Por una vez hubo justicia merced a entrenadores, jugadores y aficionados y Vinícius Jr. fue el ganador del premio The Best, el galardón que viene a ser el Balón de oro de la FIFA y cuyo sistema de votación debería ser argumento suficiente para darle a dicho premio un mayor estatus y prestigio que el anhelado premio dorado. En el fútbol sucede lo contrario que en el cine, donde los Globos de Oro han conseguido la aceptación general del público de “antesala de los Óscar” a pesar de ser, hasta hace un par de años al menos, una mera asociación de algo menos de 200 periodistas, por los más de 7000 miembros con los que cuenta la Academia de cine de Hollywood. En el mundo del fútbol, por pura y fría lógica, el Balón de Oro debería ser el Globo de Oro y, por tanto, la antesala del premio de la FIFA, pero por algún extraño motivo que se nos escapa a los que intentamos hacer acopio de un mínimo de coherencia, sucede exactamente al revés. Quizás sea la mayor antigüedad del premio, el misticismo del mismo o incluso hasta el diseño del trofeo, pero el caso es que todo jugador sueña de niño con ganar la pelotita dorada y en los contratos de los jugadores los agentes se precian de incluir cláusulas o bonus por obtener dicho galardón.
Aquí encontramos la segunda incoherencia: que un agente ponga en manos de una caterva de periodistas, cuyo corte hemos podido comprobar reciente y sangrantemente sesgado, los futuros emolumentos extra de su representado es, cuando menos, un acto intelectualmente cuestionable. Y lo es principalmente por la madre de las incoherencias en la que estamos a punto de adentrarnos: los criterios de elección de los ganadores.
En los últimos años hemos podido asistir con un no poco estimable grado de estupefacción a una miríada de incongruencias a la hora de comprobar los ganadores de los premios individuales del fútbol, amén de esos indómitos y cambiantes criterios de elección del ganador que, aunque ahora nos parezcan propios de esta era, en realidad siempre han estado ahí.
No en vano, en el año 2001 se produjo una de las injusticias deportivas más llamativas y dolorosas para el madridismo cuando Raúl, que había sido el jugador más destacado del año siendo el mejor delantero y máximo goleador tanto de la Champions League como de la liga española, perdió el Balón de oro ante un Owen, que presentaba una Copa de la UEFA como principal aval. No es broma, remarco tanto para los que no lo vivieron como para los que decidieron borrar tan infausto y ridículo recuerdo de su mente. La explicación más acertada acerca de cómo pudo suceder esto la dio en su momento el periodista de Mundo Deportivo, Paco Aguilar, que recomendó al madridista en su día conceder una entrevista a France Football para “darse a conocer al mundo y a los periodistas de países remotos” que votaban y apenas si seguían la liga española en comparación con la Premier League. Raúl, poco dado a entrevistas, se negó. Owen la hizo y el desenlace ya es historia. Infausta y ridícula, me permito repetir.
Si aunáramos todos los criterios del Balón de Oro, seguramente el ganador debería haber sido Bellingham
Todo se reduce al verdadero gran enemigo contra el que se ha tenido que enfrentar el Real Madrid sin darle un segundo de tregua, que no es otro que el relato. Como sucede con los premios de cine, cuya carrera hacia ellos muchos actores han catalogado como una verdadera campaña política, todo depende de la narrativa. No importa que Brad Pitt haga de Brad Pitt en Once upon a time in Hollywood y que su mejor interpretación secundaria llegara un par de años más tarde en Babylon; cuando Hollywood decide que es el año de alguien, su camino hacia los premios es sencillamente insoslayable.
En el fútbol hemos podido comprobar un acontecimiento de similar índole recientemente con Rodri. De alguna manera que se nos escapa a todas luces a la comprensión a los aficionados de este deporte, el mediocentro madrileño ha adquirido cierta condición de jugador de culto que le ha permitido ostentar un reconocimiento mundial, que aprovecha todo cultureta mainstream para decir de él que es el mejor jugador del mundo. Saber de fútbol equivale irrefutablemente a decir que Rodri ha sido el mejor en un partido en el que Haaland ha marcado 4 goles y Foden ha dado 3 asistencias porque ha sido el jugador que ha dado equilibrio al equipo y ha permitido controlar el encuentro, dos frases que gustan mucho a este tipo de aficionados en concreto.
El relato cala y lo hace incluso en personas que entienden este deporte y saben de él hasta el punto de que, en la votación de los entrenadores en el premio The Best, Rodri se ha impuesto a Vinícius, aunque por escasos votos. No importa que Vinícius haya sido con mucha diferencia el jugador más desequilibrante del año y el mejor jugador del mundo porque la narrativa se ha impuesto por encima de la realidad, porque si colocas a Rodri en el Real Madrid y a Vinícius en el City, lo más probable es que los ingleses estuvieran aun celebrando su segunda Champions consecutiva y no al revés.
Ya sucedió en la Eurocopa, cuando la narrativa se volvió a imponer a la realidad y se le concedió a Rodri el premio al mejor jugador del torneo cuando su nivel estuvo por debajo del de Fabián (para mí el mejor jugador de la Roja en el torneo continental), Nico Williams, Yamal o incluso Olmo. A pesar de eso e incluso de lesionarse en la final y no notarse su ausencia, el trofeo acabó inexplicablemente en sus vitrinas.
