Master of Puppets es mi disco favorito de Metallica. La canción que le da título, la de la mejor escena de Stranger Things, mi predilecta. Pues bien, justo después de ella en el álbum, la banda californiana factura un tema hipnótico con una letra de inspiración lovecraftiana. La atmósfera que crea es disonante e inquietante. El título es The Thing That Should Not Be.
Su traducción es “la cosa que no debería existir” o “lo que no debería ser”. A esta última interpretación me agarro para considerarla la canción oficial del actual Real Madrid. Cuanto ocurre ahora mismo en el club es lo que nunca debería ser.
Aplicando una mirada lejos del apasionamiento y la crispación actuales, parece atinado afirmar que pocos o ningún área del Club es lo que debería ser. El primer equipo de fútbol acumula más bochornos en un mes de los que caben en una temporada. Los jugadores, excelentes muchos de ellos cuando les da la gana, no se comportan como futbolistas. Juegan al fútbol, sí, pero no parece que les guste o mucho menos les obsesione. Un futbolista, según la opinión de quien esto escribe, es un tipo que juega partidos de fútbol, es pagado, normalmente no poco, por ello, y, casi de manera exclusiva, piensa, respira, sueña y habla fútbol durante sus 16 horas de vigilia. Las ocho de descanso, como ocurre con los pilotos de aerolíneas, también son trabajo, porque es su obligación estar en condiciones lo más cercanas posibles a la perfección para poder seguir entrenando y jugando al fútbol. Ése y no otro debería ser el comportamiento de un futbolista.
Notables figuras de la plantilla se comportan como gente que ve el fútbol como un medio para ganar notoriedad y dinero, pero demuestran vocación de estrellas del reggaetón, del trap o de cualquier subgénero de ese horror llamado, de manera tan cursi como ambigua, música urbana. No lo parecen con respecto a su descanso, ni parecen obsesos del fútbol. De hecho, su única preocupación parece ser ellos mismos, su imagen y la viabilidad de la multinacional que cada uno de ellos constituye.
Lo anterior colisiona con el mantra tan falaz como demagógico de que en su tiempo libre cada uno puede hacer lo que quiera. El deporte de élite exige foco en la actividad durante las 24 horas del día. Si un viaje relámpago a donde sea no garantiza un nivel de descanso y reposo que permita afrontar con garantías el entrenamiento del día siguiente, no debe hacerse. El ocio nocturno, ya sea en la propia casa o en lugares de esparcimiento, también debe estar supeditado a ese reposo y al entrenamiento del día siguiente, de manera que no se llegue a la sesión de preparación como un personaje salido de una película de Sam Peckinpah.
su única preocupación parece ser ellos mismos, su imagen y la viabilidad de la multinacional que cada uno de ellos constituye
Parece sencillo, pero la sensación es que no parece fácil de llevar a la práctica con la actual plantilla.
Toda sociedad o grupo humano razonablemente evolucionado se basa, entre otros principios y de manera teórica, en el principio de autoridad. Si esa autoridad es deslegitimada o cuestionada, la anarquía y el caos reinarán hasta que aparezca otra figura de autoridad. Sin entrar en la manera en que esa figura haga valer su potestas e imperium, pues es más cuestión del estilo de cada uno, nadie podrá guiar a un grupo a menos que cuente con plenos poderes para liderar, decidir o, llegado el caso, sancionar comportamientos o actitudes que, a su juicio, puedan resultar perjudiciales para el colectivo. Así, quien ejerza esa autoridad, deberá venir respaldado sin fisuras por quienes gestionan el club, al menos hasta unos límites razonables.
Y cuando esa autoridad no existe —o, peor, existe pero aparece desautorizada— el vestuario deja de ser un equipo y pasa a ser una suma de agendas.
La directiva del Real Madrid, y en este caso estoy perorando como socio raso, da una inexplicable sensación de ausencia. Florentino Pérez llevó en el año 2000 un club en ruinas al siglo XXI, lo convirtió en una entidad moderna y profesionalizó la gestión del mismo como si de una gran empresa se tratase. El éxito del modelo lo pueden ver, de manera indistinta, en la sala de trofeos o en las cuentas anuales. En ese sentido, no podemos esgrimir crítica alguna.
un futbolista piensa, respira, sueña y habla fútbol durante sus 16 horas de vigilia. Las 8 de descanso, como ocurre con los pilotos de aerolíneas, también son trabajo, porque es su obligación estar en condiciones
No obstante lo anterior, la cúpula del club bien pareciera arrastrar ciertos traumas derivados de contrataciones y fichajes de nulo rendimiento y elevado coste, así como de situaciones en las que determinados elementos llegaran incluso a agotar sus contratos sin haber aportado absolutamente nada en ninguna parcela mientras seguían cobrando en tiempo y forma unos elevados emolumentos. En estos casos, resulta normal que estas experiencias hayan suscitado reticencias a la contratación de nuevos activos. La experiencia, y esto es lo más chocante, pues la directiva cuenta con sobrado bagaje al respecto, enseña que no hay riesgo cero en ninguna contratación.
Situaciones como la actual, en la que se combinan lesiones muy graves, incertidumbre en cuanto a las secuelas de las mismas sobre los jugadores que las han sufrido y especial ensañamiento de la suerte sobre la línea defensiva, obligan a la adopción de decisiones extraordinarias, aun a coste de aumentar el nivel de riesgo a asumir en una eventual nueva contratación.
Como ocurre en toda gran empresa, las estructuras se agigantan y la eficiencia se ve menoscabada por pasar cada proceso por mil pares de manos diferentes, por muchas personas, cada una de ellas ávida de justificar su nómina. ¿Quién es quién en el club? ¿Quién propone y quién ejecuta? ¿Hay alguien que pueda responder a esa pregunta?
Vinculado al anterior aspecto, la comunicación del Real Madrid parece no existir. No parece que se haya juzgado necesaria una política de comunicación oficial. Y no, no se antojan suficientes Real Madrid TV, los comunicados oficiales ni el manejo más o menos afortunado de las cuentas de Instagram o Twitter o como diablos se llame ahora. ¿Acaso los portavoces oficiosos del Real Madrid son Josep Pedrerol y José Félix Díaz? ¿Por qué motivo se “externaliza” esa función? ¿Quién puede responder a estas cuestiones?
Durante las alineaciones, en el Santiago Bernabéu Stadium atruena Enter Sandman, también de Metallica, un temazo que eleva espíritus y encanalla y cuya letra convierte en siniestra la historia infantil de que el hombre de arena es quien trae sueños a los niños. La existencia de Mr Sandman queda demostrada de manera irrefutable dejando trocitos de sí en los ojos de los infantes, por mucho que nos esmeremos en llamarlos legañas. Ojalá el club pruebe mi error al verlo como se ha expuesto y nos vuelva a dar material para soñar y nos saque de esta pesadilla lo antes posible.
Mr. Sandman, bring me a dream and take the thing that should not be.
