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Las intermitencias del VAR y los poetas

Las intermitencias del VAR y los poetas

Escrito por: Pablo Rivas - 19 octubre, 2026
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Cartas de un madridista millennial

 

Hola de nuevo.

Alrededor de las siete y cuarto del pasado sábado, el rostro de Ricardo De Burgos Bengoetxea adquirió la típica expresión hierática que se suele reservar para los instantes polémicos, como de busto de la dinastía Julio-Claudia, y que tan familiar nos resulta a ti y a mí, lectores de Astérix.

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Ocurrió mientras despachaba a los damnificados béticos que protestaban la controvertida anulación del empate logrado por Lo Celso. El árbitro se palpaba el bíceps y evitaba cualquier contacto visual prolongado: no hay que entrar a discutir demasiado cuando la decisión tiene presunto soporte tecnológico. Qué más da que, a fuerza de retrasar el inicio de la jugada, a punto estuviera de colarse Finidi en el plano. «Es mano» y punto en boca. A continuación, el realizador enfocó a un sonriente Gerard Martín, quien se permitía hacerle carantoñas al Cucho Hernández, y, al contemplar aquella expresión de confiada satisfacción, me sobrevino un regusto amargo. Qué relajado puede llegar a sentirse uno cuando nunca se es, en verdad, el último hombre; cuando, superados todos, queda un elemento inesperado jugando de líbero: la ruleta del VAR.

El VAR. La VAR. El VAR. ¡Sólo la VAR! ¿Por qué me trajiste, padre, a la ciudad? Llegados a este punto, ni siquiera la broma poética funciona como consuelo o como derecho al pataleo. Suena demasiado forzada, quizá porque no podemos obviar que Alberti era aficionado del Barcelona. He aquí otro punto doloroso del asunto: la mayoría de los cronistas con auténtico impacto en esa memoria colectiva que llaman ahora el relato reman a favor de la obra culé. El propio Alberti es un ejemplo paradigmático: hace casi cien años sepultó en almibaradas loas a Platko, héroe de la final de Copa que el Barcelona ganó a la Real Sociedad, poniendo el foco exclusivamente en sus prodigiosas intervenciones como guardameta.

El poeta gaditano se derritió con el húngaro y, por supuesto, no tuvo a bien hablar de nada más. Tiempo después habría de venir Gabriel Celaya, puro materialismo dialéctico, a intentar poner las cosas en su sitio: «Y recuerdo también nuestra triple derrota en aquellos partidos frente al Barcelona, que si nos ganó, no fue gracias a Platko, sino por diez penaltis claros que nos robaron. (…) el despliegue de los donostiarras que luchaban entonces contra la rabia ciega, y el barro, y las patadas, y un árbitro comprado. Todos lo recordamos y quizá más que tú, mi querido Alberti, lo recuerdo yo, porque estaba allí, porque vi lo que vi, lo que tú has olvidado, pero nosotros siempre recordamos: ganamos. En buena ley, ganamos y hay algo que no cambian los falsos resultados.» El pobre Celaya sabía que la poesía era un arma cargada de futuro: lo que no tuvo en cuenta es que algunas armas se oxidan y otras cuentan con un ejército de abrillantadores que se afanan en retirar hasta la mugre más adherida.

Porque aquí está la clave de todo, tanto en la cuestión del VAR como en la del relato, que en la dramática España vienen a ser casi lo mismo. Cuándo sí y cuándo no. Hay jugadas en las que se entra de oficio, primero en la sala de revisión —para enmendarlas— y luego en todas las salas de redacción —para blindarlas y grabarlas a fuego—, y otras que se pierden en el limbo de los justos, sin saber qué caprichos criterio guía semejante distinción entre grano y paja. Rula por ahí una estadística sobre las veces que el VAR ha corregido decisiones arbitrales en los encuentros de los grandes equipos españoles en la que el Madrid lidera con mucho el guarismo de rectificaciones. Es decir, el Madrid es el club con el que el VAR interviene en contra en más ocasiones. De inmediato, el antimadridismo ignorante —pleonasmo— alza el dedito: «¡He ahí la prueba! ¡Si no estuviera el VAR justiciero, el Madrid sería constantemente beneficiado!». Tamaña simpleza podría analizarse si el VAR terciara en el cien por cien de las jugadas polémicas. Desde el momento en que hay una selección arbitraria que deja fuera multitud de acciones dudosas, la estadística se vuelve en contra de la interpretación capciosa que pretendía el mensajero. Verbigracia, alguien más desconfiado que yo, quién sabe si tú mismo, podría concluir que hay una sospechosa tendencia a intervenir precisamente en aquellas jugadas cuya resolución perjudicará al equipo blanco, mientras se decide la abstención en aquellas en las que la actuación podría reparar un perjuicio sufrido por los merengues. A día de hoy, apenas he visto a ningún medio de comunicación señalar este asunto desde este enfoque. Celaya maldijo a quienes, lavándose las manos, se desentienden y evaden, y decía que los cantares no pueden ser, sin pecado, un adorno. Estamos tocando el fondo.

Hay jugadas en las que se entra de oficio, primero en la sala de revisión —para enmendarlas— y luego en todas las salas de redacción —para blindarlas y grabarlas a fuego—, y otras que se pierden en el limbo de los justos, sin saber qué caprichos criterio guía semejante distinción entre grano y paja

La ironía del destino hizo que el fin de semana terminase con un Real Madrid – Sevilla en el que el VAR volvió a cobrar protagonismo, si bien esta vez —¡albricias!— con una inhibición presuntamente favorable a los locales. En el minuto 21 se produjo un contraataque en el que Peque agarró repetidamente a Güler hasta que el turco, harto, soltó el brazo hacia atrás. Las imágenes ofrecidas durante la transmisión, de una calidad ínfima, no permitían una distinción objetiva del punto de contacto, y el videoarbitraje hizo mutis por el foro. Sin embargo, la probable roja a Güler no iba a pasar desapercibida para la batahola mediática: te dije antes que hay jugadas de las que se habla y otras de las que no, pero los pimientos de Padrón siempre saben picantes en el Bernabéu. De modo que todo lo ocurrido en el césped a partir del 22 pasó a un cuarto o quinto plano: condenados nos hallamos a soportar un atronador ruido de atraco durante toda la semana previa al aquelarre del Camp Nou. Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.

En definitiva, si ya se antojaba una empresa tremenda acudir a Barcelona en el arrollador estado de forma en que están por allí, más todas las dificultades futbolísticas del Madrid, estarás conmigo en que, al añadir esta atmósfera de fondo, no hay demasiados motivos para el optimismo el próximo domingo. Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan decir que somos quien somos, etcétera. El aquelarre de profundo odio que nos espera amenaza con superar todas las expectativas. Aunque siempre queda un hilo de esperanza en el alma del hincha. Al fin y al cabo, el culé Alberti también escribió acerca de un caballo cuatralbo, de patas blancas, en unos versos que Paco Ibáñez inmortalizó con su lúgubre voz. «Nadie, nadie, nadie, que enfrente no hay nadie; que es nadie la muerte si va en tu montura». El centro del campo madridista ha sido hasta hace muy poco una desierta llanura. A galopar, a galopar, hasta enterrarlos con el VAR.

Que no nos roben también el humor y la poesía.

Cuídate. Volveré a escribirte pronto.

Pablo

 

Getty Images

 

 

 

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