Las mejores firmas madridistas del planeta

Soy nuevo en esto. El madridismo de las redes me viene haciendo compañía desde hace sólo un par de años, tres a lo sumo. Antes de eso, yo era feliz en mi analógica ignorancia, viendo a Florentino Pérez como el ángel protector del legado histórico del madridismo y como el visionario que nos ha conducido hasta donde estamos ahora. No olvidemos que tenemos un  club que ha seguido facturando títulos continentales, que se ha convertido en una fábrica de multiplicación de panes y peces y que quiere ser protagonista del futuro, vía Superliga o higienizando las competiciones que resulten de la limpieza de la corrupción insoportable del fútbol.

Ya he opinado aquí sobre medios y personajes que me ayudan a formarme una opinión diaria sobre las noticias del mundo del fútbol, pero hay fenómenos nuevos en este pintoresco y bizarro colectivo y hallazgos quiero compartir con los galernautas.

Florentino y Ceferin

Vivimos en una realidad distópica para el club, incomprensible. Necesitamos referencias, opiniones, información, para hacernos una idea de por qué este Real Madrid, acosado por la prensa, acosado por Tebas, acosado por Ceferin, acosado por el CTA, acosado por los vecinos del Bernabéu, rodeado de enemigos, permanece silente mientras el equipo se desmorona. Una colección de jugadores en busca de autor (Bengoechea dixit). Ancelotti, Alonso y Arbeloa no pueden estar tan equivocados. No tanto. No todos. Uno de ellos cosechó dos Champions con una plantilla de talento menguante, pero desde finales de 2024 el colectivo está en una espiral descendente hacia un abismo de mediocridad.

Hemos llegado a jugar bien (Barcelona, Villarreal), luego el problema no es de capacidad ni de fichajes, se diga lo que se diga de la (mejorable) planificación deportiva. Con Courtois a su nivel y Mbappé con la efectividad de un francotirador (un disparo, un muerto), sólo deberíamos saber amontonar a los otros ocho en medio, moviéndose juntitos para arriba y para abajo. Sin embargo, hemos tenido días catastróficos (Atlético, Albacete, Benfica). ¿Desconexión, motivación, apatía? ¿Qué le pasa a Vini esos días que no se va de un anónimo lateral Bosnio? ¿Por qué Carreras desaparece en su banda? ¿Qué le pasa a Huijsen? ¿Porqué Güler o Mastantuono observan pasivamente a atacantes rivales desde el minuto 60? ¿Dónde está el Bellingham que fichamos?

4-2: Mourinho empuja al Madrid fuera del top 8

Mbappé no da crédito. Da síntomas de estupefacción tanto en la zona mixta, en caliente, como en sala de prensa. Me fijé en Tchouameni. Me dio inmensa pena la media docena de veces que pivotó sobre el balón para los dos lados sin atreverse a poner una diagonal a la banda derecha contra el Benfica, teniendo a Mastantuono absolutamente solo. Seguro que ustedes se habrán fijado en anomalías similares durante el lamentable partido de Lisboa.

Si tienes amigos te pitan como al Barça. Si tienes enemigos, te pitan como al Madrid, que, además, no está necesitando mucha ayuda: sabemos irnos a la mierda nosotros solos. Eso sí, con ayuda llegas antes

Casi todos los medios han sentenciado ya al Madrid y sobre todo a Arbeloa, por tratar de mantener a sus jugadores con la moral alta. Las viudas de Alonso y los haters de Florentino hace tiempo que han cruzado la línea del insulto, la falta de respeto y la burla intolerable, porque vende y porque tiene adeptos entre el neomadridismo.

Es cierto, sí, que no jugamos a nada y estamos en medio de un problemón que no podremos resolver hasta el verano, con salidas y llegadas. Ya no queda otra solución. Pero no se olviden de que seguimos nadando en un océano de corrupción. No se olviden de los los arbitrajes a Marruecos en la Copa de África, ni de las ganas de pitar penaltis de Davide Massa y su asistente VAR en Lisboa o la falta inexistente de Bellingham que estuvo en el origen del 4-2. No se olviden de las tarjetas que nos incapacitan jugadores para dieciseisavos. No se olviden de Ceferin, del Balón de Oro de 2024, ni de la demanda millonaria que prepara el Real Madrid contra la UEFA. No se olviden del expediente FIFA por el negreirato y sus secuelas. Si fue buena idea o no empezar esta cruzada lo contará el ganador. Lástima que se haya juntado en el tiempo con un grupo de jugadores tan decepcionante, sin un solo jerarca que pueda manejar el vestuario y el equipo.

Pero hay un tipo que sigue mirando cara a cara a la corrupción, ignorando el ruido ambiental: El @TelecoCalvo. Las formas del Teleco, ese deje andaluz tan familiar para mí... esa velocidad mental para el cachondeo y esa memoria para desenterrar detalles olvidados por la furia diaria, me han enganchado. Un madridista cabreado pero no amargado con el que te puedes reír… no tiene precio. Teleco tiene frases para grabar en mármol, además de las gracietas que ya son virales, como los "valors" o la "neutralidad coacheada" (acompáñese con el gesto de repetir el golpe del puño sobre una hipotética mesa).

A semejanza de mi abuela, obviamente (como todas las abuelas) una mujer sabia, nuestro Teleco llegó hace unos días  a una conclusión lógica: uno no es corrupto para unas cosas y santo para otras. Uno es corrupto 24x7. Es inevitable, hasta imprescindible. Uno no puede estafar a inversores por la mañana y dar una dádiva por la tarde para que las Clarisas sigan haciendo rosquillas.

En un alarde, uno puede, embriagado con el paroxismo propiciado por años de impunidad, simular ser el más puro de corazón, pagando (!) a Unicef por un extraño patrocinio, en lugar de cobrar por él. Detrás, Senes Erzik, feliz por la donación como jefe de proyectos de Unicef y simultáneamente como autoridad negreiril del CTA de la UEFA. Ahí el Barcelona se pasó el juego, hay que reconocerlo.

