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Un Barça bilardista

Un Barça bilardista

Escrito por: Jesús Bengoechea8 mayo, 2018
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Parece existir un cierto consenso en señalar a Luis Suárez como uno de los jugadores más sucios de toda la historia del balompié de élite. Hay muchos barcelonistas que participan de ese consenso aunque sigan aplaudiendo a Suárez (¿recuerdan aquello de "Es un HdP pero es nuestro HdP"?), y si queda alguien en el planeta que no participa de esta opinión ha de ser porque no le ve jugar con asiduidad, o porque permanece ajeno a la abrumadora cantidad de datos e imágenes de la carrera del uruguayo que así lo refrendan.

Lo que ha cambiado es que Suárez ya no es el único en su equipo que se emplea con violencia. El Clásico prueba que todo el Barça se ha suerizado, o al menos que se suarizó para la ocasión.

Bien pensado, resultaba extraño que no cundiera el mal ejemplo. El Barça era hasta la fecha un experto en otras malas artes, pero no en la de la violencia. A partir del Clásico, y siguiendo la estela de su delantero centro, podemos afirmar que el FC Barcelona, tras puntuar altísimo en la escala de la simulación, de la hipocresía, de la búsqueda constante y amanerada de la protección arbitral en cada lance de cada partido (protección que por lo demás no necesitan reclamar, por cuanto ya les viene de serie), ha hecho tic en la casilla del macarrismo. Al TO DO LIST de la execrabilidad del FC Barcelona ya casi no le quedan casillas por marcar.

Es una nueva faceta de impresentabilidad, no explotada hasta la fecha si exceptuamos a Suárez que hasta ahora era eso, la excepción, mientras que en adelante se puede afirmar que Suárez es la norma cuando no el precursor, el que ha abierto camino, como ese hermano mayor que se escapa por la noche para ir a pegarse con otros vándalos y te anima a que le sigas árbol abajo. Y vaya si le siguen, o al menos vaya si le siguieron. La suarización de Messi, Piqué, Coutinho, Jordi Alba y Rakitic (como mínimo) en el choque del domingo merece un diploma de mimetización. Se les había visto hacer la croqueta, tirarse al suelo con un ojito asomado entre los dedos, rodear al árbitro en perenne acoso y cosas así. Pero no se les había visto repartir obleas como hicieron el domingo y como Suárez hace todos los domingos. No era la suyo, al menos hasta este punto.

estaban muy pero que muy ofendiditos por la falta de un pasillo que les honrara.

La duda que queda es la ya suscitada: ¿el Barcelona será en conjunto un equipo leñero, ya para los restos, o lo fue solo para la ocasión? Hay que comprender la importancia de la ocasión para los jugadores culés. Primero, estaban muy pero que muy ofendiditos por la falta de un pasillo que les honrara, aun pasando por alto la muy buena razón que les privaba de dicho pasillo, a saber, que ellos mismos se lo habían negado al Madrid cuando les correspondía. Es lo que tiene ese supremacismo acomplejado de nuevo rico al cual yo, la verdad, no veo más que ventajas: te permite pasar por encima de tus propias miserias como si no te hubieran adornado, porque para eso tu relato (ante el que todo el mundo se persigna) carece del menor atisbo de autocrítica. Es así que puedes enfadarte porque los demás no tengan contigo los detalles que tú no tienes con los demás, máxime si introduces en la ecuación la insaciable sed de adulación que comporta dicho supremacismo acomplejado, concepto sólo en apariencia paradójico.

Además de estar muy pero que muy enojaditas por el no-pasillo, las cenicientas estaban además rabiosas porque la madrastra -que es el Destino, combinado con su propia incapacidad- les ha dejado sin asistir al gran baile de fin de temporada en Kiev. Si en la coctelera agregas a Suárez liderando el afán hostil (en el sentido literal, es decir, el de repartir hostias), el resultado es Rakitic ejecutando una patada asesina sobre el tobillo de Casemiro a los 25 segundos de partido, preludio de todo lo que vino después con la connivencia de Hernández Hernández que perdonó la expulsión al propio Rakitic, tal vez a Coutinho y Suárez y desde luego a Messi tras su actuación en el campo y en el descanso, amén de acertar con la expulsión de Sergi Roberto y errar no expulsando a Bale, que mereció la doble amarilla y la consiguiente expulsión. Son tres expulsiones perdonadas contra una, y eso si nos ceñimos sólo a lo disciplinario.

En la ensalada de patadas, puñetazos, manotazos y remoquetes aliñada por los de Valverde destacó Piqué, la cenicienta por antonomasia, quien decidió convertir el baile de Barcelona en el mejor sucedáneo posible del de Kiev, con la ventaja de que nada a las doce sería una calabaza salvo las propias calabazas europeas ya cosechadas por su club en Cuartos, como manda la tradición.

Así, sin limitaciones temporales, podría el futuro presidente del FC Barcelona esmerarse en los nobles artes del susurro provocador en la oreja del rival, la patada a destiempo cuando ya es imposible evitar un gol -con la consiguiente lesión de Cristiano, vamos a pensar que no desatada con el objetivo de dejarle fuera del baile que cuenta- y la apoteosis final: el autopasillo ideado por el propio Piqué, el pajipasillo como genialmente lo bautizó Fred Gwynne, la mayor muestra de megalomanía venida a menos de la historia moderna del deporte, la escena más tragicómica jamás presenciada en un estadio de fútbol. Pero eso fue al final. Antes, a Piqué sólo le faltó saltar al campo con un alfiler para pinchar las pelotas de los madridistas en los córners, como hacía y recomendaba Bilardo.

Bien pensado, de hecho, estamos ante un Piqué y un Barça profundamente bilardistas, lo que no deja de tener su gracia en un club que supuestamente encarna en su juego y sus valors la esencia misma del menottismo. No en vano el público -profundamente bilardizado también- entonó el celebérrimo "Pisalo, pisalo" popularizado por el entrenador argentino cuando Cristiano estaba en la banda, siendo atendido tras la entrada de Piqué. Este hecho, unido al cántico de "Puta Madrid", hará sin duda que la institución sea sancionada como le pasó al Madrid cuando cuatro imbéciles cantaron "Messi subnormal" en un Clásico del Bernabéu. Serán sancionados, sí. Ja.

Bilardismo, suarización, independentismo, megalomanía de todo a cien y supremacismo acomplejado. Un cóctel ciertamente explosivo si se combina con la imposibilidad de conjugar el caer sistemáticamente en Cuartos de Final de la mejor competición del mundo con el ser, como se pretende, el mejor equipo del mundo y aun de la Vía Láctea.

Mucha suerte.