Muchos recuerdos de la Décima asomaron en Lisboa. También anteriores. El principal, Mourinho, entrenador rival. El reencuentro con Arbeloa fuera del campo terminó en abrazo antes del inicio; el del combate sobre el campo, en una batalla mejor dirigida y ejecutada por el Benfica, que anotó el gol que lo clasificaba para la siguiente fase de Champions merced a un tanto de su portero en el minuto 97.
El técnico blanco repetía la idea del último once, con Tchouaméni en lugar de Camavinga. A la lluvia no la alineó nadie, pero se empeñó en participar con saña.
Dos minutos. Primera falta. Primera tarjeta. Para Tchouaméni. Meh. Condicionante. Cuatro minutos más tarde, barullo en el área pequeña blanca a la salida de un córner, Otamendi tocó y Araújo la echó fuera milagrosamente para el Madrid. Después, codazo de Dedic a Vinícius. Esta vez no hubo tarjeta. Vaya. A la segunda tarascada sobre el brasileño, de Barreiro, no le quedó más remedio que mostrarla a Davide Massa.
Ambos equipos se presionaban y se contraatacaban alternativamente como dos amantes acompasados sobre una pista de hielo. A la docena de minutos, Pavlidis se quedó solo frente a Courtois, pero controló mal. Después, Vini no logró armar un disparo peligroso. Acto seguido, Prestianni se arrojó al suelo y Massa pitó penalti. Jude no le había tocado, incluso despejó el balón y fue el jugador del Benfica quien golpeó al inglés. Fue tan nítido que desde el VAR le avisaron y el trencilla hubo de desdecirse.
Antes del 20', Arda filtró a Jude un balón brillante. Bellingham no pudo proporcionarle un final feliz a la jugada. Quien sí se lo proporcionó fue Courtois, que obró otro milagro al rozar un trallazo de Prestianni que se colaba por la escuadra y desviarlo al larguero. El Benfica llegaba con muchísima facilidad y la mejor noticia hasta ese momento era no haber encajado ningún gol.
La respuesta, un cañonazo de Güler que no cogió puerta por centímetros tras entrada criminal de Otamendi a Jude. El árbitro dejó seguir, pero no amonestó después al bonaerense.
Los de Arbeloa comenzaron entonces una larga jugada. El Benfica estaba atrincherado y no cedía ni un resquicio. Hasta que Asencio centró perfecto desde la derecha y Mbappé remachó de cabeza a la red. 0-1.
El propio Asencio anduvo cerca de ampliar la ventaja poco después. Lo evitó Trubin con una estirada espectacular y efectiva.
El Benfica quedó tocado, pero por poco tiempo. Pavlidis sentó a Asencio sobre el agua, la colocó en la cabeza de Schjelderup y este anotó por debajo de las piernas de Courtois. Contra mourinhera de libro.
El Madrid se libró del 2-1 tras otro ataque directo del Benfica que no acabó en gol porque Fede lo evitó con la cadera con Thibaut ya batido. Y después, Barreiro erró de cabeza solo a un metro. Llovía fuerte en todos los sentidos.
Los de Mou estaban desarbolando al Madrid por el flanco izquierdo blanco. Con apenas dos o tres toques creaban ocasiones nítidas.
Pero como Massa se había quedado con ganas de pitar su penalti, aprovechó uno de los cien rifirrafes que hay en todos los córners para inventarse una pena máxima de Tchouaméni a Otamendi. Se encargó de transformarla Pavlidis. 2-1.
batalla mejor dirigida y ejecutada por el Benfica, que anotó el gol que lo clasificaba para la siguiente fase de Champions merced a un tanto de su portero en el minuto 97. El Madrid, clasificado pero fuera del top 8
Descanso. El Benfica había remontado y acogotado al Madrid bajo la lluvia aprovechando las debilidades de los de Arbeloa. Los blancos se marchaban a la caseta solo un gol abajo —para las oportunidades sufridas— y debían reaccionar para no poner en riesgo la entrada en el top 8 de esta primera fase de Champions y así despejarse algo el calendario. Pero Mourinho no se lo estaba poniendo nada sencillo, su equipo se jugaba el ser o no ser.
La segunda mitad comenzaba con Camavinga calentando en la banda y una oportunidad de cabeza de Vini tras romper la jugada Mbappé como un búfalo y colocar un centro algún centímetro más alto de lo preciso para la estatura del siete, que no pudo dirigir el balón hacia abajo. Los lusos no tardaron en responder con un chut. Thibaut acunó el balón.
El Madrid estaba apretando y, según el criterio mostrado por el colegiado, debería haber señalado penalti sobre Kylian. Mourinho, que es perro viejo, sabía que a la contra podía hacer mucho daño. Así fue. Otra salida veloz concluyó con un disparo raso de Schjelderup ajustado al palo derecho de Thibaut que supuso el 3-1.
Arbeloa movió el banquillo y realizó dos cambios: Rodrygo por Mastantuono y Camavinga por Tchouaméni. No pasó mucho tiempo hasta que a un taconazo de Goes le siguiese una buena acción de Güler que sirvió a Kylian para que acortase distancias. 3-2. Mbappé anota dos goles por cada media ocasión. Pero era necesario más, mucho más, para vencer este partido.
Massa estaba realizando un arbitraje caserísimo, ideal para la agresividad de los portugueses. Jugadas como un duro pisotón de Otamendi a Vini se saldaban, en el mejor de los casos, con falta. El Madrid veía amarillas por desplazar el balón. El Benfica aprovechaba la permisividad arbitral para perder todo el tiempo del mundo. Les servía tanto para que el encuentro terminase antes como para cortar el ritmo de los blancos como para tomar aire.
El brasileño desde lejos y el inglés desde cerca gozaron de sendas ocasiones, ninguna de ellas con excesivo peligro. En la otra portería, otra acción meliflua de Huijsen propició una clara oportunidad lusa.
Dean, Carreras y Güler, fuera; Alaba, Brahim y Cestero, dentro. Restaban diez minutos más la prolongación. Sin el turco el Madrid perdía bazas en ataque y Courtois evitaba otro gol.
Por el Madrid remataban ora Kylian, ora Brahim, pero entre el balón y la portería Mourinho había colocado varias docenas de soldados que impedían, como un entramado, que la pelota llegara siquiera al guardameta.