La UEFA ha salido en tromba en esta Champions de 2026, esta vez no se le escapará un detalle como en 2022 y 2024. Esta vez caeremos con el Benfica. El riesgo de dejar llegar más lejos a un Real Madrid moribundo es tentador, pero no lo veremos. Imagínense que tenemos un par de noches como aquellas…

Así pito el italiano D.M. en el Benfica - Real Madrid

El corrupto estafa a quien puede, miente por costumbre, trinca de donde le dejen, mientras disfruta de un partido desde la dorada butaca Luis XV en un palco africano o árabe. Laporta por ejemplo, aprovecha los viajes "de empresa" para pegarse homenajes de toda índole a costa de los pagafantas que le idolatran y está siempre dispuesto a dar un abrazo a quien convenga, por ejemplo, a otro corrupto. Si tienes amigos te pitan como al Barça. Si tienes enemigos, te pitan como al Madrid, que, además, no está necesitando mucha ayuda: sabemos irnos a la mierda nosotros solos. Eso sí, con ayuda llegas antes.

No me critiquen por no comentar el infausto partido y silben el domingo todo lo que quieran. A mí no me sale. Yo me quedo con Courtois y con Mbappé. Ni siquiera por su rendimiento estratosférico o por su madridismo, que ya sería bastante, sino por su inteligencia, realmente escasa en ese vestuario. Es imposible ocultar algo que vemos todos. Puedes ser una estrella, tener un talento descomunal para el fútbol y ser una ameba, incapaz de darte cuenta de que todo el mundo ve que un día no te apetece trabajar.

Ya lo decía mi abuela con su sabiduría de pueblo, de años y de buen juicio, sobre un perro de la vecindad: "el que tiene un vicio, o se mea en la puerta o se mea en el quicio". Y aquí ya hay mucho vicio. Demasiado. El de los corruptos por un lado, el de los apáticos por otro. A los de fuera no podemos hacerles casi nada, a los de casa no hace falta silbarles más, basta con ponerles el cartel de transferibles en verano. Y que sea lo que Dios quiera.

 

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Buenos días, queridos. No es habitual encontrar unanimidad en las portadas de la prensa deportiva patria. Cuando la prensa madrileña se centra en alguna noticia o supuesto fichaje del Real Madrid, la cataculé te regala un elogio del penúltimo rizo de Lamine o una portada sobre la improbable llegada a Barcelona de un crack mundial que nunca llegará bajo el titular “Interesa”. Ni siquiera hubo unanimidad cuando el Real Madrid obtuvo alguna de sus Champions recientes. Unanimidad no, una-nimiedad fue aquel mítico y ridículo “Valverde da el OK a Bellerín” para negar todo el protagonismo a la Duodécima. También se salió del tiesto la prensa cataculé cuando estalló el caso Negreira y se dedicó a publicar portadas sobre los partidos de su cliente como si tal cosa no hubiera pasado nunca.

Pues bien, la victoria de Carlos Alcaraz frente al alemán Zverev en las semifinales del Open de Australia de ayer fue tan brutal que acapara hoy todas las portadas. Mostrando el puño, tirado en el suelo, celebrando con los brazos en alto o haciendo el gesto de escuchar los aplausos de un público entregado. Todo el día de ayer fue una oda al tenis. Cinco sets y cinco horas y media en el Alcaraz-Zverev del primer turno y otros cinco sets en algo más de cuatro horas en el no menos épico Djokovic-Sinner de la segunda semifinal. Gigante, épico, bestial… Diferentes adjetivos para definir la hazaña del murciano sobre la pista de cemento de Melbourne.

Se nos podría ocurrir otro adjetivo que encaja, además, con los gustos de nuestro Carlitos Alcaraz: madridista. Fue una victoria épica, gigante, bestial… y madridista. Pero lo ponemos entre interrogantes en el título por cuanto los actuales no parecen tiempos en los que las virtudes madridistas se muestren a diario en la plantilla. O en los partidos de este último año y medio que nos ha tocado vivir. La victoria de Alcaraz fue madridista, sí, pero de otra época, parece.

Cuando lo vimos acalambrado y cojeando durante el cuarto set, pero entregado, decidido en un objetivo que parecía imposible, nos recordó al cojo Bale durante la prórroga y los penaltis de la Undécima. Cuando remontó el 5-3 que parecía insalvable del último set, vimos el espíritu de las remontadas de la Decimocuarta, los dos goles en los últimos minutos frente al Manchester City. Cuando las dolencias físicas de Carlitos mermaban su rendimiento, pero mantenía la misma determinación en la mirada, algunos pensamos en aquella defensa formada por Lucas Vázquez, Alaba, Carvajal como segundo central y Marcelo para enfrentar y ganar una prórroga entera a los gigantones del Chelsea. Ese es el espíritu madridista que mostró ayer Carlitos Alcaraz para sobreponerse cuando todo parecía perdido. Sus gritos fueron los de Cristiano, sus piernas se transmutaron en las de Fede Valverde, su calidad fue la de Karim Benzema y hasta el jugo de pepinos que lo reanimó pareció un batido de Pintus. El mismo espíritu de épica del veteranísimo Modric zafándose de los rivales se adueñó de Novak Djokovic para machacar al joven Sinner en la cancha. “Sí, estoy aquí, estoy mayor, tocado, pero no vas a poder conmigo”.

Lo sabemos, es un recurso fácil aludir al madridismo de Alcaraz, como en su día nos apropiamos y “expropiamos” los títulos de Nadal cuando nos convino, pero ha sido el tío del propio Rafa el que nos ha hecho entrar en el juego de la comparación entre el tenis y el fútbol. Toni Nadal dejó ayer unas declaraciones que nos dan pie a recordar los que sin duda fueron tiempos mejores:

“Yo soy del Barça y mi sobrino, que no sabe de fútbol, es del Madrid”. Toni nos cae demasiado bien como para criticarlo, y ayer, sin duda, solo quiso hacer una broma. Lo cierto es que resultó algo desafortunada, así que lo que no podemos hacer es no entrar en su juego. Amigo Toni, precisamente porque tu sobrino Rafa conoce los valores del deporte como nadie, precisamente por su manera de bregar y enfrentar las dificultades, por su afán de mejora constante, de lucha sin cuartel, por todo ello es del Real Madrid. Si fuera del Barça, a lo mejor habría pagado millones de euros al juez de silla para garantizar la neutralidad de la competición y que no se tomaran decisiones en su contra. O habría movido los hilos convenientes para poner a alguien de su cuerda bajo los mandos del Ojo de Halcón y mover los centímetros que marcan el error o el acierto siempre en su favor. O se habría hecho amiguito de los organizadores de los sorteos para tener siempre un cuadro más favorable en los torneos.

Rafa Nadal es madridista, igual que Carlos Alcaraz, y nos enorgullecemos de ambos, Toni.

