Las mejores firmas madridistas del planeta

Pues al final no pasó gran cosa. El Madrid perdió la Supercopa, no podemos considerarlo un episodio anormal visto lo visto. No hubo goleada ni salió Xabi en globo. Fue muy normalito, como el torneo todo. Tuvo cerca los penaltis, fíjense. Cumplió.

Y sí, claro, fue poco para el Madrid. El Madrid no cumple perdiendo finales. Lo sé. El cumplió se refiere al partido, nada más. El momento era y es tal que se le pedía eso. Una tarea de mínimos. Estar, cumplir. Poco que ver con el resultado: al Atleti le ganó, pero no cumplió. Cosas.

Lo más grande fue la resurrección de Vinícius, primero vivimos la de Rodrygo. No estaban muertos ni de parranda. No estaban… Si el 7 es capaz de repetir lo de ayer, el futuro del equipo estará más despejado. No hay Madrid-Madrid sin Vinícius. Si durante un mes las lesiones pasaran de largo, la felicidad sería completa. Rodrygo y Vinícius, el Madrid necesita más Lázaros, más tíos que resuciten. Bellingham, por ejemplo.

Total, que el Madrid corrió y lo afirmamos con asombro. Le falta fútbol, dicen. Y piernas. Y sin piernas no hay fútbol, al menos seguido. Con eso le valió para palmar por la mínima encajando el gol matador vía desvío propio.

Defendió como pudo, o sea, raro, y atacó razonablemente, lo que le permitió ir asustando al rival. En el alargue falló dos remates lo que se dice a huevo. Su segunda parte no estuvo mal… Igual es que no tocaba.

¿Y ahora? Pues eso. Ahora ya sí viene lo gordo, se acabó la turra del ultimátum y demás. Y eso requiere un Madrid que haga más cosas que correr. En Europa quedan dos partidos para acabar la primera fase, Mónaco aquí y Benfica en Lisboa. O sea, Mou. Suma el Real 12 puntos. Haciendo las cosas medio normales debería meterse en octavos sin necesidad de playoff o como le llamen.

Lo más grande fue la resurrección de Vinícius, primero vivimos la de Rodrygo. El Madrid necesita más Lázaros, más tíos que resuciten. Bellingham, por ejemplo

Pensar después en la 16 es un ejercicio de mucha fe. Europa no se anda con bromas. En el campo y en el banco. Ese City que empata dos partidos y se trae un delantero previa inyección de 74 millones, ese Arsenal, ese PSG, ese Bayern… Pongamos que complicado.

Aquí, semana de Copa y arranque de la segunda vuelta de la Liga. Si aparcamos el montaje, y ya es aparcar, un Madrid normal podría enjuagar los cuatro puntos de diferencia que tiene con el líder, muy terrenal, por cierto.

¿Pero puede existir un Madrid normal ahora? El líder es eso, un equipo normal con una gran virtud: marca incluso sin querer y con eso, y en torneos LFP y Asociados, es más de media vida.

No veo al Madrid ganando títulos...ni le veo perdiéndolos. Los de aquí, repito. Xabi pensó la final, puso el equipo que pudo, que esa es otra y muy gorda, y sin ser el Madrid que él mismo sueña, estuvo en el partido, cosa de la que se dudaba. Cumplió. Pero no le vale con eso. De momento, el entrenador resiste: quizá hasta acabe cumpliendo los tres años de su contrato.

 

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Hay derrotas que no son una caída, sino una radiografía. La final de la Supercopa frente al FC Barcelona fue exactamente eso: una placa en alta resolución del Real Madrid actual. Sin anestesia. Sin relato edulcorado. Sin el “esto es fútbol” que suele servir de morfina colectiva. Aquí hubo datos, sensaciones y una verdad incómoda: el Real Madrid compitió mientras tuvo orden, se desangró cuando empezó a perderlo y murió cuando el físico dijo basta.

El primer dato ya merece un asterisco histórico. Gonzalo García marcó en el minuto 51 del primer tiempo. No es una errata. Minuto 51. El gol más tardío anotado por el Real Madrid en una primera parte de un partido oficial en toda su historia. Casi 125 años de fútbol resumidos en un añadido interminable que explica muchas cosas. La principal: que el partido se jugó durante demasiados minutos en una especie de limbo reglamentario donde el fútbol se convierte en resistencia, y la resistencia, sin piernas, acaba siendo una quimera.

Hasta ese momento —y conviene subrayarlo— el Real Madrid fue un equipo ordenado. No brillante, no exuberante, pero sí reconocible. Bloques juntos, líneas relativamente cortas, vigilancia defensiva correcta y una idea clara: no conceder transiciones. Mientras el plan se sostuvo, el club cliente de Negreira no encontró el camino. El problema llegó cuando el Madrid empezó a perder balones atrás. Y ahí apareció, como siempre, ese equipo del que usted me habla. El que vive de morderte cuando dudas, de castigarte cuando te paras medio segundo, de oler sangre en cuanto el rival baja la intensidad. No hay magia: hay colmillo.

El Madrid se metió solo en el matadero con una serie de pérdidas impropias de un equipo que aspira a gobernar los partidos grandes. Pérdidas sin presión real, pases mal perfilados, controles tibios, decisiones tomadas tarde. Todo eso no es casualidad. Todo eso tiene un origen común: la intensidad. Y la intensidad, conviene decirlo sin rodeos, no es un concepto abstracto ni una virtud moral. Es una consecuencia directa del estado físico.

Y aquí es donde uno empieza a echar de menos a Antonio Pintus. Mucho. Demasiado. Les guste a los jugadores o no. Porque Pintus no era simpático, ni paternal, ni flexible. Era incómodo. Exigente. A veces insoportable. Pero sus equipos llegaban vivos al minuto 80. Y este Real Madrid no llega. No llega a los duelos, no llega a las segundas jugadas y no llega, sobre todo, a sostener el ritmo cuando el partido entra en combustión.

El Madrid se metió solo en el matadero con una serie de pérdidas impropias de un equipo que aspira a gobernar los partidos grandes

No se trata solo de correr más. Se trata de correr mejor. De repetir esfuerzos. De no esconderte detrás del pase fácil. De no jugar con el freno de mano puesto cuando el rival acelera. Cuando el Madrid baja una marcha, ese equipo del que usted me habla sube dos. Y eso no es táctica: es físico.

El entrenador, por cierto, planteó bien el partido. Conviene decirlo también, porque no todo es culpa del banquillo. El plan inicial fue lógico, coherente con las piezas disponibles y razonable frente al rival. El problema no fue la idea, sino la ejecución en las áreas. Porque una final no se gana solo defendiendo con orden; hay que castigar cuando tienes la ocasión. Y ahí el Real Madrid fue alarmantemente inofensivo.

No se puede tirar a puerta como un padre lanza una pelota de espuma a su hijo de dos años, flojito y a las manos. Sin convicción, sin mala intención. Eso ocurrió en varias ocasiones; remates anunciados, tiros sin tensión, decisiones tomadas sin hambre. El portero rival agradeció cada una como quien recibe un regalo de Navidad mal envuelto pero fácil de abrir. En partidos de este nivel, o muerdes o te muerden. El Real Madrid, demasiadas veces, enseñó los dientes… sin cerrar la boca.

Los fallos en los pases, que tantos quebraderos de cabeza dieron, no nacen de la técnica. Nacen de la falta de intensidad. Y la falta de intensidad puede tener dos explicaciones: indolencia o falta de condición física. Las dos son malas, muy malas. Y el cuerpo técnico está precisamente para detectar cuál es la dominante y corregirla, porque si es indolencia, se corrige con jerarquía, si es físico, se corrige con trabajo. Lo que no se puede hacer es mirar para otro lado y esperar que el problema se solucione solo por acumulación de talento.

Y hablando de talento, conviene detenerse en Vinícius Júnior. Porque aquí hay que ser claros, incluso a riesgo de molestar. Vinícius es, hoy por hoy, el mejor jugador del mundo. El que lo cuestione, el que no quiera que siga en el Real Madrid o el que diga que es un jugador acabado, está en su derecho. Faltaría más. Pero me tendrá siempre enfrente. Siempre.