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Se me reconoce como una voz del oficialismo, aunque realmente nunca lo he sido. Ser oficialista es dar la razón en todo a los que mandan, con independencia de quienes sean y lo que hagan. Yo me reconozco como florentinista, pero no por dar la razón siempre a Florentino Pérez, sino por reconocimiento a quien creo que ha sido el mejor presidente de la historia del fútbol y, sobre todo, por gratitud, por haberme hecho disfrutar de lo que jamás imaginé que iba a llegar a celebrar como aficionado. Eso, como ya he señalado, no me priva de resaltar mi discrepancia cuando así lo considero, y es este sentido crítico el que, precisamente, da valor a la alta consideración en la que tengo al presidente del Real Madrid, ya que no es regalada, sino debida al puro mérito.
Esta introducción viene a colación de la gestión de la plantilla desde hace unas temporadas. Efectivamente, juzgo a quien llegó a confeccionar el plantel de mayor calidad y perdurabilidad que recuerdo como aficionado al fútbol. El que derivó en seis copas de Europa en apenas once años. Un modelo que fue evolucionando, porque el deporte y el negocio también se transformaron. Pero un modelo que, en los últimos tiempos no se ha mostrado eficiente, generando diferentes desequilibrios en la actual plantilla.
Hoy me quiero centrar en uno en concreto, que es el de la defensa del Real Madrid. Sin duda, la línea más crítica del equipo, a pesar de que el centro del campo no parece disponer de ningún jugador que pueda dirigir el equipo con solvencia.
Arbeloa dispone en la actualidad de un grupo de diez defensas para cuatro posiciones, lo cual debería ser más que suficiente para cubrir las necesidades del equipo. No es así. En el último partido los dos laterales eran dos centrocampistas reconvertidos y terminamos con un central que también era un jugador de medio campo. No era una situación nueva. La temporada pasada, el mayor hándicap fue jugar con una defensa con Lucas Vázquez, Asencio, Tchouameni y Fran García.
¿Cómo se ha llegado a esto? Pues por un cúmulo de factores, entre los que habría que destacar una mala preparación física/médica (somos, por mucho, el equipo con más lesionados de España en los últimos cinco años y uno de los que más de la élite europea, sino el que más), de mala suerte, pero también por una mala gestión de los recursos.
Carvajal sufrió una de las lesiones más graves que existen, se rompió el ligamento cruzado anterior, el ligamento colateral externo y el tendón poplíteo de la pierna derecha. Las primeras valoraciones no podían garantizar que pudiese volver a andar correctamente. Menos de un 30% de los deportistas que sufren este cuadro pueden volver a practicar deporte y ninguno de los que lo hacen rinden al mismo nivel. El Carvajal que vimos antes de aquella lesión ya no existe. Dos jugadores más, Alaba, que se rompió el cruzado y Mendy, que tiene un problema congénito, que se ha ido agravando con el tiempo. Son dos lesionados crónicos que probablemente no pasarían una revisión médica. Resulta prácticamente imposible que jueguen dos partidos completos seguidos sin lesionarse. Y quizás ni uno. En cualquier caso, su rendimiento, hoy, no es apto para un equipo profesional de élite.
Hasta aquí queda reflejado lo achacable simplemente al infortunio. El problema mayor viene de los que están lesionados por estar sometidos a una presión que era evitable.
Rudiger padece, desde hace dos años, una artrosis en la rodilla, la misma en la que sufrió antaño una rotura del ligamento cruzado, lo cual no ha impedido que el equipo lo exprimiera durante este periodo, haciéndole jugar una barbaridad, tras limitar a tan solo dos el número decentrales. El alemán ha perdido la velocidad que antaño le caracterizaba, y sus lesiones son persistentes.
Militao se rompió el ligamento en las dos rodillas y también tiene afectado los meniscos en las dos. Pura mala suerte. Pero esta circunstancia tampoco impidió que, al poco de reaparecer, jugara dos partidos la misma semana, en varias ocasiones durante el mes de noviembre, pese a que hay un protocolo médico que dicta que tras un cruzado debes pasar un año con un solo partido por semana. Consecuencia: ahora se ha roto, por lo menos, para cuatro meses.
Asencio lleva un mes jugando con una fisura en la tibia. Un mes es el tiempo que debería estar reposando sin jugar para curarse (de hecho, algo más, seis semanas). Está jugando todos los partidos a riesgo de romperse de gravedad. Contra el Rayo, no pudo soportar el dolor y fue cambiado al descanso.
Es imposible no preguntarse por qué no se ha fichado, en este mercado invernal, a algún jugador que permitiese dosificar a estos jugadores cuya situación ya era, de por sí, límite. Nadie habla de fichar a una estrella, ni a un joven prometedor, solo a un defensa con oficio, que gane duelos, cosa que hoy no tenemos en la plantilla. Y si no se quiere fichar, pues un cedido. Joselu fue un jugador que nos permitió ganar una Champions, igual que Chicharito nos permitió llegar a semifinales. O como anteriormente lo posibilitó Adebayor con una Copa del Rey. Todos cedidos. Todos importantes.
Radicalizar un modelo eludiendo fichar a jugadores de perfil medio, o buscar una cesión, provoca que tu plantilla se desequilibre. Pero en este caso, cuando tienes cinco jugadores con graves problemas físicos en tu defensa, se puede considerar una osadía. Se debió acometer hace dos temporadas y también esta, lo cual igual nos permitiría contar ahora con Militao todo el curso y también con un Rudiger en plenas facultades.
No queda ahí la cosa. Trent Alexander es un nuevo fichaje de esta temporada. Gran jugador, pero que ha sufrido múltiplesproblemas de lesiones. En las dos últimas temporadas en el Liverpool se ha lesionado 6 veces, en los cinco meses de la actual ya lleva tres, lo cual suma 263 días de baja en dos años y medio. Sorprende su elección, dado el panorama físico de la defensa.
Huijsen apenas se había lesionado en su carrera hasta llegar al Madrid (solo una de forma leve, cinco días). En media temporada de blanco suma ya cuatro lesiones, lo que da cuenta de la presión que soporta a su corta edad, y quizás, hasta el momento, de una preparación física no adecuada.
Este es el panorama crítico de la defensa del Real Madrid. El club pudo, cuando menos, mitigarlo en esta ventana de fichajes, pero decidió postergar la decisión a verano. Ahí sabremos el coste deportivo de este aplazamiento.
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El Real Madrid atraviesa uno de esos limbos futbolísticos que rara vez un club de su identidad puede vivir. Y no me refiero al juego del equipo o a la racha de resultados, me centro en el calendario. Por diferentes razones, este mes tenemos huecos suficientes para centrarnos en lo importante: entrenar, recuperar a jugadores y organizarnos. Siendo sinceros, salvo excepciones, a nadie le interesa la Copa del Rey. Por el contrario, todos tenemos marcado en rojo el próximo partido de la Champions.
En esta vida, cuando la energía no sobra, es de vital importancia dosificar esfuerzos. Es de primero de columpios conocer las habilidades que se poseen y también las debilidades. La realidad es que el equipo tiene suficiente material humano para ganar La Liga. Sé que tenemos la defensa en cuadro y que no vamos sobrados en el centro del campo, pero también soy consciente del nivel del resto de equipos que conforman el campeonato liguero. En cambio, en Europa tendremos que sudar la camiseta para conseguir algo. El último partido en Lisboa frente al Benfica de José Mourinho nos volvió a resituar.