Y, ya que mencionamos los sorteos de los cuadros del tenis, la otra noticia que ocupa las portadas es la de los rivales de dieciseisavos de final de la Champions para los equipos madrileños en liza. El Real Madrid tendrá la oportunidad de resarcirse de la derrota frente al Benfica de Mourinho, mientras que los vecinos del Riyadh Air jugarán contra el Brujas. Sinceramente, nos alegramos de que Mou, uno di noi, vuelva al Santiago Bernabéu, pero no solo por el cariño que le profesa buena parte de la afición, sin porque será una buena oportunidad para que los nuestros demuestren que lo del miércoles fue un error que no se repetirá. Para que Arbeloa devuelva al equipo a la senda correcta, para que entre todos los jugadores nos hagan recordar algo del madridismo de otros tiempos.

O de Alcaraz en el presente.

Pasad un buen día.

Treinta y dos años. Ese es el tiempo que pasó el Real Madrid sin ganar una copa de Europa. Treinta y dos años son muchos años, te dan para construir la catedral de Chartres o para leerte casi entero el diario de David Uclés de cuando se fue a un campamento de verano en 4º de la ESO.

No sé si el madridista actual está preparado para tantos años sin palpar una Copa de Europa. Según lo que se percibe en redes sociales, no parece probable. Quizá me equivoco, pero creo que al madridista del siglo XXI le faltaría temple para soportar esa travesía: acostumbrado al triunfo regular, ya no sabe lo que es vagar por el desierto, lo que es pasar sed, lo que es tener los pies reventados de ampollas de caminar hacia un oasis que se convierte en espejismo en treinta y dos ocasiones.

Sartre decía que no le gustaba sentarse en sillones mullidos porque era una abdicación de su libertad. Mucho me temo que gran parte del madridismo posee, a día de hoy, un culo esclavizado por la suavidad de los cojines del triunfo. Culos indispuestos para soportar la silla de plástico del vagón de tercera, en un viaje cuyo fin es incierto. Más de uno, sospecho, se bajará en la primera estación.

Es fácil ser hincha en la victoria y muy duro serlo en la derrota. Es en esos momentos cuando cabría preguntarse: ¿por qué somos madridistas? La respuesta es importante porque es lo que nos dará fuerzas para resistir hasta que regresen las vacas gordas, mugiendo satisfechas y con Copas de Europa por cencerros.

Gol de Bale a Pinto frente a Bartra.

Yo me hice madridista cuando vi cabalgar a Gareth Bale en Mestalla. A veces me atormenta la idea de que si Bale hubiera jugado en el Barça yo hoy podría ser culé; pero luego me doy cuenta de que eso habría sido del todo imposible. En primer lugar, porque el hijo de doña Debbie jamás habría firmado por el club de Negreira; de haber tenido esa tentación, doña Debbie lo habría llevado a gorrazos desde Merthyr Tydfil hasta Llanfairpwllgwyngyll, condado de Gwyned, y luego le habría mandado a la cama sin cenar. Por otro lado, estoy casi seguro de que, con Gareth o sin él, mi raciocinio habría acabado llevándome hacia el madridismo. Y lo estoy por lo que le ocurrió hace tiempo a un príncipe de la Rus de Kiev.

¿somos madridistas porque siempre ganamos? No. En realidad, lo somos porque siempre creemos que vamos a ganar: eso es lo que nos hace únicos. Las derrotas no nos duelen: nos sorprenden

A finales del siglo X, el príncipe Vladimir de Kiev decidió abandonar el paganismo y abrazar una religión monoteísta al creer que así sería tomado en serio por los demás reinos. Como quiera que no tenía claro cuál profesar (catolicismo, cristianismo ortodoxo o islam) optó por una medida bastante razonable: hizo una encuesta a los candidatos. De modo que el buen príncipe Vladimir envió una serie de preguntas al papa de Roma, al patriarca de Constantinopla y al califa de Bagdad para, en base a sus respuestas, decidir qué religión era más aceptable para el pueblo ruso.

Yo podría haber tomado el ejemplo del príncipe Vladimir para escoger mis amores futbolísticos y, estoy seguro, habría sido madridista. Habría descartado seguramente al Barcelona dadas mis escasas intenciones de hacerme hincha de una organización más cercana al Cartel de Sinaloa que a un club deportivo. Llámenme raro, pero encuentro escaso atractivo en celebrar los triunfos de mi equipo si sé que han pagado a los árbitros para facilitarlos. Le quita mucha gracia al asunto.

Negreira ya sale sin calentar

La alternativa de ser del Atlético de Madrid tampoco me habría entusiasmado. Ser aficionado el Atleti carece de emoción porque nadie en ese club tiene serias intenciones de aspirar a la grandeza, empezando por su directiva y terminando en su afición, para la que la victoria o la derrota es indiferente. En el caso de los primeros, porque su atención está centrada, sobre todo, en el aumento de sus cuentas corrientes; y, en el caso de los segundos, porque parece que el siemple hecho de ser rojiblancos durante los 90 minutos que dura un partido ya colma de sobra sus ambiciones. No es que me parezca mal, pero resulta poco emocionante. El hincha del atleti casi nunca cree en serio que su equipo vaya a hacer algo importante, parece, de hecho, como si hubiera interiorizado que no lo necesita porque se vive muy cómodo en la épica de la derrota. Es la suya una extraña mezcla entre hooliganismo e indiferencia, casi lovecraftiana por lo que tiene de inconcebible, que me resultaría imposible de alcanzar.

El príncipe Vladimir rehusó convertirse al islam cuando se enteró de que el Corán prohibía el alcohol. ¿Adiós al vodka? ¿En Rusia? La respuesta fue un “niet” del tamaño del Kremlin. Desechada la fe de Mahoma, a Vladimir le quedó decidir entre el catolicismo y el cristianismo ortodoxo. Para él fue sencillo; primero, porque el papa no se tomó la molestia de responder a su cuestionario y, segundo, porque los emisarios que Vladimir envió a Constantinopla quedaron hipnotizados por el esplendor, la maravilla y la magnificencia de las misas de la catedral Santa Sofía. Aquella, tovarich, tenía que ser sin duda la religión verdadera: una fe triunfal, dorada y magnífica; digna de quien cree que en esta vida se puede intuir la grandeza. Y, desde entonces, los rusos se hicieron ortodoxos.

El Real Madrid es como una misa en Santa Sofía. El devoto que asiste a ella (o, al menos, el que lo hacía en tiempos del príncipe Vladimir) tiene la certeza de que existe un Paraíso, aunque no lo haya visto nunca.