Porque Vinícius no solo desequilibra: sostiene. No solo ataca: resiste. No solo corre: compite. En un partido donde muchos bajaron el ritmo, él siguió insistiendo. En un equipo que perdió colmillo, él siguió intentando morder. Con acierto o sin él, con ayudas o en soledad, Vinícius fue el único capaz de alterar el guion. Y eso, en una final, no es un detalle menor: es una declaración de jerarquía. Vinícius, con 16 goles/asistencias en finales, ha igualado a los más grandes de la historia del Real Madrid y, en la próxima final, los rebasará… y todo con sus 25 años, con sus 8 temporadas de blanco, con todo lo que ha pasado y con todo lo que ha tenido que soportar. Que quede claro, repito, el madridista que quiera que Vinícius salga del Real Madrid, me tendrá enfrente con beligerancia, porque este talento propio no puede exportarse, no puede perderse por una campaña mediática organizada por lo más casposo de la prensa deportiva española y por los medios regados con el dinero de La Liga y, como se ha demostrado, con el dinero de ese equipo del que usted me habla.

Todo tiene un origen común: la intensidad. Y la intensidad, conviene decirlo sin rodeos, no es un concepto abstracto ni una virtud moral. Es una consecuencia directa del estado físico

El problema del Real Madrid no es Vinícius. Es todo lo que le rodea cuando el partido exige un plus. Cuando el fútbol deja de ser dibujo y pasa a ser supervivencia. Cuando el rival aprieta y tú necesitas piernas, cabeza y carácter a la vez. Ahí es donde este equipo se quedó corto. No humillado, no superado tácticamente, simplemente, corto.

La Supercopa se fue. No es el fin del mundo. Pero deja un mensaje claro: sin intensidad no hay orden que aguante; sin físico no hay plan que sobreviva; y sin colmillo no hay final que se gane. El Real Madrid tiene talento, historia y orgullo. Ahora necesita volver a tener piernas. Aunque duela. Aunque no guste. Aunque alguien tenga que volver a poner el cronómetro y decir: otra vez.

De Munuera Montero, negreiro de manual, que hace negocios con clubes de fútbol y con un póster de Messi en su casa, no tengo objeción. Futbolísticamente estuvo acertado, disciplinariamente correcto y lo único, quizás, por ponerle un pero, el descuento del segundo tiempo, que le faltó algún minuto con las ruedas de cambios por parte de los dos equipos. Pero como este escribidor de cosas suele hacer, si se gana y nos esquilman, lo digo, si perdemos y nos machacan, lo digo y si, como hoy, el trencilla estuvo correcto, también lo digo, faltaría más.

Y, por cierto, me han hecho gracia las declaraciones de Laporta, cuando dice que las relaciones con el Real Madrid están rotas… más rotas deberían estar, es más, deberían ser las típicas relaciones del Castilla con cualquier otro club de Primera Federación, que es donde deberían estar estos sinvergüenzas después de pagar durante, al menos, 17 años al vicepresidente de los árbitros al menos 8,4 millones de euros para, según ellos “obtener neutralidad”, como si los árbitros no tuvieran que tener la neutralidad ínsita en su meninge profesional, como si se pagara un extra a un fontanero para que no te inundara la casa, vaya. Por cierto, llevamos más de dos años y medio con este asunto Y AÚN NO HA PASADO NADA, que no se olvide.

Me despido con la pena de no haber levantado el título pero con la frase de siempre: ser del Real Madrid es lo mejor que una persona puede ser en esta vida… ¡Hala Madrid!

 

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Buenos días. El Real Madrid, como sabéis, sucumbió contra el Barça en la final de la Supercopa disputada en Arabia, país adalid de la lucha contra el machismo, la homofobia y, en general, de los derechos humanos. El «madridista» y «defensor de todas las causas nobles» Marca recoge perfectamente en su portada la alegría «coherente» con ambos preceptos. Por algo el diario de Gallardo es el principal periódico de régimen.

Los de Xabi sorprendieron con el planteamiento y Vinícius renació, la mejor noticia de cara al futuro. Pero el fútbol sigue siendo un juego donde gana quien mete más veces la pelotita en la portería rival. Cuando se fallan las ocasiones propias y se hacen más regalos al rival que los Reyes Magos lo habitual es perder. Aquí podéis leer la crónica y las notas de Genaro Desailly y la opinión arbitral de Alberto Cosín.

Para ganar títulos no hay que descuidar ningún aspecto del juego —ni fuera de él—, y cuando la calidad neta no es la de antes, el esfuerzo y la concentración han de redoblarse. Los blancos parece que siguen instalados en los felices años anteriores y —más allá del encuentro de anoche— durante las últimas dos temporadas muestran evidentes desconexiones, faltas de actitud, errores pueriles y una inteligencia en el juego en evidente decadencia.

Aún no se han dado cuenta —en todos los estamentos del club— de que esto no es lo que era y, cuanto más tarden, peor, porque además de no ganar tendremos que seguir viendo al club más corrupto de la historia sonriendo en las portadas madrileñas.

En la derrota no valen los casis ni las mejoras ni si el rival ha metido un gol de churro ni nada. Ni nada dentro de la legalidad. Ese es otro cantar que no podemos perder de vista nunca ni lo podremos perder hasta que se haga justicia.

En La Galerna estamos muy jodidos por la derrota. Por muchos motivos. El principal es porque somos madridistas y no somos unos indeseables. Sin embargo, una consecuencia de la grandeza del Madrid es que siempre proporciona felicidad a alguien. Anoche se alegraron a borbotones todos los antimadridistas —obvio— y algunos madridistas, aunque quizá no tanto como deseaban.

Abrimos inciso.

La sociedad la componen personas de todo el espectro moral, sean aficionados del club que sean, aunque la proporción cambia. El hincha de un club delincuente que además saca pecho de ello es un miserable.

Dentro del madridismo también hay un abanico amplio. Quienes aman a su club no quieren que pierda nunca. Puede parecer de Perogrullo, pero, por poner un ejemplo, los atléticos prefieren caer contra el Barça en numerosas ocasiones porque así perjudican a los blancos.

Hay otro grupo de madridistas: los que anteponen su interés a que gane su equipo. Bien porque si el club se desestabiliza ellos tendrán más facilidades para meter la mano en él y enriquecerse aún más. Bien porque estén financiados por grupos interesados en que caiga la cúpula actual para ocuparla ellos.

Es parecido, pero no es lo mismo. Es diferente ser un Tebas que un comunicador subvencionado por un gran grupo que ansía controlar el Madrid. Por ejemplo, cuando Florentino alcanzó la presidencia, evitó que PRISA se apropiara del Madrid, y ya veis cómo se comportan.

Hay otra facción blanca que se dice madridista pero quiere que pierda por motivos como que no le gusta el entrenador, el campo, que haga frío en invierno o la cara del lateral izquierdo del Juvenil B. A este segmento podemos denominar el de los papanatas. Son los que nunca disfrutan con las victorias y no han gozado la mejor época del club, pese a haber tenido la inmensa fortuna de haberla vivido.

Por último, hay un bando de individuos que, con independencia de que sean realmente madridistas u obtengan o no beneficio con la derrota, emanan iniquidad, presumen de conducta deshumanizada y muestran ausencia total de empatía. Este es el clan psicópata.

La psicopatía es una característica muy perjudicial para los demás, pero tremendamente beneficiosa para quien la padece. Es habitual que los psicópatas ocupen puestos bien altos en la escala social y lleguen a las más altas cotas políticas.

Cerramos inciso.

Este último clan, el de los psicópatas madridistas, se alegró de la derrota de —en teoría— su club. Pero no tanto como deseaban. Ellos ansiaban encajar al menos una manita, una hecatombe. Aunque en lugar del sacrificio de cien bueyes anhelaban el sacrificio completo del club.

Cuando uno quiere algo de verdad, no le desea el mal. Que sea necesario solucionar problemas evidentísimos en todos los ámbitos no debe implicar dinamitar la institución. Esta solución define a quien la propone. Estos tipos serían felices con un Gil de la vida, ganando una de cada 25 ligas y una Europalí al siglo.