El próximo domingo 8 tenemos un partido dificilísimo frente al Valencia. Jugar en Mestalla siempre es como ir a la consulta del dentista y, en nuestra situación actual, tortura china total. Tendremos bajas sensibles, como Vinícius Júnior que se cae de la convocatoria por acumulación de amarillas, o Jude Bellingham por lesión.
¿Y qué me mantiene enganchado al Real Madrid? Pues el mismo Madrid. Me da igual todo lo demás, disfruto con el simple hecho de su existencia
Arbeloa tiene la responsabilidad de configurar el once con la entrada de un Brahim que viene de hacer un papel excelente con Marruecos. Imagino que Carreras partirá de nuevo en el lateral izquierdo y Eduardo Camavinga volverá a sumarse como interior. Otra posibilidad sería dar minutos a Dani Ceballos, pues es importante que jugadores de refresco asuman un papel protagónico en encuentros como el de Mestalla. Resumiendo, será apasionante ver cómo el míster prepara un partido de esta dificultad con algunas bajas tan sensibles como las mencionadas.
Y hablar de pasión en semanas tan grises como estas últimas que atravesamos resulta hasta terapéutico. El fútbol tiene bastante de pasión. Para vivir la experiencia completa, debes estar un poco loco de amor por este juego. Y, qué duda cabe, si eres sincero, únicamente sigues este deporte si te mueve algo más que el simple disfrute de ver a unos señores detrás de una pelota. Eres de un equipo y te identificas con él. Y ese fenómeno de identificación, ese mimetismo con unos colores, acaban por convencerte de que perteneces a un colectivo y, como dirían en Argentina, le haces el aguante siempre.
Y esa parte irracional del aficionado muchas veces duele y no la entendemos en frío. ¿Por qué sufrir viendo a tu equipo atravesar una mala racha? ¿Por qué participar directa o indirectamente de un negocio del entretenimiento que tiene más de carnaza a la masa que de limpieza deportiva? Pues porque somos personas y las personas sienten y padecen por motivos a veces que nos exceden. Ya le dijo alguna vez Bob Dylan a Joan Baez que las cosas que merecen la pena son las que percibimos con el corazón. Esta perogrullada esconde una enseñanza que muchas veces aparcamos en pos de grandes palabras, o mostrándonos intransigentes con grandes causas que en último término no son más que humo sobre el agua.
Aprendimos por Elvis que solo los tontos acaban enamorándose enloquecidamente. En cambio, los hombres sabios nos advierten que no es un buen negocio. Sin lugar a dudas, el amor o la pasión tiene reglas imposibles de ser sorteadas. Quien más quien menos ha experimentado en primera persona las mieles del éxito. Quien más quien menos ha padecido un fracaso. Por ello, el amor no deja de ser una experiencia humana que nos alcanza a todos para bien, para mal o para normal.
Yo estoy bastante asqueado del fútbol e imagino que no soy el único. Sin ir más lejos, tenemos el triste espectáculo de Joan Laporta sacando pecho por el Caso Negreira. Los que tenemos cuenta en Twitter tenemos que leer todos los días a hinchas del Barça que se ríen del tema y celebran con orgullo la coima y la picaresca. Hasta alguien tan aparentemente racional como Josep María Minguella se descuelga pidiendo al respetable que se olvide del tema y que sería sanísimo que “en el ámbito futbolístico español se hablase más de tácticas, técnicas y fichajes que no de pseudo arreglos arbitrales”.
En este panorama repugnante en lo tocante al contexto y deprimente en lo relativo al equipo, ¿qué me mantiene enganchado al Real Madrid? Pues el mismo Madrid. Me da igual todo lo demás, disfruto con el simple hecho de su existencia. El Madrid es uno de esos refugios contra la tormenta que la vida me dio. Su camiseta blanca, su escudo redondito y su historia me alimentan más que cualquier otra cosa que el fútbol me pueda querer meter por el hocico. Encuentro suficientes razones en la actualidad para ilusionarme con el futuro inmediato como para entregarme en armas. Porque, de lo contrario, apaga y vámonos.
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Hay noches en la Euroliga que no se juegan solo en la pista, sino que se cocinan en los sótanos de la prensa local, en el feed de las redes sociales o en las polémicas que, por desgracia, no siempre devoran a quienes las provocan. El encuentro en el OAKA —una de esas catedrales delirantes que solo el baloncesto europeo es capaz de ofrecernos— entre el Panathinaikos y el Real Madrid se preveía como el partido estrella de la jornada en la competición. Cualquier visita a Grecia constituye habitualmente una tarea, ejem, hercúlea —disculpen ustedes la tentación—, pero además, en el caso de este Pana, la cuerda se tensa aún más cuando el pintoresco presidente ateniense decide intervenir en la narración pública de la crisis del equipo. Las recientes declaraciones exigiendo la dimisión de hasta el apuntador tras la derrota frente al Aris habían alimentado de manera considerable el morbo. Giannakopoulos transforma cada tropiezo en espectáculo, como el capricho de un Dionisio moderno que tratara de convertir su indignación en estímulo y presión.
Por su parte, el Madrid de Scariolo llegaba en una trayectoria de solvencia ascendente, incluso a pesar del pequeño borrón de la derrota de París. Sin estridencias grandilocuentes, el míster italiano está construyendo un bloque cada vez menos ciclotímico a partir de una sólida base defensiva, reforzada por el rescate para la causa de algunos jugadores —Garuba debería regalarle a Sergio un ejemplar de Pedro Salinas, concretamente La voz a ti debida—, y de unos formatos ofensivos más cohesionados.
Un par de tiros acompañados de aspavientos consiguieron granjearse esa protección arbitral que se concede a aquellos veteranos que saben cómo reclamarla. No cambió el partido, pero sí el tono: el Panathinaikos dejó de desangrarse
El Panathinaikos salió al parqué con una idea clara, casi obsesiva: cerrarse por dentro para que Tavares no respirase. De este modo, los cuerpos acumulados en la pintura fueron una invitación explícita a que los blancos resolvieran desde fuera. De inmediato, la apuesta se confirmó como demasiado temeraria. El Madrid, extraordinariamente concentrado, apuñaló desde el triple con un rotundo 4/4 inicial: el balón circulaba con limpieza, las ventajas se castigaban con frialdad quirúrgica y los guarismos de rebotes ofensivos humillaban el planteamiento de los griegos. Entre todos, Mario Hezonja destacó de manera especial, no tanto por el acierto como por la serenidad. A Hezonja se le ha reprochado durante años cierta irregularidad mental y una tendencia a alternar momentos sublimes con decisiones precipitadas. En el primer cuarto apareció el Hezonja maduro que recientemente tanto ha alabado Scariolo: firme en los pies, paciente en la ejecución, consciente de que el partido no pedía heroicidades sino continuidad.
Los atenienses, mientras tanto, se aferraban a las individualidades de Shorts, con dispar fortuna. Ataman gesticulaba en la banda muy poco para lo acostumbrado, y sus muchachos atacaban a impulsos desordenados hasta que apareció Sloukas. El viejo zorro, conocedor de todos los pliegues del oficio europeo, salió a apagar el incendio con su colmillo. Un par de tiros acompañados de aspavientos consiguieron granjearse esa protección arbitral que se concede a aquellos veteranos que saben cómo reclamarla. No cambió el partido, pero sí el tono: el Panathinaikos dejó de desangrarse.
