y quién se queda fuera. Quién pelea por la permanencia con opciones y quién termina descendiendo. Quién consigue unos ingresos fundamentales para su futuro y quién ve cómo cambia por completo el rumbo de su proyecto deportivo. Por eso nunca ha sido únicamente una cuestión de Real Madrid o Barcelona, es una cuestión que afecta a toda la competición y, por tanto, a la credibilidad del campeonato.
El significado del titular que he elegido para este artículo, además de servir como un pequeño homenaje al mítico Raphael, responde precisamente a esa sensación de esperanza que vuelve cada verano. Creo sinceramente que se dan todos los mimbres para que esta pueda ser una gran Liga para el Real Madrid. O, como suele decir el gran Tomás Guasch, siempre y cuando nos lo permitan. La llegada de José Mourinho vuelve a introducir un factor competitivo que siempre ha acompañado al técnico portugués. Mourinho ama ganar, pero no únicamente los grandes títulos. Ama ganarlo absolutamente todo. Es un competidor nato, y nunca ha escondido que la regularidad es una de las grandes virtudes que debe tener cualquier equipo que aspire a dominar Europa.
Siempre ha defendido la importancia de construir una temporada sólida desde la competición doméstica para llegar en las mejores condiciones posibles al gran objetivo, que no deja de ser la Champions League. Precisamente por eso será tan importante juzgar lo que haga el Real Madrid sobre el césped, como analizar también el trabajo de quienes tienen la responsabilidad de impartir justicia durante los partidos. Ya ni siquiera pedimos perfección, eso hace mucho tiempo que dejó de ser una aspiración realista. Lo único que reclamamos es algo bastante más sencillo: que, si se equivocan, se equivoquen igual de mal con todos. Mourinho fue el primero en empezar a hacerse preguntas en las ruedas de prensa. Fue el primero en verbalizar públicamente muchas de las cosas que otros preferían callar. Fue también quien llegó a reconocer, textualmente, que el mundo que le rodeaba le daba un poco de asco. Han pasado muchos años desde entonces y estoy convencido de que ya le habrán puesto al día de cómo se encuentra actualmente la situación del fútbol español. Por eso, desde mi ingenuidad absoluta, sigo preguntándome qué le tocará encontrarse al Real Madrid esta temporada por los campos de España. Porque, sinceramente, estoy convencido de que, si al menos existe un mínimo de equilibrio, si al menos las decisiones arbitrales resultan razonablemente disimuladas y la competición se desarrolla con una cierta normalidad, este equipo tiene todo para convertirse en el Real Madrid más constante y regular de los últimos quince años.
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Ha finalizado el Mundial, y el lector habitual de esta página no se sorprenderá si le confieso que, sin menoscabo del triunfo de España, lo que me produce más alegría es el hecho de que cada vez queda menos para que retorne mi auténtico acompañante vital, el Madrid. Sin pretender coquetear al estilo Brassens, uno está deseando que la semana recupere su arquitectura sentimental y que ese compañero silencioso que lleva décadas marcando el ritmo de mi rutina vuelva a asomar por el horizonte.
Reconozco, no obstante, que este mes también he pasado algunos buenos ratos frente al televisor. A pesar de la inevitable merma física, hubo partidos verdaderamente entretenidos, con alguna historia inesperada. Por otro lado, también ha constituido un fenómeno interesante de observar esa extraña comunión nacional tan poco frecuente en otros ámbitos. En este sentido, personalmente tengo la impresión de que este Mundial ha tenido una capacidad de arrastre aún mayor sobre esa inmensa multitud de no futboleros que, llegado el caso, se suben gustosamente al carro.
Quizá la explicación esté menos en el fútbol que en todo lo que hoy gravita a su alrededor. Hace tiempo que las redes sociales ya no analizan únicamente los encuentros: exprimen los gestos, las celebraciones, la ropa, las miradas, las cámaras lentas, los bailes del vestuario y las frases convertidas en meme. Se consume muchísimo contenido tangencialmente futbolero, suficiente para enganchar a quienes, seamos sinceros, disfrutan bastante más del show business que del juego. No es ninguna novedad contemplar el fútbol como gran fenómeno cultural -y político- antes que como deporte, si bien el formato ha evolucionado y ahora los goles y las ingentes cantidades de atrezo se empaquetan para el TikTok. Bien está.