Quien ama a su club exige abordar los escollos, depurar responsabilidades y mejorar todo aquello que está mal. Si tu hijo está enfermo, quieres curarlo, no tirarlo a la basura y adoptar otro. Pero para ello es necesario un grado de humanidad que no todos poseen.

En otro orden de cosas, la Supercopa nos deparó las habituales imágenes de estos chavales tan majos que componen el Barça (hay madridistas que los adoran y sonríen al evocarlos). Cortes de manga de Chemapamundi Cubarsí, desplantes de Lamine, bobadas de Fermín, etc. No merece la pena ni ahondar el asunto, son sus costumbres. Por supuesto, el responsable de todos los gestos reprobables de los jugadores culés es Vinícius, y esperemos que la prensa le reprenda como merece por ello.

Desde un punto de vista moral, la Supercopa es el título que mejor define al fútbol español. Está creado por un presidente de la RFEF corrupto junto con el capitán en activo del club más depravado —Rubi y Geri— para lucrarse personalmente. Además, se ubicó en una localización ideal para la catadura moral de sus impulsores: Arabia, un país con represión de las libertades básicas, machismo estructural y homofobia legalizada.

Visto así, la Supercopa es un trofeo que viene como anillo al dedo al Barça. De hecho, todas las competiciones nacionales lo son. Hay facturas.

Este hecho racional no es óbice para que nos asquee que ganen y nos fastidie perder, porque el fútbol es emocional. Esto conlleva inconvenientes, para el propio deporte y para los aficionados, pero es una de las claves del Real Madrid: la fe es un ingrediente esencial en la grandeza del club.

No obstante, es muy necesario que el club se ponga las pilas. Hay mucho trabajo por hacer en todas las esferas de la entidad. La plantilla, además de presentar carencias, cuenta con lesionados crónicos que los convierten prácticamente en exjugadores. Xabi aún no ha resuelto los problemas para los cuales se le fichó. La gestión de contrataciones, ventas, cesiones del club es difícil de comprender, sobre todo si no se explica.

Ser del Madrid cuando se gana es sencillo. Cuando hay que demostrar el verdadero madridismo es en la derrota. Enfrentar los problemas, solucionarlos. Tirar pa’lante. No amilanarse e imbuirse de pesimismo en una esquina del sofá. Eso es propio de seguidores de otros equipos.

¡Que somos el Madrid, coño!

Pasad un buen día.

-Courtois: NOTABLE. No se le puede culpar de ninguno de los goles y brilló en otras ocasiones, en particular una increíble a tiro a bocajarro de Lamine.

-Asencio: NOTABLE. Raza y acierto, y eso que jugó como lateral.

-Tchouaméni: NOTABLE. Muy solvente como central.

-Carreras: NOTABLE. Controló bien a Lamine y estuvo en general acertado.

-Huijsen: APROBADO. Le salva su remate en el 2-2, pero sigue verde, y además estaba muy maltrecho físicamente.

-Camavinga: APROBADO. Partido discreto del francés.

-Valverde: APROBADO. Volvió al centro del campo. Peor para él, aunque no lo crea. Es lateral.

-Bellingham: SUSPENSO. Nunca ahora esfuerzos, pero fue uno de sus peores partidos en el Madrid.

-Gonzalo: NOTABLE. Gol y esfuerzo perpetuos.

-Rodrygo: APROBADO. Trabajo estajanovista, emborronado por su grave error en el primer gol del partido.

-Vinícius: SOBRESALIENTE. Su gran partido es el gran consuelo en la derrota. Su gol es uno de los mejores de su carrera.

-Güler: SUSPENSO. Volvió a fracasar como centrocampista. Tal vez es que no lo es.

-Ceballos, Mastantuono, Mbappé: sin calificar.

-Xabi: APROBADO. El planteamiento no estuvo mal, pero la entrada de Olmo y Ferran le cogió con pocos reflejos, y en esos minutos se decantó el partido.

Arbitró José Luis Munuera Montero del colegio andaluz. En el VAR estuvo Trujillo Suárez.

Muy buen arbitraje del jienense en líneas generales. Le faltó alguna amarilla y un par de aciertos en temas de apreciación.

En la primera mitad puso el listón alto de tarjetas porque el pisotón tardío de Carreras a Yamal en el 24' la mereció. Un par de minutos más tarde no señaló una doble mano clara de Cubarsí en una falta cerca del pico del área.

 

En cuanto al añadido para evitarse quejas y protestas pudo pitar antes, pero luego, con los goles, actuó correctamente alargando porque en las celebraciones se perdió más de un minuto por gol.

En la segunda parte llegaron las tarjetas. Asencio la vio enel 57' por una patada sin balón a Pedri. A continuación, se montó una tangana en la que también vieron tarjeta Valverde y Eric. En el 56', hubo una caída de Tchouaméni con Eric, pero el defensa sacó antes el balón. Otra amarilla que se fue al limbo tuvo como protagonista a Koundé, que cortó una contra prometedora ante Rodrygo. En lls últimos minutos se unieron a la lista de tarjeteados de forma justa por sendos agarrones Carreras y Pedri. El primero por sujetar a Brahim y el segundo por lo mismo a. Rodrygo. Por último, la expulsión por roja directa de De Jong fue justa. La planta a la altura de la tibia en una acción muy peligrosa.

Munuera Montero, BIEN.

En un encuentro frenético y cardiaco, lleno de acciones de mérito por parte de ambos equipos, el Madrid perdió la Supercopa a manos del Barça a consecuencia de un gol de pura chamba de Raphinha.

El prepartido estuvo preñado de confusión. Se anunció como titular a Güler, pero al final salió Gonzalo. También surgieron rumores que apuntaban a una disposición sobre el campo diferente de la prevista por parte del Madrid. Los rumores se confirmaron. El cambio era el adelantado por un medio francés en su cuenta de X, con Asencio no como central sino como lateral, Tchouaméni no como mediocentro sino como central y con Valverde en el centro del campo junto a Bellingham y Camavinga. Los jugadores de uno y otro equipo se miraban unos a otros como tratando de entender los cambios (especialmente los culés, claro, pero no solo), mientras iba quedando claro también que Gonzalo no estaba allí para meter goles, sino para frenar las evoluciones de De Jong como cerebro blaugrana. Parecía claro que Xabi optaba por un arranque de valentía (o con uno de entrenador, según se vea) para jugarse la carta de su propia continuidad. Otro dirá justo lo contrario, o sea, que todo procedía de la cobardía de no querer volver a alinear a Valverde como lateral derecho, a pesar de que se ha revelado como la solución más eficiente, aunque no la preferida por el futbolista.

Los dos equipos se tentaban mutuamente en esos primeros compases, sin que sucedieran muchas cosas. El calor y la humedad parecían pasar factura también. La posesión se decantaba por el equipo cliente de Negreira, pero el Madrid se mostraba rocoso, con un Rodrygo que ayudaba muchísimo y con tino en la faceta defensiva y que en el minuto 15 dejó pasar sabiamente la pelota para que Vinicius incursionara solo. Tenía poco ángulo, pero telegrafió su pase a la red y Jordi García lo interceptó sin el menor esfuerzo. Pese a esta gestión infantil de la jugada, Vini se revelaba como el mayor peligro de los de Xabi, felices con incomodar al Barça y salir al contragolpe. El Madrid empezaba con el aire de algunos planteamientos mourinhistas en finales contra el eterno rival. (El cronista lo dice como un elogio). No había rastro de la célebre presión alta que Xabi parece empeñado en imponer. Esa idea ha pasado a un segundo plano y el Madrid parece haber puesto en barbecho esas ideas audaces hasta ganar la Supercopa como mínimo. No ha podido ser. No sabemos si esas ideas seguirán en barbecho a partir de ahora.

Al borde de los veinticinco minutos, el Madrid se imponía defensivamente, con Carreras y Asencio superando a sus pares (Lamine y Raphinha respectivamente) y sin privarse de celebrar con la grada, aparatosamente, cada duelo ganado. Bellingham y Camavinga ayudaban atrás también. El equipo, muy junto y concentrado. Solo faltaba jugar un poco al fútbol. Como aviso de que el planteamiento podía ser arriesgadamente defensivo, Raphinha le pegó, obligando a Courtois a emplearse, bien es cierto que sin enorme mérito.