Al filo del 90', un gol del Sporting de Portugal dejaba al Madrid fuera del top 8. Quedaban cinco minutos para evitar dos partidos. El Benfica también necesitaba un gol, pero para entrar en el top 16.
Un par de minutos después, segunda amarilla para Asencio. Más difícil todavía. Luego, Rodrygo a la calle por protestar. Imposible.
Y precisamente lo imposible pasó: Trubin, guardameta del Benfica, anotó el cuarto de cabeza en el 97 y clasificó a los de Mourinho para la siguiente fase de la Champions. El maestro se salió con la suya, empujó al Madrid fuera del top 8, aunque los blancos también pusieron de su parte para terminar así.
El Madrid se clasifica, pero deberá disputar dos encuentros extra, algo rentable para todos menos para el propio Madrid.
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En pleno cambio de milenio, cuando Bilbao se reinventaba a marchas forzadas, nació La Octava de Bilbao: la primera y hasta hoy única peña madridista de la ciudad. Aquellos valientes que se atrevieron a lucir la camiseta blanca en Otxarkoaga no solo fundaron un club de aficionados, sino que plantaron una txapela tanto en Madrid como en la historia local.
Al principio no todo fueron alegrías: en los viejos tiempos de San Mamés no solo cayeron miradas recelosas… pero veinticinco años después, La Octava sigue en pie, y ha crecido en un Bilbao que es cruce de su pasado industrial y su modernidad, y está aprendiendo a vivir cada vez mejor con sus contradicciones.
¡Y ahora, como siempre en esta sección, le paso el bolígrafo a Alberto García Gómez, presidente de la peña! ¡Que nos cuente en primera persona cómo es ser madridista en territorio athleticzale!
Allá por el año 2000, el Real Madrid C.F. ganó en París su octava copa de Europa.
En las calles de Vizcaya fueron pocos los madridistas que salieron a celebrarlo, pues el simple hecho de llevar una camiseta del Real Madrid era motivo para tener problemas, pero entre ellos hubo un grupo de valientes que decidieron ir más allá y fundar la primera peña madridista en la historia de Bilbao.
La acogida en el barrio (Otxarkoaga) fue buena. Pronto empezaron las primeras incorporaciones de nuevos madridistas, pero... faltaba el plato fuerte.
Aprovechando un desplazamiento del equipo a Bilbao, fuimos recibidos por el presidente del Real Madrid Florentino Pérez.
Aquel día le regalamos una txapela de nuestra peña al presidente y desde entonces se convertiría en nuestro más reconocido símbolo.
Aunque los comienzos no fueron un camino de rosas.
En el ambiente siempre estaba presente la presión de los que no aceptan a los que piensan diferente a ellos. Pero ese rechazo de una parte de la sociedad fue lo que nos dio más fuerza y más ganas aún de seguir apoyando a nuestro equipo, el Real Madrid.
Recuerdo la primera vez que acudimos al viejo San Mamés y nos tiraron un petardo desde el fondo norte.
Aunque de todo hay en la viña del Señor y también había anécdotas graciosas, como la de aquella celebración de la novena Copa de Europa en la Plaza Moyúa de Bilbao. Estábamos bañándonos en la fuente y aparecieron dos furgones de la Ertzaintza. Se pararon delante de nosotros, abrieron la puerta y cuando pensábamos que nos iban a multar... gritaron ¡Hala Madrid! y se marcharon.
Pero ya quedaron atrás aquellos tiempos difíciles. Ahora cada vez que el Real Madrid visita nuestra ciudad, damos en nuestra sede un lunch gratis para todos los peñistas venidos desde otras ciudades y después vamos juntos en metro al estadio, algo impensable hace no tanto tiempo.
Hoy por hoy nuestra peña está más viva que nunca. Una muestra de ello ha sido el éxito que ha tenido recientemente la celebración de nuestro 25.°Aniversario, con peñas invitadas de diferentes puntos de España, incluso alguna del extranjero. Además, nos acompañó el exjugador Paco Bonet y el canal de peñas del Real Madrid, el cual nos hizo un bonito reportaje.
También recibimos vídeos de peñas que no pudieron asistir pero que quisieron felicitarnos.
Y lo más emocionante para nosotros: vídeos de Emilio Amavisca, Iván Helguera, Jose María Gutiérrez "Guti", Iker Casillas, Vicente Del Bosque, Steve McManaman, Christian Karembeu, Iván Campo, Savio Bortolini, Luis Milla... Todos ellos felicitándonos por esos 25 años y dándonos ánimos para continuar.
A día de hoy seguimos siendo la única peña madridista en Bilbao.
Siempre con la misma ilusión y ganas de acoger a todos los madridistas que pasan por nuestra ciudad, ya que por nuestra sede han pasado madridistas venidos de todos los lugares.
Para nosotros es fundamental que el Real Madrid tenga un punto de encuentro en la capital vizcaína y poder mantener viva la pasión merengue.
Sentimos una gran responsabilidad al saber que seguimos siendo la única peña en la ciudad, pero a la vez es un orgullo enorme, que solo lo pueden comprender los aficionados que viven en territorio antimadridista.
La gente joven se está animando y cada vez somos más socios en "La Octava".
Desde aquí animamos a que se apunte más gente y así poder mantener vivo el espíritu de nuestro equipo y llevar sus valores por bandera.
Viva "La Octava de Bilbao" y... ¡Hala Madrid!
Fotografías: La Octava de Bilbao
En capítulos anteriores:
Brad Branson, exjugador estadounidense de baloncesto, ha fallecido hoy a los 67 años. En España militó en el Real Madrid y en el Pamesa Valencia. Vistió la camiseta blanca entre 1986 y 1988, periodo durante el cual ganó una Copa Korac. Fue una figura muy querida por aficionados y compañeros, recordado por su bondad y gran corazón. Descanse en paz.
Por más que esté uno preparado por la vida, hay noticias que te parten como un rayo. Porque las personas nos vamos cruzando con compañeros y amigos por la vida, con gente interesante y con la que conectas por asuntos en los que coincides. Es un juego aleatorio en el que nunca sabes quién te aguarda a la vuelta de la esquina, quién puede aparecer o desaparecer para siempre. Aunque, ya se sabe, mientras alguien los recuerde, nunca se van.