También se impone esta narrativa a los propios criterios de elección del Balón de Oro, donde en primer lugar se premia el rendimiento individual de los jugadores (donde ganaría Vini), después el rendimiento colectivo (donde ganaría Carvajal) y por último el fair play, donde desde luego no debería ganar un jugador que en la celebración de un premio lo primero que hace es burlarse de su rival o acudir a las radios patrias a instruirle con una serie de lecciones morales que posteriormente es incapaz de aplicarse a sí mismo. De hecho, si aunáramos todos los criterios, seguramente el ganador debería haber sido Bellingham, mejor jugador de la liga, fichaje del año, ganador de liga y Champions, mejor jugador joven de la misma, y final de una Eurocopa en la que llevó a la Inglaterra más ramplona jamás vista a la final marcando el gol del torneo con una chilena que salvó a los británicos del abismo. Nada de esto ha importado.
Los premios The Best han sido algo más justos, principalmente porque el mejor jugador del mundo ha sido reconocido como mejor jugador del mundo, que es de lo que se supone que deben de tratarse este tipo de galardones
Los criterios que le han dado a Rodri el premio dorado son los mismos que no hicieron lo propio con un Jorginho que ganó lo mismo pero sumando la Champions. Aquel año la Eurocopa debió ser menos trascendental que este. Tampoco valieron el año pasado, cuando el propio Rodri pudo ganar tras conseguir todo título existente con el City marcando incluso en la final de la Champions el gol de la victoria.
Podría seguir enumerando incongruencias de este tipo, pero encuentro más estimulante continuar con esa verdad para la que seguramente no esté preparado el mundo del fútbol: el año de Rodri no es ni para podio de ningún gran premio. A nivel individual es absolutamente ridículo compararlo no ya con Vinícius y Bellingham, cuyo rendimiento ha estado a años luz del del mediocentro, sino incluso con el de jugadores como Carvajal, Haaland (que ha seguido batiendo unos récords estratosféricos en la Premier a los que se le daban más valor cuando los autores eran Cristiano o Messi), Mbappé (no olvidemos que fue el máximo goleador de la Champions), Harry Kane (cuyo año en el Bayern fue descomunal) o incluso, si de lo que se trataba este año era de premiar a un jugador de culto, el propio Toni Kroos, del que creo que no había mejor año para premiarle, siendo el cerebro de un Madrid que ganó todo y que devolvió la competitividad a una Alemania que llevaba un tiempo perdida y que volvió a encontrarse a sí misma, siendo junto a España la única selección que mostró un nivel propio de un torneo de tal entidad.
Es curioso en este caso que, aunque se ha recalcado lo necesario que era Kroos en este Madrid tras el mal comienzo de temporada del equipo blanco, ni de lejos se ha recalcado el drama que ha supuesto para el City la lesión de Rodri, cuando lo cierto es que el equipo de Guardiola mantuvo un muy buen nivel durante el mes posterior a su lesión y no se cayó hasta entonces. En la selección española, por cierto, han caído Rodri, Carvajal, Nico, Lamine, Olmo y otros jugadores importantes y el nivel del equipo no se ha resentido.
Los premios The Best han sido algo más justos, principalmente porque el mejor jugador del mundo ha sido reconocido como mejor jugador del mundo, que es de lo que se supone que deben de tratarse este tipo de galardones, pero tampoco escapan a la más absoluta sinrazón cuando uno ve que colocan (no hay otra manera de describirlo) a un Messi absolutamente irrelevante en el fútbol profesional como el sexto mejor jugador de 2024, a Emiliano Martínez como mejor portero del mundo cuando sus habilidades como arquero son bastante limitadas o, de nuevo, a Rodri en segundo lugar cuando su año futbolístico no daba para colocarlo entre los grandes jugadores del mismo.
Por supuesto es legítimo alegrarse por Vini, cuya alegría es la nuestra y al que seguramente le venga muy bien este premio a nivel emocional y motivacional, y por la justicia de un premio que el brasileño se merecía más que nadie, pero no perdamos vista la perspectiva que nos permite dilucidar lo que son estos premios: una forma de autobombo que tienen France Football, FIFA y demás organizadores para ofrecer al mundo la imagen que les interese en cada momento y colocarse de nuevo delante de los focos rodeándose de los que son y deberían los verdaderos protagonistas: los que verdaderamente hacen que siga rodando la pelotita que es este mundo del fútbol. Porque el relato podrá ganar estos premios, pero los títulos los ganan los mejores.
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Buenos días, amigos galernautas. Duro oficio el del portanalista, que siempre conduce al más inquietante desvelo cuando uno, removiéndose entre sábanas, sabe que al alba le aguardan las más desvergonzadas e impredecibles portadas de nuestra ínclita prensa deportiva. Anoche, sin embargo, insomne y temeroso de la visita onírica de Freddy Krueger, fui capaz, viejo pellejo, de encontrar una luz en la oscuridad, sabedor de que tal día como hoy se reúnen en un campo de fútbol las dos entidades deportivas que más y mejor nos quieren. Un FC Barcelona-Atlético de Madrid es un simpar generador de primeras planas horteras y/o grandes titulares tan vacíos como la palanca de Farsa Studios o la presunta vitrina de Orejonas del Metropolitano. Todo son ventajas porque el chiste, mofa y escarnio fluye mejor en portanálisis así que en otros donde las portadas repasan qué cereales desayunó Lionel en Sabadell o se vanaglorian de fastuosas galas a las que los premiados no acuden a recoger sus premios. Es más, con este “duelo por la Liga”, “batalla en la cumbre”, “liderazgo en juego” o lugar común similar es más que probable que nuestro Real Madrid pase por una vez un sábado portanalítico tranquilo. No caerá esa breva. Pasen y vean. La Galerna no miente.
