Hace años, se atribuyó a Umberto Eco una afirmación a priori sorprendente. El maestro habría confesado sentirse más orgulloso de los libros que no había leído que de aquellos que sí. Vaya por delante que incluso los admiradores más rendidos del semiólogo italiano tenemos que reconocer que, a veces, algunas de sus aseveraciones han rozado la categoría de ininteligibles. Sin embargo, en este caso la sentencia poseía un sentido profundo y sencillo: los volúmenes sin abrir de su biblioteca —rebautizados por otro sabio, Taleb, como su antibiblioteca— funcionaban como un recordatorio constante de todo lo que aún le faltaba por aprender. Los cínicos tratarán de identificar un poso de coquetería en semejante demostración de humildad; es posible, si bien por encima de todo hay, a mi juicio, un rasgo de lucidez nada despreciable. El hecho de que lo que ignoramos supera con mucho lo que sabemos parece constituir una simpleza ridícula de puro evidente, pero no estoy seguro de que los humanos nos comportemos aceptándolo de manera inequívoca.
Pensaba en esto cuando observaba el revuelo que ha levantado, estos días, el comunicado de la UEFA acerca del caso Negreira y la información aportada por el Madrid. Muy pocas personas tienen información real del significado del mismo, lo que no ha impedido que la falacia narrativa campe a sus anchas. Desde luego en los entornos barcelonistas, aunque en su caso las fábulas inconsistentes llevan produciéndose más de tres años. Yo he llegado a escuchar a gente, en la misma conversación, justificar los pagos al padre de, pongamos, el año 2001 con unos informes que el hijo hizo solo a partir de 2014 y por otro dinero diferente, para a continuación argumentar que, si no se engrasa al juez, por defecto las jugadas grises siempre caen en contra del Barça. «¡Si no se hacen algunas cosas, la tostada siempre cae del lado de la mantequilla!». Ante semejantes demostraciones de mala conciencia, servidor se deja llevar por la compasión y se ve obligado a asentir como medida de protección de las arterias del interlocutor. Diga usted que sí, amigo: al fin y al cabo, la mantequilla es blanca, así que mucho mejor el aguacate, que sube los niveles de HDL y las tarjetas rojas del rival.
No obstante, el madridismo tampoco es ajeno a pergeñar tramas que lo rescaten de la incertidumbre. Se escudriñan las comas de los comunicados como si no los hubiera redactado la versión gratis de chatgpt y la puntuación ofreciese matices insospechados en los que estuviera oculto el veredicto. Resulta curioso que casi todos los merengues que se me acercan coinciden en que la decisión está ya tomada y solo queda el teatrillo previo. Este fin de semana algunos me han dicho que la sanción a la organización F.C.B. está confirmada después de la marea levantada por el affaire Manchester City, y otros se me han postrado, resignados, convencidos de que los pagos van a quedar sin castigo y de que las palabras de la UEFA constituyen un mero guiño personal a Florentino para que pueda distraer a la parroquia en este mal inicio de temporada. Panglosianos y cenizos convergen, eso sí, en el carácter resuelto de la situación. Lo que sea antes que asumir que aquello que desconocemos es mucho más que lo que sabemos.
Este anhelo de seguridad es una propensión humana incrementada sin mesura en el forofo, hipertrofiado en su vulnerabilidad. El hincha sería demasiado humano, siguiendo a Nietzsche. Por su parte, Umberto Eco renegó a menudo del fanatismo en el fútbol: «La pasión por la cháchara deportiva es el colmo del solipsismo, ya que todas las premisas son interesadas y no hay sentido crítico». No obstante, me atrevería a decir que el maestro se pasó un poco de frenada aquí: no en vano su estimado Norberto Bobbio era un apasionado aficionado de la Juventus y ello no les impidió concordar en que la tarea del intelectual consiste en sembrar la duda antes que en recoger certezas. Quizá continuar esa senda marcada por Bobbio suponga la actitud más inteligente a la hora de abordar el caso Negreira. «Sólo el buen pesimista está en condiciones de actuar con la mente despejada, con la voluntad decidida, con sentimiento de humildad y plena entrega a su deber». De acuerdo, conociendo el paño, parece inocente no considerar la impunidad —Rodri dixit— como un resultado probable. Pero también el pavo observa confiado, como todas las mañanas, al granjero que entra por la puerta dispuesto a echarle pienso. Y un día llega Nochebuena.
En efecto, ignoramos más cosas de las que sabemos. Entre ellas, si en el bolsillo de Ceferin hay un puñado de maíz o un cuchillo. Aunque, a diferencia de los libros de la antibiblioteca, este sí terminará por abrirse.
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