Porque los seres humanos no vivimos sólo de la materialidad, de lo que podemos comprobar o sentir. Nuestra grandeza es que podemos crear mundos virtuales, esferas afectivas. Somos capaces de trascender los momentos que vivimos para modelarlos en nuestra memoria. En la mía, Brad Branson es un corazón andante, una sonrisa permanente, un luchador, un estadounidense que quiso buscar su suerte en un mundo más pequeño y que por eso aprendió nuestra lengua que nunca dejó de hablar con ese acento americano que camina con la persona para hacerse querer o ser odiado.
Brad se hacía querer y mucho. Simpático y gran compañero, bromista y encajador de bromas, Brad era un tipo hecho y derecho, un amigo que se hacía querer, una persona de las que uno coloca en lugar preferente en su paraíso de gente querida.
Por eso, uno lamenta la pérdida, la llora, qué cojones, porque le asaltan los recuerdos de tantos días juntos, de tanto alegrarse y sufrir por lo mismo. Y porque uno añora, cómo no añorar, los años de juventud en un vestuario, el olor a sudor y la niebla de las duchas. Tantas vivencias con Brad, tantas conversaciones todos juntos.
Pero, al fin, no somos más que motas de polvo frágil en el Universo, de destino corto e incierto, de vidas que a veces parecen hermosas y otras se vuelven ásperas y laberínticas. La suerte de nuestro poder simbólico es que ahora, Brad ya está en mi paraíso, fuerte como un roble, hermoso como un Hércules, digno como un Sócrates. Como alguien que siempre cumplió en lo afectivo, en la amistad y en las empresas que tuvimos juntos. Como alguien a quien recordar. Como alguien a quien querer.
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Buenos días, amigos. Hay escenas que explicitan una realidad mejor que cientos de tratados al respecto. Un ejemplo perfecto son las ratas campando a sus anchas por el césped del Camp Nou. No, no estamos tildando de animales de alcantarilla a los aficionados que acuden al estadio azulgrana. Tampoco a los futbolistas que desempeñan su labor allí. Las ratas, en cambio, sí sirven como ratificación moral de la gestión de Laporta —y cómplices— en el FC Barcelona, club epítome de la salud del fútbol español.
¡Pequeño problema en el Camp Nou! 🫣🐀
Captamos unas invitadas que seguro no se querían perder la #BenditaChampions. 😱
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— TNT Sports México (@tntsportsmex) January 27, 2026
El balompié patrio es un ecosistema complejo en el que las ratas siempre han estado presentes de uno y otro modo. Aunque lo habitual era que no se dejasen ver a plena luz (algo parecido a lo que sucede con los vampiros). Sin embargo, tal vez la impunidad con la que estos animalillos han ido royendo la credibilidad del sistema de manera impune los haya envalentonado.
Las ratas —junto con otras monerías como las cucarachas— suscitan en el ser humano un miedo atávico, por tanto anterior a 1984. En este universo orwelliano, el Camp Nou se convierte en una suerte de Habitación 101.
Estos seres simbolizan la falta de limpieza, una de las características principales del modo de dirigir el club de Jan Laporta. Una manera de actuar, con escaso respeto por normativas, leyes y ética, que solo puede llevarse a cabo porque quienes se encargan del control de plagas no hacen su trabajo.
Ni Tebas ni el presidente de turno de la RFEF ni organismos supranacionales han puesto freno, de momento, a las trapacerías de este Barça, que sigue compitiendo sin consecuencias después de haberse comprado el sistema arbitral durante décadas y tras no respetar ningún tipo de fair play financiero o de otro tipo.
Las ratas son síntoma de que una peste asola el fútbol español. Y el simpático vídeo viral, la metáfora perfecta.
Por poco se nos va el santo al cielo y no hablamos de nuestro libro: las portadas.
Hoy a las 21:00 se disputa la última jornada de la primera fase de la Champions. Al Madrid podría servirle el empate para entrar en el top 8 y aliviar la carga de partidos. Pero el Madrid es el maldito Real Madrid y viaja a Lisboa con la victoria entre ceja y ceja.
Allí, ya sabéis, espera el Benfica de un viejo amigo: Mourinho. Ha querido el destino, la suerte o quien maneje los hilos de los acontecimientos que el equipo blanco llegue entrenado por Arbeloa, algo más que un expupilo para José.
Ambos técnicos, dado que siempre han sentido aversión por las ratas y han intentado eliminarlas, están siempre en el punto de mira de la prensa. Ayer no fue menos y trataron de malmeter. Mou declaró que Álvaro ha sido de los mejores hombres que ha tenido como entrenador y Arbeloa sentenció que el portugués es, fue y será Uno di noi. Arbeloa y Mou. Due di noi
La casualidad también ha querido que este reencuentro se celebre en el estadio donde se consiguió la Décima, Champions que iniciaba quizá el mayor ciclo glorioso de la historia del Real Madrid. Una etapa cuyas bases cimentó José Mourinho.
Agradecimiento eterno, pero hoy, sin piedad. A ganar al Benfica.
Pasad un buen día.
Esta noche el Real Madrid disputa frente al Sport Lisboa e Benfica su último partido de la fase inicial de la Champions. Empatado con el Liverpool, el Madrid es el tercero de la clasificación, se juega poco en lo matemático pero mucho en lo futbolístico. Por su parte, el club lisboeta sí que ha de dar lo mejor de sí mismo para poder lograr el milagro de pasar de fase. El equipo entrenado por José Mourinho necesita la victoria como el comer. No será nada fácil ganar en ese estadio tan lindo que es el Estádio da Luz, donde hace ahora casi 12 años ganamos nuestra amada Décima.
Esta noche los madridistas nos volvemos a encontrar con un viejo amigo que nos lo dio todo. Mourinho llegó en un momento muy complicado para la entidad. Lo hizo a cambio de gloria, nada más. El luso venía de ganar absolutamente todo con el Inter y era capitán general en Milán. Y además, el técnico portugués era incontestablemente el entrenador más prestigioso del fútbol mundial. Tras sus éxitos con el Oporto y Chelsea, el Inter de Mourinho era el equipo más rocoso del continente.
Lejos de ser exhaustivo, simplemente conviene añadir que la llegada de Mourinho supuso un impacto emocional similar al de Cristiano Ronaldo. La estrella del fútbol mundial también dejó un United que era el mejor equipo del mundo y un estatus de héroe en Manchester. Sinceramente, creo que el madridismo no ha sido consciente de lo que ambos nos dieron en su momento. Tal vez todavía sea pronto para racionalizar la magnitud del paso de estos dos hombres por el Real Madrid. Algún día los trovadores cantarán sus gestas.
