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Mourinho: sí a la ilusión

Mourinho: sí a la ilusión

Escrito por: Antonio Valderrama18 diciembre, 2018
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José Mourinho ha sido despedido esta mañana del Manchester United. Lo ha confirmado el club con un tuit, como se hacen últimamente estas cosas, qué lejos quedaron los viejos comunicados, un vestigio predigital que sólo parece respetar el Madrid, todavía. Se dice que le van a tener que pagar 26 millones en concepto de indemnización, no sé si de libras o de euros, un dineral en todo caso. Es el segundo despido que encadena. Hace justo tres años, el 17 de diciembre de 2015, lo echaron del Chelsea, siete meses después de ganar con ellos su último gran título, la Premier de la temporada 2014/2015.

Analizando su trayectoria, destaca un dato: sólo ha estado más de tres años entrenando a un equipo, en su primera etapa en el Chelsea. En el Manchester United ni siquiera ha completado la tercera temporada. “Mis segundas temporadas son las mejores” dijo una vez en el Madrid. En aquella ocasión fue cierto. Sus equipos han ido jugando cada vez peor, sus jugadores han ido siendo cada vez más malos, sus éxitos han ido menguando devorados por el inmenso prestigio que su figura había acumulado a lo largo de su trayectoria anterior.

En esta tesitura y contando con el actual estado de forma del Madrid, con la temporalidad fantasma de Solari (ha renovado, en efecto, pero no da la sensación de que eso sea, aún hoy, algo más que un premio por la hombría del argentino al coger el toro por los cuernos en un momento crítico) es inevitable que muchos madridistas se pregunten, ¿puede volver al Madrid? Es decir, ¿es posible que vuelva ahora, ya, antes incluso de que acabe este año, al principio de enero de 2019 como muy tarde?

Es una posibilidad difícilmente defendible si tenemos en cuenta la estadística, lo puramente resultadista: la carrera de Mourinho como entrenador muestra una tendencia claramente bajista, hablando en términos bursátiles. Le copio el tuit a @EmilSorel: “Mou en los últimos años: ha radicalizado su postura de guerra contra todos, ha tenido problemas con sus mejores jugadores, ha fichado muy mal, ha jugado un fútbol muy pobre, ha sido despedido de sus dos últimos clubes, sus resultados han sido mediocres, ha perdido el aura”.

Esto es irrebatible. Lo peor es que desde que abandonó el Madrid en 2013 parece empeñado en fundirse con el estereotipo que sus enemigos elaboraron de él cuando era el mejor entrenador del mundo. Como si quisiera darles la razón ahora, cinco años después, ido del todo en el balcón de su casa con un fusil en la mano igual que Al Pacino al final de Scarface: ¿Estáis contentos ahora, lo veis?

Entonces, ¿Mourinho sí, o Mourinho no?

Es inevitable pensar que un ridículo del Madrid en Abu Dhabi, bien ante los japoneses, bien en un hipotético enfrentamiento final con River Plate, podría ciertamente precipitar una cosa rocambolesca como que Florentino nos trajese al portugués por Reyes. Esta posibilidad, seguramente, también planea por la mente de los futbolistas del Madrid, quienes, es una impresión personal mía, no se sentirán particularmente felices por ello.

Mourinho, hoy, parece el capitán Ahab de Moby Dick, obsesionado con una idea fija que nadie sabe muy bien cuál es, si el recuerdo de sus hazañas pasadas o la melancolía por lo que pudo conseguir en el Madrid (la Copa de Europa) y no logró. Indiferente a su declive, su paso por Old Trafford ha destruido del todo su crédito como entrenador de élite pero a cambio ha agrandado su leyenda literaria. Ahora, Mourinho es un personaje sardónico, cínico y gracioso de verdad, como lo fue en su mejor momento, en Oporto, Milán y Madrid. Aunque se le ha fosilizado el gesto altanero (la altanería sólo se puede pagar mientras se gana, luego se convierte en una deuda terrible que degenera en la caricatura), sin embargo mantiene una personalidad única en el mundo del fútbol contemporáneo.

su paso por Old Trafford ha destruido del todo su crédito como entrenador de élite pero a cambio ha agrandado su leyenda literaria.