Ha finalizado el Mundial, y lo que me produce más alegría es el hecho de que cada vez queda menos para que retorne mi auténtico acompañante vital: el Madrid
Dentro de ese universo paralelo, en este Mundial 2026 pocas cosas han dado tanto que hablar como las canciones elegidas por las distintas selecciones para celebrar sus triunfos. Los ingleses se han aferrado a Wonderwall, preciosa ñoñada que se convirtió en un oasis -disculpas anticipadas por el chiste facilón- para un combinado que, con los años, ha eclosionado como un equipo epítome del romanticismo, para desgracia de sus hinchas. Ya se sabe, luchamos como nunca y perdimos como siempre. El romántico emociona al espectador neutral, pero condena al que lo sufre desde dentro a una existencia de belleza melancólica y derrotas memorables. La cara de Cristo del barroco de Bellingham -exquisita definición de Ángel del Riego- acaba, de este modo, inspirando más ternura que miedo. Por su parte, los mexicanos colocaron sobre el tablero la arrebatadora El Rey, canción orgullosa hasta la obstinación, si bien también puede resultar una celebración consoladora que trata de construir una forma de victoria cuando la victoria de verdad se ha escapado. Ni trono, ni reina, ni nadie que les comprenda. Luego está Francia, con ese inexplicable One More Time de Daft Punk regurgitado tras cada gol: una pieza electrónica tan impersonal que constituía una renuncia estética y me atrevería a decir que a la identidad cultural francesa si no fuese un tema que ha acumulado ya demasiadas peligrosas boutades.
España, mientras tanto, ha memetizado el Superestrella de Aitana, a mi juicio de una forma bastante coherente. La afición que ha reforzado el grueso de la marea roja durante este campeonato comparte rasgos con el hit: es ligera, festiva, poco dada al ceremonial y muy consciente de que la experiencia, en la vida actual, también consiste en generar contenido. Si la alternativa era Un beso y una flor, de Nino Bravo, a punto de desplomarse por exceso de solemnidad antes incluso de arrancar, no hay color. Hay canciones demasiado grandes para convivir adecuadamente con el algoritmo.
A medida que cavilaba sobre todo esto, me sorprendí a mí mismo vehiculando el contenido de mis reflexiones hacia mi obsesión particular. Es decir, preguntándome acerca de qué músicas podrían hacer justicia a los goles imposibles y las victorias inverosímiles del Real Madrid. No sería la primera vez que en La Galerna se juega a estas cosas: hace años algunos compañeros recopilaron listas magníficas capaces de retratar diferentes aristas del madridismo. Pero el ejercicio sigue teniendo algo de irresistible.
En primera instancia, la épica desnuda nos insta a recurrir a elecciones grandilocuentes, acaso un punto rimbombantes. Qué menos que El éxtasis del oro, de un Morricone, para transmitir esa sensación del caminar hacia algo inevitable que poseen los duelos europeos. O, puestos a perder la vergüenza revolcándonos en la desmesura, por qué no recurrir a una banda sonora de Vangelis y de Ridley Scott: solemnidad, aventura, destino, Conquest of Paradise. Con la sonoridad del Bernabéu, los atronadores acordes convencerían al adversario de que no comienza un partido sino una expedición. Habrá quien mencione My Way, de Sinatra, aludiendo a la terquedad insolente de hacer las cosas según un criterio propio aunque el resto del mundo insista en que existe un camino más razonable. El Madrid jamás ha sido un club especialmente preocupado por parecer sensato, la verdad sea dicha.
Menos suntuosas pero más íntimas podríamos enumerar unas cuantas: Bruce Springsteen tendría un lugar reservado representando esas gestas del trabajador que se niega a aceptar que el día ha terminado -No surrender, Badlands, Dancing in the dark...-, Elton John podría presentar su candidatura con I'm still standing -dedicada, de manera apócrifa y avant la lettre, a Vinicius Júnior-, y servidor no se resiste a mencionar Heroes, de Bowie, por la predilección que tiene el Madrid por convertir en protagonistas a los secundarios más inesperados. Sin embargo, semejante tendencia a la anglofilia debería verse compensada con la más apropiada de todas: La vida sigue igual, espejo inmejorable de la tranquilidad con la que el club afronta el paso del tiempo. Cambian los entrenadores, envejecen los ídolos, aparecen nuevas hegemonías... y ahí continúa el Madrid. No nos extenderemos demasiado a este respecto, pues hemos contado aquí mil veces que ese eterno retorno constituye una nana sentimental para el madridista que nos acuna y nos reconforta frente al odio que nos profesan y la incertidumbre que nos rodea.