A la vuelta de la pausa de hidratación, el Madrid tuvo su mejor ocasión. Rodrygo se la dejó de cabeza en profundidad, con gran sabiduría, pero el canterano se acogotó quizás al notar en el occipital el aliento de Cubarsí, que ya es acogotarse. Respondió el Barça con un primer tiro a las nubes de Fermín y con un fallo garrafal de Raphinha solo ante Courtois. Pero no perdonó un minuto después. El Madrid perdió el balón en el centro del campo (fue Rodrygo, a pesar del estar siendo el mejor hasta ese momento) y el otro brasileño se internó en el área y chutó cruzado para batir al belga.

1-0, y todo el trabajo hecho hasta el momento puesto en tela de juicio. Miedo además a que el Madrid se descompusiera ante el fracaso eventual del plan, cosa muy propia de los nuestros en recientes choques contra los de Flick. De hecho, Courtois tuvo que rechazar un tiro de Fermín. Con el gol, el Madrid parecía perder la fe a borbotones. Amenazaba a tragedia el final del primer tiempo, pero todo cambió en los pies de Vinicius.

Era el contragolpe menos claro de todos. Había dos jugadores del Madrid contra seis del Barça. Vini decidió jugársela, y de qué manera. Rodeado de rivales, le hizo un caño de fábula a Kounde, regateo a Cubarsí en el área pequeña y anotó uno de los goles más espectaculares de su vida.

Pero el destino nos deparaba un final cardíaco del primer tiempo. Lewandowski aprovechó un buen pase de Pedri para batir a Thibaut elevando la pelota. Cuando parecía que nos íbamos al descanso por detrás en el marcador, Bellingham forzó un córner. Lo lanzó Rodrygo. El remate de Huijsen lo rechazaron a duras penas entre Raphinha y el poste, y Gonzalo no perdonó al rechace.

2-2 al descanso, y el desfibrilador cerca.

Vini parecía en trance al comienzo del primer tiempo, decidido a confirmarse como el hombre del partido. Primero forzó un córner en una gran jugada marca de la casa, y en el minuto 50 se perfiló para lanzar un disparo durísimo que repelió García.

El Barça presionaba arriba, aunque el Madrid lo solventaba sin gran apuro. Empezó a calentar Mbappé y a Joan Gaspart, en su casa, le entró un poquito de colitis. Pero le entró en libertad, no en prisión. Ese es el problema. Por lo demás, seguía Vini empeñado en brillar. Desde la frontal obligó a Joan García a mandarla a córner. Una entrada de Asencio, bien solventada con amarilla, sirvió para que toda la expedición culé, utilleros incluidos, rodeara a Munuera Montero.

Una gran jugada entre Rodrygo y Vinícius fue maravillosamente iniciada por el primero con un gran pase, pero lastimosamente pifiada al final con un remate inocente. Parecía que los blancos podían llevarse el partido, aunque la noticia de la lesión de Valverde, que fue sustituido por Güler, provocó un inevitable bajón anímico en el aficionado. Para incidir en el bajón, el Barça sacó a los siempre temibles Olmo y Ferran, que suelen funcionar muy bien saliendo desde el banquillo. Los cambios, en efecto, sentaron bien a los clientes de Negreira, y un remate a bocajarro de Lamine propició un paradón de Courtois.

No tardó en llegar el gol culé, y fue de un moco fuera de lo normal. Se resbaló Raphinha al chutar, pero un rebote afortunadísimo acabó con el balón en la red. Sí esto fuera tenis, se habría disculpado. 3-2.

Huijsen, muy tocado, se marchó en beneficio de Alaba, de quien ya ni nos acordábamos. Se fue también Gonzalo y entró… Mbappé. Tenía algo menos de quince minutos el francés para obrar el milagro.

Poco se podía lograr si el Madrid no se iba arriba, cosa que no sucedía, probablemente por el cansancio y la humedad. Se preparaban Mastantuono y Ceballos, que entraron en lugar de Camavinga y Vinicius, quien seguramente no podía más. Flick contraatacó metiendo a Rashford y Gerard Martin.

El Madrid no daba señales de salir de poder remontar, ni en lo físico ni en lo anímico. Olmo imponía su ley en esos últimos minutos. El Madrid, sorprendentemente, esperaba atrás, sin oler la pelota, aunque en los últimos cinco minutos pareció reanimarse mínimamente. Trataba de presionar, pero dejando al equipo demasiado largo. Se cumplía el 90. Munuera expulsó a De Jong por una entrada escalofriante, lo que no impidió el clásico corrillo de protestas de los patrocinados por R.D. Congo.

El Madrid afrontaba el descuento con un montón de jugadores en el área, tratando de cazar algún remate y bombeando balones. Rashford tuvo un contragolpe pero la lanzó fuera.

La tuvo Tchouaméni tras un buen centro de Güler, pero tiró con mucha inocencia. También Asencio en un remate de cabeza a las manos de Joan. El Madrid cayó con gallardía. Probablemente no era la forma deseada por los madridistas que querían que el Madrid perdiera. Lo sentimos por ellos. Deseaban una hecatombe y no la hubo, aunque para el Madrid perder siempre es desastroso, y más contra el enemigo que se compró la competición durante décadas.

A seguir.

Existe una anécdota apócrifa —que seguro que os suena— sobre el general romano Belisario, quien tras reconquistar medio mundo para el emperador y salvar a Roma, terminó sus días ciego y mendigando por las mismas calles que él mismo había pavimentado con sus victorias. La leyenda cuenta que los ciudadanos no lo odiaban por haber perdido, sino por recordarles, con su sola presencia, el precio sangriento de sus logros.

Hoy podemos ser testigos de una representación moderna de esta tragedia, pero el protagonista no lleva armadura romana, sino el dorsal 7. Y para poder entender lo que está ocurriendo y por qué parte del madridismo ha comenzado a devorar a Vinicius Junior, debemos abandonar la lógica deportiva y adentrarnos en la patología de los sistemas cerrados, porque lo que estamos presenciando no es una crisis de juego, es un trastorno autoinmune: el Real Madrid, como cuerpo social, ha comenzado a identificar a sus propios leucocitos —aquellos diseñados para el combate más feroz— como una amenaza para la salud del organismo, y el «Caso Vinicius» ha dejado de ser un asunto de odio externo para convertirse en un caso de estudio sobre la ansiedad institucional y el desplazamiento de la agresión. Vamos a ello, porque entenderlo nos puede ayudar mucho en nuestro día a día.

El aficionado actual se ha acostumbrado a la victoria como estado natural, y ahora, tras una temporada sin títulos importantes y sumidos en una espiral de juego negativa, vivimos nuestro particular invierno cartaginés, sucumbiendo así a una neurosis colectiva. La ausencia de títulos no genera tristeza, genera ira, y esta, de origen, necesita dirección. Atacar a la institución es abstracto, y los números silencian las críticas, atacar al club y su historia es doloroso a la par que absurdo, atacar al rival es impotente cuando este te está ganando… Y aquí entra el brasileño.

la masa social, agotada de ser la mala de la película, ha comprado la narrativa del agresor, y creen erróneamente, que si eliminan a Vinicius el odio contra el Madrid cesará. Una fantasía de redención. «Si entregamos al chico, nos dejarán en paz»

Desde la psiquiatría, lo que está ocurriendo es un desplazamiento freudiano de manual. La masa, incapaz de procesar la frustración de ver a su equipo perder, vuelca esa impotencia sobre el blanco más visible y la víctima más expuesta. Se le acusa de desestabilizar al equipo con sus «guerras personales», cuando la realidad es que el equipo es inestable por numerosas y numerosas cuestiones. Que el Real Madrid no gana porque «Vinicius se distrae» es una mentira reconfortante. Porque es mucho más fácil señalar la actitud de un chico de 25 años que diseccionar un proyecto deportivo para detectar y solventar errores. Esto lo hacemos continuamente con nuestra propia vida, preferimos culpar a alguien de una situación y alejarnos que analizar qué nos ha llevado ahí, discutir con un socio que reestructurar un proyecto, no hablar con un familiar que solucionar los problemas, aunque en el caso del brasileño hay mucho más. Vinicius se convierte así en el pararrayos de una tormenta que él no desató, pero que lo está electrocutando. Lo que la prensa y la grada llaman «provocación»es, en términos psiquiátricos, la hipervigilancia del trauma. Y lo que la afición está haciendo no es «exigencia», es una traición biológica: están sacrificando al órgano que se hipertrofió para salvarles. Ante la indefensión y agresividad que sufrió el chico,desarrolló una personalidad «hipervigilante». Y es que el superviviente de bullying masivo a menudo aprende que la única seguridad es la defensa activa y constante. Lo siento, no se puede pedir a quien tuvo que construirse una armadura para sobrevivir que se la quite de buenas a primeras. Mucho menos sin la confianza de los suyos.