En cuanto a horterada con brillantina y reflejo de celestial cometa en esquina superior derecha, pocos pueden rivalizar con el hacedor de primeras páginas de As, que hoy culmina su obra con una escalera de color colchonerograna que inicia un polaco circunspecto y completan tres futbolistas boquiabiertos que parecen una promoción por el cuidado de la salud dental. Poco más que añadir aquí salvo la castiza chulería de Florentino en los bajos que comentaremos más adelante cuando descansemos los ojos de tanto brilli-brilli.
En contraposición se le agradece el esfuerzo a Marca por generar su propio contenido y llevarlo a portada frente al gandul collage de sus colegas de la meseta. El titular ya es otra cosa en tanto que la noticia sería precisamente en sentido inverso: un futbolista al que le guste perder. Muy atlético eso ahora que lo pienso. En cualquier caso, ahí lo tienen. Es el flamante fichaje cholesco del verano; Julián Álvarez, alias “La Araña”, no precisamente por Spiderman, suponemos, sino más bien por su rictus de Peter Parker en su modalidad pringao tras las faldas de Mary Jane.
Del noble arte del pringue saben mucho en la pequeña aldea de la esquinita superior derecha que resiste (¿siempre?) al invasor madridista. Y lo cierto es que si uno se detiene en ambas cabeceras sportivas catalanas acaba por deshacerse en suspiros y efluvios de admiración. Lo cierto es que no queda más que quitarse el sombrero ante la telepática simbiosis intelectual de ambos periódicos a la hora de escoger el titular más ramplón, chusco y simplón posible. Anoche, al parecer, se estrujaron poco los cerebelos en la Rambla. “De Champions” o “Como si fuera de Champions” es el shakesperiano debate que proponen Mundo Deportivo —que además apuesta por un duro campeonato de ojeras donde Flick se impone con solvencia al trasplantado capilar del Manzanares— frente a un Sport que siempre se guarda la mayor maledicencia del día para acordarse del Real.
Algún palito nos tenía que caer hoy porque por mucha apología y mucho cantar de gesta que se entone a propósito del Barça-Atleti todos sabemos que no pueden vivir sin su ración de merengue.
Que dice Sport, a cuenta del encuentro navideño de Super-Floper con la prensa, que el Real Madrid se refugia en los títulos. Enhorabuena, madridista: es usted un refugiado. Nos ha fastidiado. ¿Dónde nos vamos a refugiar si nosotros no tenemos palancas que nos den sombra? ¿Si no tenemos esencias que guardar en frascos de cristal de bohemia?
Si… ¿No lo podemos entender?
Lo que sí entendemos son 57 títulos en 14 años. Os números no mienten, que diría Cristiano.
Qué bonito sería ver palmar a dos esta noche bajo la luna de la Ciudad Condal, pero como eso no puede ser… ojalá palmen ambos igualmente.
Hala Madrid.
El Real Madrid femenino confirmó su presencia en los cuartos de final de la Copa de la Reina tras vencer (0-2) al Villarreal CF en el enfrentamiento, a partido único pero muy desigual, disputado en Castellón. Los goles de Alba Redondo y Teresa Abelleira, uno en cada mitad, fueron más que suficientes para unas madridistas que pudieron jugar a medio gas.
Apenas tres días después del intensísimo y muy disputado partido de Liga de Campeones contra el Chelsea, en el que las futbolistas del Real Madrid femenino se fueron a casa sin premio tras vaciarse sobre el campo, la expedición blanca se vio obligada a subirse en un tren en dirección este para jugar un último compromiso antes de Navidad. Allí esperaba un Villarreal CF en proceso de recomposición tras su descenso de categoría y que habría dado por bueno cualquier escenario tras alcanzar los octavos de final de la Copa de la Reina. Si la evidente diferencia de nivel entre ambas plantillas no ayuda en nada a fomentar el entretenimiento en un duelo de estas características, menos aún lo hace que el equipo superior llegue al estadio todavía renqueante a causa de la fatiga física y mental que le supuso la batalla ante el campeón inglés.
Ante ese panorama, el papelón fue absoluto. Para el equipo local, sentenciado de antemano y obligado a sufrir durante noventa minutos; para el Real, abocado a superar el trámite como quien rellena una montaña de formularios burocráticos; e incluso para el espectador, que contempla todo eso como la clásica película navideña de sobremesa. El Villarreal se cobijó desde el primer minuto con un 4-5-1 de líneas muy juntas, encerrado en su campo y tirando de prismáticos para ver a la portera Mylène Chavas, titular en lugar de Misa Rodríguez. La francesa, reducida al papel de espectadora a falta de ocasiones sobre su meta, contempló desde cerca el vaivén de lado a lado con el que sus compañeras movieron el balón buscando una grieta en la muralla amarilla.
