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En legítima defensa

En legítima defensa

Escrito por: Pepe Kollins12 marzo, 2018
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Hace dos semanas, el F.C Barcelona protestó airadamente el arbitraje de Mateu Lahoz en el partido disputado contra la Unión Deportiva Las Palmas. Los azulgranas se quejaban, en concreto, de la no expulsión de Chichizola, portero del conjunto canario, por unas manos fuera del área, y por señalar un dudoso penalti a Digne. A la finalización del encuentro, a Gerard Piqué le tuvieron que agarrar tras lanzarse a por el colegiado, al que increpó a gritos. Ernesto Valverde, un profesional reconocido por su carácter moderado, no perdió ocasión para señalar que “hemos empatado por un penalti invisible”. El Director de Relaciones Institucionales del club catalán, Guillermo Amor, ironizó preguntando a la entrevistadora si "os ha costado encontrar la jugada del penalti". Y ya a la salida del vestuario, el capitán Andrés Iniesta atendía a los medios para manifestar que "para nosotros la mano de Chichizola ha sido muy clara”.

Esta reacción orquestada sorprendió a muchas personas que no comprendían una respuesta tan contundente por parte de los miembros de un equipo que aún conservaba cinco puntos de ventaja sobre el segundo y que hasta entonces cumplía 746 días sin recibir un penalti en contra. Pero no se trataba de un impulso emocional, sino de un mecanismo defensivo interiorizado por el barcelonismo frente a cualquier adversidad arbitral y ante las cuales históricamente actúan en bloque, cual formación hoplita, a sabiendas de que las consecuencias de esa presión serán aún más decisivas que cualquier confabulación federativa. Una estrategia que comienza durante el encuentro, con los jugadores hostigando al colegiado cada vez que se produce una jugada dudosa y que, a posteriori, lo perpetúa la prensa catalana, sacando relucir su victimismo más recalcitrante, si el resultado no ha sido favorable.

Pero no es que el Barcelona tenga la patente de esta artimaña que es tan antigua como universal. Desde los inicios del fútbol profesional, los clubs han tratado de influir a los colegiados mediante sus quejas. Hace tres temporadas el Cholo Simeone inauguraba la Liga vaticinando que el campeonato “estaba peligrosamente preparado para el Real Madrid”, torneo que acababa de ganar su equipo y que, a la postre, terminó conquistando el Barcelona. El año pasado fuimos testigos de cómo todos los estamentos del Bayern de Múnich (la mayor parte de sus jugadores, su entrenador, Carlo Ancelotti y su Director General, Karl-Heinz Rummenigge) ponían el grito en el cielo por lo que, entendían, había sido un arbitraje tendencioso en contra de su equipo en el Bernabéu. No importa que el juicio de los alemanes obviase el penalti injusto a su favor en la ida, el fuera de juego de su segundo gol o lo mucho que tardó el colegiado en expulsar a un hiperventilado Arturo Vidal. Los bávaros no pretendían hacer justicia, sus protestas simplemente constituían una inversión de cara al futuro. Con el mismo ánimo especulador, hace un mes, Pep Guardiola focalizó una rueda de prensa en la protesta por las actuaciones arbitrales y en la demanda de protección para sus jugadores. La plantilla del City se sumó a esta petición con una ronda de declaraciones públicas y el club solicitó una reunión con la Professional Game Match Officials Limited, asociación responsable de los nombramientos de los árbitros, para entregarles un listado detallado con todos los errores que habían perjudicado el Manchester City en el transcurso de la Premier.  Los responsables del PSG, que el año pasado permanecieron atónitos ante el asalto de Deniz Aytekin en el Camp Nou, esta temporada aprendieron la lección y, tras su visita al Bernabéu, no se cortaron señalando presuntas irregularidades. Unai Emery declaró que “el arbitro nos ha perjudicado”. El presidente del club, Nasser Al-Khelaïfi, subió el tono y aseguró que “el árbitro ha ayudado al Real Madrid”. Y para completar el tridente, el Director Deportivo del club parisino, el portugués Antero Henrique, denunció que "no fue un partido de jugadores contra jugadores. Hubo influencias del exterior. Ha sido una falta de respeto para Paris y para Francia".

Frente a este protocolo de actuación casi unánimemente aceptado, sorprende el silencio sepulcral en el que está inmerso el Real Madrid en los últimos años. Para cualquier madridista no es un ningún secreto que desde el 2004, año en que Ángel María Villar logró ser reelegido presidente de la Federación Española de Fútbol -gracias fundamentalmente a las tretas electorales de Joan Gaspart-, el saldo arbitral del conjunto blanco ha sido enormemente desfavorable y, si nos centramos solamente en la era Zidane, alcanza el grado de dantesco. El saldo de lances favorables y desfavorables (penaltis + expulsiones) del Real Madrid, en los ochenta y cinco partidos con el francés en el banquillo, es de +6. El del Barcelona en el mismo periodo de +40.

Esta misma temporada, el Real Madrid fue perjudicado en una sucesión de arbitrajes en las primeras diez jornadas (Contra Valencia, Betis y Levante en el Bernabéu y  contra Girona y Atlético de Madrid fuera de casa) que provocaron que el equipo se descolgara de la clasificación. Eso, sin embargo, no motivó ninguna reacción pública por parte del club, que pareció aceptar con resignación, jornada tras jornada, la saña de los colegiados contra su equipo. Un mutismo que afecta a jugadores, entrenador, ejecutivos y presidencia y que por resultar, a todas luces, antinatural, se deduce que no responde a un ánimo apocado de los protagonistas sino a una política de comunicación trazada desde altas instancias.

De hecho, desde que se consolidó la ascendencia del Barcelona en la Federación, la dinámica de la institución blanca ha sido, con la salvedad de la etapa de José Mourinho, de una absoluta impasibilidad ante el desequilibrio arbitral. Rara vez los jugadores o el entrenador hacen una manifestación al respecto. Florentino Pérez rehúye cualquier comentario, hasta el punto de que lo más lejos que ha ido en este tema ha sido una declaración en favor del VAR. Pero si hay una persona que sintetiza la postura del Real Madrid ante esta situación de adversidad es la de su cara visible, el Director de Relaciones Institucionales del club, Emilio Butragueño. Al término de cada partido, el Buitre atiende a los micrófonos de la televisión para transmitir el mensaje oficial de la entidad. Con independencia de lo sucedido, Butragueño siempre sonríe y, tal y como hiciera magistralmente como jugador, acostumbra a responder con una pausa previa, con la salvedad de que, en este caso, después de la paradiña no se produce esa arrancada que dejaba tiesos a los defensas, sino a lo sumo una ligera mueca, pero jamás una declaración de desaprobación.

Algunos madridistas disculpan esta posición de la institución con toda suerte de excusas, como, por ejemplo, que esa labor de crítica corre de parte de la televisión del club. Pero dado el relativo alcance de este canal es tanto como decir que el club no da voz a su discrepancia. Otros creen que la e