Buenos días. En 1970, el Apolo 13 sufrió una explosión que puso en peligro la misión y la vida de sus tripulantes. Años después, la película protagonizada por Tom Hanks hizo famosa la frase: «Houston, tenemos un problema».
Desde hace unas semanas, imaginamos una escena similar en el centro de control de la Liga. Comienzan a encenderse las luces que rodean el mueble bar de la estancia, el pitido de las alarmas provoca ondas en los carajillos y hace que se tambaleen tanto la columna de cheques para los medios como la de facturas de gastos en locales divertidos. Un paniaguado, se desconoce si con trompeta o no, pulsa el interfono que comunica directamente con el jefe y dice:
—Tebas, tenemos un Mourinho.
El jefe abre el ojo, la cabeza le explota. Tiene la boca como una zapatilla y apenas recuerda lo que sucedió el día anterior.
—¿Un Mourinho? ¿Otra vez?
—Sí. Y un Diomande y un Bellingham y un Güler y, lo que es peor, parece que un Real Madrid entero.
Entendemos la gravedad de la situación para el sistema. Redoblaron su guerra contra el Madrid porque saben que la única manera de hacerse con el control del club blanco es desestabilizarlo mediante una cascada de malos resultados deportivos inducidos. Y llega el tocapelotas de Mourinho, again, y en pocos meses logra engarzar las joyas de la corona con los metales preciosos de la plantilla para lograr un conjunto que deslumbraría al más exigente mandatario.
El Madrid marca paquete en Santander y Bellingham lo hace en la portada de un diario As que titula con acierto: «El Madrid va como un tiro». Como un pepino, que diría la gran Beatriz Pérez Aranda.
Los blancos, ayer rositas, encadenaron su sexta victoria consecutiva ante un Racing que permanecía invicto en El Sardinero. El Madrid ofreció una lección de fútbol total durante la primera parte y supo no perder lo ganado en la segunda.
Podéis leer aquí la crónica de Paco Sánchez Palomares, las notas de Atenea Johansson y la crónica arbitral de Alberto Cosín. De la parte más polémica se han encargado Tomás Guasch y William Pogue.
Este equipo se posiciona, defiende, presiona al rival como una suegra a su nuera, recupera y sale embalado, combina con rapidez, chuta y marca goles. Durante fases de los partidos, los jugadores parecen disfrutar tanto como quienes los contemplamos.
Bellingham ha vuelto a ser aquel futbolista imperial, pero más completo y con una ascendencia sobre sus compañeros brutal. Ayer alcanzó los 50 goles como madridista, por cierto. Güler distribuye el fútbol con una facilidad insultante. Envía impulsos nerviosos a través de sus pases y cada compañero responde como si estuviera conectado a él por una sinapsis invisible.
Tchouaméni realiza su labor de manera impecable, sin alzar la voz, para que el resto pueda brillar. Huijsen crece por momentos. Cucurella defiende su plaza con la fiereza de Blanka en el Street Fighter II. Mbappé continúa con su goteo de goles.
Y ha emergido Diomande como una suerte de héroe moderno de la antigüedad capaz tanto de resistir planchas en el tobillo como de anotar golazos a tutiplén. Por no hablar de sus cualidades defensivas, de su capacidad táctica, de su habilidad para combinar con sus compañeros, lo que propicia que además de goles dé asistencias por doquier, del buen rollo que desprende.
Ahora mismo, el Madrid está intratable. En verano se hablaba de la enésima negligencia del club en la confección de la plantilla. Mientras que el proyecto tomaba forma, vimos cómo las aves carroñeras revoloteaban por los campos a la espera de que el Madrid cayese.
Ahora, esa colección de buenos jugadores ha sido organizada por Mourinho y compite como un equipo sólido. Desde la consecución de la Quince no veíamos nada parecido, y este hecho está poniendo nerviosos a los gerifaltes del tinglado, que pensaban que por fin iban a lograr su objetivo.
El partido de ayer nos dejó más cosas. Diomande regaló su camiseta a un recogepelotas cuando fue sustituido. El chaval no pudo disimular su alegría. Fue un gesto espontáneo y precioso que, por increíble que parezca, hubo quien reprochó en redes sociales.
En la segunda mitad, Tchouaméni arreó un zambombazo desde lejos que terminó impactando en la cara de Máximo, un niño que presenciaba el encuentro junto a su padre. Al concluir el partido, Aurélien se interesó por él, le pidió disculpas y le entregó una camiseta firmada. Mbappé, el jugador favorito de Máximo, se acercó para bromear con él y decirle que Tchouaméni no sabía tirar.
Nos encanta ver cómo Mourinho ha conseguido armar un bloque, cómo disfrutan los jugadores, cómo dos niños del Racing terminaron llevándose un recuerdo extraordinario de futbolistas del Real Madrid.
Acabamos de empezar noviembre y queda una eternidad. Habrá tropiezos, disgustos, partidos malos. Pero el Madrid ha conseguido algo que hacía mucho tiempo que no lograba: ilusionarnos, que nos apetezca sentarnos ante la tele para disfrutar de él.
En el centro de control de la Liga, continúan las comunicaciones:
—Presidente, hay algo peor aún.
—¿El qué?
—Que esto acaba de empezar.
Pasad un buen día.













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Un comentario en: Tebas, tenemos un Mourinho
La "envidia de europa" y "polémica goleada del real Madrid", me parto con la portada de Sport, jajajaja