A pesar de contar sobre el césped con Eva Navarro y Athenea del Castillo en bandas, junto a Naomie Feller y Alba Redondo más centradas, la media hora inicial se consumió sin que el Madrid encontrase o quisiese encontrar el ritmo y la verticalidad necesarias para abrir el marcador. Por entonces Montse Quesada, la guardameta local, únicamente había sido requerida para atajar balones centrados sin peligro, pero el Real era el único equipo con la contraseña para cambiar el signo del partido.
En concreto, bastó con que Teresa Abelleira quisiese iniciar sesión para decantar la eliminatoria del lado madridista. Y es que, en cuanto se superó ese minuto 30, la gallega lo hizo (casi) todo en una misma jugada para poner el cero a uno. Sucesivamente, interceptó un balón en el centro del campo, regateó de tacón para zafarse de la presión, progresó en conducción para romper la siguiente línea y completó su intervención sirviendo una asistencia por alto con la que superar a las centrales. Ante tal despliegue de recursos, a Alba Redondo solo le quedó la responsabilidad de resolver el uno contra uno con la portera para apuntarse el gol.
Nada cambió tras la reanudación de la segunda parte y, visto en retrospectiva con algo de ventajismo, quizás Alberto Toril debió haber sido más radical en sus rotaciones, pues Maëlle Lakrar salió lesionada en el 70 cuando diez minutos antes el partido ya estaba más que sentenciado. De nuevo el protagonismo corrió a cargo de una Teresa Abelleira decidida a ser ella, brazalete de capitán en ristre, quien disipase la mínima incertidumbre que generaba un resultado tan exiguo. La centrocampista trotaba por su zona de influencia cuando vio cómo Quesada, en apuros ante la presión rival, despejó un cuero que fue a parar a sus botas. Si la ‘3’ ya de por sí confía con razón en su gran disparo desde lejos, la visión de una portería abierta de par en par fue más que suficiente para volver a probar desde muy lejos; esta vez, casi sin suspense.
No había dudas: el balón acabó en la red, sus compañeras alzaron los brazos y Abelleira, eso sí, más que celebrar gesticuló como quien por fin puede irse a casa a dejar de pasar frío. A casa y al parón de Navidad con la clasificación para los cuartos de final en la mochila. En 2025 llegará una vez más el momento de la verdad para el Real Madrid femenino.
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Seguro que muchos de nuestros lectores habrán escuchado la simpática frase que afirma, sin pudor, que “es más fácil ganar la Liga doméstica que la Liga de Campeones”, ya que ésta “solo alberga cinco partidos difíciles”.
La estupidez del argumento se evidencia solamente advirtiendo el número de trofeos de Liga de Campeones que exhiben en sus vitrinas los Clubes amados por los voceros, normalmente infaustos culés que solo persiguen opacar la época Negreira, o ingenuos atléticos que sueñan con ganarla, al menos, una vez en su vida. (¡Ay, Lisboa!).
Claro que ni siquiera ellos mismos se lo creen, pero debe ser realmente duro ver cómo el Club al que odias de manera irracional se proclama campeón de Europa nada menos que seis veces en diez años.
Es sin duda más astuto atacar al Campeonato que al Campeón, despreciando su innegable dificultad, pese a que quien lo expresa no haya olido en muchos años (o nunca) el aroma de La Orejona.
En estas últimas horas hemos asistido a un nuevo y más moderno ultraje; la Copa Intercontinental es una pachanga fuera de estación, que se juega contra unos amables mexicanos que no pasarían de nuestra extinta Segunda División B.
No es preciso profundizar en lo que todo el mundo sabe¨, es decir, que para jugar ese partido primero hay que ganar la Liga de Campeones (salvo nuestro sociable vecino, que jugó -¡y ganó!- por incomparecencia alemana).
Pero hete aquí que también el Real Madrid es el Club más laureado de este Trofeo. Nadie superaba al Real en Ligas, ni en Copas de Europa, y desde el miércoles tampoco le iguala ningún otro club del mundo en Trofeos Intercontinentales. Indigerible.
Y como el diagnóstico es extra de bilis, la solución ocurrente es minusvalorar el Campeonato, aunque ellos matasen por poder siquiera disputarlo.
Parece un contrasentido, y ciertamente lo es; pero compadezcámonos de los antis, que continuamente ven coronarse al Real en los torneos más importantes.
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Buenos días, amigos. El Real Madrid acaba de proclamarse campeón de la Copa Intercontinental y la prensa patria, salvo honrosas excepciones, ya anda afanándose en la tarea de pasar página. Lógico. No les interesa resaltar los logros del club al que abiertamente se enfrentan, ni que se prolonguen más de lo estrictamente necesario las loas al campeón.
Además, la Intercontinental vino inmediatamente precedida por la concesión a Vinícius del Premio The Best de la FIFA, lo cual escuece todavía más a unos medios que han negado el pan y la sal al brasileño, tratando de convertirle en culpable de los ataques que ha sufrido y poniéndole “en el foco” justo cuando sufría los ataques racistas más intolerables. Valga traer a colación aquella vergonzosa portada de Marca que les va a perseguir hasta el fin de los tiempos.