Siéndole imposible sostener el envite particular con Guardiola, mantiene el pathos que lo hizo único, la capacidad formidable de levantar a un muerto con una palabra o un ademán.

Hay algunas circunstancias que convierten la posibilidad de que entrene otra vez al Madrid, digamos, en algo realista. Por un lado, si uno se fija en los entrenadores que ha tenido Florentino en todos sus años como presidente, no hay ninguno en quien cediera más poder que en Mourinho. Es decir, en quien confiara más. El contexto de la venida de Mourinho en 2010 era radicalmente distinto al actual: un Madrid enfrentando una crisis de identidad histórica. Pero algo debe quedar, desde luego. Ambos siempre han presumido desde entonces de una relación cordial, incluso en alguna ocasión han utilizado, sobre todo Mourinho, la palabra “amigos” para referirse a ella.

Ni siquiera Zidane, el ojito derecho de Florentino y la expresión máxima de su presidencia, de su estilo de ver y pensar al Madrid (y sin ninguna duda, su entrenador más exitoso) ha gozado del poder de decisión sobre altas y bajas del que gozó Mourinho. Con eso está todo dicho: cada entrenador que ha tenido Florentino, antes o después, ha debido transigir por completo con la política “estratégica” del club en el campo de la planificación deportiva, convirtiendo la dirección técnica en una cosa híbrida que mezcla las pretensiones estrictamente futbolísticas de los entrenadores con el largo plazo institucional.

Ni siquiera Zidane, el ojito derecho de Florentino y la expresión máxima de su presidencia, de su estilo de ver y pensar al Madrid (y sin ninguna duda, su entrenador más exitoso) ha gozado del poder de decisión sobre altas y bajas del que gozó Mourinho.

¿Qué puede hacer en este momento concreto, este Mourinho con este Madrid? Esa es toda la cuestión, más allá de la propaganda, más allá de lo mitológico.

Puede hacer pocas cosas, pero si algo ha demostrado la historia reciente del Madrid es que poco es mucho, bien hecho y bien llevado. Zidane en 2016 no hizo nada extraordinario, más allá de ahormar un equipo emocionalmente deshecho y en estado de descomposición, darle una seguridad esquemática con unas sencillas variaciones que hicieran más complicado a los rivales marcarle un gol, y simplificar el camino al gol. Con eso fue campeón de Europa y con esa Copa de Europa vino todo lo demás.

¿Puede Mourinho hacer algo así? Bueno, está en franca decadencia, pero no habrá olvidado cómo entrar por una puerta, digo yo. Hace dos temporadas ganó una Europa League con Fellaini de ariete, que es el único título por ejemplo que ha ganado el Cholo (medianamente grande, quiero decir) desde 2014 y sin embargo a nadie se le ocurriría decir que el Cholo está acabado o algo por el estilo.

De la actual plantilla del Madrid, Mourinho dirigió a Ramos, Marcelo, Varane, Modric y Benzema, recomendando explícitamente el fichaje del croata y avalando el de Varane. Se dice que incluso aconsejó antes de irse que el Madrid cerrara a Isco, pretendido por Pellegrini para el City, y en general siempre ha admirado a los jugadores de talento que tiene el club en el centro del campo, base de su dominio europeo durante el último lustro: después de la final de la Supercopa de Europa en Skopje excusó en parte la derrota de su United contra el Madrid porque “si yo tuviera a Kroos y a Modric”…

Parece en todo caso una declaración de amor. Mourinho arrastraba, en su día, fama de admirar a jugadores de corte industrial, infantería pesada. Gran parte de la propaganda antimourinhista incidía en su poco gusto por los futbolistas “de talento”. Sus últimos fichajes en el Manchester no ayudan a desmentirlo, pero sí su trayectoria anterior. Se puede argüir en su defensa que como entrenador y manager del Manchester United se encontró con el mercado de talento más reducido de los últimos tiempos: casi todos los buenos estaban en España.

