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Diarios del Cherengueti (6)

Diarios del Cherengueti (6)

Escrito por: Mario De Las Heras30 mayo, 2018
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Esta noche no podía dormir y he salido de madrugada. Echaba en falta a algunos cherenguis desaparecidos en los últimos días tras la conquista de la Decimotercera Copa de Europa. Era curiosidad, pero también temor de que les hubiera pasado algo. Por eso fue una grata sorpresa encontrar a Wolfie. Parecía en buen estado, incluso en perfecto estado. La apoteósica victoria del Real Madrid no parecía haberle hecho mella. Lo encontré peleándose por unas exclusivas con el doctor Rydell y con Richelieu como tres zorros del desierto se pelearían por un hueso de cebra.

Toparme con Richelieu por primera vez fue un acontecimiento. Había oído hablar de él, pero no había tenido la oportunidad de verlo en el Cherengueti. Era tal y cómo me lo habían descrito y había yo consignado en mis notas: tenía su característico mechón puntiagudo por debajo de la boca y podía apreciarse casi al instante su antimadridismo rampante. Al mismo tiempo, Magua observaba, amenazante, la escena desde cierta distancia con plumas y pinturas de guerra.

No he dicho que se discutía sobre el hecho de que Cristiano no apareciese en las fotografías promocionales de la nueva camiseta de su equipo. La escena era de una excitación pocas veces vista. Yo esperaba encontrarme con cuerpos culés exangües, con almas culés en pena, y en realidad estaban todos afanados en devorar al portugués y a todo lo que lo rodea, incluido, por supuesto, el Real Madrid. En el Cherengueti la vida se abre camino, como en Parque Jurásico. Uno tiene que andarse con mil ojos porque la genética le sorprende a cada paso. En el Cherengueti se da la teoría del caos del doctor Malcolm, colega del doctor Rydell. No se puede jugar con la naturaleza y nunca más volveré a confiarme.

Tommy se retorcía entre el polvo como un triceratops enfurecido. La hinchazón de la vena de su cuello me producía un repelús insoportable. Tuve que apartar la vista. Tommy estaba dolido por las declaraciones de Cristiano. Nada parecía importarle ya la Decimotercera porque su mente jurásica ya parecía haber digerido el macrotriunfo. Es terrible el Cherengueti. Su aridez acaba con todo, hasta con las Copas de Europa irrepetibles. Es como el llano en llamas de Rulfo pero en el circo en vez de en la Literatura.

Richelieu se mecía en su silla ufano y sarcástico. La cristianada le hacía feliz. La cristianada ha sido un estupendo reconstituyente para la facción culé del Cherengueti, aunque yo lo veo más bien como un efecto placebo de corta duración. Richelieu aseguraba, al respecto de la ausencia de Cristiano en las fotografías del equipo, que se debía a que el jugador no había querido hacerse esas fotos. El doctor Rydell le preguntó si eso era información y Richelieu torció su mentón cardenalicio para decir que era “medio información”. Entonces sentí como si me hubiera dado una insolación repentina.

Me arrastré hasta el arbusto más cercano para ponerme al abrigo de su sombra, cuando pude ver a Wolfie mostrar el escudo del Barcelona que llevaba oculto en la pechera. Aquello era una señal de la herida de la Copa de Europa madridista. Comprendí que la herida estaba por dentro y que el afán del Cherengueti culé era no mostrarla. Los cherenguis culés van luchando por ahí como el Gladiador de Ridley Scott lo hacía, con la herida tapada por una coraza, con el malvado emperador, pero sin ninguna posibilidad de victoria. Fue terrible constatar eso. ¡Wolfie era un cadáver parlante! ¿Qué sería de Kim de la India? ¿Y de Freud? ¿Y la sacerdotisa?, ¿encontraré alguna vez a Karma después de esto?

El caso es que esos zombis cherenguis se revolcaban en la cristianada sin parecer que lo hacían, dándose un baño de integridad. Yo, mientras, pensaba también en Nikita. Quizá debería organizar una expedición en su busca pues empezaba a imaginármelo como cuando Eliot encuentra a ET moribundo en el bosque.

El Cherengueti es tan especial que en momentos tan desoladores siempre puede aparecer algo que cambie el rumbo de los acontecimientos. Es el doctor Rydell quien administra esta suerte de píldoras, mayormente dando paso a Keira (Knightley), que traduce de forma encantadora los distintos rugidos que llegan desde la selva. Puede ser la bella Keira la que dulcifique el salvajismo del Cherengueti, o el mismísimo Nutria recién llegado de la fraternidad Alfa Beta Pi de Desmadre a la Americana.

Nutria siempre trae noticias al Cherengueti como un Gastón que trajera flores para las lugareñas, y eso siempre se agradece, sobre todo después de escuchar a Wolfie decir, con cara de Karl Lagerfeld, que la nueva camiseta del Madrid tiene cuello Mao. Wolfie defendía que había que llevar los escudos por dentro y no por fuera, como él. En realidad, estaba consumido al ver a una culé ponerse encima de su chaqueta del Barsa la nueva camiseta del Madrid, convencida por la insoportable verborrea de Nutria, capaz de seducir hasta a la mujer del Decano. Luego se agarró a una liana, Wolfie, y cambió de posición para sacar el debate de una supuesta guerra entre Florentino y Cristiano; un debate al que enseguida se sumó Richelieu y con él todos los presentes.

Yo en ese momento me encontraba crecientemente aturdido. Una de las cosas más peligrosas del Cherengueti es su poder narcotizante, y lo fundamental es saber retirarse a tiempo para no quedar inconsciente a merced de los depredadores. La hora peligrosa suele marcarla la aparición de Calzaslargas, que es una especie nocturna. Cuando le vi llegar me reanimé como pude y emprendí el regreso al campamento dando un último rodeo, donde pude ver como Tommy era capaz de meterse en la mente de Cristiano y mostrar sus pensamientos.

Sentí un escalofrío de terror ante aquella demostración espiritista, aumentado por la visión de Magua que en todo momento parecía estar a punto de saltar violentamente para arrancar cabelleras cherenguis. Eso fue aterrador y espero no tener que verlo nunca a lo largo de mis exploraciones. Ya sólo me alejaba en medio de la oscuridad y guiado por las estrellas, cuando pude escuchar a Wolfie gritar al fin todo su dolor,  el dolor de toda una raza: ¡El Madrid no gana todo, el Madrid no gana tripletes!

Lo último que oí, y por lo que eché desesperadamente a correr, fue la carcajada espeluznante de Rydell resonando por todo el Cherengueti.