Marca, precisamente, querría hoy continuar alabando a Vini y poniendo en valor tanto el galardón recién recibido como la Intercontinental, pero un asunto de rabiosa actualidad se ha interpuesto en el camino.
En efecto, amigos. Marca no puede seguir ocupándose de Vini porque tiene cosas más urgentes a las que prestar atención, a saber, el árbol de Navidad de Cucurella, que aparece sentado junto a él con una reproducción de la Eurocopa recién ganada por España. Cuando decimos recién ganada queremos decir el verano anterior. La rabiosa actualidad del árbol de Navidad de Cucurella.
Dice Cucurella que le hace feliz sacar una sonrisa a la gente. Mira qué bien. Agradecemos mucho al melenudo y excelente lateral izquierdo del Chelsea sus risueñas aspiraciones, aunque nosotros para reírnos preferimos al Lobo Carrasco. Muchas gracias de todos modos. De verdad.
En todo caso, hay cosas peores que el rápido pasar de página de Marca sobre el nuevo título blanco y el logro individual de Vini. Nos referimos a aquellos periodistas que acompañan sus felicitaciones con la boca pequeña de leccioncitas morales que no nos pueden resbalar más y, lo que es mucho más importante, que no le pueden resbalar más al propio Vini.
Sí, nos referimos a esos periodistas que vienen ahora con un cuento parecido a este: “Está bien, Vini, reconoceremos por fin que eres bueno, o hasta muy bueno, pero tienes que cambiar. Sí, te lo decimos nosotros, los mismos que durante lustros miramos hacia otro lado ante las cafradas sobre el césped de tipos como Luis Suárez”.
Un buen ejemplo de esta actitud, risible por cuanto a nadie le importa lo que diga esta gente, y menos que a nadie al interesado, fue la de Pacojó en la SER.

Muy bien, Páter. No se preocupe porque Vini hará examen de sus pecados, acto de contrición y propósito de enmienda mientras baila sobre la lápida del periodismo tradicional, ese que, como los fiambres de El Sexto Sentido, no sabe que está muerto.
Y poco más que contaros por hoy, queridos amigos. As tiene la decencia de dedicar su primera plana al protagonista del momento, y la prensa cataculé está a sus cosas.
Pasad un buen día.
El Real Madrid llegaba a Catar, exactamente a la ciudad de Lusail, con el deber de volver a hacer historia, con la obligación de conquistar la correspondiente edición de la Copa que inició su andadura allá por 1960, cuando los Di Stéfano, Puskas, Gento, Santamaría, Herrera y compañía alzaban al cielo velazqueño de Madrid la primera Copa Intercontinental de la historia.
Después de reconquistarla en 1998 con el famoso gol del aguanís, genialidad del no menos
genial Raúl González, y volverla a ganar con la irrupción cuan manada de búfalos en el área (Valdano dixit) de Ronaldo Nazario en 2002, tras un cambio de denominación y de formato, ha vuelto este año y, como el Real Madrid
siempre vuelve a sus citas, tras conquistar la Copa de Europa de Londres en 2024, tocaba enfrentarse al Pachuca mexicano, equipo que, aunque no esté en estos momentos en sus mejores tiempos, fue un dignísimo rival de los blancos,
ya que se cargaron previamente al Botafogo brasileño, campeón de la Copa Libertadores, y al Al-Hilal, sempiterno campeón egipcio y de África, el Real Madrid africano, que le llaman por aquellos lares.
Pues sí, se ganó, se ganó de una manera plácida con goles de Mbappé -final que toca con el Real Madrid, final en la que moja-, Rodrygo, que empieza a afinar la pierna derecha para zambombear las porterías rivales, y Vinicius, que, jalonando su reciente premio The Best, no quiso perderse la fiesta del gol, aunque fuera desde el punto situado a los once metros de la portería.
El partido sirvió para varias cosas. La primera, para incrementar el palmarés del Real Madrid, siendo, con cuatro, el club con más Copas Intercontinentales del Orbe y, si sumamos los mundiales de clubes ganados, podemos decir que, con nueve entorchados, es el mayor campeón del Mundo de este mundo futbolístico, vamos, que es el mayor campeón del mundo mundial que existe en el mundo. Por otro lado, el partido sirvió para que Luka Modric se convirtiera en el capitán
más veterano en levantar un trofeo con el Real Madrid, a sus 39 años y 100 días, consiguiendo, a su vez, el trofeo nº 28 de su carrera de blanco, lo que le atribuye el no menor título de jugador más laureado de la historia del Real Madrid.
Siguiendo con el baile, el presidente, Florentino Pérez, llegó a su título nº 65 entre los primeros equipos de fútbol y baloncesto, siendo ya el presidente que ha colocado en las vitrinas blancas más títulos en toda la la existencia del club.
Pero, estando más feliz que en brazos por la consecución del título, después de alzar los brazos al techo de mi casa y darle un abrazo apretao a mi hijo al terminar el partido, no sin antes volver a emocionarme (sí, de lágrima por la cara, que uno es así de sentío), cuando nuestro croata favorito levantó la copa al cielo catarí (que te ví) y sentir el enorme agradecimiento hacia mi padre por haberme hecho madridista, después de todo esto, me quiero parar en el gran
denostado por el vinagrismo sociológico universal que nos infecta cada día en redes sociales, que nos amarga la existencia sólo con su presencia y con su pesadez pesimista, que desea lo peor por tener razón y decirlo. En una palabra, me quiero parar en don Carlo Michel Angelo Ancelotti, italiano de Reggiolo, de 65 años de edad, que dirige la nave blanca con una fiabilidad digna de los mejores coches alemanes de toda la vida.
