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La oportunidad perdida de Gareth Bale

La oportunidad perdida de Gareth Bale

Escrito por: Jesús Bengoechea3 junio, 2018
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Nadie puede poner en duda mi admiración por Gareth Bale. Creo, sinceramente, que mi trayectoria me avala como defensor del galés, cuya excelencia técnica y profesionalidad he esgrimido mil veces en pugnas dialécticas con sus numerosos odiadores. No tengo más remedio que decir, con todo, que casi todo lo que ha hecho (y lo que no ha hecho) Bale desde que el árbitro indicó el término de la Final de Kiev no ha hecho más que brindar argumentos a dichos odiadores, que ingresaron motu proprio en la más oscura cueva con su inconmensurable chilena para volver a emerger de las sombras, minutos después, aprovechando la torpeza mediática del expreso de Cardiff.

No hay ningún entrenador en el planeta que pueda garantizar la titularidad a ningún jugador. Si un técnico promete tal cosa a un futbolista está mintiendo, a menos que esté realmente decidido a lanzar sobre su propio tejado la piedra de esa titularidad cuando el jugador no esté en forma. La exigencia pública de más titularidades por parte de Bale a la finalización de la Trece es por tanto un ansia baldía. Así lo ha sido también tantas veces como el mismo requerimiento ha sido expresado por otros miles de protagonistas sobre el césped.

No fue solo un ansia baldía. Fue también, por este orden y en un momento así, una muestra de indelicadeza con la afición pareja a la cometida por Cristiano, amén de una injusticia para con el hombre que, hasta ese momento, era su entrenador. Bale había acumulado tantas razones para ser titular en Kiev en las últimas jornadas como las que atesoraba para ser suplente en la práctica totalidad de la temporada hasta entonces. Su temporada se resumía en una interminable lesión seguida de un poco satisfactorio proceso de reincorporación al grupo, aderezado con algunas señales de falta de compromiso impropias de un hombre que siempre se ha distinguido por todo lo contrario. Existiendo como existían además motivos tácticos -que el desarrollo del partido revelaría como atinados por parte de Zidane-, no era en absoluto descabellado dejarlo en el banquillo de inicio.

Este es el pecado de palabra. Vamos ahora con el de omisión. La imprevista marcha de Zidane desencadenó una catarata de tuits y otros posts en redes sociales por parte de quienes, hasta entonces, fueron sus pupilos, catarata a la cual se mantuvo ajeno Gareth Bale. Quedó como el único jugador de la plantilla que se abstuvo de expresar su agradecimiento y admiración a Zidane en aquella hora trascendente y difícil. Si la relación personal se había deteriorado tanto como para convertir en hipócrita cualquier manifestación de calidez, hubiera bastado con un lacónico “Buena suerte, entrenador”. Nada de eso emitió la cuenta de Twitter de Gareth pese a los miles de madridistas que aguardaban ese pronunciamiento como muchos católicos esperan la fumata blanca cuando queda vacante la plaza del sucesor de Pedro. No ha habido fumata blanca, ni se la espera.

Un pecado de palabra y otro de omisión para escenificar la más triste oportunidad perdida que se le recuerda a un jugador en la tarea de conquistar el esquivo y veleidoso corazón del madridismo. Imaginemos un escenario post-Trece en el que Cristiano hubiera dicho lo que dijo pero Bale NO hubiera dicho lo que dijo tras convertirse en el gran protagonista de la noche. Imaginemos un escenario en el que Cristiano hubiera rematado su mala noche con unas declaraciones incendiarias pero Bale, en cambio, hubiese coronado con un “Yo de aquí no me muevo” su esplendorosa noche ucraniana. Habríamos asistido a un relevo emotivo en el papel de héroe supremo de los vikingos. Precisamente lo que muchos hemos deseado, durante mucho tiempo, que fuese Gareth Bale. Por lo demás, el (no) detalle no habrá pasado desapercibido para sus compañeros, que en su mayoría han demostrado idolatrar al técnico francés.

¿Está Gareth a tiempo de enmendar este doble error? Hay razones para pensar que es posible y (de nuevo) dos para pensar que puede ser demasiado tarde. La primera es la propia incertidumbre respecto a su presencia en la plantilla el curso que viene. La otra, el carácter esencialmente rencoroso de gran parte de la hinchada blanca: si no fue un héroe ni cuando mereció serlo por su intachable actitud, así como por sus apariciones estelares en momentos cumbre, más aún le costará portar ese cetro tras la aciaga dupla de cagadas. Por mi parte, seguiré queriendo a Gareth, pero por el momento he abandonado casi toda intención de predicar este evangelio, optando más bien por profesar mi fe en el interior de las catacumbas.

Editor de La Galerna (@lagalerna_). @jesusbengoechea

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