El Madrid, al entrar la segunda unidad, bajó inevitablemente el nivel. El juego se volvió más trabado y los pívots empezaron a cargarse de faltas. Garuba cometió dos personales seguidas que cortaron su ímpetu, Tavares se vio obligado a dosificarse por algo similar y Len, voluntarioso y bastante más útil de lo esperado aportó minutos de resistencia, al principio sin alardes, si bien ganando confianza poco a poco. Para entonces el encuentro ya no fluía, sino que se disputaba. El Real trató de no soltar el hilo y supo alcanzar el descanso con una ventaja de ocho puntos arriba, merced a una buena serie de tiros libres.
El segundo tiempo nos dejó un guion más propio de épocas pretéritas. Los árbitros tiraron el listón a la basura y regresó la permisividad de siempre en Grecia, provocando la disolución de los merengues. A base de contundencia defensiva, el Panathinaikos obtuvo la remontada en el electrónico, con varias canastas muy dolorosas en el último segundo de posesión de Hernangómez, Osman y, sobre todo, Grant. En el otro aro, cada penetración madridista conllevaba varios palos no pitados, y si el equipo se mantuvo en el encuentro fue gracias a un colosal Len, asistido inteligentemente por Lyles. Con empate a 75, el ucraniano logró un 2+1 que fue neutralizado por un robo sobre Abalde muy probablemente ilegal —el realizador no tuvo a bien mostrarnos ninguna repetición—. Aún quiso Hezonja colocarse la capa del héroe forzando una última falta que dejaba al Madrid en ventaja (80-81) a falta de ocho segundos. Falsas esperanzas: Grant colocó la puntilla vestido de Jordan.
La rabia no debe empañar la realidad: el Madrid se va de Atenas con una derrota pero con un nuevo jugador valioso para la rotación. Si no es flor de un día, habrá valido la pena. La Copa del Rey se antoja una oportunidad imprescindible para recibir la dosis de seguridad que necesita el interesante proyecto de Scariolo. En dos semanas, saldremos de dudas.
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Buenos días, amigos, y bienvenidos todos a una nueva y confiamos que inspiradora sesión portanalítica. En esta temporada de gran incertidumbre, en la que no sabemos si el Madrid le va a meter 6 al Mónaco o si va a caer en Copa con el Albacete, podéis contar al menos con una certeza: La Galerna estará cada mañana diseccionando las portadas de la prensa patria, con muy eróticos y revitalizantes resultados. (Os aseguramos que el autocorrector había puesto “sépticos” en lugar de “eróticos”. No en vano el autocorrector nos acompaña también desde hace más de una década en este privilegio y conoce el percal).
Comenzamos con Mundo Deportivo. El Diario de Godó, Grande de España, celebra someramente el pase a semifinales de Copa del Rey del club cliente de Negreira con un indiscutible y por tanto certero “A semis”. No tenemos nada que objetar. Sí nos opondríamos con alguna fuerza a que hubieran titulado, por ejemplo, “A la final”, por cuanto dicho titular se habría dado de bruces con la tozuda realidad. No nos habría extrañado, por otra parte, dado que si hay algo que entra en conflicto permanente con el Barça y su entorno es precisamente la realidad. Por ejemplo, deberían reconocer, y no lo hacen, que no se aproximan ni por asomo a la grandeza del 15 veces campeón de Europa, y que no han logrado hacerlo ni siquiera untando ignominiosamente a la cúpula arbitral española durante décadas (de 17 años consecutivos hay facturas). La realidad les sienta fatal.
Mundo Deportivo no hace, pues, un alarde de imaginación cuando titula “A semis”, pero al menos se amolda a la realidad, lo que ya sorprende positivamente. Tiene además el diario de Godó, grande de España, la decencia de reconocer que el Albacete estuvo cerca de forzar la prórroga (Gerard Martín sacó un balón de la línea en el último minuto), si bien no tanta como para admitir también que a Cancelo le perdonaron vergonzosamente la expulsión por doble amarilla.
Sport personifica en Lamine Yamal la victoria culé en tierras manchegas, y no se priva de recordarnos que en ese mismo campo fue eliminado el Real Madrid de la competición. También ahí aciertan pero tiene menos mérito, ya que con esa parte de la realidad (la que tiene que ver con los fracasos vikingos) no tienen por contra el menor problema, por lo que sea.
Sí deberían en cambio atesorar las suficientes dosis de realismo y humildad (la cualidad favorita de Pep Guardiola) para admitir que el equipo que pagó a Negreira rozó al menos una suerte parecida a la de los blancos, tan dolorosa y humillante. ¿Qué habría pasado si Gerard Martin no hubiera sacado esa pelota, o si el inefable Munuera (o Munuese) hubiera o hubiese tenido los arrestos de echar a Cancelo? La línea que separa el éxito del fracaso, y aun del oprobio, es bien fina, como nos recordaban los Kinks en esa obra maestra llamada Celluloid Heroes.
And those who are successful
be always on your guard.
Success walks hand in hand with failure
along Hollywood Boulevard.
Para héroes, de celuloide o no, Endrick. El brasileño esta causando sensación en Francia, cedido como está por el Madrid en el Olympique de Lyon, y tal realidad nos comunica un sabor agridulce. Dulce porque el futbolista es nuestro y está llamado a recorrer en el Madrid un camino de gloria. Agrio porque podría estar aquí con nosotros ahora, sin que nadie se atreva a aventurar las razones por las que no lo está. Se dirá que tenía que curtirse fuera, pero siempre quedará la duda, viendo que Mbappé lleva 36 goles y el siguiente es Vinícius con 7, si no podría estar ya mismo aquí, enjugando esas distancias siderales.
Marca nos trae a Lookman, el flamante fichaje del cholismo, que no ha tenido suficiente con gastarse 350 millones en dos veranos y ahora incrementa su gasto, esta vez de manera invernal, para poder seguir siendo el modesto equipo del pueblo y para que nadie en absoluto le reclame resultados deportivos que sigan a esos fichajes. Si Lookman fracasa, nadie se enojará, como nadie se ha enojado con tantos y tantos fracasos que le han antecedido en forma de contrataciones millonarias, sin que nadie de la prensa, en su mayoría encamada con Gil Marín, haya levantado jamás una ceja ante las millonadas gastadas en balde (no en Balde, jugador culé al que por lo demás tampoco nos extrañaría ver algún día en el Atleti, precedido por Gavi).
Aparte del pésimo juego de palabras marquista ("nuevo look", por Lookman, ¿lo pilláis?), digamos que el Atleti guarda también una relación peculiar con la realidad. A diferencia del club que se compró el sistema arbitral, la admite, si bien digamos que no le afecta. Es un club autosatisfecho y autorreferencial que es feliz en la permanente contemplación de su propia esencia, tan presuntamente modesta y viril. No necesita ganar nunca, aunque invierta en jugadores como si no hubiera un mañana, o sea, como si lo necesitara.