Carlo Ancelotti ha entrenado al Real Madrid, contando la actual, en seis temporadas, y en todas ellas, EN TODAS Y CADA UNA DE ELLAS, al menos, ha llevado al equipo a conquistar dos títulos. A saber:
2013:14: Copa de España y Copa de Europa
2014/15: Supercopa de Europa y Mundial de Clubes
2021/22: Liga, Supercopa de España y Copa de Europa
2022/23: Copa de España, Supercopa de Europa y Mundial de Clubes
2023/24: Liga, Supercopa de España y Copa de Europa
2024/25: Supercopa de Europa, Copa Intercontinental y….. lo que venga.
Esto significa que Carlo Ancelotti ha hecho lo que ninguno de los 49 técnicos que se han sentado en el banquillo blanco en la historia del club. Nadie, repito, nadie, ha conseguido esta hazaña jamás dirigiendo al Real Madrid. Por otro lado, el transalpino, con el título de ayer, consigue su 15º entorchado como entrenador blanco, lo que le hace superar nada más y nada menos que a un tal Don Miguel Muñoz Mozún que, para los neófitos, era el entrenador más laureado del Real Madrid de siempre. Cómo será la cosa de tremenda, que Miguel Muñoz necesitó dirigir 605 partidos oficiales a los Di Stéfano, Puskas, Gento, Amancio, Pirri, Santillana y compa ñía para alcanzar 14 títulos, pues bien, nuestro masticador de chicles favorito lo ha conseguido en tan solo 316encuentros, poco más de la mitad. Esto significa que, Carlo Ancelotti, cada 21 partidos que dirige, trofeo que levanta. Una verdadera barbaridad.
Todo esto es presente blanco, no, no es pasado, como los vinagres quieren decirnos, no, no esta caduco el italiano, como los vinagres nos presentan, esto, amigos míos, es PRESENTE MADRIDISTA, más presente que nunca, más
presente que lo que estoy escribiendo en este momento. Sí lo repito, PRE-SEN-TE. Y digo esto para reclamar, con todas mis fuerzas, RESPETO por el entrenador del Real Madrid. Si, respeto, eso que la gente exige a la primera de cambio y
que luego tira a la basura cuando se pone a escribir en X su bilis insultando, denostando, mofando, menospreciando y deseando toda suerte de males a este regalo del fútbol que tenemos en el banquillo.
Miren, yo quiero más Ancelottis y menos vinagres, más títulos y menos amargura, más momentos de felicidad como los quince que he disfrutado con este señor en el banquillo y menos momentos de angustia y pesar. Yo quiero, amigos míos, seguir disfrutando del Real Madrid como lo hago a diario, gane, pierda o empate. Quiero seguir yendo con la cabeza altísima por la calle sabiendo que mi equipo es el mejor y que lo demuestra andando, esto es, teniendo que hacer obras de expansión de la sala de trofeos cada dos por tres y no con filosofía barata, gustos absurdos y deseos de jubilación del hombre que hace que ellos, los vinagres, también se sientan orgullosos de ser madridistas.
Por todo ello, larga vida a Carlo Ancelotti en el banquillo del Real Madrid. El italiano, con todos mis respetos, creo que se ha ganado el derecho a seguir en él hasta que quiera. Se ha ganado el respeto de todos los que somos madridistas. Se ha ganado el crédito de empezar una temporada con más o menos acierto. Se ha ganado el derecho, sí, el derecho, de dirigir a este club, el de mis amores, el de los amores de muchos de los que me leen, hasta que el cuerpo o las ganas le aguanten. Se lo ha ganado. Meritocracia de la de verdad. Enhorabuena, míster. Les dejo, y como siempre dice mi amigo Javi, que sigue con sus averías, ser del Real Madrid es lo mejor que una persona puede ser en esta vida. ¡Hala Madrid!
Ser del Madrid y sufrir es como comprarse un Ferrari y respetar los límites de velocidad. O sea, una cosa o la otra. Ya saben: o multa o bronca, señor agente. Pues no. El madridismo avinagrado, que tiene una vis expansiva que ríase usted de la del derecho de propiedad, es la constatación de que la contradictio in terminis es consustancial al ser humano, incluso en esa versión más elevada de la especie que es la madridista. Pero no deja de ser sorprendente. Darse un paseo por tuiter en día de partido es un viaje a los bajos fondos de la condición madridista. Insultos, improperios, profecías apocalípticas… un surtido florilegio de los más variados escarnios, vituperios y juramentos en hebreo, en sánscrito e incluso en español, que algún tuitero hasta lo escribe con aseo.