Y es que en el fútbol, como en la vida, la autoestima lo es todo. Las dinámicas lo cambian todo. Hace no tanto, estos jugadores parecían lánguidos, desmotivados, perdidos. Más allá de los resultados negativos, el equipo no transmitía seguridad. El horizonte de la temporada se antojaba color té y nuestra realidad, color de hormiga. Pero el material humano puede verse enriquecido por un nuevo brío: no es baladí pensar que un nuevo staff comandado por un líder natural puede llegar a insuflar energías nuevas.
la llegada de Mourinho supuso un impacto emocional similar al de Cristiano Ronaldo. el madridismo no ha sido consciente de lo que ambos nos dieron en su momento
Es decir, una vez más el fútbol nos demuestra que el teórico muerto está más vivo que muchos vivos. Arbeloa ha llegado en el momento justo. Junto a su equipo y Pintus, el canterano parece saber dar con la tecla justa. Obviamente, las cosas no suceden por arte de magia ni tenemos que tirar las campanas al vuelo. Simplemente analizamos la actualidad y la dinámica positiva del Madrid desde que llegó Arbeloa es la que es.
Porque no es fútbol ficción si hablamos de futuribles, pero sí que lo parece cuando pronosticamos títulos gordos. A estas alturas, sí que tenemos poco margen porque la temporada ya tiene su curso y el relevo en la dirección técnica ha llegado cuando ha ocurrido. Todavía hay margen de tiempo para competir por La Liga y la Champions.
Lógicamente, resulta más sensato apostar nuestra suerte en el campeonato nacional pues estamos a un punto del líder. El nivel en España es el que es y sinceramente temo más a los despachos que a los clubes. El Madrid con algo de tino es capaz de ganar el 90% de los partidos. La Champions ya es otro cantar. En la Copa de Europa hay demasiados intangibles como para obviar la dificultad de la empresa. Y además, casi todos los posibles cruces nos exigirán rozar la excelencia en nuestro juego. Suficiente tenemos con recuperar los lesionados, prolongar nuestra racha y hacernos fuertes con nuestras virtudes. Poco a poco. Esta noche Lisboa, quizás mañana Budapest. Dios así lo quiera.
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Última jornada de la fase de liga de la Champions League y el Real Madrid visita Da Luz, un estadio de grandes recuerdos. Su rival, el Benfica de Mourinho. Una final para ambos equipos en la búsqueda de sus objetivos. El de los blancos, el top 8, el de los encarnados, el pase a la ronda de playoff. Al Real Madrid la victoria le clasifica y un empate es muy posible que también. Al Benfica solo le vale vencer y esperar otros resultados positivos para sus intereses.
Mourinho tiene algunas bajas importantes, como la del colombiano Richard Ríos, el belga Lukebakio y el danés Bah. El técnico portugués puede utilizar varios sistemas diferentes, aunque viene utilizando un 1-4-2-3-1 en su estancia en el conjunto lisboeta. El posible once sería el formado por Trubin; Dedić en el lateral diestro, Otamendi y Tomás Araújo como centrales, Dahl de lateral izquierdo; un doble pivote con Enzo Barrenechea y Aursnes; Prestianni escorado a la derecha, Leandro Barreiro a la izquierda y Sudakov por detrás del punta Pavlidis.
A Mourinho le gusta presionar fuerte en la salida y en su estadio, ante su público, con un equipo como el Madrid y por lo que se juegan es seguro que saldrán muy fuertes los primeros 10-15 minutos de encuentro. Si lo hacen bien pueden poner en dificultades a los blancos y conseguir algún rédito. El cuadro de Arbeloa, si supera la presión con éxito en pocos toques o con cambios de orientación, puede abrir una rendija fantástica para crearle ocasiones y goles. Con una salida limpia, rápida y precisa los encarnados pueden llegar tarde y quedar desorganizados. Una máxima del técnico portugués es apretar y apretar si se dan las circunstancias adecuadas, y aunque el Real Madrid es un equipo superior seguro, que trata de ponerle presión.
A la hora de sacar el cuero, lo primordial que buscan con más ahínco es la eficiencia y la buena ejecución. No se entretienen ni se complican en exceso y optan por salir jugando con celeridad, ya sea a ras de suelo, si es posible, o si lo consideran adecuado mediante un balón largo a su hombre boya, el griego Pavlidis, que es fuerte, corpulento y potente.
Frente al Real Madrid se espera a un equipo benfiquista caracterizado por un juego de transiciones rápidas, con la finalidad de que el balón llegue lo antes posible a las bandas y buscar el 1vs.1 contra los laterales en jugadores hábiles, como el argentino Prestianni, el ucraniano Sudakov y el luxemburgués Barreiro. Así evitan pérdidas comprometidas e innecesarias en las proximidades de su portería y se saltan la presión rival. En caso de perder el balón, lo más positivo para el Real Madrid es que se puede encontrar un equipo largo y espacios interesantes para profundizar. Tampoco es un conjunto que se olvide del cuero, y su doble pivote tiene capacidad y calidad para conseguir posesiones y asociarse.
El cuadro encarnado es un equipo irregular en este aspecto. Tiene días en los que demuestra solvencia y contundencia y otros en los que recibe goles y concede muchas ocasiones. Los centrales son una pareja que se complementa, con juventud en Araújo y mucha veteranía en Otamendi. La baja de Carreras les ha hecho daño en el lateral izquierdo, y en el diestro juega el bosnio Dedić, aunque ya ha debutado la joven figura lusa en ese puesto el pasado fin de semana, el poderoso Daniel Banjaqui.
En siete encuentros ha recibido 10 tantos y tras dos partidos sin encajar frente a Ajax y Nápoles, en Turín volvieron a estar frágiles atrás. Le está costando a Mourinho formar una defensa fiable y expeditiva, y en Europa eso se paga. En el medio son dos jugadores con nervio y correosos, pero les falta alguien con más fuerza y quite. De todas formas, se verá un equipo solidario, que repliega muy junto y que en muchos tramos del Madrid con balón estará en un bloque medio-bajo. Por arriba, son un conjunto que tiene tres o cuatro jugadores bastante poderosos en el juego aéreo.