René Gizard teorizó que las sociedades purgan su violencia interna sacrificando a un tercero, pero lo fascinante y perverso de este caso es la inversión del mecanismo. Parte de la afición está sacrificando a su hijo predilecto para congraciarse con sus enemigos. Y ojo, lejos de ser algo anómalo, esto está definido como el síndrome del niño maltratado que intenta complacer al maltratador, es decir, que la masa social, agotada de ser la mala de la película, ha comprado la narrativa del agresor, y creen erróneamente, que si eliminan a Vinicius el odio contra el Madrid cesará. Una fantasía de redención. «Si entregamos al chico, nos dejarán en paz», susurra el inconsciente colectivo del Bernabéu. El aficionado le grita «cállate y juega», porque cada vez que Vinicius se revuelve y protesta ante la injusticia, obliga a los suyos a tomar partido, y defender a la víctima en una sociedad de confort e inmediatez cansa, culparla libera.

Vini, vidi… ¿fue?

Lo más trágico de todo esto es esa soledad de la víctima de bullying cuando llega a casa y descubre que sus padres se han puesto del lado de los matones. El brasileño, que sufrió una campaña de deshumanización sin precedentes y que logró superar, ahora se encuentra de nuevo abandonado en medio de una crisis del club, la prensa y la propia afición que ha adoptado la retórica del agresor. Sociológicamente, esto se explica por el miedo al contagio. En una dinámica perdedora, el grupo se siente débil y humillado. Para recuperar cierta sensación de control y honorabilidad ante la opinión pública, deciden amputar el miembro que genera controversia, cuando en realidad lo único que están haciendo es demostrar sumisión ante el relato que el enemigo construyó durante años. La rendición final: aceptar que el verdugo tenía razón sobre la víctima.

Si finalmente logran que Vinicius se marche, si la presión de la propia familia termina por expulsar al miembro que más la defendió, no habrá celebración, tan solo ese silencio espeso que queda en las habitaciones tras cometer un error irreparable.

La historia, por cerrar con lo que inicié, nos enseña que los imperios no caen cuando son atacados desde fuera, sino cuando empiezan a temer a sus propios defensores. Al pedir la cabeza de Vinicius, están matando al centinela porque sus ladridos no les dejan dormir, olvidando que son esos ladridos los únicos que mantenían a los lobos a raya. Cuando el centinela se haya ido y el silencio reine en el Bernabéu, ya no habrá pitos, ni siquiera aplausos; y nos daremos cuenta de que el silencio no es paz, es indefensión. Es tristeza.

En los anales del fútbol español, el derbi madrileño fue durante décadas el gran duelo, el choque visceral que definía la capital y, en buena medida, la propia identidad del fútbol nacional. El Real Madrid contra el Atlético de Madrid no era solo un partido: era una guerra de clases, de estilos, de orgullos. El Madrid, el club del glamour de las estrellas, de la exigencia, el puño de hierro que dominaba Europa. El Atlético, el equipo del pueblo, del sufrimiento, de la “resistencia obrera”. Durante los años 60 y 70, el Atlético fue el único club que plantaba cara de verdad al Madrid en España. Ganó ligas (cuatro entre 1966 y 1977), copas, compitió en Europa y, sobre todo, mantuvo una rivalidad feroz que obligaba al Madrid a estar siempre alerta.

Y sin embargo, hoy nadie discute que el rival del Real Madrid para los títulos de primavera es el Barcelona. El evento planetario detrás de la horrísona expresión "El Clásico" eclipsa el fútbol mundial ¿Cómo se produjo esa transición? ¿Cómo cedió el Atlético, casi sin darse cuenta, su estatus de principal antagonista? La respuesta no está solo en el terreno de juego, sino en una aceptación progresiva de un papel secundario, en una renuncia psicológica profunda que permitió que el Barcelona (impulsado por el combustible propergólico de la corrupción) ocupara el vacío que dejaron los colchoneros.

El punto de inflexión comienza en 1978 con la llegada de Josep Lluís Núñez a la presidencia del FC Barcelona. El club culé, hasta entonces, era un equipo importante por su pertenencia a una ciudad en crecimiento, pero claramente por debajo del Real Madrid en palmarés y prestigio internacional. Su descacharrante debut en una final de Copa de Europa en 1961 en Wembley contra el Benfica, se saldó 3-2 palmando con un autogol del portero Ramallets y cuatro tiros al palo de los azulgrana. Mientras, el Real Madrid ya había llenado las vitrinas con Di Stéfano, Puskas y Gento. La década de los setenta fue muy dolorosa para el Barça: 6 títulos para el Madrid, dos para el Atletico y uno para Valencia y Barcelona, respectivamente. La Quinta del Buitre emergió en los ochenta, avivando la rivalidad con un fútbol espectacular. 
 
Fue insoportable. Núñez, un empresario acostumbrado a comprar todo lo que se interponía entre él y sus objetivos, concibió como respuesta una estrategia de largo plazo: iba convertir al Barcelona en el gran rival del Madrid, no solo deportivo sino institucional y mediático. No escatimó en métodos, como hemos podido sufrir primero y conocer después, durante aquellos años de plomo y silbato. 

Durante el mandato de Núñez (1978-2000), el Barcelona también construyó un relato de victimismo institucional que caló profundamente en Cataluña y en amplios sectores de la prensa española. Ese relato necesitaba victorias, títulos que sustentaran la narrativa de superioridad moral y futbolística. Y los títulos llegaron. Primero con el Dream Team de Cruyff, después con equipos ganadores. Muchos de esos éxitos, sin embargo, llegaron acompañados de episodios que, vistos con perspectiva, resultan inconcebiblemente turbios, denigrantes, antideportivos.
Si Apollo quisiera un club con mentalidad ganadora, habría invertido en otro proyecto. Pero eligió el Atlético precisamente porque, con su base fiel y su complejo profundamente interiorizado, ofrece un retorno predecible sin los riesgos de la exigencia madridista. ¿Me definen qué es un fracaso para el Atlético?
Si hay algo que define al FC Barcelona más allá de su estilo de juego -ese tikitaka que tanto se alabó y que con ojos de hoy es prehistoria  futbolística-, es su mentalidad. No hablo de la mentalidad ganadora del himno, sino de esa extraña mezcla de superioridad moral autoimpuesta y victimismo crónico que ha moldeado al club desde hace décadas. El Barcelona no se entiende sin su complejo de inferioridad disfrazado de grandeza, sin esa necesidad imperiosa de sentirse perseguido para justificar sus éxitos y, sobre todo, sus fracasos.

Todo empieza, como todo el imaginario culé, con el Real Madrid. El Madrid no es solo un rival: es la Némesis, el enemigo ontológico, el símbolo de todo lo que odian y envidian a partes iguales. El Madrid representa el supuesto poder central de España, la exigencia absoluta, la historia incontestable de grandeza. 15 Champions (y contando), treinta y seis ligas, un palmarés que aplasta cualquier comparación. Frente a eso, el Barcelona históricamente siempre fue el otro: “el perseguido por ser catalán”, el "yo vengo de un pequeño país" del patético millonario meacolonia, el “més que un club”, el que necesitaba un relato alternativo para no ahogarse en el océano de un madridismo inclusivo y universal.

