Las mejores firmas madridistas del planeta
Inicio
Opinión
Florentinismo triste

Florentinismo triste

Escrito por: Antonio Valderrama2 abril, 2019
VALORA ESTE ARTÍCULO
1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas

En estos últimos días se ha hablado mucho de Mbappé. Es natural porque el antiguamente conocido como calciomercato, esa palabra italiana con ecos de fútbol viejo, se conoce hoy como summeriana en el spanglish descarado de los millennial y ha empezado para el Madrid en marzo. Es decir, a falta de triunfos deportivos y de éxitos institucionales (¿existe lo uno sin lo otro?) el Madrid ha conseguido otro hito continuando con su inveterada tradición de pionero y ha inaugurado el mercado de fichajes no ya en primavera sino prácticamente en carnaval, antes de Semana Santa. En realidad, lo que ha pasado este año es la recuperación de una costumbre preFlorentino, un hábito de lo que dio en conocerse coloquialmente como La Década. Se ha hablado mucho de Mbappé, Marca le ha dedicado un par de portadas, una reflejando una jugosa información de France Football, otra comunicando un extraño desmentido oficioso del propio Real Madrid. Esto ha pasado desapercibido, pero supone una especie de “avance” en el “caso Mbappé” (una suerte de broma tragicómica que va camino de completar su segundo año natural) que los más optimistas hinchas del Madrid podrían considerar en relación con la posibilidad de que el jugador francés acabe en el Real: al menos este año, a diferencia del verano anterior, no ha habido un desmentido oficial por parte del Madrid. No deja de resultar extraño o inusual no obstante que el Madrid niegue su interés en alguien concreto; aunque aquí el club camina una senda ya transitada por el primer florentinismo y el inolvidable never, never, never, entonces la triple negación petriana parecía un indicio travieso de que el fichaje de Beckham era posible (el fútbol y sus raros silogismos, como aquello de entrenador ratificado, entrenador despedido). Ahora, en cambio, la inmediata negación de cualquier rumor que vincule al Madrid con Mbappé sugiere una sensación clara de impotencia, de que esta vez no hay ningún conejo debajo de la chistera.

Sin embargo, después del desmentido por poderes a través de Marca el diario L´Equipe volvió a publicar una portada con la supuesta intención del Madrid de gastarse quinientos millones de euros en Mbappé, Pogba, Hazard y Mané. L´Equipe es cosa seria, al menos para un español acostumbrado a Marca, AS, Cope, Manolos, La Sexta, en fin, al lado de todo eso L´Equipe al menos parece serio y eso es lo que cuenta. L´Equipe permite al hincha soñar incluso en estos extraños días en los que el dinero catarí evoca una idea de absolutismo moralmente demoledor: nada parece posible contra esa omnipotencia financiera basada en el petróleo. Ninguna rebeldía, ninguna audacia respaldada por el prestigio o la Historia. Todo eso ha muerto, no vale nada, pertenece al ya viejo fútbol moderno, al pasado. Ante el implacable despotismo del poder económico arábigo las Copas del Europa del Madrid, el peso del escudo, la Liga española y su carisma competitivo, ¡lo intangible!, pierde todo su valor y su capacidad de seducción, no surte ningún efecto. Es ontológicamente imposible fichar a Mbappé y no sólo eso, ante el mínimo rumor se sale presto a negarlo no sea que por manos del demonio se convoque la ira del jeque.

Asistimos pues a una revisión del mito griego, a una recuperación del clásico drama esquíleo adaptado a la aristocracia del fútbol contemporáneo: el héroe, en este caso el Madrid, personificado en Florentino, anhela pero no puede desafiar su destino; ya hemos visto cómo el pecado de hybris es castigado sin misericordia ni proporción, el Barcelona coqueteó con Verratti y el jeque del PSG respondió quitándole a Neymar por la fuerza del billete. Resulta definitivo que nadie sepa muy bien cómo se llama ese jeque pero todo el mundo sabe una cosa: hay que temer, temer grandemente, el poder de su dinero. En ese sentido es una sensación medieval, es un temor feudal a la desmesura del amo. El jeque es Zeus, una totalidad divina, un ente por encima de las reglas humanas del mercado de fichajes que dicta su propia ley y al que es mejor no enfadar.