También confesaremos que, de manera compatible con este comentario, nos habría gustado que el Madrid utilizara la ventaja de fichajes de enero para apuntillar una plantilla terriblemente lastrada por las lesiones. También nosotros haríamos bien en hacernos ver nuestra propia relación con la realidad.
Pasad un buen día.
Tras las derrotas en Albacete y Lisboa, el aficionado ha tenido a bien expresarse con pitadas para demostrar su disgusto con el desempeño del equipo. El que escribe considera incluso un deber como madridista el manifestarse, y si es con silbidos, que sea, bien para oídos de directiva, dirección técnica o plantilla. Ahora bien: si manifestarse es obligatorio, será para lo malo y para lo bueno, y sería fantástico que cuando tocase alentar no se escuchase solamente a la grada de animación, tan criticada estas semanas por cometer el mayor de los pecados: apoyar a su equipo cuando más lo necesita.
Históricamente, el Bernabéu ha pitado, no por perder, sino porque entiende que los once que están en el verde y representan a la entidad madridista no lo están dando todo. La derrota es parte del éxito y, por supuesto, el club más exitoso de la historia tiene que perder de vez en cuando (menos de lo que les gustaría a muchos, ya lo sentimos). Esto, el aficionado lo ha entendido siempre, y cuando ha demostrado su desagrado es porque perdona la derrota, mas no la indolencia.
Pero todos los tropiezos de esta temporada, con distintos entrenadores, ¿han sido causa de esta supuesta dejadez? ¿Se han perdido partidos porque los jugadores se ahorran esfuerzos, o porque el extremo no controla el balón como la afición quiere? ¿Se han dejado puntos porque la plantilla está pensando en dónde salir esta noche, o porque el mediocampo no es el de cuatro Copas de Europa en cinco años? ¿Hay que jugar dieciseisavos de Champions otro año más porque estos futbolistas se creen dioses, o porque estos futbolistas no son los dioses que nosotros esperamos que sean?
El seguidor debe pitar si encuentra rasgos de desidia en los futbolistas, pero es ingenuo pensar que un silbido va a conseguir que den un pase al hueco. Es probable que la afición no esté aceptando que la actual plantilla aún no puede dar lo que ellos desean, que no es apatía sino precocidad, y que toca esperar en el club que nunca espera.
El seguidor debe pitar si encuentra rasgos de desidia en los futbolistas, pero es ingenuo pensar que un silbido va a conseguir que den un pase al hueco
Otra cuestión es el acierto en la pitada: los silbidos sirven para mostrar desacuerdo, por lo que pitar antes del encuentro, al descanso o después, sirve para que directiva y plantilla se cercioren de que la afición no está contenta. Hacerlo mientras se juega, propicia que los jugadores puedan desconcentrarse y es contraproducente. El futbolista ya sabe que el que silba no está contento, por tanto, cuando tenga que demostrar su desempeño, necesitará apoyo, no pitadas que le puedan poner nervioso.
Se está entrando en un peligroso bucle de tener un partido malo; el público pita en el siguiente; se gana; y eso reafirma al aficionado, creyendo tener razón y que el buen resultado del equipo se debe a la orquesta de viento. Y vuelta a empezar. Tal suceso solo conllevará que cada vez el desempeño en el terreno de juego sea peor y, por consiguiente, mayor el enfado del público. Y entonces, cuando el Bernabéu silbe, a los jugadores les importará un pito.
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El Real Madrid ganó 2-1 al Rayo Vallecano en el Santiago Bernabéu. Lo escribo así, de forma fría y objetiva, porque es la única manera de que el resultado no engañe a nadie. El marcador dice victoria, pero el partido, especialmente la segunda mitad, fue horrible, aburrido y espeso, uno de esos encuentros que parecen durar el doble de lo que marca el reloj y que, cuando terminan, dejan la incómoda sensación de haber perdido algo mucho más valioso que puntos: el tiempo y la ilusión.
El problema es que este partido no es una excepción ni un accidente. Llega apenas unos días después del 4-2 encajado contra el Benfica el miércoles, otro partido malísimo, otro ejercicio de desorden, desconexión y fragilidad emocional. Dos encuentros consecutivos que no hacen más que confirmar una realidad que llevamos meses viendo, porque, salvo contadas excepciones, esta ha sido la tónica general de toda la temporada.
Estamos viviendo un Real Madrid que juega mal incluso cuando gana, que pierde sin competir, y que rara vez transmite la sensación de estar construyendo algo. Por eso, quizás por primera vez en mucho tiempo, he llegado a una conclusión que no me duele tanto como pensaba: este año el Real Madrid no va a ganar ningún título, será un año en blanco. Y no pasa nada, de verdad. No lo digo desde el enfado, sino desde una especie de aceptación serena. Los títulos van y vienen, forman parte del ciclo natural de cualquier club, incluso de uno tan acostumbrado a ganar como este. El problema no es no ganar, el problema es no sentir nada por el camino.
A estas alturas, mi exigencia como aficionado se ha reducido a algo muy básico, solo quiero que el Real Madrid me divierta, quiero disfrutar viendo sus partidos y quiero que, gane o pierda, al menos tenga la sensación de haber visto a un equipo vivo, con intención, con alma. Y en estos momentos, eso es precisamente lo que no tengo. Este Madrid transmite una imagen desoladora, la de un equipo sin latidos, sin ganas, sin una idea reconocible.
mi exigencia como aficionado se ha reducido a algo muy básico, solo quiero que el Real Madrid me divierta, quiero disfrutar viendo sus partidos y quiero que, gane o pierda, al menos tenga la sensación de haber visto a un equipo con alma
Da la sensación de que los jugadores saltan al campo por inercia, porque el calendario lo marca, no porque exista una convicción colectiva o una ambición compartida. No hay intensidad sostenida, no hay presión coordinada, no hay mecanismos claros ni en ataque ni en defensa. Todo parece improvisado, desconectado y frágil. El balón circula sin ritmo ni propósito. Los ataques se diluyen antes de generar peligro real y la defensa vive permanentemente al límite, como si cualquier balón dividido pudiera convertirse en una ocasión en contra.
No hay sensación de control en ningún momento del partido, ni siquiera cuando el resultado es favorable. El Madrid no domina, sobrevive, y eso, para un club de su dimensión, es profundamente preocupante. Más allá de lo táctico, lo que más llama la atención es el lenguaje corporal. Los jugadores no se buscan, no se corrigen, tampoco se animan cuando encajan un gol. Cada uno parece encerrado en su propio partido, en su propio problema. Falta conexión entre ellos, pero también falta conexión con la grada.
El Santiago Bernabéu, que tantas veces ha sido un actor protagonista, hoy es un espectador cansado que observa, murmura, protesta de forma aislada y, en muchos tramos, se limita a esperar que el partido termine. No es una afición caprichosa ni injusta. Es una afición que ha visto mucho fútbol, que ha vivido muchas noches grandes y que sabe reconocer si su equipo le está dando algo o no.