El gol es un gran debe del Benfica respecto a pasadas temporadas. Han tenido bajas importantes en el ataque y lo han notado. Sigue en la plantilla el griego Pavlidis, que acumula muchos tantos del equipo, pero le faltan acompañantes para el gol. Su media es de menos de un gol por jornada en la Champions, con seis dianas en siete encuentros. Solo hay cuatro conjuntos con peores guarismos. Disponen de jugadores con buena técnica, habilidad, regate y velocidad como Prestianni, Barreiro, los suplentes Rafa Silva y Schjelderup, pero que les cuesta atinar de cara a puerta. El futbolista a tener en cuenta es el griego Pavlidis, que si está entonado es un jugador muy peligroso. Mourinho va a plantear un partido en el que buscar peligro por los costados, ya sea en velocidad, acciones individuales o diagonales. Otro aspecto en el que pueden intentar hacer daño al cuadro madridista será en las jugadas de estrategia.
En el librillo de Mourinho siempre apareció en rojo el ritmo alto, la intensidad, agresividad defensiva y la rapidez ofensiva. El portugués aboga por ser fuerte, poderoso en los duelos, muy competitivo en todas las líneas y ser un equipo vigoroso y decidido. El Benfica tratará de aprovechar los espacios, ser muy vertical y vertiginoso en sus contraataques. Si para ello hay que jugar en largo, buscar segundas jugadas e ir al límite en cada acción, al portugués ya no se le caerán los anillos. El Benfica tiene jugadores veloces, con pausa y talento para conseguir contras en pocos toques antes de que el Real Madrid pueda ordenarse. Será un partido exigente y el Benfica competirá. Solo ha conseguido un triunfo en su feudo y necesita los tres puntos para tener opciones de llegar a la fase de playoff.
El griego Pavlidis es un delantero sin mucho nombre en Europa, pero de mucho nivel. Ya lo lleva demostrando temporada y media en Lisboa, como antes lo hizo en la Liga neerlandesa defendiendo los colores del AZ y el Willem II. Su curso hasta ahora es brillante con 26 goles, aunque la mayoría son en la Liga local: 19. En Champions le está costando y solo ha conseguido un tanto. Es un delantero muy fuerte, potente en carrera y correoso. Remata muy bien con ambas piernas y la cabeza, se mueve con inteligencia, va bien por arriba, tiene interesantes movimientos en el área y fuera de la misma, también sabe jugar y realiza en cada momento lo que le pide su equipo. Un punta a seguir y que no es descartable que pronto dé un nuevo salto en su carrera y abandone Portugal en la madurez de su vida deportiva.
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Hola a todos, amigos. Os juramos que hoy teníamos pensado hablar solo de fútbol, pues las portadas se prestan además a ello, con Mourinho, con Di María, tipos que están en la historia del Real Madrid. Y la historia del Real Madrid es fútbol (y baloncesto).
Pero esta mañana, en medio del inicio de nuestra tarea y de manera harto disruptiva, se ha colado en nuestro timeline de la red social anteriormente conocida como Twitter el periodista colchonero Rubén Uría. Y a continuación se ha colado también una información que complementa a las mil maravillas la perorata del opinador.
Uría es conocido por sus amenazas nunca concretadas de revelar presuntos chanchullos supuestamente muy feos relativos nada menos que al fichaje de Militao por el Real Madrid. Mientras no cumple su promesa, Militao se dedica a ganar Copas de Europa en el club blanco. Al tiempo, Uría realiza muy untuosas entrevistas a Messi, se desmarca de opinar sobre el escándalo Negreira y besa allá donde pisa el inefable Jan Laporta. Sabemos de la existencia de la pinza culecolchonera (ríete tú de la judeomasónica), pero hoy llega a nuestras manos la más gloriosa loa que un indio haya hecho jamás de un hermano blaugrana. Hoy llega a nuestras manos la mayor apología del sinvergüenza que hemos visto en mucho tiempo.
Impresionante. Uría, conocido como “el hacha”, se deshace en elogios a Laporta, en un “el fin justifica los medios” de manual. Laporta “no para de ganar cosas” y poco importa cómo lo haga, pagando al vicepresidente de los árbitros, aprovechando la permisividad de las autoridades con la descomunal deuda de su club o inscribiendo fraudulentamente jugadores gracias al favor gubernamental. Esto último, de hecho, lo pondera un extasiado Uría de manera específica: “Sigue fichando a inscribiendo lo que quiere”. ¡Admirable!
No se puede decir que esto de Uría sea ajeno a la dinámica de los tiempos que vivimos. La apología del sinvergüenza está a la orden del día. Laporta es un personaje del hampa que cuadriplicó el sueldo de Negreira, pero chico, le va muy bien, de manera que cantemos sus logros, máxime cuando es un personaje que cae mal al madridismo y por tanto a mí, colchonero, me cae bien por definición.
Este, amigos, es el personaje que cae bien por definición a Rubén Uría.
No estamos en condiciones de confirmar ni refutar esta información, según la cual Jan habría cargado a las arcas del club que preside un aquelarre erótico con unas amables brujitas, pero ¿verdad que a nadie le extrañaría lo más mínimo? El héroe de Uría es un bon vivant, lo que no significa que nadie sepa de ningún oficio o beneficio que justifique su tren de vida. En una de las últimas asambleas del FC Barcelona, un soci curioso preguntó a Laporta de qué vivía. Su respuesta fue el proverbial tumbleweed girando por el desierto.
Nada que extrañe, amigos. Esta es la sociedad que vivimos, y el fútbol es uno de sus más fieles reflejos. Ya sea por pura camaradería indioculé, o por otras razones más alimenticias, Uría y otros filoindios besan en las huellas rellenas de detritus que va dejando por doquier, ensuciando todas las alformbras que pisa, el hombre que preside el club que ha emputecido el balompié patrio comprándose el estamento arbitral, entre otras muchas cosas.
Ahora sí, con el ánimo henchido de amor ante estos hermosos contubernios, cual si estuviésemos en Brujas, vayamos brevemente con las portadas.
Marca se adelanta al que sin duda será el encuentro más esperado en mucho tiempo, el de Mourinho con el Real Madrid, que es además el de Arbeloa con su mentor. Todo esto nos parece muy bien, pero es anecdótico en relación a lo que se juega el club de Chamartín: entrar en el Top 8 que te permite esquivar la ronda previa para seguir adelante en la Champions. Eso es lo crucial. El resto es legítimo sentimentalismo.