En cierto modo también asistimos al fin de un florentinismo, quizá al nacimiento de otro, o a su mutación. Desde luego el primer florenitnismo, también el florentinismo que regresó en 2009, era sobre todas las cosas una predisposición espiritual que recorría la masa social madridista desde el palco del Bernabéu hasta el salón de la casa del último madridista del mundo. Se podía definir con el axioma nada es imposible. Y en efecto nada lo parecía, se traían a los mejores, jugasen donde jugasen, costasen lo que costasen. Cuando seguíamos los culebrones galácticos mediante el periódico o el teletexto las situaciones se nos presentaban canónicamente, como un drama en tres actos: en el primero, los héroes manifestaban su deseo de encontrarse, Zidane en la concentración de la Juve, Ronaldo en la ciudad deportiva del Inter, Beckham en Manchester. En el segundo, un obstáculo a priori insalvable emergía como una amenaza: hombres de negocios duros y bragados hechos a todo, acostumbrados a manejar millones de euros como el que come pipas paseando por la playa, Agnelli, Moratti, Ferguson, Berlusconi, su vampírico valido Galliani. En el tercero, la cosa llegaba al clímax (nunca hubo mejor clímax que el trato cerrado sobre el Mediterráneo a bordo del Pitina II, todo el mundo pendiente de dos hombres vestidos de blanco en un yate, como repartiéndose el mundo, un nuevo Tordesillas) y finalmente los héroes alcanzaban la satisfacción y se producía el final feliz. Bien, ese florentinismo ya no existe porque ahora hay algo verdaderamente imposible: el Madrid no puede ni oler a Mbappé, está prohibido acercarse siquiera.

Esto se ha asumido y se ha instalado en la conciencia colectiva del madridismo. Lo asumen todos, dentro y fuera del club, en el mundo del fútbol, Mourinho lo expresó claramente en una entrevista el otro día: el jeque del PSG quema. Bien, las circunstancias son las que son y las condiciones materiales de los mercados del fútbol han cambiado, la hiperinflación y el sobrecoste están a la orden del día, esto es indiscutible, pero aceptar, el club el primero, que algo no es posible, contradice algo muy íntimo y muy metido dentro de la mitocondria madridista. El Madrid está fundamentado desde mucho antes de Bernabéu, pero con Bernabéu esto se acrecienta de modo exponencial y se convierte en tabla de la ley, en la posibilidad de acometerlo todo. De ahí la explosión incontenible de su triunfo y también por supuesto la devastadora y melodramática naturaleza de sus derrotas. Florentino se ganó en su día el apelativo de Ser Superior y el halo que desde entonces lo acompañó de gran hacedor de maravillosos milagros futbolísticos. La asunción tácita (o explícita) de que ahora hay algo que no es posible nos retrotrae a un Madrid preflorentinista, incluso a un Madrid pequeño y conservador, reducido a un vuelo corto, a una política híbrida de fichajes wengerianos (la búsqueda del talento futuro, vetado el talento presente) y la recuperación cierta de la pequeña burguesía internacional (la una vez denostada por ese primer florentinismo como “clase media”, de la que el equipo fue poco a poco desprendiéndose a partir de 2003 y que tanto se echó de menos durante la debacle de 2006 y final de la primera estancia de Pérez en la presidencia). Es una nueva versión del Zidanes y Pavones, en este caso cambiando los zidanes por los Hazards y Manés (muy buenos futbolistas pero no superestrellas, o sea, que no forman parte de la corte galáctica de los elegidos) y apurando la idea de ir aprovechando las gotas que les quedan a los jerarcas del 4 de 5. Es un upgrade que diría Mou, del florentinismo: del fastuoso al triste, entendido éste como posibilista o pragmático, pero naturalmente ya sin el brillo y el oropel que emociona al aficionado.

Un florentinismo mate. Como el Madrid no se sabe explicar, o se explica a su manera, mantiene los canales oficiales como las pantallas de algunas salas que en los museos explican este o aquel pasaje de la Historia y va deslizando aquí y allí en ABC, Marca o el programa de Pedrerol lo que sea que (no lo podemos saber de ninguna manera) parezcan ser los designios inescrutables del club. El aficionado, lanzado a la especulación, se mira al espejo y se pregunta: ¿qué le pasa al presidente? ¿Ha perdido la energía olímpica que lo caracterizó siempre)

Quizá este florentinismo triste que ha sucedido, casi veinte años después, al florentinismo osado y juvenil que llegó con un clausulazo de récord por la estrella del gran rival, es la vida, la inevitable vejez, el así son la