¿Por qué somos madridistas? “Porque ganamos siempre”. Respuesta incorrecta. Si lo somos por eso, nuestro madridismo es débil y falsario, porque el Madrid no gana siempre; de hecho, suele perder bastante. A veces durante treinta y dos años. Por lo tanto, sería conveniente reformular la cuestión: ¿somos madridistas porque siempre ganamos? No. En realidad, lo somos porque siempre creemos que vamos a ganar: eso es lo que nos hace únicos. Las derrotas no nos duelen: nos sorprenden. No importa cuántas goleadas encajemos en un partido, no importa lo mal que juguemos, siempre creemos que la victoria llegará en el próximo encuentro, en la próxima jornada. Creemos en la victoria más allá de toda racionalidad, más allá de todo pesimismo.

Acudimos a cada partido con la fervorosa convicción de que no vamos a perder, aunque juguemos sin defensas, aunque juguemos sin portero, aunque todas las fuerzas de la naturaleza se unan en nuestra contra, se abran las nubes y la mano de Dios nos señale y diga: “os va a golear hasta el utillero”; nosotros no, nosotros pensamos que el triunfo es más posible cuando menos sentido tiene. Y eso es bueno. Es lo que nos hace únicos, es, de hecho, lo que hace que obtengamos la victoria de vez en cuando: la certeza de que está a nuestro alcance. No es la autoexigencia lo que nos convierte en madridistas, es la fe.

Solo cuando se abandona esa certeza nos convertimos en otra cosa. ¿En cuál? No lo sé. Quizá en hinchas del Atleti, que nunca creen en serio que su equipo vaya a hacer algo memorable… O tal vez en extraños entes pseudomadridistas que dan más pábulo a una cuenta anónima de redes sociales, de esas que juran que Jude Bellingham se baña en ron-cola todas las noches, que al hecho de que, contra todo pronóstico, el equipo puede obtener victorias insospechadas; a pesar de que ninguno de nosotros hemos visto a Jude cerrando piano bares, más escurrido que la aceituna de un Martini, pero sí hemos visto hacer cosas extraordinarias al Real Madrid cuando todos lo daban por muerto.

Se avecinan días complicados para nuestro devenir deportivo. Serán mucho más fáciles de soportar si no olvidamos esta sencilla cuestión: somos madridistas porque creemos (no: porque sabemos) que, siempre, el próximo partido será el más memorable de nuestras vidas.

 

 

Estuve en RMTV comentando el sorteo, y es comprobable que profeticé que nos tocaba el Benfica. No tuvo mucho mérito, primero porque tenía un 50% de posibilidades de acertar, y segundo porque la suerte se ha limitado a deparar lo que estaba escrito en las estrellas. Los guiones del Madrid en la Champions están trufados de intrahistorias como esta. Jugar contra el mismo equipo que te acaba de desalojar del Top8, vértelas contra él tres veces en un mes después de estar 61 años sin hacerlo y hacerlo además cuando está dirigido por un ex sumamente ilustre y controvertido forma parte de esas subtramas con las que el Madrid (ojalá) ilustra la trama suprema de la victoria final en su Copa de Europa.

Ahora mismo, sería tan propio del Madrid el caer eliminado por quien fuera su líder supremo como dejarlo en la cuneta e iniciar un camino exitoso hasta Budapest. Asi, sin términos medios. Lo consustancial al club blanco es escribir páginas memorables, tanto en el triunfo como en la eliminación. Sí sucede lo segundo, si el Madrid se ventila al equipo de Mourinho, habrá cerrado una página de su historia, como quien recupera y a la vez clausura el ardor de una antigua pareja valiéndose de un encuentro episódico con ella. Si es Mou quien se carga al Madrid… Ay, amigos. Si es Mou quien se carga al Madrid, habrá que parafrasear a Bernabéu tras ver a su equipo eliminado por el Manchester en el 68. “Si alguien tenía que ganarnos, está bien que haya sido usted”.

sería gratificante el doblete causa-efecto, es decir, que el Madrid siguiera adelante, entre otras cosas, como consecuencia de un recital táctico del salmantino

Pero no va a eliminarnos. Esto también lo vaticino, bien es cierto que con menos seguridad que el cruce de play off que nos acaba de tocar, en plan castigo después del lamentable partido en Lisboa. La sensación es que los nuestros se presentaron en Da Luz poseídos por un exceso de confianza difícilmente explicable y tolerable. Ya no cabe ese exceso, en tanto en cuanto acaban de pintarte la cara de todos los colores y arrastrado tu dignidad por medio Barrio Alto, que también, de tener que suceder tal cosa, es un sitio inmejorable para que suceda. Pero no va a volver a suceder. Arbeloa ha debido tomar nota de lo que tiene que hacer para que la superioridad técnica de sus jugadores no vuelva a quedar ahogada en los entramados tácticos y anímicos del viejo zorro portugués.

El clásico duelo pupilo-maestro (la literatura también se nutre del estereotipo) es otra de las subtramas del choque. Ya decíamos que este emparejamiento no puede ser más Madrid-Champions, conjunción que solo depara lo inolvidable. Bien mirado, quizá no sea estrictamente necesario que el alumno venza al profesor en la pizarra para que el Madrid se imponga, dada la diferencia de calidad sobre el papel, que ojalá esta vez se vea sobre el césped también. Mou puede volver a imponerse en el planteamiento sin que eso conlleve la clasificación de su equipo. No obstante, sería gratificante el doblete causa-efecto, es decir, que el Madrid siguiera adelante, entre otras cosas, como consecuencia de un recital táctico del salmantino. Los hijos mandando a los padres al asilo, por mucho que les quieran, por mucho que les queramos. Dejemos para otro día gestas de western crepuscular. Hay una oscura belleza en el modo en que, generación tras generación, se perpetúa la eterna comedia humana, en evolución que suele observar dos constantes: unos hombres sustituyen a otros y el Madrid pasa de ronda.

Para qué cambiar.

