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La genuflexión de Marcelo

La genuflexión de Marcelo

Escrito por: John Falstaff16 junio, 2020
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Ponerse de rodillas es un gesto universal que significa sumisión, sometimiento, reconocimiento de la superioridad moral de aquello ante quien uno se arrodilla. Uno se prosterna como símbolo no ya de respeto, ni siquiera tan solo de obediencia, sino de adoración. No se hinca de hinojos el soldado ante el coronel, ni el conserje ante el consejero delegado; no lo hace el hijo ante el padre ni el alumno ante el profesor, ni aun el militar ante la bandera. Se postra el devoto ante la imagen del Cristo como se postraba el vasallo ante el señor de quien dependía su vida y hacienda. Se postraba el esclavo frente al amo y se postra el musulmán ante la tumba de Mahoma.

Que el movimiento Black Lives Matter, de quien no se conoce la menor crítica a la barbarie y a las infinitas barrabasadas que en su nombre se han cometido, incluido el horrible asesinato de hombres negros, haya elegido e impuesto el gesto de arrodillarse como la forma de expresión del rechazo del racismo no es casual ni inocente. Se pretende imponer -con notable éxito- un estado de opinión según el cual cualquier hombre blanco debe mostrar sumisión a la raza negra como desagravio al llamado "privilegio blanco", que hace ya muchas décadas dejó de existir en Estado Unidos -por cierto gracias a la acción tanto de hombres blancos como negros- y en el mundo occidental. Nos hemos hartado de ver videos en que hombres de raza negra exigían sumisión a congéneres de raza blanca y, si éstos se negaban, ejercían una violencia inhumana y escalofriante, y ninguno de esos actos ha merecido la condena pública de ningún lider político -salvo Trump- ni social; mucho menos, como digo, la repulsa por parte del movimiento BLM. Esas muestras de racismo apenas han ocupado espacio en los medios de comunicación, y no lo han hecho porque no existen para el estado de opinión biempensante, sencillamente porque denunciarlos no es políticamente correcto.

Los gestos, los ritos, no son inocuos. Durante el nazismo, supongo que a nadie se le ocurriría levantar el brazo para mostrar su acuerdo con la labor del Partido Nazi a la hora de poner en valor la música de Wagner, porque sabía que tal gesto tenía un significado propio y ajeno a la voluntad de su protagonista de confinarlo a un sentido determinado. Del mismo modo, si uno piensa que el racismo contra los negros sigue siendo hoy en día una causa contra la que luchar, puede elegir mil maneras de prestarle su apoyo, y otras tantas de mostrar su desprecio por el racismo. Pero si elige precisamente el gesto de arrodillarse, hoy, y por mejor intención que tenga, está dando aliento a un movimiento determinado, el BLM, con todas sus consecuencias, incluida la violencia, la barbarie y la culpabilización de todas las personas de raza blanca por el mero hecho de serlo. Y lo está haciendo mediante un ademán que no denota respeto ante las personas de raza negra, sino sumisión absoluta, humillación, pleitesía y dominación. Uno, humildemente e inasequible al desaliento, aún espera que alguien le explique por qué para condenar el bárbaro asesinato de George Floyd -o incluso la brutalidad policial- es necesario hincarse de hinojos ante su figura o ante la raza negra.

Marcelo es muy libre de hacer lo que quiera, por supuesto. Pero no debería ignorar que cuando ensaya una genuflexión puño en alto, en el terreno de juego y tras marcar un gol con la camiseta del Real Madrid, está utilizando al Real Madrid para dar relevancia pública a su gesto, y en consecuencia arrastra con ello al Real Madrid en su personalísima opción individual. Y tampoco debería desconocer que el Real Madrid no fue creado para humillarse ante nadie, ni tiene ningún motivo para pedir perdón a ninguna raza -negra, blanca o mediopensionista-, y mucho menos para expresar mansedumbre y vasallaje ante ella.

Espero que la corrección política no haya llegado ya al extremo de que uno no pueda criticar esa utilización espuria del nombre y de la universalidad del Real Madrid sin que le tachen de sectario, y que se reconozca al menos que tan legítima es una postura como la contraria. Pero si hemos llegado al punto de que eso no es posible, llevaremos el sambenito con orgullo. Mejor ser motejados de sectarios, o incluso de fascistas, que prosternarse ante la asfixiante y deshumanizadora dictadura de la corrección política.

 

Fotografías Getty Images.