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Montañas rusas

Montañas rusas

Escrito por: John Falstaff28 mayo, 2015
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Uno de los grandes atractivos que presentan las montañas rusas -acaso el único- es la brevedad de su trayecto. Uno se monta, baja dos o tres toboganes imposibles, practica cinco o seis tirabuzones entre traqueteos ensordecedores, pierde por un momento el sentido de la orientación y, antes de que pueda acordarse del Santísimo en cualquiera de las dos modalidades semánticas que generosamente nos brinda la escatología, sufre el frenazo brusco que anuncia el final del suplicio. Todo en unos breves instantes. Los diseñadores de montañas rusas (pese a lo que pudiera parecer, tal oficio existe, y además es legal) se empeñan en hacerlas cada vez más altas, más veloces y más retorcidas, pero nunca más largas: todo lo más, sesenta o setenta segundos. No se conoce en el mundo montaña rusa que dure varias horas, no digamos ya varios años. En cuestión de montañas rusas, la longitud importa, pero al revés; no sé si me explico.

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Yo no acabo de entender cómo Florentino Pérez, que es un empresario de éxito y un halcón de los negocios, no ha caído aún en la cuenta del fichaje que con mayor urgencia necesita el Real Madrid. No, no se trata de un portero digno de tal nombre, ni de un medio defensivo box to box a lo Pogba; tampoco de un delantero centro que supla con garantías a Benzema durante cualquiera de los interminables viajes que éste emprende hacia el centro de sí mismo, y ni siquiera de un entrenador por cuyas venas haya constancia de que circula la sangre. Lo que el Real Madrid necesita de forma perentoria y por encima de todo, lo que resulta de todo punto imprescindible para que el club recobre la estabilidad institucional y navegue con rumbo certero por las procelosas aguas de la competición deportiva, es un diseñador de montañas rusas.

Porque, señores, el fútbol no es un estado de ánimo, como dijera (no recuerdo si antes o después de lo del miedo escénico) aquel antimadridista cabal que vestía verbo estampado, corbata de Hermès y zapatos de John Lobb. El fútbol, al menos para el madridismo florentinesco, es todos los estados de ánimo, dispuestos uno detrás de otro de forma aleatoria y sin plan maestro que les dote de sentido alguno.

Vean, si no: sin necesidad de ir muy lejos en el tiempo, el fútbol es para el madridismo la depresión de ver a los nuestros agonizar lastimosamente en el Westfalenstadion poco antes de derribar por fin la fortaleza bávara sin más ariete que los testarazos testiculares de Canelita (¡para que luego digan que no tiene cabeza!), iniciando además con ello el proceso de delbosquización de Guardiola, gigante con pies de Messi. El fútbol es para el madridismo el sudor frío provocado por la astracanada de Casillas, entre cuyas manos se escurría la Décima como la donosura huye del rostro de Daniel Alves; pero también el éxtasis infinito, brutal y pirotécnico del minuto 93, otra vez de manos o, más bien, de cabeza del guitarrista (a quien desde aquí aprovechamos para sugerir humildemente que pruebe a tocar -o sea, a rasgar- tan precioso instrumento con idéntica parte de su cuerpo).  El fútbol es para el madridismo el orgullo desacomplejado por el récord interminable de victorias de allá por noviembre y diciembre, y la vergüenza sonrojante ante el récord inimaginable de desidia, que en el madridismo adopta el caprichoso nombre de "creíamos que ya estaba hecho", del resto del año. El madridismo, en suma, se debate entre el pecho hinchado por las diez orejonas y la vena hinchada por la última derrota.

El fútbol se ha convertido para el madridismo florentinesco, digámoslo de una vez, en una colosal, feroz y violenta montaña rusa de las emociones. Esto, de la misma manera que nacer rubio o moreno, no es en sí ni bueno ni malo; es simplemente como es, y preguntarse si debería ser de otro modo es como preguntarse si uno debería ser más alto o más bajo. Pero habida cuenta de que se trata de una realidad tan inmutable como agotadora, sería deseable que el madridismo, con su presidente a la cabeza, reparara en que el viaje está durando ya demasiado, y que tal vez sería bueno accionar la palanca de freno durante un tiempo. El madridismo puede con casi todo, y lo ha demostrado sobradamente a lo largo de la historia, pero pasar del buenismo blando e inane del ingeniero Pellegrini al nervio volcánico y exigente de Mourinho para darle después la batuta a la mano flácida lombarda y amenazar ahora con el látigo algo chusco de Benítez, quizá sea excesivo hasta para el Real Madrid, que acaba confundido y desnortado y ya no sabe si está cabeza arriba o cabeza abajo. De ahí  la necesidad de un diseñador de montañas rusas que susurre al oído del presidente que la sobredosis de emociones transmuta el placer en hastío y convierte la diversión en aturdimiento. Todo, incluso la crueldad, tiene un límite.

A mí se me ocurre que un proyecto a largo plazo, en el que primara el principio de autoridad de un entrenador con ideas y con la energía y la inteligencia necesarias para ponerlas en práctica, y que estuviese sustentado en valores con la suficiente firmeza para resistir acometidas en forma de rabietas de niños mimados por la prensa o de caprichitos de prima donna (un proyecto a lo Bernabéu, para entendernos), tal vez haría que nuestra vida fuese un poco menos agitada, pero permitiría que el madridismo sostuviese con más facilidad la mirada ante el barcelonismo rampante. Y de paso ayudaría a ahuyentar esas incómodas y rajoyescas justificaciones de que lo que importa es la economía. El Real Madrid, sí, está muy saneado y eso es maravilloso, pero la plaza de Cibeles nunca se ha llenado para celebrar un balance de situación. Que le pregunten a nuestro Mariano.

Pero qué sabré yo, un viejo que no frecuenta otras montañas rusas que las que recrea en su mente la ingesta inmoderada de vino en la taberna de la Jarretera. ¡Mozo, un'altra bottiglia!