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Terciopelo azul (y grana)

Terciopelo azul (y grana)

Escrito por: Mario De Las Heras22 enero, 2019
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No parece haber ningún futbolista, del Madrid, mayormente, que pueda salir a decir que se cisca en el VAR y en todo lo que lo rodea. Sin rodeos. Ayer, Recio, jugador del Leganés, vino a hablar claro al respecto, muy claro para lo que se estila, pero seguía advirtiéndose el freno. Él parecía querer ciscarse en el VAR y en todo lo que lo rodea y en todos los que de ello se benefician, pero se contenía.

No deja de ser ridícula esa contención. A Recio ayer se le notaban los humos (casi saliendo de su cabeza) pero las palabras lo matizaban. Ese ejercicio de contención es portentoso por la capacidad de los contenedores y por el poder de la censura intangible, que tácitamente prohíbe decir las cosas como son a la vista de unas imágenes inequívocas.

el poder de la censura intangible, que tácitamente prohíbe decir las cosas como son a la vista de unas imágenes inequívocas.

Otra cosa es el tráfico de imágenes. Hay un estraperlo de vídeos e instantáneas que se mueve en el mercado negro. Es como si las imágenes reveladoras del tinglado pudieran ser ocultadas en una sociedad en la que casi nada puede ser ocultado como antaño, o lo que es lo mismo: los extraperlistas tratan a la gente como a idiotas.

No se habían visto términos tan grotescos desde hacía mucho tiempo. Estamos viviendo la explosión (después del desarrollo villarístico) de lo grotesco en el fútbol español. Lo grotesco sólo puede darse por medio de la imposición. La mafia perdura por la imposición de lo grotesco, percibido claramente ayer en la denuncia contenida, casi con lágrimas en los ojos, de Recio.

Se hace necesario una suerte de libertador o de libertadores a la vieja usanza, aunque sólo sea para emocionarnos un poco. Futbolistas que desde el campo de batalla luchen contra la infamia sin contención. Con la épica olvidada. Me imagino a Juanito, de ser en estos días un joven futbolista, diciendo a propósito del último escándalo que la utilización del VAR es malvada en términos menos suaves.

Pero no hay Juanitos que valgan (ni Mourinhos, por cierto), sino millenials acomodados. No hay tipos como él que en un arrebato maldito le pisen a uno la cabeza. Juanito se arrepintió de aquello al instante, para no volver a hacer nunca nada parecido.

Hoy no parece haber nadie que se vista de blanco al que se le pueda ocurrir pisar la cabeza a un contrario (por suerte, no como en otros sitios, donde se ha hecho costumbre) ni, sobre todo, hablar sin tapujos con la retranca de la vida y el peso de las gónadas entre las piernas. Hoy todos son muy correctos. Y cuando más correctos son más los pisan, como si tuvieran que demostrar algo. Quizá el dichoso señorío, esa cosa definida por quienes se ríen de ella.

En el Barcelona, en cambio, se ríen de todo y de todos. Ese Busquets es un tipo de cuidado con sus fingimientos. Fingimientos que ya no son tales a fuerza de probar un cada vez mayor histrionismo y triunfar. Busquets ríe con el éxito de sus mentiras, camino de convertirse en verdades en el caletre de este individuo y en el de todos sus compinches (la botella racimo, el penalba y tantos otros) si no lo es ya para siempre.

Obsérvense las declaraciones a propósito de la acción entre Suárez y Cuéllar del mismísimo Valverde, con el demonio ya dentro. Es eso mismo de su infancia y el reportero Canut que Kollins recuerda aquí en La Galerna. La verdad la construyen ellos, se erige en sus mentes y se extiende al mundo por medio de los poderes mediáticos que les aplauden y les tapan, como el trío de la tele negando ayer la evidencia, y sin contrastarla, los mismos que hoy se justificaban, lo justificaban todo, bein pagados de sí mismos.

los mismos que hoy se justificaban, lo justificaban todo, bein pagados de sí mismos

En esa sonrisa satisfecha, en ese gesto de chufla que acompaña a los futbolistas del Barcelona se contiene la bula. La vergüenza de un deporte ensuciado. Esa verdad reconstruida les permite, parece ser, ser felices a ellos y a sus seguidores, ciegos corderos víctimas de lo grotesco y sus sermones.

Véase si no a Xavi Hernández (“los del Madrid son la hostia...”) y el púlpito de profeta que lo acompaña siempre. La risa, esa sonrisa que muestran desafiantes, es la verdad que no debe ser cuestionada a riesgo de ser calificado de caverna o de cosas peores, como madridista.

Hay unos paralelismos con la política de aquellos lares casi sangrante, pero no tocaré más por aquí este tema. Aunque no sé por qué, si es el propio Barcelona y sus más señeros representantes quienes lo hacen sin remilgos. Lo grotesco es que ellos lo hagan y el resto deba callar. Es esta la censura sistemáticamente interiorizada en casi todos nosotros.

Lo grotesco es que Luis Suárez haga en cada partido, varias veces, lo que Juanito hizo en una triste ocasión en su vida y no haya sido expulsado del campo nunca desde que juega en esta competición. Esta Liga grotesca, grotescamente diseñada para que la gane el equipo de la verdad, la mayor mentira del deporte.

La proeza no es la que nos venden con sus sonrisas y sus mantras y sus eslóganes de VAR y las ocho Ligas de diez, sino las dos de diez. La Liga de Mourinho y la Liga de Zidane son los dos hitos deportivos del siglo. Más que tres Copas de Europa consecutivas. Esas dos Ligas son la victoria definitiva e imposible de la fuerza y el talento sobre el poder del engaño.

Pero eso ya está demostrado. Yo digo que no hay que competir más en este teatro. No así. Y yo digo que, de hacerlo, no hay por qué ser modosos. Esos futbolistas del Madrid parecen obedientes alumnos de internado frente a los guays (en realidad están poseídos, como en The Faculty) del instituto culé. A mí me parece que, más que delanteros o centrales, en el Madrid hacen falta futbolistas que se cisquen en el VAR y en todo lo que lo rodea, que no es nuevo.

Gente que le mire a los ojos  y se ría abiertamente del youtuber Busquets y demás farsantes, o le pare los pies al agresor uruguayo, siempre suelto, antes de que alguien encuentre una oreja entre la yerba igual que en Terciopelo Azul (y grana). Gente que se rebele contra el imperio de lo grotesco y lo diga en los medios grotescos, por mucho que sirva tan poco como competir, precisamente, en este campeonato grotesco.