En cualquier caso, es muy probable que el lector haya llegado a este punto concluyendo que, en el fondo, todos estos jugueteos resultan innecesarios. El Madrid ya tiene su música, y no encontraremos mejor plasmación que aquel himno que en buena hora escribió Jabois. Ese “y nada más” que no necesita explicar nada porque lo explica absolutamente todo. El Mundial vive de pequeños símbolos compartidos capaces de condensar un mes de entusiasmo: necesita fabricar una memoria acelerada porque sabe que, pasados unos días, cada cual volverá a su vida. Por el contrario, el Madrid siempre será, antes que un acontecimiento al que uno se suma, una presencia que acompaña. De manera que a ver si regresa de una vez y podemos, por fin, dejar de darle vueltas a estas cosas. Al fin y al cabo, dicen que uno escribe canciones para rellenar un vacío, mientras que la mejor playlist para un madridista siempre ha sido el calendario.
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Estoy contento. La selección española ha ganado el Mundial de fútbol. Los futbolistas españoles me representan. Los deportistas son lo único bueno del fútbol, a pesar de numerosísimas excepciones, como Leandro Paredes, Enzo Fernández, Giuliano Simeone, Nahuel Molina, Emiliano Martínez, Alexis Mac Allister, Rodrigo de Paul o Lionel Messi. Pandilleros de barrio, ventajistas y tramposos, que han preferido disfrutar de los privilegios otorgados por la FIFA durante todo el campeonato que jugar al fútbol, para lo que están obviamente dotados.
Entrar en la psique del seguidor fanatizado argentino, el motor que inspira a este grupo de deportistas fallidos, es descender a una sima donde se mezclan demasiadas patologías como para hacer un análisis serio en un artículo de La Galerna. No tengo formación en psiquiatría pero, como dice Pérez Reverte, tengo biblioteca, que es el único antídoto conocido para la estulticia. He asistido estupefacto a historias personales devastadoras contadas en el minuto de tiktok o de X que los generación Z son capaces de aguantar sin hacer scrolling.
Hijos que han hipotecado a sus padres o sableado a familiares y amigos para pagar 8-9000 dólares por una entrada, que se han ido a Nueva York con lo puesto, sin saber dónde dormirían. Gente que se ha despedido de sus trabajos para cobrar la indemnización, que ha vendido coches y enseres domésticos para presentarse en los alrededores del estadio Metlife con la esperanza de conseguir una entrada, trapicheando con cualquier cosa. En el peor caso, algunos han podido arrumbarse en cualquier acera de Times Square para sentir que estuvieron más cerca de sus futbolistas.
¿Qué les pasa a los argentinos? ¿Qué tipo de angustia existencial puede llevar a una persona a poner el fútbol en semejante nivel de la pirámide de Maslow? En mi memoria no guardo registros con este ansia, con este grado de desesperación relacionado con el fútbol. Da para una tesis.
El fútbol opera en Argentina como la vía de escape de un pueblo deprimido. Lo que hemos visto después de la final es la reacción identitaria de una nación separada de su gobierno y de sus instituciones, frustrada por la corrupción y por lo que los sucesivos gobernantes han perpetrado durante décadas. Recordemos que, tras la victoria de 2022, Scaloni y Messi decidieron no acudir a ningún acto protocolario. Simplemente se entregaron a la celebración popular con más de cinco millones de personas en las calles de Buenos Aires.
En 2019 Argentina cayó en la Copa América, en semifinales, contra Brasil, acusando de corrupción a la organización. Ahí fue cuando Infantino decidió rehabilitar a un Messi crepuscular y poner la FIFA a sus pies
La preciosa camiseta albiceleste es el único símbolo que unifica transversalmente a todas las clases sociales, partidos políticos y geografías. Es lo que genera identidad en medio de la inestabilidad cotidiana que ha empujado a millones de emigrantes a buscar oportunidades fuera. Argentina, su gente, su psicología colectiva, arrastra un trauma de "paraíso perdido". Fueron una potencia mundial en el siglo XX, una de las naciones más ricas del planeta, ahora sumida en la pobreza, la apatía, la delincuencia. Tienen su propia depresión, similar a la nuestra del 98 con la pérdida definitiva del sueño de ser Imperio.