Ahora mismo, el Real Madrid no le da nada: ni le da emoción, ni orgullo, ni la impresión de estar ante un equipo que cree en lo que hace. En ese contexto, yo mismo llegué a pensar que el discurso inicial de Álvaro Arbeloa, tan cercano y tan protector con sus jugadores, estaba dando algo de luz y de esperanza. Durante un tiempo pareció que esa forma de respaldar al vestuario, de quitar presión hacia fuera, se reflejaba en el césped con un equipo algo más suelto, algo más reconocible. Hoy empiezo a pensar que aquella luz no fue más que un breve destello, una ilusión pasajera que se apagó tan rápido como apareció. Porque ahora la figura del entrenador tampoco ayuda a cambiar el clima.
Más allá de los resultados, lo que este equipo está perdiendo es su capacidad de emocionar, y eso, para muchos, es más grave que terminar el año sin nada en las vitrinas
No se trata solo de esquemas o de decisiones puntuales, sino de liderazgo y discurso. Arbeloa no habla de una forma que encienda a la afición ni que sacuda al vestuario. Sus comparecencias son planas, previsibles, casi burocráticas, sin mensajes que transmitan urgencia, ambición o inconformismo. No parece especialmente molesto cuando el equipo juega mal ni especialmente ilusionado cuando gana.
Todo queda envuelto en una normalidad que resulta chocante para cualquiera que vea los partidos. Esa falta de energía desde el banquillo, esas manos que nunca salen de sus bolsillos, todo termina reflejándose en el césped, porque un entrenador no solo prepara partidos, también marca el tono emocional del grupo, y este Madrid tiene un tono bajo, apagado, casi indiferente.
Lo más frustrante de todo es que este equipo tiene argumentos de sobra para ser, como mínimo, entretenido. No hablamos de una plantilla pobre, quizás sí limitada. Pero hay talento, juventud, calidad individual y futbolistas capaces de romper partidos, de generar desequilibrio, de ofrecer algo distinto. Hay motivos suficientes para pensar que este Madrid podría, al menos, intentar jugar con valentía. Y, sin embargo, no lo hace. O lo hace muy poco. El resultado es un equipo previsible, inofensivo durante demasiados minutos, incapaz de imponer su ritmo o su personalidad. Incluso cuando va por delante en el marcador transmite inseguridad y, cuando tiene el balón, parece no saber muy bien qué hacer con él.
Hay equipos que caen, pero lo hacen compitiendo, arriesgando y dejando sensaciones que invitan al optimismo futuro. Este Madrid ni gana con brillo ni pierde con dignidad futbolística. Simplemente transita por los partidos, como si la temporada fuese una sucesión de compromisos que hay que cumplir hasta que todo termine. El mayor peligro ahora mismo no es acabar el año sin títulos, el Real Madrid ha sobrevivido a temporadas en blanco antes y lo volverá a hacer. El verdadero riesgo es algo mucho más silencioso y dañino: la apatía, la normalización del aburrimiento, la aceptación de que ver un partido del Madrid sea una experiencia tediosa. Cuando el aficionado deja de enfadarse y empieza a resignarse, algo se ha roto.
Esa es la sensación que deja este equipo: la de haber renunciado a emocionar. Por eso hoy no pido títulos, no pido milagros ni gestas. Pido sentarme a ver un partido del Real Madrid y disfrutarlo, levantarme del sofá con la sensación de haber visto algo vivo, algo interesante, algo que merezca la pena. Pido un equipo con alma, con carácter y con una idea clara, aunque no siempre funcione. Pido once jugadores que se miren, que se entiendan y que se equivoquen intentando algo, no esperando a que otro lo haga por ellos. Pido un entrenador que crea, que contagie y que incomode cuando haga falta. Más allá de los resultados, lo que este equipo está perdiendo es su capacidad de emocionar, y eso, para muchos, es más grave que terminar el año sin nada en las vitrinas.
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No pude ver en directo el partido contra el Rayo. Estuve recibiendo inputs negativos todo el día y me esperaba ver otro aquelarre como el de Lisboa. Pues no. Visto el partido en diferido, un día después, en silencio y en soledad, he de decir que la negatividad ambiental del madridismo empieza a desconcertarme. No me ha parecido ni remotamente el desastre que dicen las crónicas. He oído criticar el arreón final porque "el Rayo no es el Bayern", como si el partido no mereciera el esfuerzo que el equipo nos ofreció. Todo mal, hasta el desorden del final por las ganas de ganar. ¿Se fijaron en las caras de los jugadores en los últimos diez minutos? Ahí empieza a haber algo bueno. Mbappé ejerciendo de capitán sin brazalete…
Silbidos. Eso sí. A Bellingham por lesionarse. A Vinícius porque sí. Minuto 15: dos tarjetas perdonadas a Gumbau por dos feas entradas a Güler. Y llega la pelota a Vini en el pico del área, se limpia a tres defensores y la coloca en la escuadra. Golazo. Sólo he visto unas cincuenta veces la jugada repetida. Cuando la vea bien les trato de convencer de que un jugador capaz de hacer semejante gol tiene que jugar siempre en el Real Madrid. Acto seguido besa el escudo y pide a la grada (traducción libre): “dejad ya de silbarme y animad al equipo, ¿no veis que me da igual?”. Vini es una roca. Ya hemos visto lo que nos puede dar a cambio de un poco de afecto. Ustedes mismos.
Buena primera parte. Incluso sin Bellingham. Brahim y Vini perdonaron dos goles al filo del descanso por exceso de generosidad. Los dos buscaron a Mbappé en lugar de probar al portero. El partido habría dejado otro sabor con un 2-0 al descanso. Pitos en la grada.
En la reanudación, penalti escandaloso en el 47’ sobre Mbappé. Curioso: la grada pide la falta, pero no insiste en la reclamación al árbitro ni corea “corrupción en la Federación”. Nada. La ira endogámica nos satisface más. El fuego amigo. Tenemos más enemigos dentro que fuera. No dentro del club. Dentro de nuestras propias cabezas. Total, que volvieron los silbidos tras el gol del Rayo en el minuto 49. Es realmente difícil interpretar a qué silba cada persona en el Bernabéu.
La victoria contra el Rayo No me ha parecido ni remotamente el desastre que dicen las crónicas
A todo esto, nos ponen los muñecos del FDJ semi automático manipulado manualmente, para mostrarnos la línea del fuera de juego en el codo de Valverde en el gol del Rayo. ¡En el codo! Si bien en directo no se ve nada irregular, la edición de Óscar Lago no hace más que alimentar las sospechas de manipulación. Ni una toma de la salida del balón. Todo es grotesco, zafio, cutre en la pobre España de 2026. El fútbol no se iba a librar
Alberto Cosín le da un aprobado al árbitro. Muy en desacuerdo. Amarilla anaranjada por entrada de LeJeune a Vinícius, en la banda, sin balón. Jueguen. Pisotón de Isi a Ceballos, naranja también. Esta vez amarilla para el hipócrita de Murcia: cuando le atracan contra el Barça dice que ya se sabe, que el Madrid y tal... Amarilla a Ceballos por rebañar limpiamente un balón con 1-1. LeJeune debió ser amonestado cuatro veces… Gumbau debió ser expulsado en la primera parte. No nos acostumbremos a ignorar que pagaban por neutralidad, por favor.