Y por el sentimentalismo, por la nostalgia, apuesta también As, en este caso en torno a la figura de Ángel Di María, uno de los héroes de aquella final histórica, la de la Décima, que disputamos en el mismo estadio donde mañana nos veremos la cara con el Benfica, club donde también jugó el argentino.
Son interesantes, aunque discutibles, las cosas que dice en la entrevista. “Mou es el número uno, como entrenador y como persona”, recalca Ángel. Digamos que Mou es sin duda uno de los entrenadores más importantes de la historia del fútbol y del Real Madrid, club en el que sentó las bases de un ciclo portentoso. “No quise irme, pero llegó James…”, rememora, no sin alguna incorrección: la llegada de James no tuvo nada que ver con su salida del Madrid, sí lo tuvieron en cambio sus elevadas pretensiones económicas. No importa, Fideo. Te queremos igual.
Valiéndose de composiciones estéticamente discutibles, la prensa cataculé del día eleva a los altares a Lamine, que marcó de chilena un gol que valió el triunfo en una final de Champions, como Gareth Bale.
Es broma, solo marcó de media chilena al Oviedo pero, si estamos en el día de enfatizar los logros de amigos de las fiestas extravagantes, ¿por qué no exagerar un poco los méritos de la estrella de la selección que nos une a todos (los antimadristas)? El caso, amigos, es amplificar todo lo que se pueda todo aquello que hagan los enemigos del Real Madrid, sean cuales sean los fundamentos éticos y estéticos de dichos enemigos del club blanco.
Pasad un buen día.
Los dos últimos partidos del Madrid, dos buenas victorias ante equipos a priori complicados, han tenido en Franco Mastantuono un protagonista destacado. El argentino ha regresado, después de perderse por mor de una pubalgia el dantesco show con que se liquidó el «proyecto Xabi Alonso», teñido de rubio platino. Su porte, hechuras y su posición en el campo recuerdan a aquel postrer David Beckham cuya imagen fue emblema de la liga de las remontadas, que va a cumplir pronto nada menos que veinte años.
¡Cómo pasa el tiempo!
Como ahora, hace diecinueve años el Madrid de, entonces, Fabio Capello, empezó el mes de enero haciendo un buen ridículo: perdiendo en La Coruña frente a un Deportivo que hacía tiempo ya que no era super (en el último partido de Ronaldo Nazario con la camiseta del Madrid, el mismo día que debutó Marcelo) y eliminado de la Copa del Rey por un Betis de circunstancias, con un triste empate a uno en el desangelado Bernabéu de aquellos años del post-galacticismo.
El rubio platino es contracultural; da un toque callejero, kitsch, al fútbol, y el fútbol de Franco tiene algo del desenfado sudamericano
Capello parecía gagá, y la presidencia de Ramón Calderón ya daba señales de ser el vodevil siniestro en que terminó convertida. Helguera y Beckham habían sido apartados del primer equipo por la dirección deportiva, cada uno por un motivo distinto, y el desastre del final del primer florentinismo daba la impresión de continuar al menos otra temporada más, por mucho que ese verano hubieran llegado al vestuario ilustres refuerzos como Van Nistelrooy, Emerson o Cannavaro, así como jóvenes promesas sudamericanas y gente curtida en Europa como Diarra. Aunque en apariencia abocado sin remisión al abismo, todos guardamos un magnífico recuerdo de aquel estrambote de equipo por la increíble conquista del campeonato nacional de liga. Que llevó a cabo en una recta final de temporada indescriptible, una serie de partidos que pasaron a formar parte, por derecho propio, de la cultura popular.
Pues bien, el Beckham rapado y teñido de rubio platino fue el icono warholiano de aquel Madrid salvaje, y Franco Mastantuono lo ha resucitado en un momento crítico semejante al que fue aquel. Franco (hay que ver la manera en que se la coge con papel de fumar todo el mundo con el nombre de pila de este chico, empezando por los locutores de televisión, lo cual resulta curioso cuando, por ejemplo, Iniesta fue siempre llamado Andrés, como si fuera habitual que los periodistas lo vieran a diario en su casa a la hora de comer) ha recuperado para la imaginería madridista un tinte cuyas implicaciones semánticas le vienen al pelo, nunca mejor dicho, al empeño de Arbeloa por resucitar al Madrid. Que tras lo de Arabia parecía muerto: juventud sin complejos, ferocidad, desparpajo, un puntito macarra de chulería y de rebelión a lo James Dean y la refrescante sensación de que, con este equipo, todavía pueden «pasar cosas».
¡Cómo lo echábamos de menos!
Ya sólo por esto hay que agradecer a Arbeloa. Ha conseguido que de un día para otro una cosa que parecía imposible, y es que el Madrid presione con criterio y eficacia la salida de balón del contrario. En Villarreal y ante un adversario muy solvente, no en vano el tercer clasificado de la liga, el Madrid recuperó una cantidad asombrosa de balones en los tres cuartos del campo local. La mayoría de ellos los robó Mastantuono. Su energía y su dinamismo por el carril derecho del equipo fueron dignos de ver y de tenerse en cuenta, así en La Cerámica como en Chamartín un par de días antes, contra el Mónaco.
Su presencia por ese costado no sólo equilibra la composición del equipo tanto en defensa como en ataque, sino que da lugar a una, de momento, incipiente pero prometedora sociedad con Valverde y Güler que habrá que ver cómo evoluciona cuando el 8 vuelva al centro del campo y al lateral derecho regresen Carvajal o Trent. Por ahora es un fructífero triángulo que ayuda al balance y la presión del Madrid tanto como en el llamado «repliegue tras pérdida», una de esas situaciones que siempre nos despiertan angustiosos déjà vu a los madridistas que vamos cumpliendo unos años.
De modo que en dos partidos el equipo sólo ha recibido un gol y dado síntomas de fortalecimiento atrás. Aunque es un hecho que la zaga sigue cogida con pinzas, en los cuatro partidos inmediatamente anteriores el Madrid recibió nueve goles, por ejemplo, siendo dos de los rivales el Talavera y el Albacete. Lo cual no deja de hablar de una mejoría.
Todo tiene un aire de improvisación y de fragilidad en este Madrid de Arbeloa pero también, hay que decirlo, de seriedad. Parece que hay «algo», que estamos ante «algo» que puede funcionar. Algo fluye en el equipo que antes no lo hacía, y esa es una realidad. Mastantuono ha relegado a Rodrygo y el equipo ha vuelto a una simetría posicional que se nota en la distribución de los esfuerzos.