Buenos días, galernautas. Casi treinta y seis horas han pasado desde el bochorno lisboeta y seguimos percibiendo el amargo sabor de la hiel y el desconsuelo. El equipo de José Mourinho, ese al que tantos calificaban de caduco y trasnochado, dio toda una lección a uno de sus más identificados epígonos. Mou supo inculcar en sus jugadores un espíritu que no se ha visto en nuestro club desde hace ya demasiado tiempo. Quizá nuestros jerarcas contaban con un nivel de compromiso, autoexigencia o gen competitivo que la actual generación no es capaz —salvo excepciones— de siquiera soñar. O quizá aquellos eran futbolistas y los actuales son solo tipos que juegan al fútbol: no lo viven ni lo respiran 24/7. De hecho, bien pudiera parecer que, para la mayoría de los integrantes de la plantilla madridista, el fútbol es un mal necesario: un peaje a pagar a cambio de su estatus de superestrellas de vaya usted a saber qué.

El día de ayer fue propicio para reflexiones, mofas, befas, rumores y dimes y diretes de ralea diversa, pero de idéntica mala intención. Circularon listados en los que, junto al nombre de cada jugador, se indicaba el número de decibelios que alcanzaría la pitada a dedicarle el próximo domingo en el Santiago Bernabéu. No faltaron, por supuesto, los rumores que colocan a Unai Emery muy arriba en las preferencias de la directiva madridista para intentar virar una nave abocada al naufragio. Unai Emery. ¿Y por qué no David Vidal? ¿O Casuco?

Por si la actual coyuntura fuera poco, tenemos que ver las portadas de los medios presuntamente deportivos. Marca se despacha con un verdadero cilicio para la vista. Cabecera fea como sandalias Crocs, en la que los gallárdicos se refocilan en el sorteo del que el Madrid forma parte merced a su lamentable actuación del miércoles. El redactor que pergeñó la portada quiso ser vanguardista con una composición mixta en la que, junto al titular referido, nos muestran el nuevo Aston Martin de Fernando Alonso, y se quedó en hortera. Y mira que lo intentó. Insuperable el chistiño supermánico pegado a última hora. Qué nivel, amigos. Avancemos rápido, que el feísmo, a diferencia de Faulkner, no es algo por lo que haya devoción en La Galerna.

As titula en una línea parecida: “Bombo de castigo”. Eso sí, la portada es sobria, casi elegante. No parece haber sido elaborada por alguien que quiso ser avezado y fracasó en el intento, ni que paladea con delectación la inmundicia que vierte sobre las bestias negras de su jefe.

Saltamos, pues, a la prensa cataculé. No, si cuando el día viene de nalgas…

En Sport nos atiende Joan García con apariencia y actitud de ir a vendernos un seguro de decesos. Demuestra un verbo fácil e incontenido, pues deja unas declaraciones no por sorprendentes menos reseñables. Quiere ganar muchos títulos. Cosas veredes, galernautas. Cómo debe haber sido la charla para que el titular sea ése. No descartamos que haya pivotado en torno a los referidos seguros de decesos y se hayan mencionado las aspiraciones futbolísticas del guardameta de manera tangencial.

El diario del Conde de Godó, Grande de España, se solaza con la capacidad goleadora del club culé, ilustrando su portada con un salto felino de Raphinha, mientras Fermín, al que imploramos tiento, corre riesgo de pisar la cabeza de un Joan Laporta vestido de domador de circo. Cuidado con estas cosas, que son de las que luego acaban torciendo una renovación.

Pasad un excelente día; id al Bernabéu mañana y pitad, si os apetece, a los jugadores, a la directiva, a los vendedores de bufandas o al catering que tanto desprecia Relaño. O no pitéis y animad, si ello es lo que os brota: no sabemos qué deciros. Estamos tan confundidos e indignados como vosotros. Y echad un ojo a lo de los seguros.

En la televisión portuguesa, un presentador y un sacerdote hablan sobre algún asunto de actualidad mientras se juega el Benfica - Real Madrid. De repente, mientras el cura responde a una pregunta, los micrófonos recogen unos gritos, un jaleo impropio del rigor y la solemnidad de un plató de televisión en el que se emite un programa en directo. Da un respingo el entrevistado, asustado. Da la impresión de que se le mueve el alzacuellos, incluso. Por un momento debe de pensar que han entrado los militares, que hay un golpe de estado en marcha. Otra vez metralletas y claveles. Se le van los ojos buscando respuestas. Por fin, tras unos segundos de confusión, le dicen al periodista, por el pinganillo, que estén tranquilos: alguien en la redacción está viendo la Champions League. Entonces comunica a la audiencia y a su invitado, con parsimonia: «Tan sólo ha sido un gol del Benfica».


El equipo portugués acababa de clasificarse para la siguiente ronda de la Champions League en el último suspiro con un gol de su portero. Abandonados a casi toda esperanza, únicamente podían confiar su supervivencia al milagro. Lo habían intentado de muchas maneras, pero Courtois es el mejor del mundo por mérito propio y no por ser cariñoso con la prensa. No hubo manera de impartir justicia ante el belga: Thibaut aplicó la suya. El Benfica había sido mejor, merecía un resultado favorable amplio, pero se llegó al final con 3-2 y necesitaba marcar el cuarto para entrar en la siguiente ronda. Así que en el añadido, con una sola bala por disparar, Mourinho mandó a su portero a rematar una falta lateral. El resto ya lo sabes. Estoy seguro de que fue una de esas epifanías en las que aficionados perdidos vuelven a creer en el Misterio y su crueldad. Temerosos de su furia, impresionados por la revelación, seducidos por el caos, serán vivo ejemplo de la fe del converso por culpa de ese 4-2.

Recuerdo mi epifanía. Estaba en Alemania, descreído de todo, engordado por múltiples experiencias, habiendo visto centenares de partidos y sabedor de que todo ya me había sido mostrado. Esa noche jugaba el Real Madrid en Londres ante el Chelsea. Semanas atrás, había eliminado contra pronóstico al todopoderoso Paris Saint-Germain de Mbappé, Neymar y Messi. Creo que ni vi esa eliminatoria. Pero esa noche alemana, cerveza en mano, viendo el partido en un portátil en la cafetería de un hotel y habiendo sido contagiado de Covid-19 sin saberlo (otra vez), sentí la primavera. Sé que hubo un instante en el que encontré una felicidad perdida.


Corría el Madrid al galope por la izquierda. Vini, todavía con el 20, puso un centro al primer palo en el que floreció un Benzema lleno de colores, matices y aromas para marcar el 0-1. Fue un impacto: los ingleses lo tenían todo a favor y parecían más grandes, altos y fuertes. Eran temibles y sin embargo les fue aplicada la receta del fútbol. Aquí vale el que la mete, amigos. Tres minutos después volvió a marcar el francés. Pero recortó distancias el Chelsea antes del descanso. Ahí parecía todo por perderse: se podía intuir que nos empataban, que nos remontaban, que nos echaban, que nos mataban. Entonces también llovía. Pero Karim abrió las nubes en una demostración de madridismo: no hay rendición antes del final. Presionó por él, por mí y por ti, robó un balón al portero y a puerta vacía sentenció la ida. 1-3.