El Madrid jugó una primera parte digna. No acepto la crítica feroz a Huijsen. Es blando atrás todavía, pero si no le estropeamos la carrera nos va a dar una salida de balón que no hemos tenido nunca. Para los silbadores: exceptuando a Courtois, la edad media de nuestro once de ayer fue de 21,4 años. Tal vez les quieran exigir que sean Modric o Kroos cuando alcanzaron su prime hacia los 30. Llevo días pensando que tal vez no necesitemos un mediocentro, sino aguantar dos años más, que tendremos que capear como podamos. La falta de jerarquía no la arregla cualquier fichaje para ninguna posición. El equipo es inmaduro. Sabíamos que iba a ocurrir cuando se nos fue el arquitecto de Greifswald y cuando le enseñamos la puerta al pequeño gigante de Zadar.
Respecto a los silbadores, tengo algunas reflexiones. Distingo tres grupos por sensibilidades:
Los oficialistas, veteranos y nostálgicos, hacemos un pack con los subvencionados de la grada fans, a quienes no nos sale o a quienes no pueden silbar a jugadores propios por contrato. Profesamos lealtad incondicional a quien se siente en el banquillo o se enfunde la camiseta, respetamos las canas y no olvidamos de dónde venimos.
En segundo lugar podríamos poner a los piperos. Críticos pero no muy ruidosos en la grada. Su lealtad es condicional. Silban los errores pero les puede la comodidad del asiento y de la memoria. Han visto mucho, han disfrutado y lo valoran. Aguantarían un lustro viendo cómo se va forjando un equipo ganador. Mascullando improperios, sí, pero aguantarían para ver cómo Güler pierde los dientes de leche. Cómo Mastantuono se suelta los grilletes. Cómo Huijsen adquiere un 50% de la furia de Asencio y se blinda de confianza en la salida de balón.
Los terceros son los capaces de pitar noventa minutos a su propio equipo o cebarse con Vinícius y Bellingham. Es el neomadridismo que tengo acuñado pero que aún no he definido. Se trata de un colectivo nuevo, no constituido por afinidad. Lo que les une es actuar fuera de la racionalidad, intoxicados, entregados a unos medios corrompidos por el sistema.
estoy dispuesto a discutir de fútbol con cualquiera que crea que el domingo fuimos un desastre. Aquí les espero con el vídeo del partido. Les recomiendo que lo vean sin sonido, solos y desprovistos de prejuicios. Después me cuentan
Ningún madridista sano puede querer hacer daño a la institución, a la plantilla, humillar a sus propios futbolistas, la autodestrucción. Manifiestan su descontento proyectando los impactos continuos que reciben de medios e influencers de ética discutible. Lo llamo “neo” porque nunca hemos visto semejante esperpento en el Bernabéu. Un espectáculo bochornoso, basado en señalamientos desde prensa y desde las redes y en la falta de respeto por quienes nos han hecho felices desde 2014 a pesar de la ciénaga en la que vive el fútbol.
Díganme sólo un programa deportivo en la radio o algún periódico que sea indulgente con el presidente, con Arbeloa o con los presuntos pecados de los futbolistas. Uno solo. Preséntenme un solo madridista capaz de insultar a Florentino en junio de 2024, con la 15 aún buscando sitio en la vitrina y con Kylian recién fichado. El neomadridismo celebró un título grande hace un año y medio. Si hubiéramos tenido redes sociales y un periodismo corrompido por las instituciones del fútbol entre 1966 y 1998, nos habríamos matado entre madridistas a la salida del estadio tras un mal partido.
Ya termino: estoy dispuesto a discutir de fútbol con cualquiera que crea que el domingo fuimos un desastre. Aquí les espero con el vídeo del partido. Les recomiendo que lo vean sin sonido, solos y desprovistos de prejuicios. Después me cuentan.
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Buenos días, amigos. En nuestro portanálisis de ayer loamos a Rosa Villacastín como merece, pues es justa y lo ve todo. Ambas cualidades son indiscutibles; encaja sus tuits de manera milimétrica, a ras, entre la omnisciencia y la estulticia.
Afortunadamente no es la única, ya que la risa es una necesidad antropológica de primer grado. Los ejemplos de pensadores, pensadoras y pensadoros elegidos por la divinidad para saciar esta pulsión del humorismo son numerosos y colman nuestro ecosistema con abundantes especímenes. Proliferan principalmente en el ámbito de la opinión y/o información.
Empecemos por este último campo. Gracias a un tuit de Gió (@GiorgiaVat) dirigido a nuestro editor Jesús Bengoechea, nos enteramos de que el FC Barcelona le había pedido algo realmente extraño a uno de sus mejores futbolistas: Raphinha.
Comunicado médico ❗
, presenta una sobrecarga en el aductor de la pierna derecha.
Será baja por precaución para el partido contra el Albacete y el período de recuperación será de una semana. pic.twitter.com/Rx7ant4g4F
— FC Barcelona (@FCBarcelona_es) February 2, 2026
«Raphinha, presenta una sobrecarga en el aductor de la pierna derecha». Del mismo modo que el dequeísmo de hace tan solo unos años ha tornado en un queísmo atroz que completa el panorama, quizá estemos ante un escenario donde la anemia crónica de coma del vocativo se convierta en sobreutilización de la misma, toque o no.
Imaginamos la casa de los Raphinha en el momento de la recepción del comunicado culé:
—Señorito Raphinha, le ha llegado un comunicado del señorito Laporta. Aquí lo tiene.
—Gracias, Ambrosio. Dáselo a Bengoecheão, mi asistente de lectura, para que me cante qué dice.
Instantes después, aparece Bengoecheão con la sempiterna foto enmarcada suya frente a una ermita con la dedicatoria: «Para mi Jesusinho, de tu Alfredinho».
—Querido señorito, veo que ha recibido un comunicado. Grandioso. Procedo a leérselo: «Raphinha, presenta una sobrecarga en el aductor de la pierna derecha».
—¿Cómor?
—Me he quedado tan epatado como usted. Sí, el señorito Laporta le está exigiendo que presente una sobrecarga en el aductor de la pierna derecha.
—Pero eso es absurdo. Llama Cosinho.
A few moments later…
—Dígame, en qué puedo ayudarle, señorito Raphinha.
—El club me ha exigido que le presente una sobrecarga en el aductor de la pierna derecha. Algo absurdo, verdad.
—Ciertamente. Hace dos meses que no tenemos stock de sobrecargas en el aductor de la pierna derecha, es una carencia del mercado que conoce cualquier aficionado.
—Eso pensaba, solo quería confirmarlo contigo, eres el mayor aglutinador de conocimientos del mundo. El hombre que se permitió corregir a Noé cuando le dijo que había incluido un déficit de mamuts en el Arca. El tiempo te dio la razón, Noé fue negligente, los paquidermos comenzaron a lesionarse, no pudieron reproducirse lo suficiente y acabaron extinguiéndose.
—Así es, señorito Raphinha. ¿Le han comunicado si puede usted presentar otra cosa? Si presentamos un cruzado de la rodilla derecha, nos quedan dos, supondrían más de cuatro meses de baja y Laporta podría inscribir a alguien. Ya sabe que cada operación lleva su comisión y…
—No, no, porque entonces no jugaría yo y hay Mundial. A ver qué le podríamos enviar al Barça… ¿Nos quedan hígados, Cosinho?
Encajamos por aquí un par de portaditas que no sabíamos dónde meter.
