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Ganará el Real Madrid 5-4

Ganará el Real Madrid 5-4

Escrito por: Jesús Bengoechea25 mayo, 2018
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Los muchos seguidores del Liverpool con los que he tenido la oportunidad de hablar en Cardiff (la ciudad donde vivo, que por relativa proximidad geográfica acoge a muchos reds de corazón) coinciden en aventurar un 5-4 como resultado de la Final, aun sin arriesgar para quién será el 5 y para quién el 4. Yo sí doy ese paso, pese a ser consciente de que los partidarios del contragafe me lo afearán: el 5 es para nosotros, y trataré de explicarlo.

Sintetizando de modo algo grosero: el Liverpool brilla al contragolpe y el Madrid brilla al toque y al contragolpe. Con esta premisa, lo que cualquier entrenador del Madrid haría en la Final es obligar al Liverpool a jugar como no sabe, es decir, a llevar la iniciativa, frustrando de este modo su contraataque y dando pie al contragolpe propio, lo que no supondría ningún inconveniente habida cuenta de que es una de las dos armas del equipo, tal como fue dicho.

Esto es lo que haría en la Final cualquier entrenador del Real Madrid... que no fuese Zinedine Zidane. Descarten esa hipótesis. Zidane va a apostar por el dominio del balón de principio a fin, abriendo la escotilla del fútbol a borbotones. El saber que podría apostar por esperar atrás y salir a la contra, teniendo incluso más posibilidades de éxito, no le va a mover a abrazar esa estrategia. El Zidane tacticista y cauto, que a mí me encantó a pesar (o quizá precisamente por) su fugacidad, se quedó en la Undécima. A partir de ahí, hemos visto a un Zidane que asume riesgos a calzón quitado, infinitamente confiante en la excelencia técnica y el espíritu ganador de sus jugadores, merced al cual espera siempre compensar cualquier susto derivado de la política de lanzar al viento las precauciones. Ese y no otro Zidane es el que vamos a ver en Kiev. Tratará de evitar que Salah supere a Marcelo (pesadilla recurrente en las mentes del madridismo desde que quedaron resueltas las semifinales) a base de impedir que le llegue el balón por la vía de tenerlo nosotros, pero casi da por hecho que eso va a suceder en alguna ocasión con la tranquilidad de saber que Marcelo compensará en ataque esa carencia, y seguramente con creces. Si eso ocurre, si Salah gana la espalda de Marcelo y produce un estropicio, Zidane reaccionará con la gélida impavidez que alababa Klopp, con un “Estaba previsto”, con un “forma parte del plan para que esto luzca”. El fútbol lo agradecerá. No tanto nuestro sistema cardiovascular.

El francés es consciente, ademas, de que el camino del Madrid hasta la Final (aun siendo brillante por la enorme entidad de los rivales superados desde Octavos) no ha sido ni de lejos tan sostenidamente excelso como lo fue el año pasado, con soberbias exhibiciones ante Bayern y Atlético. Tiene esa espina clavada, y quiere dejar al mundo tan boquiabierto, o más, como quedó viendo al Madrid jugar en Cardiff, el mejor partido de fútbol de la Historia según nuestro colaborador Antonio Escohotado.

Así que Zidane, en línea con todo lo que ha hecho desde las semifinales ante el City en 2016, que fueron su última y casi primera gran lección como joven estratega, va a encomendarse gustosamente a la improvisación de Marcelo, a quien espera ver sembrar el pánico en la defensa inglesa; en la ductilidad y la clase sin parangón de Modric; en el arabesco inaudito de Isco; en el machete de Carvajal; en la velocidad demoledora de Bale, auténtico dark horse de la Final; en la incalculable onda expansiva que en potencia tiene cualquier movimiento de Cristiano; en la leyenda de Ramos, ese hombre que tiene a la Historia en un tris de adherirse al #MeToo por la insistencia del camero en citarse con ella lo quiera ella o no.

El riesgo de encomendarse casi en exclusividad a estas variables es tan constatable como evidentes los beneficios que asoman. En verano, en otro alarde de optimismo, Zidane dio salido a mucho y entrada a bastante poco. Nuevamente se la jugó y ya ha pagado un precio por ello. En Kiev espera recoger los frutos de su inacción, basados en la confianza otorgada al grupo. Merced a ella, su plantilla llega a Kiev pletórica de ánimos y jugando de memoria. Se conocen, se gustan y gustan de dejar pasmada a Europa. Si lo logran una vez más, habrán marcado un hito casi imposible de superar y que les emparentará inopinadamente (4 de 5 frente a 5 de 5) con el Madrid dorado de los cincuenta, el que conforma el imaginario del colectivo madridista, el que hace que todo madridista nazca ya malacostumbrado. Si lo hacen, nos aseguran generaciones y generaciones de continuidad en la mala costumbre.

Zidane, sí, asumirá riesgos ante un rival experto en hacérselo pagar a quien los asume. Por eso podemos perder 0-4. Pero también por esa misma asunción de riesgos podemos ganar 5-0. Lleguemos al compromiso del 5-4 con el que abríamos estas líneas para que pueda vibrar con una gesta impensable el madridismo que goce de una salud de hierro.