...tan sólo de un camino que se torció, tan sólo de un amor abandonado, tan sólo de Butragueño, Suker y Raúl, tan sólo de una noche de Copa del Rey en La Condomina, tan sólo de la Séptima

Los pájaros cantaban en Berlín y del suelo salía un pasto verde, se oía un riachuelo recién nacido. Me iluminaba un haz, creía de nuevo. Aquella epifanía debió de ser evidente. Yo no armé jaleo ni grité como esos periodistas portugueses que interrumpieron la entrevista al sacerdote. No hizo falta. Debían de brillarme los ojos, seguramente sonreía demasiado. Si alguien me hubiera preguntado qué me pasaba, si me encontraba bien, si había bebido demasiado o si me había sentado mal la cena, habría tenido ganas de hablarle tan sólo de mi infancia, tan sólo de un sueño que tuve, tan sólo de un camino que se torció, tan sólo de un amor abandonado, tan sólo de Butragueño, Suker y Raúl, tan sólo de una noche de Copa del Rey en La Condomina, tan sólo de la Séptima, tan sólo de un Murcia - Muleño que acabó 6-0, tan sólo del abrazo con un desconocido tras un gol de Acciari, tan sólo de un puñado de amigos con los que viajé muchos kilómetros, tan sólo de mis primos, tan sólo de mi padre.

Pero no hacía falta. Qué afortunados somos de que nunca sea «tan sólo» un gol.

 

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Podría escribir varios artículos enumerando todo lo negativo que veo del Madrid en estos momentos: mala actitud de los jugadores, plantilla mal diseñada, falta de calidad en determinados puestos, falta de intesidad, fondo físico nulo, etc. si veis cualquier canal de YouTube de aficionados merengues percibiréis fundamentalmente enfado, y muy justificado.

Sin embargo, y aunque den ganas de apagar la tele y no ver más partidos del equipo, y aunque lo más fácil sea escribir sin desmayo de todos los fallos que veo, prefiero contribuir en lugar de restar y dedicarme a señalar haces de luz. Que los hay.

Creo que, al margen de todos los factores existentes, el más importante ahora mismo tiene que ver con el estado físico, y veo luces en lugar de sombras.

Sí, luces. Para explicarlo mejor, vaya previamente un análisis sobre la planificación física de Xabi Alonso, que algunos pensaban que era deficitaria o inexistente. Pues bien, el Bayer Leverkusen del técnico tolosarra ganó muchos partidos en los diez últimos minutos. El motivo es que la gente que entraba del banquillo mantenía la tensión competitiva y la intensidad, y marcaba la diferencia en los últimos instantes. La preparación física que planteaba Xabi Alonso era de estar a tope un máximo de setenta minutos, presionando sin parar, y cumpliendo en ataque y defensa. Para que este plan se ejecute a la perfección, tienes que hacer los cinco cambios en cada partido, y empezar a mover el banquillo en el minuto 60.

Si analizas el inicio de del Madrid de Xabi, fue exactamente así: muchos cambios entre el 60 y 70, y bastante gente entrando fresca. No sólo en el Mundial de Clubes, también en el inicio de esta temporada. ¿Resultados? 13 victorias en los primeros 14 partidos. Eso es independiente del juego del equipo. ¿Qué pasó? Que el Real Madrid no es el Leverkusen: malas caras, enfados por los cambios, problemas con las estrellas, la directiva que no actúa, lo que prefiráis, pero se vio que no podía ejecutar su plan, y viene su primer gran fallo: cede y deja de hacer los cambios a tiempo. ¿Consecuencias? Se empiezan a lesionar jugadores porque la preparación iba enfocada a 70 minutos máximos de alta intensidad, sobretodo en jugadores explosivos de mediocampo hacia arriba. Como los tienes los 90 minutos, arriesgas su físico, y también el de los defensas, porque los de arriba no bajan y los de abajo doblan esfuerzos.

no estar bien físicamente afecta a los gestos técnicos, pero también a la táctica. Cuando físicamente no estás bien, la táctica no existe, y no haces caso a lo que te ordenan, fundamentalmente porque no te dan las fuerzas

Pintus, que seguía en el Real Madrid, se alarma por el físico y las lesiones, y se cuenta que hace un informe. En la Directiva le imponen a Xabi , y así se lo hacen saber volviendo de la Supercopa, que Pintus se va a hacer cargo de ese área, y es uno de los motivos de fricción por los cuales el tolosarra prefiere no seguir al mando. No quiero entrar en quien tiene más culpa de todo esto, sólo quiero explicar que Xabi tenía un plan físico. No es que el equipo no estuviera trabajado, como sugieren muchos.

Zona Pintus y la cuesta de enero

Ahora están Pintus y Arbeloa, y el italiano les está metiendo una preparación física para un partido completo, no para estar 70 minutos a tope como mucho. Eso hace cambiar toda la planificación física, y necesitas modificar rutinas y hacer cargas de trabajo diferentes. El resultado es una especie de pretemporada en pleno enero. Ya sabemos que, en medio de una pretemporada, hay partidos donde pesan las piernas más que en otros.

Pero claro, por otro lado, en la preparación física influyen muchísimos factores, y uno muy importante es el propio jugador. Un profesional no sólo debe entrenar bien. Debe descansar de forma adecuada, alimentarse correctamente, y cuidar su cuerpo todo el año, no sólo cuando entrena. Debe sacrificarse porque es un deportista de élite. Cristiano, Modric, Kroos, Benzema, Ramos, Casemiro, no han tenido excesivas lesiones en su vida. Al margen de la fortuna, dependen de cómo te cuides.

es una especie de pretemporada en pleno enero. Ya sabemos que, en medio de una pretemporada, hay partidos donde pesan las piernas más que en otro

Cuando Álvaro Arbeloa empezó con el equipo, hace apenas días, lo primero que llevó a cabo fue un manejo psicológico para afianzar la moral y confianza de cada jugador: defenderlos a ultranza, apoyarlos públicamente y hacerles ver que ellos son excepcionales. Si vas a la guerra, tus soldados deben confiar en ti. En los primeros partidos, eso te funciona, y hace que los jugadores salgan a tope de motivación.