Ese relato se construyó sobre dos pilares: el victimismo y el resentimiento. En los años de la posguerra, el Barcelona se erigió en símbolo de la resistencia catalana frente al franquismo mientras otorgaba medallas al caudillo, que les salvó de la ruina al menos en dos ocasiones. El Madrid sufrió represalias, pero nunca se vendió como mártir. El Barça cultivó la idea de que todo lo malo que le sucede es culpa de “Madrit”. No del Madrid futbolístico, sino "Madrit" como concepto: el Estado, la prensa centralista, los árbitros, la Federación, LaLiga. Cualquier derrota es robada, cualquier título madridista es sospechoso, cualquier decisión institucional es una conspiración. Pese a las facturas, a las pruebas, a la degeneración de las instituciones, del arbitraje, de los medios, del corrupto mundo del fútbol. 
 
Esa mentalidad fue fabricada con su maletín de bricolaje de la señorita Pepis lleno de dinero negro, por Núñez, desde 1978. Núñez entendió que para competir con el Real Madrid no bastaba con el fútbol: hacía falta un relato más potente. Y lo construyó. El Barcelona pasó de ser un gran club a ser una causa. El victimismo se institucionalizó. El relato ya no era deportivo, era político, supremacista. Cada rueda de prensa, cada declaración, cada campaña mediática (previo pago de su importe) giraba en torno a la idea de que el Barcelona era el club de los "valors", perseguido por ser mejor. Para sostener ese relato, necesitaban sacarle rédito con títulos a los que atribuirían enormes méritos y esfuerzos. Como complemento, necesitaban llorar constantemente mientras, sollozando como falsas plañideras, cometían innumerables delitos protegidos por un sistema putrefacto y por un inmenso poder mediático abanderado y sufragado por independentismo gourmet catalán: Roures.
 
Esa mentalidad victimista no es solo defensa: es motor. El Barcelona necesita sentirse agraviado para rendir al máximo. Lo vimos en la era Guardiola, cuando el “nos quieren destruir” se convirtió en gasolina para la mejor versión del fútbol culé que hemos visto. Pero también es su talón de Aquiles: cuando no hay enemigo externo, el Barcelona se desinfla. Sin el Madrid como villano, sin el “establishment” como excusa, el club se mira al espejo y ve sus propias miserias, como un Dorian Grey en fase terminal: ruina económica, deuda estratosférica, gestión nefasta, dependencia de los políticos para sobrevivir haciendo trampas, huída hacia adelante con el club regido por irresponsables, todos ellos imputados o condenados judicialmente por mangantes.
El Barcelona combatió su complejo construyendo un relato alternativo: el de la “més que un club”, el del estilo, el del victimismo institucional. Necesitaba demostrar que era superior moral y futbolísticamente, y para ello no dudó en utilizar todos los medios a su alcance
 
El caso Negreira es la sofisticación, la profesionalización de la corrupción. Durante casi dos décadas (de 2001 a 2018), el FC Barcelona pagó más de siete millones de euros a José María Enríquez Negreira, entonces vicepresidente del Comité Técnico de Árbitros. Nadie ha explicado por qué un club necesitaba pagar tanto dinero a un alto cargo arbitral durante tanto tiempo. La justicia condenará, pero el daño reputacional ya es indeleble. Lo más revelador es la cronología: los pagos coinciden exactamente con el período de mayor dominio del Barcelona en LaLiga (2004-2018) ¿Casualidad? Claro que no. Analizados los saldos arbitrales y anomalías estadísticas es imposible seguir creyendo en la limpieza de la competición.
El Negreirato: lo indebatible y lo debatible
Mientras el Barcelona ascendía apoyado en un relato victimista, con una potentísima maquinaria mediática detrás y con ayudas arbitrales sistemáticas, el Atlético de Madrid optó por la resignación. En lugar de pelear por ser el gran antagonista, aceptó el rol de “tercero en discordia”. Ganó ligas ocasionales (1996, 2014, 2021), pero siempre con la sensación de que eran excepciones, de que el verdadero duelo estaba en otro lado. De hecho, se sumó a la caída azulgrana, para sorpresa general. La envidia proporciona extraños compañeros de cama. El Atlético se conformó con ser el outsider, el que sufre, el que “lo intenta”. El que "nunca deja de creer". Esa conformidad tiene raíces profundas.

Tanto Barcelona como Atlético padecen, en mayor o menor medida, un complejo de inferioridad radical frente al Real Madrid. El Madrid no es solo un club: es la referencia absoluta. Quince Copas de Europa, treinta y seis ligas, una historia de exigencia implacable que ningún otro equipo del planeta puede igualar. Ese palmarés genera un respeto reverencial en la mayoría, en estrellas actuales y pasadas del fútbol mundial y un resentimiento profundo en los miserables. El Barcelona combatió ese complejo construyendo un relato alternativo: el de la “més que un club”, el del estilo, el del victimismo institucional. Necesitaba demostrar que era superior moral y futbolísticamente, y para ello no dudó en utilizar todos los medios a su alcance.

El Atlético, en cambio, nunca construyó un relato ganador. Su identidad se forjó en el sufrimiento, en la épica del perdedor. El apodo de “pupas” no es casual: resume una historia plagada de finales trágicos (la final de Copa de Europa de 1974, las dos finales perdidas contra el Madrid en 2014 y 2016, innumerables remontadas en contra). El Atlético tiene un carácter genéticamente perdedor porque su propia hinchada lo ha interiorizado y, en muchos momentos, lo ha celebrado. 
 
Ser del Atlético es sufrir, es resistir, es “creer” contra todo pronóstico. Esa mentalidad, admirable por su lealtad ovina, es letal a la hora de aspirar a la grandeza. Palmar trágicamente es su marca registrada. Cuando sufrieron catástrofes en el último minuto, no se enfadaron tanto como lo que se emocionan contando la historia. “Casi lo logramos”, "Estuvimos a un minuto", "Hubo un gol en fuera de juego...". La narrativa del perdedor es lo que les confiere identidad. Es genética. El Atlético disfruta de sus derrotas contra el Barcelona tanto como de sus victorias frente al Real Madrid porque en ambos casos se perjudica al que más se envidia. Se trata de una enfermedad incurable. Una envidia que reside en los telómeros de la cadena del ADN, con el foco sobre el club que siempre gana cuando importa.
El Atlético nunca ha exigido como el Madrid. Nunca ha construido una estructura institucional que imponga respeto. Cuando tuvo la oportunidad de dar el salto (Jesús Gil y Gil, su prole, Cerezo, los primeros años de Simeone), siempre terminó retrocediendo. Aceptó que el gran duelo era Madrid-Barça, que su papel era el de convidado de piedra. Y mientras el Barcelona peleaba (eufemismo para no decir "compraba") un lugar en la cima, el Atlético se acomodó en la melancolía de ser el eterno segundón madrileño.
una masa social resignada es más rentable. La afición del atleti, con su romanticismo del sufrimiento, es el mejor aliado para mantener ese statu quo. Simeone es el cómplice ideal para señalar enemigos imaginarios
Durante décadas, el Atlético fue propiedad efectiva de la familia Gil y Enrique Cerezo. Jesús Gil llegó en 1987, en medio de la ruina económica, y consolidó su control sobre el club mediante maniobras turbias: ampliaciones de capital que diluyeron acciones, conversiones de deuda en participación; un proceso que llevó a que Gil y Cerezo controlaran más del 65% sin haber puesto un euro de su bolsillo. Durante esos años les convenía enormemente la mentalidad perdedora de la afición.

¿Por qué? Porque una masa social resignada es más rentable. No exige fichajes galácticos cada verano. Acepta vender a las estrellas (Falcao, Torres, Griezmann, etc.) para “sanear cuentas”. Celebra quedar terceros o cuartos como un logro heroico. Y mientras, los ingresos van fluyendo sin necesidad de ganar ligas que obliguen a invertir. El Atlético de Gil/Cerezo es un negocio perfecto: competitivo lo justo para generar caja, pero nunca tan ambicioso como para poner en riesgo el control familiar. La afición, con su romanticismo del sufrimiento, es el mejor aliado para mantener ese statu quo. Simeone es el cómplice ideal para señalar enemigos imaginarios. El borrego mira el dedo que señala, indignado, mientras en la trastienda se brinda con Bollinger del 47 en magníficas copas Riedel. 
 