Quizá penséis que hemos llevado al paroxismo esta representación, pero quizá el día a día del FC Barcelona esté plagado de momentos absurdos.
Decíamos antes que estas mentes preclaras proliferan principalmente en el ámbito de la opinión y/o información. Una vez cubierto este último, tratamos el campo de la opinión. En él hay un hacha que destaca sobremanera, pues no solo es justo y lo ve todo, como Rosa Villacastín, sino que lo prevé, lo vaticina.
El autor de megabulos como el de la relación histórica entre el Real Madrid y el CTA, no hace mucho se convirtió también en un oráculo de tal magnitud que Delfos y la orácula de Matrix palidecen a su lado. Recordemos su predicción:
️ Rubén Uría : “ Las noticias que yo tengo es que la NFL no quedó para nada satisfecha con el Bernabéu. Yo creo que si vuelve a España, la NFL sabe que esto se puede organizar mejor en el Metropolitano “
Las ⛲️ del anti madridismopic.twitter.com/A7BiG4B8Sk https://t.co/DcIR9PUzVA
— (fan) LOCOS REAL MADRID (@LocosRealMadrid) February 2, 2026
Rappel Uría aseguró que la NFL no quedó nada satisfecha con lo que vio en el Bernabéu y profetizó que, en caso de volver a Madrid, probablemente lo haría al Metropolitano, no repetiría otro año en el estadio blanco.
En parte acertó, pues la NFL no retornará al Bernabéu un año, sino —al menos— dos. Menudo fiera.
Megaacuerdo entre la NFL y el Bernabéu: habrá partidos en el estadio del Madrid en 2026 y 2027 https://t.co/ThKr0ZBrLF
— EL MUNDO (@elmundoes) February 2, 2026
Nos gustaría haber visto la expresión de Uría al conocer la noticia. Probablemente habrá quedase boquiabierto y cariacontecido.
Cerramos con Sport, diario que lleva en portada una mala noticia: la lesión de Ter Stegen, a quien deseamos una pronta y satisfactoria recuperación. Como ahora defiende la camiseta del Girona, entendemos que nadie del Barça le había pedido que presentase una lesión en el isquiotibial izquierdo.
Amigos, pasad un buen día.
A veces el azar ofrece soluciones a los problemas más enquistados. Le ha pasado a Arbeloa con la lesión de Bellingham. Más que el jugador inglés en sí, el problema es la evidente intocabilidad de los tres espadas mayores, Jude, Mbappé y Vinícius. Ya vimos el otro día a Güler, en Lisboa, salir por la banda relatando al ser sustituido cuando no era el peor ni de su equipo ni del centro del campo. Una cosa es la necesaria jerarquía dentro de un vestuario y otra que se haga patente para todos la situación de privilegio de quienes no demuestran merecerlo. Cuando esto llega a los mismos futbolistas, se corre un riesgo grave…
Como el 5 se ha roto para dos meses, por lo menos, se abre una perspectiva nueva. El entrenador tiene ante sí posibilidades insospechadas de componer algo parecido a un centro del campo funcional justo en las semanas en que se va a decidir el futuro del Madrid en la Copa de Europa. Que es como decirlo todo.
Es verdad que ni en la vida ni en el fútbol existe la meritocracia. Pero las cosas, para mantener un equilibrio, deben guardar una forma o apariencia. Bellingham, como Vinícius, lleva una temporada larga mostrando un nivel muy inferior al que llegó a exhibir un día con la camiseta blanca. Lo de Vinícius es peor porque fue el mejor futbolista del mundo durante dos largas temporadas brillantes en las que su progresión no parecía tener techo. El Bellingham carismático y providencial de aquellos primeros cinco meses se ha disuelto en un agonismo tribunero que recuerda las postrimerías de la carrera de Raúl González Blanco.
La gran diferencia con el Madrid de Cristiano Ronaldo, Benzema o Ramos era que aquellos, incluso en las crisis, que las hubo y gordas, hacían prevalecer además de su monstruoso talento una ética de trabajo nunca vista antes en Chamartín. Quizá fuera cosa en exclusiva de Ronaldo, que era un enfermo del entrenamiento, la encarnación máxima del altius, citius, fortius. Por lo que fuera con Los Jerarcas se estableció una cultura del esfuerzo que ayudó notablemente a que aquel equipo plagado de talentos históricos alcanzase cotas de éxito de auténtica leyenda.
Arbeloa tiene ante sí posibilidades insospechadas de componer algo parecido a un centro del campo funcional justo en las semanas en que se va a decidir el futuro del Madrid en la Copa de Europa
En el Madrid actual talento hay, aunque mucho menos del que se pregona y del que creíamos. Liderazgo, muy poquito. Y lo del esfuerzo…
La lesión de Jude Bellingham al poco de empezar el engendro perpetrado contra el Rayo en el Bernabéu nos dejó ver un buen rato de Ceballos. Fue lo mejor del equipo. Considerando que los centrocampistas más útiles y polivalentes que tiene esta plantilla se ven obligados a jugar de lateral o central por el estado catatónico de la defensa, hoy día Ceballos se antoja imprescindible. No sólo es alguien que da un sentido a la espantosa salida de balón del equipo, sino el único a disposición de Arbeloa que puede asegurar la posesión en campo contrario, uno de los pilares, en el fútbol contemporáneo, del éxito. Quien lo dude debería revisar los grandes partidos en Europa del Madrid del threepeat, por ejemplo.
A todo esto, últimamente está el debate madridista en redes agitado por la cuestión de si hay dinero para fichar o no hay. Pienso en Alaba y en que dicen que cobra treinta millones netos al año. ¿Quién se encarga de fijar las nóminas en el Madrid? Los fichajes que vienen gratis esconden más trampas que un decreto ómnibus del Gobierno.
Sin Bellingham, el Madrid podría ordenarse otra vez con más armonía en torno a un triángulo en el centro que incluyera a Tchouaméni, Camavinga y Ceballos. Eso permitiría que Güler, abierto sobre el costado derecho, pudiera quitarse por fin el precinto y sirviera balones sin cuento a Vinícius y a Mbappé. Hasta ahora de lo mejorcito de esta temporada ha sido eso: el turco filtrando, en tres cuartos de campo contrario, pelotas de oro a los dos de arriba, especialmente a Mbappé. Desde luego que la ausencia del inglés le deja en bandeja a Güler la ocasión de que sepamos, de una vez, de qué madera está hecho. Y si vale o no vale para el Madrid.
Esa es una cuestión de fondo que, imagino, la dirección deportiva del club tendrá que afrontar este verano. Tomar decisiones es lo que ha marcado la presidencia de Florentino y me refiero, aquí, exclusivamente a lo deportivo: desde 2009 se ha prescindido de grandes jugadores porque, o bien no cabían en su momento y era necesario hacer caja, o bien se determinó que su momento había pasado. Aquel mantra de nadie por encima del club hizo que salieran Robben, Sneijder, Higuaín, Di María, Özil, Cristiano, Ramos…y el Madrid siguió ganando.
De todos modos, montado como está otra vez el Madrid en la montaña rusa del lol, habrá que acogerse a una resignación cholista e ir partido a partido. Que ya es bastante.
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