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Crónica individual de Mariano contra el Barcelona

Crónica individual de Mariano contra el Barcelona

Escrito por: Mario De Las Heras2 marzo, 2020
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Hace una noche desapacible en Madrid. Sopla un viento frío, como de invierno despechado. Para Mariano Díaz, delantero del Real Madrid, en cambio, es una noche agradable, al menos distinta, pues es la segunda vez en toda la temporada que Zidane le convoca para un partido de Liga. Mariano sale del vestuario y se dirige a la izquierda, hacia el banquillo, junto al resto de sus compañeros suplentes. Los asientos son confortables. Es un banquillo confortable. Con grandes asientos anatómicos bajo el tejado protector.

En su interior hay una iluminación como de cabaña de campo con chimenea. Tan acogedor parece que yo, si fuera jugador del Madrid, preferiría quedarme allí y no tener que salir. Y menos en una noche como esta. Uno también podría contarles a sus nietos hermosas historias del banquillo del Madrid. Es como pasar un día de perros a resguardo en el calor del hogar. Porque ese banquillo debe de ser como un hogar desde donde mirar llover a través de las ventanas empañadas.

Uno en ese banquillo debe de poder tumbarse en el suelo, sobre la alfombra, y dormitar mecido por el crepitar de la leña. En ese banquillo debe de haber hasta una abuelita adorable haciendo punto, y desde la cocina debe de venir un delicioso aroma a bizcocho recién hecho, quizá también un delicado olor de pastas recién horneadas. En ese banquillo debe de sonar Vivaldi y Liszt y Haendel en una gramola mientras se ve, no faltaría más, un partido del Madrid. Mariano está allí sentado disfrutando de la vida hogareña de Chamartín.

Afuera se oyen ladridos lejanos y el ruido de un tren llegar, detenerse y salir de una vieja estación. Allí a la intemperie está Zidane como si fuera el guardés de una finca. Es como ese guardés del cuento de Turguenev que recoge al cazador y le da cobijo en su isba. El banquillo del Madrid es una isba dentro de la finca de un noble. El tiempo transcurre y afuera el guardés se mueve inquieto de un lado a otro. Mariano observa desde su asiento. Mariano siempre está preparado. Siempre va armado. Es como Tackleberry, el de Loca Academia de Policía, pero sin bromas.

Mariano lleva la pólvora en las venas y el cuerpo le bulle por dentro. Yo pienso en cómo le tiene que bullir después de todo ese tiempo sin jugar, sin ser convocado siquiera, y me imagino el peligro de explosión. Mariano es un camión lleno de dinamita. Ya lo ha demostrado otra vez. Cuidado con ponerse a fumar cerca de él. Mariano habla con sus compañeros, sentados en los sillones de terciopelo azul, sin demasiadas esperanzas (o temores, en mi caso) de salir al campo inhóspito.

Mariano responde con ligereza a la conversación del hogar, absorto, pues en su interior siente apelmazarse la sangre al imaginarse allí afuera. Es como un joven ardoroso de la generación perdida soñando con ir a las trincheras y saltar entre las alambradas. Pero nada parece indicar que vaya a salir de allí. Se siente como el hermano menor de una familia aliada al que no dejan alistarse; aunque no se empeña, no se marcha, no se rebela. Es paciente. Él sólo está preparado.

Se acerca el final del partido. De pronto Zidane, el guardés, hace una señal. Le piden que salga a calentar. Mariano salta y comienza a desentumecerse espoleado por el frío. El Madrid gana por uno a cero al Barcelona y no parece que este pueda hacer alguna cosa para remediarlo, pero nunca se sabe. Ya casi se cumple el minuto noventa cuando Zidane lo llama. Mariano se despoja del abrigo y se dispone a la batalla. Mira el marcador. Va a ser una expedición corta, pero él ya ha encendido la mecha de la bomba, por si acaso. Benzema le da el relevo y Mariano sale corriendo hacia el otro lado del campo.

Le persigue el fuego de la mecha, que va acortándose. Llegado el momento, si no hay oportunidad, lo apagará. El partido está vivo, pero el Madrid domina con claridad. El Barcelona no es capaz de superar la línea central. Mariano corre como despavorido porque Mariano siempre corre como despavorido. Será porque siempre lo vemos ingresar en el campo al final del encuentro y, en comparación con el movimiento de los jugadores titulares a esas alturas, parece un joven cachorro lleno de fuerza y de vida ansioso por hacerlas explotar.

Mariano parece un toro bravo recién salido a la plaza, yendo enloquecido de un burladero a otro, embistiendo, buscando. Es cuando, en esa línea central, un balón largo de saque de banda lo lanza para marcharse tras él por el lado derecho. Nada puede hacer Umtiti más allá de seguirlo por detrás a distancia prudente, servicial. Mariano se acerca y se acerca a la portería de Ter Stegen. Me acuerdo de Bale, perseguido por Bartra, acercándose vertiginosamente a la portería de Pinto.

Entonces el galés metió la pelota por debajo y por el otro lado del campo. Aquí Mariano, cara a cara con el alemán, se inclina. Inclina el cuerpo. Lo pone en diagonal y se separa del balón. Se cae, se tumba sobre Umtiti, como usándolo, abusando de él, aun inconscientemente, porque ya toda la pólvora está almacenada en su pie derecho. Parece que va a fallar, tal es el desmayo, pero Ter Stegen está vencido, como todo el Barcelona, y la bomba penetra entre la cadera y el hombro del guardameta culé y finalmente estalla.

Mariano puede seguir corriendo, pero ya no es necesario. Se detiene lentamente. Me recuerda a Carl Lewis cuando ganaba en los cien metros y al cruzar la meta continuaba deleitándonos con su hermosa zancada de ciervo. Mariano Díaz es un corredor de velocidad y, sobre todo, de fondo. Y su alegría serena, asombrosa como su gol, es la alegría de sus compañeros. Y la nuestra. Es la demostración de amor verdadero de un equipo, como cuando marcó Jovic, para enseñarnos a todos los alegres dominios del guardés, que en realidad es el señor de la finca.

Ha trabajado en Marca y colaborado en revistas como Jot Down o Leer, entre otras. Escribe columnas de actualidad en Frontera D. Sobre el Real Madrid ha publicado sus artículos en El Minuto 7, Madrid Sports, Meritocracia Blanca y ahora en La Galerna.

6 comentarios en: Crónica individual de Mariano contra el Barcelona

  1. Mariano hace ya años es mi secreta esperanza, pero las circunstancias una y otra vez y sus oportunidades no aprovechadas, pocas, pero alguna ha tenido, me llegaron a hacer dejarlo en el olvido. Ayer mismo, para hacer esa heroica en un partido ya ganado no considero que fuera la mejor ocasión de sacarle. Tiene que tener al menos 20 minutos, y en partidos de despoblación absoluta del área rival, tan frecuentes últimamente, creo que debería ser la primera y tal vez única pieza a jugar. Clavarlo en el punto de penalti y a ver entonces quién se ríe de tantos centros desde las bandas.
    Pero debe ser que a mí me gusta demasiado que gane el Madrid como para hacerme caso.

  2. Mariano es muy buen futbolista. Es potente y es un killer. Pero, el entrenador es Zidane. Y él decide. Sus razones tendrá y espero que sean básicamente futbolísticas.

    Está claro que todo buen jugador necesita minutos para coger ritmo de juego y confianza.

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