Que los partidos del Real Madrid hay que verlos sabiendo que vamos a ganar se me antoja una verdad indiscutible. Insisto: no confiando en que vamos a ganar, sino con la certeza de que va a ser así. No hay otra forma razonable de hacerlo. Es verdad que en alguna ocasión -las menos- tal certidumbre no se materializa en victoria (fútbol es fútbol, que decía Boskov), pero la inmensa mayoría de las veces se muestra acertada. Especialmente cuando el equipo se pone detrás en el marcador; o sea, cuando el vinagre rebosa tuiter y acaba apestándolo todo. Nunca el Real Madrid es más Real Madrid, nunca su victoria es más inevitable, que cuando todas las probabilidades están en contra. Estarán conmigo en que es más inteligente sentarse tranquilamente a disfrutar del espectáculo de ver al Real Madrid restablecer una y otra vez el orden universal, que arañarse la pelota como un Guardiola cualquiera vaticinando el fin de los tiempos a la primera ocasión que falle Mbappé. Puede que haya ocasiones en que las esferas celestes tarden un par de jornadas en reajustarse, pero siempre, siempre acaban haciéndolo. La historia del Real Madrid es la prueba irrefutable de esta ley universal.
Pues que si quieres arroz, Catalina. El vinagrismo no se aquieta nunca. El vinagrismo no aprende nunca. El vinagrismo celebra la victoria como propia y la derrota como una ocasión de dar rienda suelta a su inagotable bilis. En la victoria son cargantes, fastidiosos e inoportunos con su pesimismo maleducado, lenguaraz y catastrofista antes de, y con su euforia amnésica con posterioridad a. En la derrota son directamente insoportables, tóxicos y apestosos en las dos definiciones que al término le atribuye la RAE. Si las Sagradas Escrituras afirman eso de que son dichosos los que creen cuando nadie más lo hace, porque de ellos será el Reino de los Cielos Madridista, bien podría haber añadido don Alfredo nuestro señor que más dichosos son los que aguantan a los madridistas vinagre, porque quien sea capaz de honrar su madridismo pese a compartir afición con semejantes especímenes tiene asiento reservado a la derecha de don Santiago Bernabéu.
Madridismo vinagre. Toma, Moreno, que diría el muñeco Rockefeller. Hay que joderse con el oxímoron. ¿Realmente son compatibles madridismo y vinagrismo? ¿Es posible esa yuxtaposición de conceptos antitéticos, o realmente ambos chocan con tal violencia que la cosa se descoyunta y el madridismo queda esparcido por el suelo, hecho añicos? Es una reflexión que, me atrevo a sugerir, el vinagrismo podría hacer si no estuviera demasiado ocupado en anunciar constantemente el fin del mundo entre denuestos e invectivas. Siempre y cuando, claro está, se demuestre equivocada la escuela de pensamiento que niega al madridismo vinagre una mínima capacidad de raciocinio, escuela que de momento concita la adhesión de la doctrina mayoritaria y más autorizada.
Acaso, para facilitarles las cosas, podríamos apuntar a nuestros queridos vinagres que reparen en que ninguno -repito: ninguno- de nuestros rivales dan la victoria frente al Real Madrid por segura, incluso aunque cuenten con una sustanciosa ventaja en el marcador, hasta que suena el pitido final (y aun entonces se pellizcan para comprobar que no ha sido un sueño). Es decir, creen -a su pesar- en el Real Madrid más que los propios vinagres. Como es poco probable que estos últimos sean capaces de emular a Groucho y decir aquello de que “nunca sería aficionado de un club que me admitiera como socio”, tendremos que ser los madridistas sanos los que afirmemos que hemos superado la contradicción marxista (rama Groucho, que decía mi amigo Nacho Faerna): nosotros sí somos aficionados de un club que admite a los vinagres como socios. No es pequeño mérito.
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El día en que France Football anunció que Rodri era el ganador del Balón de Oro, Vinicius Junior puso un tweet. “Lo haré diez veces si hace falta. No están preparados.” Desde ese momento el 7 del Real Madrid ha disputado seis partidos en los que ha marcado seis goles y ha repartido tres asistencias. Además se consagró como el mejor jugador del año para la FIFA gracias al premio ‘The Best’. En el dictamen de dicho premio el voto que más pesa es el de los propios futbolistas, convirtiéndolo en un galardón más fiable y profesional que su competidor. “Soy el mejor jugador del mundo y luché muy duro por esto. Intentaron disminuirme y menospreciarme, y ahora estoy en la cima.”
Habló fuera del campo, y un día más tarde decidió hablar dentro. Tan solo 24 horas después de ser galardonado con el The Best, Vinicius Jr fue nombrado el MVP de una nueva final con el Real Madrid. En 12 finales disputadas con el club blanco, Vinicius Jr ha ganado 11, marcando 7 goles y dando 7 asistencias, demostrando por qué es el jugador más desequilibrante del mundo. Ayer fue otra vez el MVP de la final y el Balón de Oro del torneo. Desatascó un partido nefasto del equipo con una individualidad que no se veía desde Ronaldo Nazario, con el clásico quiebro al portero.
Lo que molesta de Vinicius en el antimadridismo no es que provoque ni que se encare con los rivales, sino que desde que llegó al Real Madrid ha ganado 14 títulos, mientras que el Barça lleva 4 y el Atleti tan solo 1 título.
Entiendo que hay actitudes y comportamientos de Vinícius que puedan a veces ser poco humildes o prepotentes. Pero no hay que olvidar el acoso que sufrió cuando era un crío de 17-18 años por simplemente vestir la camiseta del Madrid. Ahora que se consagró como el mejor a base de trabajo en silencio, es normal que quiera reinvindicarse. Nunca un futbolista había pasado de ser un meme, y de recibir canciones en su contra, a convertirse en el mejor jugador del mundo (y con mucha diferencia).
