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La vida peligrosa

La vida peligrosa

Escrito por: Antonio Valderrama8 marzo, 2018
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Pasó el Madrid en París para pasmo de contrarios y de muchos madridistas, que ya esperaban la derrota inevitable ante Neymar y Mbappé para regodearse en la autoconmiseración y la elucubración de fichajes. Pasó el Madrid y resulta que hay quien todavía se sorprende. ¿Dónde han estado los últimos 116 años? Recuerdo los días previos a la final de París del año 2000 cuando la gente en los bares y en las tertulias repetía el eco de la televisión y daba como favorito al Valencia. Escuché una tarde hablar a los mayores y dijeron con gravedad: la gente habla mucho pero va a ganar el Madrid. Lo dijeron tan serios y con tanta seguridad que yo me lo creí y, en efecto, el Madrid ganó. Desde entonces no dudo de la infalibilidad de esa fórmula: va a ganar el Madrid. Es como una ley que los éforos mandaran tallar en piedra.

Después de ser eliminado por el Leganés en Copa y ser manoseado groseramente en Liga por Betis, Girona, Barcelona, Español o Villarreal, lo normal es preguntarse: ¿dónde estaba escondido este Madrid imperial que ha maltratado al PSG de los 400 millones de euros como un padre que cachetea a su hijo por mancharse la ropa en un charco? Pero en el Madrid no hay nada normal. Por eso es el más grande.

La Liga, desde que está Messi, es un Everest cada fin de semana. En Europa las tres mejores cualidades del Real multiplican su efecto devastador como si le metieran clavos a una bomba atómica: la piel de saurio competitiva de sus jugadores nucleares, su pareja de centrales y Cristiano Ronaldo. Estas tres bazas, sacadas en procesión una vez cada quince días por esos estadios de la civilización europea, causan espanto por la autoridad de sus formas. Además, el recuerdo de sus partidos es un eco que rebota de año a año y cuya memoria se guarda en los muros de las gradas y en las porterías; vistas de cerca todos los días, en España, pierden impacto, como los santos, a los que es mejor rezarles de lejos. No es lo mismo.

La vida peligrosa es un tema común en los narcocorridos, esas historias que cantan la existencia entre la vida y la ley de criminales y delincuentes mexicanos, siempre con la muerte acechando. La muerte para el Madrid es perder y quedarse sin nada. Un año en blanco mata más madridistas que el tabaco. Lo peor es la velocidad con la que un nadaplete quema etapas y proyectos en el club, autoexigido hasta niveles insostenibles por el sistema nervioso humano. Cada cinco o seis temporadas sale una como ésta. Entonces la Copa de Europa es la tabla del náufrago y todas las energías vitales que concita esta institución alrededor del mundo se concentran en ganar un partido para seguir viviendo otro día, es decir, otro partido. Y así hasta el monstruo final del juego.

Puede que la tendencia histórica sea esta desde que llegó Cruyff y el refugio moral del madridismo, el Rosebud, tenga que ser la Copa de Europa. O puede que sencillamente ésta sea la forma de vivir de un grupo de jugadores excepcionales, en lo bueno y en lo malo. El Madrid de los jugadores-nación es un narcocorrido o un cantar de gesta, la sublimación de su historia contemporánea porque, abriendo la lente, lo normal en la tradición madridista antigua era amasar títulos domésticos a la vez que se ganaban Copas de Europa de golpe.

un año en blanco mata más madridistas que el tabaco

Esto último es interesante porque abre una nueva perspectiva de análisis para los optimistas: si los imperios, por norma, nacen, se desarrollan y mueren, el del Madrid sin embargo, muta. Que el Barcelona moderno gane más Ligas y Copas que el Madrid señala un cambio: si en los 60 y 70 el Madrid puso inalcanzable el listón de la hegemonía nacional, en los dos mil lo está poniendo en la internacional. Al fin y al cabo Messi no va a durar toda la vida y siempre habrá tiempo de recuperar el terreno perdido en España. De confirmarse esta dinámica con otra nueva orejona el Madrid, encima de romper todos los paradigmas y destruir las conciencias de analistas e hinchas rivales en toda Europa, se saltará definitivamente la barrera histórica de los ciclos. Lo único cierto después de esta eliminatoria es que un fantasma sigue recorriendo Europa y a Sergio Ramos, Luka Modric y Cristiano Ronaldo se les está poniendo cara de reyes de la Noche.