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Baile de máscaras

Baile de máscaras

Escrito por: Mario De Las Heras7 junio, 2015
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En lo único que iba a ganar la Juventus al Barcelona era en la estética, lo cual tampoco era difícil. La barba de Pirlo (al final fue casi todo lo que aportó) frente al corte de Messi. Kim Jong-Un disfrutando del partido como un loco con semejante homenaje. Cierto es que el argentino se deshace de los defensas con la misma alegría que el norcoreano de sus generales. Esto para las estrellas de ambos equipos, porque en el banquillo estaba el traje de Nick Carraway de Allegri, quien parecía estar pensando aquello del inicio de El Gran Gatsby: “Cada vez que te sientas inclinado a criticar a alguien ten presente que no todo el mundo ha tenido tus ventajas…”, y el de Emilio Aragón de Luis Enrique.

En cuanto a eso de las ventajas uno siente la tentación de cebarse con el campeón de Europa (y de todo: un hecho tan mágico como si se viviera en Macondo), pero va a contenerse. Que hable la Galerna. El penalti a Pogba fue el olor del demonio, que hubiera dicho Úrsula, a lo que respondió el gitano Melquíades, ¡ay, las ventajas!, que no era más que un poco de solimán.

Salieron tan imprecisos los catalanes, un poco de Mascherano (que le echaba la culpa a las botas, unas botas rebeldes y madridistas) y un poco de Neymar, que tuvieron que marcar en la primera jugada trenzada ante la insólita defensa de la Juventus.

Andrea Pirlo

Rakitic parecía tan libre en el área italiana como el amish Alexander Godunov con su sombrero de paja de camino a la granja de Kelly McGillis en ‘Único Testigo’. Uno todo el rato pensando en la blandura de Ancelotti y negándose a sí mismo: ¡No, no…! ante el rumbo del encuentro, empezando a sustituir mentalmente su figura por la de Benítez. Jugaba el Barcelona, tampoco demasiado bien, a base de cambios de juego del “mejor jugador del mundo” (uno lo ha oído tantas veces que ha sufrido una reeducación como la de Puyi, el último emperador), que tenían un peligro futuro de explosivo con temporizador.

Morata corría y protegía la pelota como el juventino más destacado. Le ganaba en carrera a Mascherano y al final, además, le hacía una trinchera adornándose. Y era para que se animara su equipo, que la perdía siempre en el peor momento. Era pasar de medio campo y enseguida empezar a correr hacia atrás. Parecían Steves Urkeles preguntándose: ¿He sido yo? con unas risas de fondo. Era el canterano del Madrid quien salvaba el honor de los bianconeros antes de Buffon, que hacía una parada de portero de época y le traía a uno el recuerdo de Casillas y aquel verso del Cantar: ¡Dios, qué buen vasallo si tuviese buen señor!

A los culés le habían puesto delante al equipo sparring que viajaba con los Glober Trotters cuando hace tres semanas parecían los All Blacks con once Jonah Lomuh sobre el campo. Enfocaba la cámara al palco y allí estaba Mas (también habían invitado a Billy Elliot, que estaba justo detrás), quien siempre da la impresión en cualquier evento de estar en la Conferencia de Yalta junto a Roosevelt, Churchill y Stalin. A pesar de todo, Pirlo y Pogba comenzaban a cobrar cierto protagonismo. Buffon, esa estatua heroica hecha con el bronce de los cañones de las tropas piamontesas de Garibaldi, daba órdenes de mariscal y mostraba su rango indiscutible tras un tiro flojo de Neymar deteniendo el balón con una técnica exquisita de guardameta: muslo ladeado, rodilla en tierra y los brazos en ofrenda como para que los bendijese el Padre Suances.

Tévez parecía perdido, inerme, igual que si no recordase su pasado de mil reyertas. El peligro, lejano, lo ponía Marchisio sin acierto. Empezó la segunda parte con otra parada de Gigi a Suárez. Esos dientes del uruguayo buscaban mordisco, a qué si no esa prominencia, y uno lo entiende como también la baja por miedo, que no nos engañen, de Chiellini. El tridente barcelonista eran Curro Jiménez, El Estudiante y el Algarrobo burlando franceses en Sierra Morena. Buffon no sabía ya qué decirles a los suyos y retenía el balón con una mirada de Parker Lewis nunca pierde. Fue justo antes de que Tévez se revolviese en el área y el rechace de su disparo lo recogiese Morata para marcar el empate.

La Vechia Signora rejuvenecía y la locución televisiva temblaba. Pirlo defendiendo, quizá ya cansado de su elegancia, parecía el anciano Michael Corleone que se cae de la silla casi rememorando un epílogo tan maravilloso. Podría haber sido pero no fue y de un penalti claro en el área azulgrana salió el contraataque que lanzó Messi poniendo en hora el temporizador de la bomba cuyo detonador iba a activar Suárez mientras la defensa turinesa celebraba un carnaval previo al de las banderas cuyo delirio no fue la ausencia, por sabida, de la española, sino la presencia de la canaria, ¡la canaria!, sobre los hombros de Pedrito, Pedrito de España. No iba a suceder más porque el Estadio Olímpico de Berlín ya era la Plaza de San Marcos repleta de máscaras. Saldría Xavi para decir adiós con una asistencia a Neymar que marcó un gol tan innecesario como sus malabarismos, que sucedió a una colección desordenada de balones cortos de Pirlo y remates inofensivos de Tévez y Pogba. Aquello ya sólo lo podía salvar el FBI, que finalmente no apareció.

Ha trabajado en Marca y colaborado en revistas como Jot Down o Leer, entre otras. Escribe columnas de actualidad en Frontera D. Sobre el Real Madrid ha publicado sus artículos en El Minuto 7, Madrid Sports, Meritocracia Blanca y ahora en La Galerna.