El rubio platino es pop art en la historia del Madrid. Beckham lo vinculó con el éxito y el rock´nroll en un momento de gran incertidumbre. El rubio platino es contracultural; da un toque callejero, kitsch, al fútbol, y el fútbol de Franco tiene algo del desenfado sudamericano. El rubio es el color del equipo que remonta, del underdog, rol que al Madrid siempre le ha ido de maravilla; es el color del deshauciado que de repente se llena los pulmones de oxígeno y está listo para comerse el mundo. Es un color de esperanza. Franco Mastantuono representa ese clavo ardiendo al que el aficionado, cuando todo parecía perdido, puede agarrarse. Como le gritaban a Curro Romero los partidarios irreductibles incluso en sus tardes malas, muy malas: ¡ya llegará el verano, Curro! El Franco Mastantuono rapado al uno como un marine y teñido de rubio platino también es, para los madridistas, la posibilidad de un verano en medio de los días más fríos del invierno.
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Franco Mastantuono llegó al Real Madrid como llegan casi todos los chicos de 18 años que aterrizan en el Bernabéu: con talento en la mochila, respeto en la mirada y una cautela lógica en cada primer toque. No vino a romper la puerta desde el principio, vino a tocarla. Y, sin embargo, durante sus primeros diez partidos dejó algo muy claro: quería estar ahí. Quería el balón, no se ahorraba en ningún momento el esfuerzo y buscaba aprender rápido.
Coincidía entonces con un detalle aparentemente menor, casi anecdótico, pero que acabaría convirtiéndose en símbolo: el pelo platino. Una imagen atrevida para un futbolista que, en el campo, todavía medía cada riesgo. Mastantuono no encaraba con descaro constante, daba una de cal y otra de arena en ese aspecto, no se sentía aún dueño de los partidos ni pedía galones de estrella, pero presionaba como el que más. Corría, mordía, achicaba espacios y pedía la pelota incluso cuando no era la mejor opción. Había algo fundamental en su juego: intención. Y en el fútbol, la intención es siempre el primer paso para formar una fuerte personalidad.
Ese primer Mastantuono era imperfecto, claro. Le faltaba lectura, a veces le sobraba precipitación, y su toma de decisiones no siempre era la ideal. Pero había una virtud que compensaba casi todo: no se escondía. Para un chico recién llegado al Real Madrid, eso no es poca cosa. Entendía que el contexto exigía atrevimiento, aunque aún no tuviera el cuerpo ni la cabeza totalmente preparados para sostenerlo.
Quizás dentro de unos años nos riamos de todo esto. Quizás el pelo no tenga ninguna importancia y solo sea una coincidencia simpática, o quizás no, eso ya lo veremos. De momento, parece que Franco necesita verse diferente para jugar distinto
Luego llegó la pubalgia. Y con ella, el paréntesis. Un paréntesis físico, sí, pero también futbolístico y mental. Porque las lesiones no solo afectan al cuerpo: afectan al ritmo, a la confianza y, muchas veces, a la forma en la que un jugador se interpreta a sí mismo dentro del equipo. Mastantuono salió del once, perdió continuidad y su proceso quedó congelado justo cuando empezaba a tomar temperatura.
Cuando volvió, lo hizo cambiado. El pelo ya no era platino, sino negro. Pero el cambio importante no estaba en la cabeza, sino en los pies. El Franco que reapareció era un jugador plano, casi irreconocible respecto al chico que había despertado ilusión en el inicio. Recibía, amagaba y retrocedía. Una y otra vez. Su fútbol se convirtió en una secuencia repetitiva y previsible: pase fácil, apoyo corto, circulación sin daño.
Es aquí donde empieza la parte incómoda del análisis. Porque la pubalgia explica muchas cosas, pero no todas. El problema no era que fallara, ni que perdiera balones, ni siquiera que estuviera fuera de forma, que también. El problema era que no pasaba nada cuando él tenía el balón. Y eso, para un futbolista de su perfil, es casi una traición a su propia naturaleza.
El argentino entonces fue cuando dejó de encarar, de conducir con intención y de aparecer en zonas donde se deciden los partidos. Jugaba correcto, pero previsible. Y el Real Madrid no ficha talento joven para que juegue correcto: lo ficha para que se equivoque intentando cosas grandes, acordaos de los comienzos de Vinicius JR. Se le ficha para que rompa líneas, incomode, y se encargue de ser una carga para sus oponentes, que le obligue al rival a defender más atrás de lo que le gustaría.
Sin que nadie se lo esperase, como si el fútbol necesitara guiños poéticos para recordarnos que no todo es racional, volvió el platino. En la previa del partido de Champions League frente al Mónaco, Mastantuono reapareció en aquel entrenamiento con el chándal representativo de la competición europea y con el pelo mucho más corto y teñido de nuevo. Un gesto mínimo, irrelevante en teoría, pero en el campo ocurrió algo radicalmente distinto, Franco volvió a ser Franco. O, mejor dicho, empezó a ser el Franco que puede llegar a ser.
Encara más, conduce rápido, decide antes, pero, sobre todo, decide mejor. Busca el gol en cada partido, no como obsesión, sino como consecuencia natural de pisar zonas peligrosas. Ya no recibe para esconder la pelota, sino para provocar y obligar al rival a decidir. Su objetivo principal vuelve a ser el de generar ventaja en cada control orientado.
Tras la victoria frente al club monegasco, inevitablemente, la pregunta apareció en la entrevista postpartido. ¿Tenía algo que ver el cambio de look con su mejor versión? Mastantuono sonrió y respondió con naturalidad: “El pelo, ¿no? Me sentía un poco más lento… Era hora de un cambio. (Ríe). No, estoy bromeando. Me gusta experimentar.”
La respuesta, ligera y casi despreocupada, sirve para desmontar cualquier lectura supersticiosa literal. Pero también revela algo importante: Mastantuono se siente cómodo probando, moviéndose, rompiendo inercias. Y eso, en un futbolista joven, es una magnífica noticia. Porque el problema no era el color del pelo, el problema era la rigidez. Y el platino, casualidad o no, coincide con la ruptura de ese aburrimiento que parecía haberse instalado en su juego.