Lo que molesta de Vinicius en el antimadridismo no es que provoque ni que se encare con los rivales, sino que desde que llegó al Real Madrid ha ganado 14 títulos, mientras que el Barça lleva 4 y el Atleti tan solo 1 título.
El 2024 de Vinícius ha terminado. Por acumulación de amarillas no disputará em encuentro ante el Sevilla. Durante este año, el ‘7’ del Real Madrid disputó 58 partidos, marcó 34 goles, repartio 15 asistencias y ganó 5 títulos, apareciendo con 5 tantos y 2 asistencias en las 4 finales. Fue sin lugar a dudas el mejor del mundo y estoy seguro de que en 2025, a poco que termine de entenderse con Mbappé, veremos una versión aún mejor.
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La conquista por parte del Real Madrid de un nuevo cetro internacional ha llevado a los amigos de fcQuiz a proponeros una serie de cuestiones para comprobar vuestros conocimientos blancos sobre la Copa Intercontinental.
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Buenos días, campeones. Porque eso es lo que sois, ¿no?
El Madrid no faltó ayer a su cita con la historia. Casi nunca falta ni llega tarde a la misma. Jamás le pone a la historia un WhatsApp diciendo “Me retraso diez minutos” cuando la historia hace rato que ha llegado y ya tiene el trofeo en la mano, presta a entregar el relevo.
El Madrid conquistó ayer su novena Intercontinental (en el entendido de que algunos años se ha llamado Mundial de Clubes, título diferente al que se va a disputar este verano), lo que supone su quinto título en el año natural que se cierra en pocos días. También supone el segundo título de la temporada en curso. Como juguetonamente sentenciaba ayer nuestro editor Jesús Bengoechea: “Crisis total. De los 7 títulos a las que optaba el Madrid al comienzo de la campaña, ya solo puede optar a ganar 5”.
Marca se decanta por la portada doble. La historia apaisada. Nos parece que la ocasión lo merece. Ya hay quien está intentando desacreditar este gran triunfo tildando de título menor este trofeo, y haciendo de menos a Pachuca de manera torticera. Lo cierto es que esas lenguas maledicientes darían eso mismo, la lengua, a cambio de que su equipo ganara este título, o al menos que lo jugara, porque eso significaría que antes habrían ganado la Champions. El club cliente de Negreira ni se acerca remotamente a una Champions desde hace una década. El Atleti, curiosamente, ganó una Intercontinental pero sin haber levantado antes la Orejona, y fue… en 1974. Nuestro editor, Jesús Bengoechea, que tiene más años que el sol, andaba por la Navidad de aquel año a lomos de un caballo con ruedecitas que respondía al nombre de Furia.
Este título es también el número 15 de Ancelotti, registro que le permite superar al mítico Miguel Muñoz en número de entorchados y convertirse así en el técnico más laureado de la historia del club. Los haters de Carletto permanecerán en silencio durante un rato, justamente hasta que se anuncie la alineación frente al domingo y no les guste.
As opta por personalizar el asunto en los cuatro atacantes que formaron ayer en el Madrid, todos los cuales hicieron un gran partido. Reconocemos que el rescate de la palabra “galácticos” nos produce algo de alipori, pero en fin. Puestos a reflotarla, podríamos rebautizar a la Copa recién ganada como la Copa Intergaláctica. Lo que sucede es que esta se jugará en el futuro contra el mejor de los campeones de Marte, Venus y Saturno. Menudo es Florentino.
Lo cierto, como indicábamos, es que los cuatro jugaron muy bien ayer, con Mbappé como punta de lanza y los otros tres en una línea por detrás. El 4-2-3-1 comienza a afianzarse, y lo aplaudimos. El francés marcó el primer gol como resultado de una larga posesión, de esas que harían palidecer de envidia al mismísimo Pep si no tuviera ahora cuestiones más acuciantes de las que ocuparse. Rodrygo marcó un gol antológico y se mostró muy atinado en todas sus intervenciones. Vini fabricó hermosamente el tanto de Mbappé, marcó de penalti y pudo anotar varios más en acciones de mérito. Y Jude… Oh, Jude. O mejor hey. Hey, Jude, con la coma del vocativo que hasta McCartney extravió.
Si buscáis la Intercontinental madridista en las portadas de la prensa cataculé de hoy la encontraréis, pero eso: tenéis que buscarla. El fútbol femenino ha salido hoy en auxilio de Mundo Deportivo, que gracias a la victoria europeo del Barça de mujeres ha podido relegar el triunfo blanco a una esquina de su primera plana, arriba a la derecha. “El débil Pachuca, sin respuesta ante los goles de Mbappé, Rodrygo y Vinícius”. Se les ha olvidado poner “débil” en mayúsculas y con letras de neón. Lo dicho: más quisieran ellos.
En cuanto a Sport, pues parecido, con la diferencia de que en este caso el recuadrito va en el ángulo inferior izquierdo. A Sport le preocupa más la renovación de Lamine. La verdad, viendo la catastrófica situación financiera que vive el club cliente de Negreira, en este caso lo entendemos.
Pasad un gran día, campeones.