Cuando han transcurrido 15 días (Arbeloa coge el equipo el 12 de enero, pero hasta el 13 no es el primer entrenamiento) la preparación física de Pintus hace que las piernas empiecen a pesar, y lo que puedes percibir es lentitud y sensación de estar fuera de forma. Esta última puede incluso proyectar la sensación de escasa claridad técnica. De hecho, en Lisboa vimos que, aunque marcó dos golazos, Mbappé no fue capaz de hacer bien un solo regate de cuantos intentó. Desbordó varias veces por banda, pero no le salió ningún desborde por técnica. Tchouamení, que suele ser de lo más fiable, llegó tarde a muchas jugadas para cortar, jugándose la segunda tarjeta al haber recibido una demasiado pronto y de forma injusta. A Carreras, al margen de que tuvo que hacer frente a dos jugadores todo el partido, porque no recibió una sola ayuda, se le veía desbordado y fuera de sitio. Asencio, el jugador más fiable de los últimos partidos, estuvo mal colocado muchas veces. Jude, que suele ser de los que más corre, lo hizo sin mucho sentido, y apenas aportó calidad al ataque.

Si ves los mapas de calor (en la web de Sofascore, por ejemplo) de Vinicius Jr, Mbappé y Jude, practicamente se movieron por la misma zona, aunque ninguno de ellos bajó a ayudar a Carreras. Se estuvieron solapando por la izquierda. Y todo tiene que ver con lo físico, como tratamos de hacer ver. Ya hemos dicho que no estar bien físicamente afecta a los gestos técnicos, pero también a la táctica. Cuando físicamente no estás bien, la táctica no existe, y no haces caso a lo que te ordenan, fundamentalmente porque no te dan las fuerzas. Tiendes a hacer lo que mejor se te da cuando ves que te superan y estás sobrepasado, y tu cerebro no procesa correctamente la mejor opción, y por eso los tres (Mbappé, Vini y Jude) caían al mismo lado molestándose.

4-2: Mourinho empuja al Madrid fuera del top 8

Es cierto que el Madrid tuvo un 67% de posesión, y que perdieron 53 duelos y ganaron 49, pero los duelos ganados fueron en zona esteril, y la posesión igual, no valía para nada. El Benfica tuvo 12 tiros a puerta y 8 ocasiones claras de gol, frente a las 4 claras, de los 6 tiros a puerta, del Real Madrid.

Los lusos salieron a muerte, y se les veía que se jugaban la vida en cada jugada, con una implicación e intensidad muy alta. El Madrid, creo yo (no tengo por qué tener razón), estaba pesado por lo que he expuesto, y no podía igualar ese despliegue de piernas. En alta competición, eso marca demasiado la diferencia, y lo mejor del partido para nosotros fue el resultado, porque pudo ser más abultado.

Lo positivo que prometí traeros se desprende fácilmente de todo esto. Creo que el Madrid puede estar en una forma física óptima en dos o tres semanas, y esto será muy justo en el tiempo con respecto a la ronda previa que deben jugar por haber quedado novenos. La ida se juega la semana del 16 de febrero, la tercera semana a partir del lunes que viene, y la vuelta en la semana siguiente. Veremos si llegan en el tono óptimo la mayoría de la plantilla y si da para no perder la liga definitivamente estas semanas, así como para no perder toda opción en la Champions por llegar justos a esta ronda.

Está por ver si competiremos como debemos o no. Ahora mismo, no podemos ni tan siquiera competir

¿Quiere esto decir que el Madrid, cuando esté bien físicamente, va a ganar los partidos? No, quiere decir que ahora mismo no está al nivel físico que debe para aguantar el ritmo de alta competición, y mucho más contra un equipo que se deja la vida en cada duelo, como pasó en Lisboa. El hecho de que estén en el nivel físico requerido hará que puedan disputar los duelos con la misma intensidad y nivel físico que los rivales, pero ahí ya entrarán el resto de factores que lleva aparejados un partido de máxima competición, y se verá lo que pueden hacer.

De momento, dejemos que Arbeloa y Pintus trabajen, y demos un margen adecuado para ver resultados. Está por ver si competiremos como debemos o no. Ahora mismo, no podemos ni tan siquiera competir.

 

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Buenos días. A lo mejor nos hemos equivocado pensando que teníamos los ingredientes apropiados para remontar el vuelo. A lo mejor resulta que no hay carácter en estos jugadores, que tienen razón los agoreros y que solo juegan cuando quieren, que al final el fútbol es “menos millones y más cojones” y la razón asiste al cuñadismo y a quienes no quieren ver grises, tan solo negruras condenatorias. A lo mejor tienen razón. A lo mejor los cuñados no son tan cuñados, y somos nosotros quienes estamos errados tratando de esquivar la simplicidad de las cosas.

A lo mejor fuimos ingenuos pensando que los futbolistas del Real Madrid (del Real Madrid, del putísimo Real Madrid) calibraban la importancia del partido de ayer como merecía, y que ponían su orgullo (¿su orgullo?) al servicio de ese entendimiento. A lo mejor nos hemos confundido pensando que merecían una defensa frente a quienes les pitaban durante noventa minutos. Seguimos pensando que pitar durante noventa minutos es contraproducente para tu equipo, pero ya hemos entendido, primero, que a los que pitan no les importa la suerte de ese partido concreto sino tan solo desahogarse, probablemente con razón, y, segundo, que no es descabellado pensar que con arreglo a su manifiesta desidia, con arreglo a su jugar solo cuando quieren, merecen una reprimenda semejante. A lo mejor resulta que no merecen que La Galerna, o quien sea, abogue por la moderación en esa pitada, o pretenda acotarla en tiempo y/o decibelios. El sábado se prepara una buena en el Bernabéu, se prepara otra buena, mejor dicho, y la verdad: nos hemos quedado sin argumentos para aconsejar lo contrario.

En un choque pésimamente jugado por los de Arbeloa, sin actitud, sin intensidad, sin acierto táctico ni técnico, el Benfica propinó un buen repaso a los nuestros, coronado por un gol del portero ucraniano del equipo lisboeta que, de manera épica, les permito a ellos su objetivo de clasificarse in extremis. Nuestro equipo, en cambio, desperdició de forma intolerable la ocasión de evitar una ronda más de Champions, quedando fuera del Top8 cuando un simple empate ante un equipo netamente inferior (ayer no lo pareció) habría bastado para entrar directamente en octavos.