El partido ante el Mónaco no fue perfecto, pero sí revelador. Fue el mejor Mastantuono hasta la fecha. Y no porque firmara cifras deslumbrantes, sino porque su juego tuvo sentido. Porque cada intervención tenía una intención clara. Porque, por primera vez desde la lesión, volvió a ser un jugador que incomoda al rival y genera preguntas en la defensa contraria. Frente al Villarreal, volvimos a ver una serie de conducciones para romper las dos líneas de cuatro del conjunto de Marcelino que le dieron la vida tanto a él para su confianza, como al equipo para construir el juego ofensivo.
mientras el argentino siga encarando, presionando, buscando el gol y recordándonos el motivo por el que llegó, solo queda decir una cosa: larga vida al platino, Mastan
Ahora bien, la crítica sigue siendo necesaria. No se puede vivir de simbolismos ni de noches aisladas. Mastantuono aún debe demostrar continuidad, personalidad en escenarios adversos y capacidad para querer ser una figura importante cuando el equipo no fluye. El Madrid no espera promesas eternas; espera respuestas. Y él todavía está en fase de construcción. Pero lo que ha quedado claro es que, cuando se libera mentalmente, su fútbol aparece. Y que, casualidad o no, el platino coincide con esa liberación. Con ese permiso interno para ser protagonista, para asumir que equivocarse también forma parte del proceso de crecer en el club más exigente del mundo.
Quizás dentro de unos años nos riamos de todo esto. Quizás el pelo no tenga ninguna importancia y solo sea una coincidencia simpática, o quizás no, eso ya lo veremos. De momento, parece que Franco necesita verse diferente para jugar distinto, y si ese gesto le conecta con su mejor versión, bienvenida sea la experimentación. Porque el Real Madrid no necesita jugadores grises, lo que le hace falta son futbolistas que se atrevan a brillar. En el juego, en la personalidad y en las decisiones.
Así que, mientras el argentino siga encarando, presionando, buscando el gol y recordándonos el motivo por el que llegó, solo queda decir una cosa: larga vida al platino, Mastan.
Pues resulta que el Manchester United está mutando para bien y ayer puso patas arriba al Arsenal en Arsenal, o sea, en Londres. Le ganó 2-3 y apretó la Premier.
Me recuerda este United a este Madrid. Rápido, luego vuelvo: los dos se han puesto en manos de gente de la casa tras prescindir de dos entrenadores esperanza. El caso es que siempre tuvieron mucho que ver el Madrid y el Manchester.
El Manchester, sí. Para mi generación y alrededores no existía el United, Manchester sólo había uno, él. El otro no era ná. Faltaba mucho para que a los jeques les entrara la fiebre. El primer equipo inglés en hacerse famoso por aquí fue el MU en su condición de primer gran rival de Alfredo y compañía: el segundo mejor equipo de Europa, allá por los 50. La fatalidad nos hurtó una lucha feroz en aquellos tiempos de arranque de la Copa de Europa. El accidente de Múnich -el 6 de febrero se cumplirán 68 años- se llevó por delante al equipo del fenómeno Duncan Edwards.
El Madrid jugó un amistoso de homenaje al golpeadísimo rival en Old Trafford, y se estableció así una sólida relación entre ambos clubes. Por su parte, el encargado de repetir que el Madrid es lo más grande fue sir Bobby Charlton, uno de los supervivientes de la tragedia.
Y ahora resulta que uno se ha puesto en manos de Michael Carrick, un estupendo ex con escasa experiencia en el banquillo, y el otro en Arbeloa. Álvaro, Castilla y Valdebebas. Carrick, ayudante del primer entrenador, Mourinho y Solskjaer, pase rapidito por el primer equipo, tres años en el Middlesbroug y vuelta a casa.
Más curiosidad: Carrick llegó tras el despido de Amorim que lo estaba bordando en el Sporting de Portugal y se lo trajeron hasta Old Trafford a la brava. Pagando. Muy parecido a lo de Xabi Alonso/Leverkusen.
Amorim y Xabi era los dos técnicos jóvenes que más sonaban, y sus llegadas a United y Real se recibieron como dos aciertos, los entrenadores ideales para acabar uno con la malísima racha del campeón inglés; el otro, el perfecto para reordenar al Madrid que se disponía a cerrar la segunda etapa más gloriosa en la historia del club. El caso es que ninguno se salió con la suya.
Y es ahora tiempo de Carrick y Arbeloa. Aquel lleva dos partidos y le ha ganado a City y Arsenal, los dos primeros. Uno en casa, al City, 2-0, no le hizo 5 porque Dios no quiso, y al otro de visitante: primera derrota de Arteta y cía en su estadio. Y lo de meterle tres goles… En fin, que no se puede empezar mejor.
Y sobre Arbeloa, pues lo sabido. Seis al Mónaco y el triunfo en La Cerámica, lo último. La gansada de Albacete, la bronca en el Bernabéu: heridas suturadas. Ante el Villarreal vimos un buen Madrid; en cuanto a ganas, atención y demás, sobresaliente.
¿Si lo hubiera hecho otras veces? Pues sería líder de la Liga con 5/6 puntos de ventaja. No pasó, no lloremos por la leche derramada. Arbeloa ha enseñado la patita, sabe lo que quiere y cómo hacerlo. Como un Carrick de la vida. Oigan: esto es fútbol, entre los dos cuántos años de eso sumarán…
Es fútbol desde el banquillo. No, ahí no se puede sentar cualquiera, pero tampoco se trata de inventar un cohete submarino. Se trata sobre todo de tener claro esto: el juego es de los futbolistas. Entrenador, favorécelo. ¿OK? OK.
Superado el primer envite de la Champions, el Madrid se dispone a viajar a Lisboa: debe tomárselo como una final. Si gana el miércoles tendrá 3 días de enero, 28 de febrero y al menos hasta el 10 de marzo con el calendario más despejado en siglos: 41 días. Ese 10M es el primer día fijado para los octavos de Europa.
Sólo jugará Liga el Real, sí. Rayo (casa), Valencia, Real Sociedad (casa), Osasuna, Getafe (casa) y Celta. Seis partidos en 41 días, uno por semana. El calendario soñado por los entrenadores, la oportunidad de entrenar como Dios manda.
Una cuarentena muy seria: la clave de lo que el Madrid pueda acabar siendo o no esta temporada. Clave puede también en el futuro del entrenador.
Vuelve el Madrid a Da Luz, Lisboa linda y querida. A otra final. A aquella llegó con 9, salió con 10, está en15. El sueño de la 16 pasa por allí. Para entendernos: hagan lo del sábado.