El fútbol es la revancha. Es el deporte más popular. Han tenido la fortuna de incubar dos iconos planetarios, aunque no sin polémica y disenso (Maradona por sus problemas con las drogas, Messi por ser un "pecho frío" en los partidos de selección hasta 2021).
En 2019 Argentina cayó en la Copa América, en semifinales, contra Brasil, acusando de corrupción a la organización. Ahí fue cuando Infantino decidió rehabilitar a un Messi crepuscular y poner la FIFA a sus pies para exprimir su brutal tirón comercial. Lionel ganó la Copa América de 2021 en Maracaná frente a Brasil, después de haber amagado con retirarse del equipo nacional. El ciclo se completó con el incalificable Mundial de Catar 2022, en invierno, absolutamente embadurnado por una corrupción tan flagrante que sólo los argentinos soslayaron, negando la evidencia, después de demasiadas victorias polémicas.
Argentina ha recibido continuas y desvergonzadas ayudas arbitrales y organizativas en el Mundial de 2026. El paralelismo con las dos décadas de la corrupción Barcelona - Negreira (con un único protagonista común, el propio Messi, todo hay que decirlo) es estremecedor. La selección de Argentina, y la FIFA por extensión, han ensuciado de nuevo su maltrecha imagen de forma obscena e irresponsable. Los ojos del mundo han podido ver el favoritismo, la manipulación tecnológica y arbitral a calzón quitado, con la única intención de tratar de sostener artificialmente en la élite a un futbolista enorme, pero acabado. No quedó ni una gota de Messi, el caminante, que explotar comercialmente. Hizo lo que pudo, fue quien llevó a golpe de centros venenosos y de goles a una pobre Argentina hasta el altar del sacrificio.
Messi representa al "genio humilde y familiar". Ganar apostando todo al ídolo produce una inyección de autoestima colectiva: la ilusión transitoria de que, al margen de la realidad, siguen siendo los mejores en algo
La final fue el gato jugando con el ratón moribundo, atontado por los golpes previos del felino. El conglomerado comercial - arbitral FIFA hizo lo que pudo, anulando un gol limpio como las ropas del Papa y cancelando otro por un fuera de juego milimétrico, de esos que requieren una fe inquebrantable e inmerecida en el VAR. El partido fue un abuso. La desigualdad entre un equipo de peloteros de clase mundial y un equipo de convictos, encabezados por una vieja gloria incapaz de correr y respirar al mismo tiempo, fue dramática. Las estadísticas lo dijeron todo esta vez.
Desde un ángulo literario Messi arrastra una narrativa que rinde culto a la victoria del "débil" contra el "poderoso". El futbolista argentino encarna al héroe que, salido de la pobreza extrema (el "potrero"), conquista el mundo usando la astucia y la rebeldía, incluso la violencia de su clan (entendida paradójicamente como inteligencia táctica o como "hombría") por encima de la disciplina o el juego ordenado de las potencias del primer mundo (como nosotros).
Ante el colapso recurrente de las instituciones formales (gobierno, justicia, economía), el argentino traslada su fe y necesidad de victoria a figuras infalibles, casi dioses. Maradona cumplió el rol del "dios imperfecto y humano". Messi representa al "genio humilde y familiar". Ganar apostando todo al ídolo produce una inyección de autoestima colectiva: la ilusión transitoria de que, al margen de la realidad, siguen siendo los mejores en algo. El golpe, la frustración, todos los gestos finales del partido contra España, la violencia, son signos de la desesperación de un pueblo. Dejaron de ser alguien en el fútbol de la peor manera.
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Al finalizar el partido entre España y Argentina, después de mandar un WhatsApp a Jesús Bengoechea, este me contestó “Ha estado a punto de pasar lo que profetizaste/deseaste en tu artículo. Pero a punto.”. Respondí: “Lo sé. Y me hubiera dolido ni te imaginas cuánto”.
Me alegro una barbaridad de que finalmente no haya tenido que sufrir, en esta final mundialista, la misma sensación habitual que sufro en tantos partidos de liga con nuestro Real Madrid, y que por una vez haya prevalecido la justicia, y que haya ganado el fútbol. Creo que cualquier persona de bien que no fuera argentina deseaba que ganara España, que triunfara el fútbol por encima de la corrupción de Infantino y del descaro con el que Messi y su selección habían sido llevados a la final. Ese deseo ya era justo antes del partido pero es que, en el transcurso del mismo, la sensación se multiplicaba por mil.