Tan cierto es que la competición no está perdida aún como que es imposible escapar a la frustración de la ocasión perdida y de la indignación ante el ridículo cosechado en términos de juego y autoestima. Tras una mala temporada el año pasado, transitamos en esta por un durísimo viacrucis en forma de montaña rusa: cuando parece que remontan el vuelo, se cascan un Albacete o un Benfica. Esto es insufrible, y a lo mejor nos equivocamos pensando que hay sentimiento en estos jugadores, que hay profesionalidad y decencia hasta el punto en que pensábamos que las había. Porque estas vertiginosas subidas y bajadas, esta concistencia en la inconsistencia, ya solo se puede explicar en términos de falta de fuste, de ausencia de enjundia, de la más completa falta de carácter. Son jugadores que han participado, pese a la juventud de la mayoría, en muchas glorias del club, pero acerca de los cuales es legítimo preguntarse, ahora mismo, si merecen lucir el escudo del mejor equipo del mundo. Un equipo que descerraja exhibiciones como la del Mónaco o la del Villarreal, y después hace esto, solo permite acceder a la conclusión de que juegan cuando quieren. A la conclusión, en otras palabras, de que no merecen llevar esa camiseta, porque llevarla significa querer dar lo mejor de uno mismo siempre. Absolutamente siempre.

A lo mejor nos hemos equivocado también pensando que nuestra gerencia acierta en su esfuerzo por tener la mejor plantilla posible. Va a pasar otro mercado de invierno sin que dicha gerencia se inmute, cuando parece evidente el bien que le haría a la escuadra el fichaje (o la cesión, que no acarrearía coste alguno como tal) de algún centrocampista y/o defensa central. Sí las lesiones nos respetan y la plantilla recupera valores como la entrega y al sacrifico (y a día de hoy parecen dos condicionales muy condicionales), todo podría salir finalmente bien, o más o menos bien. Sí falla cualquiera de esos dos supuestos (y ambos tienen pinta de fallar), harán falta refuerzos. Las gerencias deportivas deberían ser como los defensas. Es decir, pesimistas.

A lo mejor nos habíamos equivocado también pensando que los arbitrajes UEFA no eran como los de la Mugrienta Liga Negreira. La prensa no habla de esto, claro, porque cómo van a emitir nada que pueda servir de atenuante a la culpa blanca, pero el penalti que señalan a Tchouaméni no nos habría extrañado lo más mínimo en el silbato de un Hdez Hdez o de un Soto Grado. Inenarrable. Parece que la nueva amistad entre Ceferin y Laporta está surtiendo efecto, a la manera en que los tejemanejes con UNICEF por medio rindieron fruto en el pasado. En cualquier caso, como decía Arbeloa al final del encuentro, la actuación de nuestros hombres resultó tan penosa que el cuerpo no pide hablar de arbitrajes. Al menos no hoy.

Cerramos, precisamente, con el equipo de Laporta, y con la euforia que sus huestes mediáticas muestran ante la clasificación en el Top8 de su club. Lograron lo que nosotros no fuimos capaces de conseguir forzando cuando menos un pírrico empate, lo cual nos habría bastado de no haber especulado melindrosamente, al abrigo del resto de resultados. Al final, los otros  resultados se torcieron también, y nos lo tenemos bien merecido, como reconocía Mbappé al término del choque.

Los diarios cataculés celebran con idéntico júbilo su clasificación entre los 8 primeros y nuestra no clasificación en dicho grupo. Ellos son así y, como pasa con el arbitraje, lo menos que hoy pide el cuerpo es meterse con el culerío. Bastante tenemos con los nuestro.

Pasad, dentro de lo que cabe, un buen día.

Courtois: notable. Evitó una goleada más escandalosa.

Valverde: aprobado. En la tónica del equipo.

Asencio: aprobado. Asistencia, ocasión y buenas acciones, pero no estuvo acertado en el primer gol y acabó expulsado.

Huijsen: suspenso. Melifluo. Le sustituyó Alaba.

Carreras: aprobado. Por su flanco llegó mucho peligro luso. No solo responsabilidad suya.

Güler: bien. Asistió a Mbappé en el segundo gol.

Tchouaméni: notable. Bien en defensa y ataque. Le lastró la amarilla tan rigurosa como tempranera.

Bellingham: suspenso. Le puso ganas.

Mastantuono: suspenso. Combinativo. Las jugadas solían acabar cuando llegaban a él.

Vinícius: suspenso. Desacertado en ataque e inoperante en defensa.

Mbappé: notable. Perdió numerosos balones, erró pases pero anotó dos goles en Champions.

Camavinga: aprobado. Tuvo que sustituir a Tchouaméni, cargado con una amarilla surrealista.

Rodrygo: aprobado. Reavivó mínimamente el partido prendiendo la jugada del segundo gol. El árbitro lo echó probablemente por describirlo de alguna manera sincera.

Alaba: sin tiempo.

Cestero: sin tiempo.

Brahim: sin tiempo.

Arbeloa: aprobado. Superado por Mourinho.

 

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Arbitró un italiano cuyas siglas son D.M. En el VAR estuvo su compatriota Marco Di Bello.

Llegó con una clara intención de ser más casero que los flanes y lo logró. Un arbitraje lamentable y asqueroso.

Listón desigual en las faltas, criterio distinto en las tarjetas y no digamos ya en las caídas dentro del área. Estaba con ganas de pitar un penalti a los encarnados desde que saliera de su casa en Italia.

La amarilla a Tchouaméni en el minuto 2, una broma. El codazo de Dedic a Vinícius, nada. Tampoco era el penalti de Bellingham a Prestianni y lo pitó. El del VAR le hizo pasar vergüenza ajena. Al final del primer tiempo, Otamendi cayó por nada ante Tchouaméni y ahí ya sabía que el VAR no podía entrar. Peligrosamente preparado su acción para decretar pena máxima. Vomitivo.

En la segunda parte acribilló a tarjetas a los blancos. Asencio dos y a la calle. Rodrygo se debió de acordar de su madre y enfiló también los vestuarios. Si caía un jugador madridista, que se levantase, si era un benfiquista, falta. Como la última de Bellingham a Aursnes que te entra la risa floja al verla. Los otros que se marcharon amonestados fueron Huijsen, Carreras y Dahl.

Una actuación de un verdadero golfo. Poco más que añadir. Omitiremos su nombre en la calificación porque ni se merece tratarle con respeto.

El italiano, DESPRECIABLE.

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