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La luz está ganando

La luz está ganando

Escrito por: Antonio Valderrama7 septiembre, 2015
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Al final de la primera temporada de True Detective, Rust Cohle, interpretado por Matthew McConnaughey, está hecho un Cristo en el hospital. En un momento dado del capítulo, le pide a su compañero y co-protagonista, Marty Hart (Woody Harrelson) que le lleve afuera, a fumar un pitillo. Conversan, y Cohle, en silla de ruedas, se pone en pie como puede. Macilento y demacrado, Hart lo ha de sostener mientras McConnaughey, sonriente, señala las estrellas y musita: hay más luz que oscuridad, a pesar de todo. La luz está ganando.

Se me vino a la cabeza esta escena cuando ayer, al despertar, encendí el ordenador y vi en Twitter una foto. En la imagen, un niño sirio, sonriente, salía acompañado del que parecía ser el padre, aunque éste no saliese por completo en la fotografía, centrada en el niño. El pequeño sostenía una mochila con el escudo impreso, a tamaño grande, del Real Madrid, e iba arropado por una toalla o manta azul en la que resaltaban las doce estrellas doradas de la enseña comunitaria. Seguramente fue tomada en Viena o Munich, en alguna de las estaciones de trenes que están asistiendo al desembarco de los que entre esta multitud de desahuciados han podido sortear los obstáculos finales en su camino hacia la prosperidad. En la instantánea convergían elementos muy potentes, y me congratulé de que luego, por la tarde, el responsable de las redes sociales del Madrid se hiciera con ella y la utilizara en Instagram como forma de publicitar la donación de un millón de euros con que el club quiere ayudar a las autoridades españolas cuando se llegue a un acuerdo para determinar cuántas familias sirias podrán hallar refugio en España.

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La fotografía es algo así como la antítesis de la del pequeño Aylan Kurdi que tanto ha estremecido. Y me ha gustado especialmente, quizá también, por eso. Pero esa ligazón icónica entre el europeísmo y el Madrid, me sugiere, como creo que a todos, esa conciencia dormida del club; esa idea fundacional, por la cual el Real es considerado en puridad como algo más que un club precisamente por su carácter transnacional, o universal.

A pesar de que bajo la idea de la universalidad puede subyacer, para los suspicaces y maliciosos, el mercantilismo de la expansión mundial de la marca Real Madrid, yo creo que lo mercadotécnico no sería posible, ni lo hubiese sido nunca, sin el fondo. El fondo de verdad de esa idea noble y de orgullosa memoria que el madridismo haría bien en vindicar: la naturaleza hidalga de un Club que siempre significó cálido recibimiento y agradable asidero moral para todo aquel que se viese representado en el Madrid como en el recuerdo de la patria añorada.

 

En los 60, el Madrid llenaba estadios suizos, austriacos y alemanes. Los llenaba de españoles emigrados en aquellos países, madridistas o no. Y también de sus hijos, ya suizos, ya austriacos, ya alemanes, pero también identificados espiritualmente con aquella camiseta blanca que les traía, como el evangelio, noticia de la tierra vieja. La tierra de los abuelos, o la quimera que en sus corazones, a través del tiempo y la lejanía, se había formado de aquella tierra. De España sólo les quedaban entonces las piernas peludas y torneadas de los jugadores del Madrid, que con su bonhomía institucional y su enraizado ánimo de caballerosa cordialidad les hacía enorgullecerse por los éxitos deportivos que también consideraban suyos.

Aquellos eran gentilhombres, y eso quizá es lo que siempre ha significado la palabra madridismo, despojada de la afición meramente balompédica, y de la pasión o visceralidad inherente a la rivalidad circunstancial.

Cuando Lorca tembló y la tierra se abrió bajo los pies de sus habitantes, el Madrid acudió allí como acude siempre que alguien precisa del brazo firme de un señor. Ser un señor es una cualidad distinguible, interestamental se podría decir. No tiene que ver con la cuenta corriente: es una gallardía connatural a quien la posee. El Madrid la tiene, y también tiene dinero. Pero no es una ONG, y a lo más que puede llegar es a dar un millón de euros a quien mejor pudiere administrarlos en favor de quien los necesitara. Eso ya es mucho, bastante más que lo que otros hacen o pueden hacer, más, otra característica del señor es que no se compara con nadie. La única medida del Madrid, como la de los dioses griegos, es él mismo.

El Madrid entiende bien, desde Bernabéu, en qué consiste esa grandeza secular, que nada interfiere con su devenir deportivo. La fotografía del niño sirio rezuma esperanza y futuro, porque el niño no está ataviado con la bandera de ningún país. Da la casualidad de que si algo comparten la Unión Europea, o la Megali Idea del europeísmo, y el Madrid, es su naturaleza expansiva e integradora. La Unión es un gran Estado sin nación y el Real es una gran nación sin Estado. Esta parece ser la tierra de promisión de los desheredados, de los parias, por eso el Madrid es la patria cultural de todo aquel que sólo quiere ser mejor que antes; que sólo busca un mañana en donde engrandecerse como individuo y como parte de un colectivo, más rico en cuanto más amplio.

Ese niño sirio entendió todo eso sin palabras, sin la necesidad de un discurso. Y eligió. Porque el Madrid es esa sonrisa que se dirige al futuro, una alegría retadora, aunque haya salido la sota de bastos. Es una primavera inconsciente que hermana a los hombres de aquí y de allí, por más que en esa mochila con el escudo del Real que ese niño porta a la salida del tren, en Viena, haya de todo menos pan.

 

Foto de Real Madrid

Madridista de infantería. Practico el anarcomadridismo en mis horas de esparcimiento. Soy el central al que siempre mandan a rematar melones en los descuentos. En Twitter podrán encontrarme como @fantantonio