En el citado artículo (https://www.lagalerna.com/ojala-argentina-robe-a-espana/) simplemente quería plasmar lo que se merecía esa España fanática de Messi que grita sus triunfos con Argentina como propios, esa España que se ríe del caso Barça Negreira hasta el punto de llamarlo bulo, esa España que aplaude con las orejas cada infracción del Barça en la competición porque su antimadridismo es más importante que el juego limpio. Esa España, al completo, se merecía que Argentina robara la final, claro que sí. Que paladearan por sí mismos esa sensación tan odiosa que sufrimos los madridistas tantas y tantas veces, en innumerables partidos de liga, y algunos de Copa.
Sin embargo, los españoles que sufrimos por semejantes tejemanejes entre el Barça y la RFEF, el CTA, LaLiga y los medios de comunicación pagados “por neutralidad”, sí nos merecemos que por una vez en la vida ganen los buenos, que se imponga el fútbol a la corrupción sistémica. Me conformo con que muchos hayan tenido ese nudo en la boca del estómago durante toda la final, esa sensación de injusticia, porque era posible que en un momento un gol de Argentina les diera a ellos el título, o ir a los penaltis y perder. Habría sido injusto después de semejante atraco, y me alegra que muchos de esos españoles proMessi hayan temido en sus carnes que eso pudiera suceder.
¿De verdad un jugador que ganó todo lo que ganó en el Barcelona con Negreira y con Erzik, y en Argentina gracias a la prevaricación de la FIFA, puede ser juzgado como el mejor de la historia?
Sí. Me conformo si algún proMessi se dio cuenta de la completa prevaricación que ha cometido la FIFA metiendo a Argentina en esta final, cuando debió ser apeada ya en dieciseisavos por Cabo Verde, en octavos por Egipto y en cuartos por Suiza. A pesar del mal planteamiento de Tuchel, también se robó a base de bien a Inglaterra. Esto me recuerda a cuando en Corea nos frotábamos las manos cuando en cuartos nos tocaron ellos, y nos reíamos de Italia, hasta que sufrimos en carnes propias de lo que hablaban.
Tengo un mensaje para todos esos que se acaban de dar cuenta: en Catar pasó exactamente lo mismo, y Argentina se llevó un título manchado. Ese título manchado os ha valido durante cuatro años para gritar a los cuatro vientos que Messi es el mejor de la historia. ¿De verdad un jugador que ganó todo lo que ganó en el Barcelona con Negreira y con Erzik, y en Argentina gracias a la prevaricación de la FIFA, puede ser juzgado como el mejor de la historia?
Además, siempre hacen ver que Messi es Premio Nobel de la Paz también, un tipo humilde y limpio. En la final se vió lo que es como persona, cuando pidió la expulsión de Cucurella por taparse la boca exactamente dos décimas de segundo, en lo que parece un gesto como si se rascara. Eso también ha sido Leo Messi toda su vida profesional: un jugador con muy mal carácter, que se enfrenta de forma desafiante a los rivales, y le hemos visto atizar, escupir, agredir, lanzar pelotazos a la grada, amenazar a árbitros, y mil lindezas más. Lo siento mucho, pero este jugador está manchado para ser el mejor de la historia. Las cosas tienen su importancia, y a mí me parece una vergüenza que a este tipo le den el premio Princesa de Asturias.
Me alegro de que mi artículo no se haya convertido en una especia de autoprofecía cumplida, porque también nos merecíamos que, después de un robo tan flagrante y lamentable como el que estaba sufriendo España, finalmente ganáramos, y no sufrir lo que tantas veces padece el Madrid en liga, cuando el consabido robo arbitral tantas veces le conduce a no ganar el partido. A los madridistas nos suena bastante eso de tener que marcar tres goles para que te concedan uno, que te inflen a patadas y empujones todo el partido y que muchas no sean ni falta, y que las que sean merecedoras de tarjeta no sean castigadas con ésta, y que tras una roja justa al rival encima te digan que te favorecieron. Eso lo hemos sufrido no una ni dos, sino infinidad de veces, los madridistas, y encima tienes que aguantar que te digan que no te puedes quejar porque has fallado goles. Para los madridistas, es el pan nuestro de cada día.
Gracias a dios, pude abrazarme a mi hijo y mi mujer, gritando de emoción por haber vencido por una vez el fútbol. La alegría del gol, después de robármela en el de Nico Williams el sinvergüenza del esloveno, fue incontenible.
Espero que, en algún momento, en España haya justicia deportiva y podamos sentir lo mismo.
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