Simeone es aclamado por la plebe por amenazar a futbolistas rivales que podrían ser sus hijos,  por acosar, por mantener comportamientos denigrantes para un deportista, a razón de un salario injustificable por su rendimiento. Pero es que su rendimiento no se mide en títulos, se mide en comisiones de fichajes y traspasos y en su capacidad de mantener la borregada bajo control, mirando fijamente el dedo que señala la luna. 
 
¿Cambiará algo con Apollo Sports Capital? Negativo. Apollo no ha comprado el Atlético para convertirlo en una máquina ganadora que arrase cada temporada. Los fondos buscan rentabilidad estable en un plazo determinado: Champions todos los años (ingresos garantizados), ventas lucrativas de jugadores, control de la masa salarial, crecimiento comercial. No necesitan ganar LaLiga para justificar la inversión; les basta con ser un top-4 consistente, como han sido en la era Simeone. Una afición que celebra la “épica” de competir contra los grandes, que no se rebela ante ventas millonarias, que llena el estadio aunque no lleguen títulos… una afición sumisa al Cholo y sus cada vez más frecuentes idas de olla es oro para un fondo de inversión. Cotiza.

Si Apollo quisiera un club con mentalidad ganadora, habría invertido en otro proyecto. Pero eligió el Atlético precisamente porque, con su base fiel y su complejo profundamente interiorizado, ofrece un retorno predecible sin los riesgos de la exigencia madridista. ¿Me definen qué es un fracaso para el Atlético? No existe tal cosa cuando cualquier excusa se traga como una cucharada de jarabe. Podrán invertir algo más (hablan de “planes a largo plazo” y “capital adicional”), fichar alguna estrella, pero el ADN no cambiará de la noche a la mañana. Seguirá siendo suficiente con sufrir, con intentarlo, con creer. Con ganarle de vez en cuando a Madrid o Barça o plantarse en semifinales de Champions. Vendieron su alma a Gil y le regalaron la condición de eterno rival a un club corrupto.
 
El Real Madrid sigue siendo el club más grande del mundo, indiscutible e indiscutido. El Barcelona, tras años de dominio manchado por la corrupción en España y posiblemente en Europa, va a la deriva en lo económico y aprovechándose en lo deportivo de un Real Madrid en plena metamorfosis. Mientras, el Atlético sigue ahí, competitivo a veces, aguerrido sólo contra el Madrid, pero sin aspirar nunca a ser grande.

El fútbol español perdió intensidad cuando el Atlético dejó de pelear por ser nuestro verdadero rival. Y lo hizo porque, en el fondo, nunca creyó que pudiera serlo. Esa es la diferencia entre ganar y sufrir: unos construyen su grandeza desde la fe y el peso de la tradición, con la pasión. Otros la compran pudriendo todo lo que tocan; los otros, simplemente la contemplan desde abajo, mascullando heridas y derrotas. 
 
El jueves cayeron en la Supercopa, jugando mejor pero sin la fe ni la exigencia necesaria para aspirar a la victoria. Los grandes de verdad pueden ganan sin jugar, incluso sin merecerlo. Nos jugaremos la final contra el Barcelona. Otra vez. Todos los pronósticos están muy en nuestra contra, como en casi todas las Champions que hemos ganado desde que tengo uso de razón. Nuestra exigencia no es el rival, ni el título. Ambas cosas me dan igual, honestamente.  Nuestra exigencia es cerrar una época oscura, un interregno que ya dura demasiado. Sólo necesitamos ganar, como se tercie, como hemos hecho siempre, y recuperar la memoria fisiológica de la victoria. Después llegará la primavera.
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Buenos días, galernautas. Hoy no cabe épica. Tampoco lírica. Ni siquiera dramática. Esta tarde se juega la final de la supercopa, en minúscula, de España, esta sí con mayúscula, y el partido es un pretendido clásico, otra vez con minúscula. No es un descuido tipográfico: es una declaración de principios.

Llamadnos tacaños, pero escatimamos el uso de la letra capitular para un trofeo transportado allende los mares y los desiertos al exclusivo servicio del lucro de dirigentes federativos y de algunos jugadores en particular. Ya sabéis: el dúo cómico-delictivo Rubi y Geri. Esto no es una cumbre del fútbol. Es un producto. Y, si lo adjetivara Enid Blyton, sería mohoso, rancio y polvoriento.

El partido no merece mayúscula porque enfrenta al equipo de fútbol más importante de la historia contra un club que pagó durante dos décadas al jefe de los árbitros y que, casi tres años después de conocerse el asunto, sigue compitiendo como si tal cosa. No hace falta adjetivar más.

A diferencia de algunos, en La Galerna queremos que gane siempre el Real Madrid. Aquí no caben adversativas. Cuestión distinta es que estas competiciones menores, organizadas para el enriquecimiento de unos cuantos listos, tengan para nosotros una importancia infinitamente más limitada que, por ejemplo, una Champions League. O quince.

Abundando en este particular, ¿sabéis quién tampoco sabe cómo es esa sensación? Exacto: el técnico del Atlético de Madrid, el brasas de la línea de cal, el hombre al que Larra habría llamado —pese a sus emolumentos— un pobrecito hablador.

Ya sabéis, más que nada porque así os lo hemos dicho, que el oficio del portanalista es un sacerdocio, así que hagamos de tripas corazón y echemos un ojo a las cabeceras patrias.

Marca se despacha con una imagen de los técnicos sujetando sus camisetas, ambos con gesto de ficha policial, mucho más apropiado que el de promoción. Todo lo que rodea al club cliente de Negreira acaba teniendo un aire procesal. Del titular no hablamos: largo, con corchetes y con la capacidad de atraer la atención de un trozo de pladur. Nivel Marca.

Saltamos a As, ese periódico que otrora dirigió Relaño. “Un clásico de diez” nos cuentan mientras plasman una imagen de espaldas de Mbappé y Lamine Yamal, los dos dorsales diez de los rivales de esta noche. La verdad es que no sabemos qué ocurre, pero el nivel de inspiración visual y semántica de los frontispicios de la llamada Central Lechera (risas enlatadas histéricas tendentes a la incontinencia urinaria y luxación mandibular) es subterráneo hasta para los estándares a los que nos tienen acostumbrados.

Busquemos entonces refugio en la prensa cataculé, siempre comprometida con la verdad, el rigor y la ética periodística.

El Mundo Deportivo, diario del Conde de Godó, Grande de España, replica la imagen de Marca y reduce el titular a “Súper final”. De nuevo, gesto de mugshot y texto corto, rotundo y pedagógico, digno del periódico mural de una clase de segundo de primaria.

En Sport los entrenadores ya no sujetan camisetas: se estrechan la mano ante la Supercopa de Rubi y Geri. Más abajo, en rojo, el diario nos cuenta que Laporta confirma que las relaciones con el Real Madrid están rotas. Pues claro que están rotas, sinvergüenzas. Lo sorprendente es que no lo estuvieran antes, especialmente cuando hace casi tres años que se reveló que el Barcelona había estado pagando durante dos décadas al vicepresidente del Comité Técnico de Árbitros. El asunto está en los juzgados y el Real Madrid ejerce su derecho a personarse. En el relato, sin embargo, el malo sigue siendo el de siempre

Pasad un excelente día, que gane el Real Madrid y no toméis jamás al Barcelona ni a sus satélites mediáticos como brújula moral. Y si lo hacéis, que sea sabiendo que apunta siempre al sur.

El pasado jueves el Real Madrid eliminó al Atlético en la Supercopa, motivo por el cual una buena parte del madridismo está bastante disgustado.

Últimamente el madridismo se disgusta mucho: cuando perdemos, cuando empatamos y cuando ganamos. Siempre está mustio y cabreado. Es como Mr. Palmer, aquel personaje de la novela “Sentido y Sensibilidad”, de Jean Austin, del que su esposa decía: “el señor Palmer es muy divertido: siempre está de mal humor.”

Entiendo que el juego del equipo de Xabi Alonso no da para suscitar mucho entusiasmo, pero no se me ocurre nada menos madridista que no alegrarse por haber echado al Atleti de Cerezo de una competición oficial. Puede que mañana contra el Barça nos metan una somanta de goles, no lo niego, pero enfadarse por algo que aún no ha ocurrido es poco práctico. El cabreo preventivo es un despilfarro de bilis que no lleva a ninguna parte, salvo a convertirnos en seres tristes y amargados; lo contrario, en fin, a un madridista.