Da la sensación de que la temporada del Madrid, sin personajes especialmente carismáticos más allá de Ramos (permanentemente cuestionado por su naturaleza desmesurada y por su gran personalidad, que hace que salten chispas continuamente con tribuna y opinión pública madridista, ya se sabe que los polos idénticos tienen difícil combinación), puede ir descendiendo por una pendiente suave pero irremediable de hastío y grisura sin igual.

Sobre todo si el Barcelona de Messi empieza a zanjar todos sus partidos de Liga con 5-0 y 0-5, convirtiendo lo doméstico en un tormento para un grupo que ni en sus mejores días (anímicos y futbolísticos) fue una apisonadora en la dinámica semanal, en los pequeños campos, en la batalla cotidiana por lo ordinario. Una lastimera eliminatoria con el Ajax en febrero puede hacer de la temporada del Madrid una cosa verdaderamente insalubre sin nada a lo que agarrarse.

En una atmósfera así, Mourinho irrumpiría entre la afición y la prensa de una manera parecida a como llegó en 2010, si bien es verdad con el antiaura de aquel año: de venir como condotiero ganador del triplete y victorioso sobre el Barcelona de Guardiola, a venir como un rey arruinado al que han echado de su imperio por que se lo ha gastado todo en guerras disparatadas. Pero el voltaje sería el mismo, al fin y al cabo. Un hombre con una misión. Un pueblo ansiando tener a ese hombre y esa misión. Despejaría de un cabezazo el spleen, de eso no cabe duda y al fin y al cabo en el fútbol a veces no se necesita mucho más que eso.

No hay institución donde lo inefable influya más, de verdad, que el Real Madrid.

vendría como un rey arruinado al que han echado de su imperio porque se lo ha gastado todo en guerras disparatadas. Pero el voltaje sería el mismo, al fin y al cabo. Un hombre con una misión.

Mourinho se encontraría con un Madrid no tan diferente al de 2010. En las antípodas del carácter (en aquel entonces era un equipo, y por qué no decirlo un club, apocado y pusilánime, temeroso de Dios y de Guardiola, que no sabía pasar eliminatorias, que no sabía competir, que dudaba incluso del sentido histórico de la camiseta blanca), el mejor equipo del último lustro necesita otro calambrazo. Más que una revolución táctica (que Mourinho no puede ofrecerle en este momento, visto cómo jugaba su United, una cosa imposible de digerir, difícil de ver incluso), el Madrid postCristiano y postZidane precisa de una conexión con la grada y con la autoestima colectiva de los futbolistas. ¿Solución de emergencia por seis meses, quizá? Una solución como ésta nunca es la más adecuada y se intuye que a Florentino no le gustan los parches, pero ni Mourinho está para exigir algo más ahora mismo, ni el Madrid, en la actual situación general del equipo, podría desecharlo con alegría.

Al fin y al cabo, con Solari o con Mourinho, o sin ninguno de ellos, parece evidente que este verano próximo el club deberá afrontar una renovación parcial o total de la plantilla. Si a este extraordinario y único grupo de jerarcas, que han dominado la Copa de Europa como déspotas, le queda algo de jugo para competir por la Liga y por una nueva proeza europea, es probable que Mourinho pudiera exprimirlo. En todo caso una hipotética vuelta del portugués debería venir acompañada de un contrapeso, por llamarlo de algún modo, constitucional, como Napoleón en Los Cien Días; la promesa de aceptar la política general del club y un límite a la hora de elegir los desembolsos puntuales, dada su inclinación actual por los pufos de dudoso rendimiento y altísimo coste. Una dictadura temporal, a la romana, de un Mourinho en el que nadie cree en un equipo por el que nadie da un duro puede resultar en un éxito típicamente madridista, es decir outsider. O puede que no, pero eso nadie lo puede saber, de todas formas, y este grupo de futbolistas ya lo ha visto todo.