El califa cordobés Abderramán III vivió hasta los 73 años. Cercana su muerte, escribió una lista enumerando todos los días de su vida en que había sido feliz: le salieron 14 y no consecutivos. Se diría que era madridista de los de ahora, pero, en cualquier caso, lo que más me interesa de esta historia es lo de la lista. Y a eso vamos.

El cabreo preventivo es un despilfarro de bilis que no lleva a ninguna parte, salvo a convertirnos en seres tristes y amargados; lo contrario, en fin, a un madridista

Durante el compás de espera previo a la final del domingo uno puede optar por deprimirse a causa de una derrota que aún no ha sucedido (ni tiene por qué suceder) u ocupar su mente en otras cosas más banales. Para quienes opten por la segunda opción, yo les ofrezco este escapismo en forma de texto intrascendente sobre la lista de Ancelotti; porque no sí si saben que Carletto, nuestro entrenador más laureado, ha hecho una lista. Parece que con su mudanza a la selección brasileña el italiano ha encontrado al fin un remanso de paz, un puesto con menos presión que la de dirigir el banquillo de Madrid que incluso le deja tiempo para hacer listas sobre las cosas que le gustan. Me alegro por él, como me alegro por todo lo bueno que le pase al tipo que nos dio tres copas de Europa.


Ancelotti, en realidad, no ha elaborado una lista sino dos: en una de ellas enumera sus películas favoritas y en la otra sus gustos musicales. De la segunda no tengo nada que decir, dado mi escaso conocimiento sobre el tema (seguro que entre los talentos de La Galerna los hay más preparados que yo para esa tarea), así que me centraré en la primera.

Lo de la listas siempre me ha parecido una cosa fascinante. La lista más antigua que se conserva data del 1250 antes de Cristo, fue elaborada en el año 40 del reinado del faraón Ramsés II y recoge los motivos por los que los obreros que andaban construyendo las tumbas del Valle de los Reyes no se presentaban a trabajar. La causa más frecuente de
absentismo era “enfermo”, seguida de “mi mujer está menstruando”, “me picó un escorpión”, “estaba haciendo cerveza” y “tuve que momificar a un pariente”; todas ellas han sido aducidas por Lamine Yamal en algún momento para saltarse algún entrenamiento.

En el siglo XIX, en un manicomio de Virginia, hicieron una lista de las causas que habían llevado a los pacientes a su internamiento, entre las que figuran “leer novelas”, “problemas femeninos imaginarios” o “masturbación durante 30 años”; también muy usadas por Yamal para fumarse los entrenos. Hacer listas es propio de gentes ordenadas
y metódicas, como Thomas Edison, que hizo una lista de inventos pendientes en la que figuraban la “tinta para ciegos”, “la seda artificial” y una cosa llamada “fonógrafo alegre para muñecas”.

También Leonardo da Vinci dejó para la posteridad una peculiar lista de tareas pendientes, en la cual se puede leer “comprar un cráneo” o “investigar para qué sirve un bostezo”, lo cual habría descubierto su hubiera visto algún partido de la Liga de Tebas. Charles Darwin, otro genio, realizó un sumario de las ventajas de buscar una esposa el cual encabezó con la frase: “es mejor que tener un perro”; y sir Isaac Newton, que era un tipo más bien depresivo, elaboró una lista de pecados cometidos cuando tenía 19 años. Era una lista muy ecléctica que recogía faltas como “preparar una ratonera
en el día del Señor” y “amenazar a la señora Smith con quemar su casa con ella dentro”.

Todo esto de las listas de gente famosa me resulta de gran interés. A la espera de conocer la Lista del Cholo Simeone de los 10 Insultos más Rastreros desde la Banda a jugadores de otros equipos, me conformaré con analizar el “top” (perdón por el anglicismo) de las películas favoritas de Carlo Ancelotti. Vamos con la primera de ellas:


1. La Gran Belleza

de Paolo Sorrentino. Nada que objetar, pero un poco decepcionante. Aquí Ancelotti va a lo seguro, como cuando era entrenador. Encabezar una lista de mejores películas con La Gran Belleza es como encabezar una lista de los mejores cuadros de la Historia con la Mona Lisa: riesgo cero, nadie te lo va a reprochar, pero, en el fondo, es tirar por la vía rápida. Me habría resultado más emocionante que Carletto empezara su lista con algo tipo “Solo en Casa 2, perdido en Nueva York” o “16 Velas” de John Hugues; eso me habría volado la cabeza; pero es verdad que ese no sería
mi Ancelotti. Si su máxima futbolística se resumía en “si algo funciona, ¿por qué cambiarlo?”, por lo que era de esperar que sus gustos cinematográficos fueran en la misma línea.


2. EL PADRINO

de Francis Ford Coppola. Elección poco original, pero no por ello menos acertada. Como poner a Benzema de delantero en una final de Champions. Es por eso que Carletto tiene más copas que nadie.


3. EL CAZADOR

de Michael Cimino. Cimino es un director muy “carlettiano”, capaz de obras cumbre como esta o de pifias faraónicas como “La puerta del cielo”, que arruinó a United Artist y acabó para siempre con el cine del “New Hollywood” los 70. Carletto lo mismo te ganaba tres Champions que te hacía una temporada como la última que estuvo en el Madrid. Por otro lado, la mítica escena de El Cazador en que Christopher Walken, John Savage y Robert de Niro juegan a la ruleta rusa es un poco como ver al Madrid de Xabi Alonso: susto o muerte. En fin, película muy adecuada para un madridista. Buena elección.


4. LA VIDA ES BELLA

de Roberto Benigni. Aquí ya le hemos fastidiado. Por norma, me cuesta tomarme en serio cualquier lista en la que figura La Vida es Bella, cualquier canción de Bobby Darin o cualquier cuadro de Renoir debido a mi miedo visceral por la
diabetes. LA VIDA ES BELLA es puro terrorismo emocional, como una película de Pixar pero sin monigotes graciosos y con Roberto Benigni poniendo caras. Un horror.


5. EL FUEGO DE LA VENGANZA

de Tonny Scott. Bien ahí. Se rumoreaba que de los dos Scott (Tony y Ridley), el que tenía talento era Tony, por eso, desde que falleció su hermano, Ridley ha ido de pifiada en pifiada rematando el camino con esa cosa llamada “Gladiator II”. ¿Puede ser que Carletto nos esté mandando un mensaje críptico con esta elección? ¿Cómo si dijera: “de los dos Ancelotti, el que de verdad tiene talento es el hijo, no el padre”? Lo dudo horrores. Pero la película está muy bien.


6. LA LISTA DE SCHLINDER

de Steven Spielberg. Billy Wilder admitió que estuvo a punto de rodar este guion, pero Spielberg se le adelantó. Cuando le preguntaron al genio vienés cómo lo habría enfocado, respondió de forma diplomática: “habría sido… diferente”. En casa tenemos muy hablado que habríamos preferido su versión, fuera cual fuese.


7. NOVECENTO

de Bernardo Bertolucci. Una elección muy madridista, aquí Carletto no defrauda. Noventa minutti en el Bernabéu son molo longo, Novecento ya ni te cuento.


8. PULP FICTION

de Quentin Tarantino. No puedo evitar ver cierto guiño autobiográfico en esta elección por parte de Ancelotti. ¿Se ve quizá a si mismo como el Señor Lobo que acudió al rescate del Real Madrid cuando sus sesos estaban esparcidos por todas partes? Puede ser, pero no empecemos a chuparnos las… Bueno, ya saben.


9. POOR THINGS

de Yorgos Lanthimos. La elección inesperada la deja Ancelotti para el final, como cuando te sacaba a un canterano en el minuto 92. Yo creo que Carletto no ha visto “Poor Things” y piensa que Yorgos Lanthimos es un lateral del Olympiacos; pero aquí el míster nos saca su retranca parmesana, propia de gentes inteligentes, y nos suelta esto para volvernos loquísimos o, lo que es peor, para animarnos a ver la película y echarse unas risas a nuestra costa. Genio.

 

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